CAPÍTULO VII #3
Clara trató de levantar la cabeza, pero solo logró girar los ojos con esfuerzo. Aiko estaba frente a ella, con el moño deshecho y los ojos muy abiertos, la boca entreabierta en un grito silencioso de pánico.
—¿Qué demonios… qué haces? ¡Estás… estás empapada! —corrió hacia ella, se arrodilló, y sin pensarlo, la agarró de los hombros. El cuerpo de Clara estaba rígido, el vientre duro, redondo, grotesco bajo el uniforme negro pegado a la piel.
Clara gimió, débil, tratando de arrastrarse de nuevo hacia el gabinete. —No… no me alejes… necesito… más… —las palabras eran apenas un susurro quebrado.
—¡Baka! ¡Te está matando! —chilló Aiko, arrastrándola con fuerza lejos de los bidones. El líquido pegajoso se pegaba a sus brazos, a sus rodillas, con el uniforme chorreando sobre ella.
Comenzó a llorar, con sollozos húmedos, histéricos, que se mezclaban con la tos. —Déjame… por favor… no…
—¡Cállate y respira! —gritó Aiko, la voz temblando entre miedo y furia. La sostuvo de lado, golpeándole la espalda intentando que vomitara. Pero Clara solo tosía y jadeaba, incapaz de expulsar nada.
El vientre inflado parecía una enorme esfera a punto de reventar. Aiko apretó con ambas manos, desesperada. —¡Sácalo! ¡Hazlo salir, maldita sea!
Clara chilló, y de pronto el cuerpo se le relajó en un espasmo vergonzoso. Un chorro caliente de orina le inundó el uniforme, manando sin control.
—¡N-no… no…! —gimió entre lágrimas, el rostro rojo de pura humillación.
La orina empapó la tela negra, corrió por sus muslos, mojó a Aiko que intentaba sostenerla, salpicó el suelo ya encharcado. Era un río interminable, que fluía con un ruido sordo, mezclándose con el malojillo derramado.
—¡Está bien, está bien, déjalo ir! —dijo Aiko con la voz rota, tratando de sonar tranquila—. Mejor fuera que dentro, ¿entiendes? ¡Solo sácalo, Clara!
El alivio comenzó a llegar, lento, doloroso. El abdomen de Clara bajaba apenas, desinflándose lo suficiente para que pudiera respirar un poco mejor. Pero la vergüenza era insoportable.
Lloraba, gimiendo, con la cara hundida contra el pecho de Aiko. —Me estoy orinando encima… no puedo parar… Dios, qué me pasa…
—Shhh… cállate ya —dijo Aiko, con voz aguda pero firme, el pánico aún en los ojos—. Respira, Clara. Respira.
El chorro seguía, caliente, humillante, empapando a ambas, extendiéndose por la sala en un lago que se confundía con el té derramado. Clara se encogió en brazos de Aiko, llorando con fuerza, mientras la presión en su cuerpo empezaba a ceder.
Salía poco a poco del trance, aunque la vergüenza la quemaba viva. Cada sollozo era un recordatorio de lo bajo que había caído.
Aiko, temblando, la sostuvo fuerte, gritando hacia la puerta: —¡Ayuda! ¡Alguien, rápido, ayuda!
Y en medio de ese desastre líquido y desesperado, Clara, con la piel pegajosa y los ojos hinchados de lágrimas, sintió que algo se había roto dentro de ella.
Los gritos de Aiko reventaron el silencio de los pasillos. —¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda!
En segundos, la puerta se abrió de golpe. La primera en entrar fue Isolda Kruger, con su moño perfecto aún húmedo de sudor de la clase de ballet. Tras ella irrumpieron Samira, Valentina e Ivanna, todas jadeantes, alarmadas por el estruendo.
Lo que encontraron las dejó heladas.
Clara estaba en el suelo, empapada, con uniforme negro pegado como una segunda piel translúcida. Su vientre redondo, grotesco, tenso como un tambor, le deformaba el cuerpo hasta parecer embarazada de gemelos. El suelo era un lago mezclado de té espeso y orina que se extendía con olor penetrante.
—¡Dios mío! —exclamó Valentina, tapándose la boca con ambas manos.
Samira soltó un grito ahogado, mitad risa histérica, mitad horror. —¡Qué asco… qué… qué es esto!
Isolda no dudó. Se arrodilló junto a Clara, sujetándole la cabeza con una firmeza brutal. —¡Abre la boca, idiota! —le gritó, y sin esperar, le metió dos dedos en la garganta.
Clara se retorció, ahogándose, y un vómito espeso brotó de inmediato, salpicando el suelo ya encharcado. Los espasmos la sacudieron, las lágrimas brotaban de sus ojos. El ruido era grotesco, las demás modelos retrocedieron entre gritos.
—¡Más! ¡Fuera todo! —ordenaba Isolda, sin piedad, mientras forzaba de nuevo.
Clara vomitaba a borbotones, sollozando, con el vientre aún gigantesco, que apenas se reducía. Intentó levantarse, temblando, el rostro bañado en lágrimas y fluidos, pero apenas podía respirar.
—Me muero… no… no puedo… respirar… —gimió, la voz rota.
—¡Levántala, rápido! —ordenó Isolda.
Ivanna y Samira intentaron cargarla de los brazos, pero el cuerpo era un peso muerto, hinchado, resbaladizo. Cuando por fin lograron incorporarla a medias, el vientre apretado le arrancó un nuevo espasmo.
Un chorro caliente explotó de nuevo entre sus piernas.
—¡No… por favor no! —lloró Clara, mientras el líquido empapaba su uniforme, mojaba a Ivanna y Samira y se derramaba a chorros por las piernas hasta el suelo.
—¡Puaj, que asco! —gritó Samira, soltándola de golpe, resbalando y cayendo de rodillas en el charco.
Ivanna perdió el equilibrio también; ambas terminaron empapadas por la orina de Clara, con el líquido tibio extendiéndose por toda la sala.
—¡Levántala de una vez, o se va a reventar aquí mismo! —bramó Isolda.
Entre forcejeos, lograron cargarla entre dos, Clara gimiendo, con el abdomen hinchado golpeándoles contra los brazos. Cada paso era un suplicio, y con cada espasmo un nuevo chorro escapaba, empapando a las que la sostenían.
Valentina iba detrás, sin saber si llorar o reír, con la mano en la boca, horrorizada. Aiko corría delante, gritando sin parar. —¡A la enfermería, rápido, rápido, que se muere!
Clara, en medio de todo, lloraba como una niña, con la vergüenza quemándole la piel más que el dolor del vientre. Estaba irreconocible, con el uniforme empapado, el pelo pegado y la cara bañada en vómito y lágrimas.
Que me trague la tierra. Que acabe ahora. No quiero vivir esto… no quiero…
Las modelos, manchadas, resbalando en cada paso, la arrastraron por el pasillo brillante de mármol hacia la enfermería, dejando tras ellas un rastro húmedo y repugnante.
Y Clara, destrozada, solo podía sollozar, deseando desvanecerse para no volver jamás a abrir los ojos.
Mas tarde, ya calmada la vorágine, el pasillo olía a desinfectante y a té rancio. La camilla donde habían dejado a Clara quedaba atrás, en la penumbra de la enfermería, y a través de la puerta entreabierta se oía el zumbido tenue de un monitor y las respiraciones reguladas de quienes la atendían.