CAPÍTULO VII #2
El líquido le resbaló por la barbilla, empapándole el cuello y manchando el uniforme negro. El cosquilleo se transformó en algo distinto, un calor vibrante en el pecho y el vientre, un placer difuso. Cada trago era un pulso, como si el té le rozara algo secreto por dentro.
¿Por qué… me siento así? Solo es té…
Pero no podía parar. El sabor se le antojaba glorioso, necesario, como una caricia líquida. Bebía rápido, a borbotones, el chorro desbordándose de sus labios y mojándole el cuerpo.
Bebió con tanta fruición que apenas noto como el abdomen se le tensó.
Al principio fue solo incomodidad, un ligero abultamiento. Pero con cada trago la presión aumentaba, el abdomen hinchándose, duro bajo la tela empapada. Clara apoyó una mano sobre él y se estremeció: estaba redondo, inflado, como si dentro algo pujase por escapar.
Basta. Debería parar. Me siento llena. Demasiado llena.
Pero no paró.
El líquido caía y ella lo tragaba con desesperación. El placer y la incomodidad se mezclaban hasta confundirla. Le ardían las mejillas, sentía como el corazón le latía como un tambor. La jarra se vació y Clara la soltó con un jadeo con el pecho agitado.
El uniforme pegado a su piel estaba empapado, transparente en el torso, marcándole los pechos, el vientre tenso y brillante por las gotas.
Caminó con dificultad hasta el gabinete cercano, como guiada por un instinto que no entendía. Abrió una puerta apenas entornada y allí estaban: bidones grandes, plásticos, con un líquido más oscuro, espeso, que olía igual. Malojillo concentrado.
Con las manos temblorosas desenroscó la tapa, lo alzó con ambas manos y bebió.
El chorro espeso le golpeó la lengua como fuego y miel. Tosió, pero volvió a tragar. Y otra vez. Y otra.
El vientre se le hinchaba más, cada trago tensándolo como un globo. El dolor era agudo, insoportable, pero el placer del sabor era más fuerte. Gemía entre jadeos, empapándose, derramando el líquido por el suelo mientras seguía bebiendo.
Ya no pensaba. Solo era boca, garganta, vientre.
Tirada en el suelo, con los labios pegajosos, el abdomen duro y redondo, seguía bebiendo, tragando litros con un frenesí imposible, incapaz de detenerse, aunque la piel pareciera a punto de estallar.
Más… solo un poco más…
El eco de su respiración y los ruidos húmedos del líquido desbordándose eran lo único que llenaba la sala.
Clara, empapada, temblando, perdida en ese trance extraño, no era consciente de nada más.
El bidón pesado se le resbalaba entre los dedos, pero Clara lo aferraba como a un amante. El líquido espeso caía a borbotones, golpeándole los labios, desbordándose por las comisuras. Tosía, se atragantaba, pero no dejaba de beber.
El vientre le dolía como si la piel estuviera a punto de desgarrarse. Hinchado, tenso, duro como un bombo. Cada sorbo era un castigo y al mismo tiempo un alivio obsceno, un placer caliente que se expandía en olas por su pecho y sus muslos.
—Mhh… ahh… —jadeaba, empapada, el uniforme negro brillando por lo mojado, pegado a la carne.
El suelo estaba encharcado, charcos que reflejaban las luces blancas del techo. El olor fresco del malojillo se volvía embriagador, casi nauseabundo de tan intenso. Clara se retorcía en el suelo con las piernas abiertas y la espalda arqueada, sosteniendo el bidón como si fuera un cáliz.
No puedo más… no cabe nada más…
Pero sus labios buscaban de nuevo el borde.
El líquido bajaba espeso, llenándola, inflándola aún más. Su barriga se erguía redonda, grotesca, empujando contra la tela. Clara apoyó una mano en el vientre y gimió: la superficie estaba dura, lisa, como la de un tambor tensado.
Se dejó caer de lado, rodando con el líquido derramándose por su cuello y el suelo. Aun así, se arrastró hasta alcanzar otro bidón, con una avidez que le parecía ajena. Como si otra fuerza manejara su cuerpo.
Lo abrió con las uñas, jadeando, y bebió de nuevo.
El chorro reventó en su boca, escurriendo por su barbilla, bajándole por los pechos hasta el vientre hinchado. Tosió, escupió, pero enseguida volvió a tragar. Sus gemidos eran entrecortados, húmedos, una mezcla de dolor y frenesí.
Más… solo un poco más… un poco más…
Las manos le temblaban, el abdomen dolía hasta las lágrimas, pero el placer del sabor no la dejaba parar. El líquido le ardía en la garganta y, al caer dentro, era como si llenara un vacío infinito que no se cerraba nunca.
Sus muslos se tensaban, la espalda pegada al charco que ya cubría la mitad del piso. Respiraba con dificultad, con la cara mojada, los ojos vidriosos.
El segundo bidón también quedó vacío.
Clara lo dejó caer, jadeando, con el uniforme empapado y adherido a su piel. Su barriga brillaba bajo las luces, redonda, inflada a más no poder, temblando al ritmo de su respiración.
Pero aun así… miró de soslayo los demás bidones. Y supo que no podría detenerse.
El frenesí era más fuerte que el dolor, más fuerte que el miedo. Era como una pulsión animal, obscena, que la empujaba a abrir otro envase, a beber hasta la última gota, aunque su cuerpo ya gritara por detenerse.
—Solo un poco más… —suplicó Clara con la voz rota.
Jadeaba, tendida sobre el charco frío de infusión que ya cubría el suelo. El líquido le empapaba la espalda y el cabello, pero ella apenas lo sentía. Solo quería más.
Su respiración era entrecortada, con gemidos húmedos que escapaban entre dientes. Su uniforme negro estaba transparente en el torso, marcándole los pezones rígidos, los muslos tensos, y por encima de todo, el vientre hinchado, redondo como si estuviera a punto de estallar.
El dolor era insoportable. Cada trago lo había hecho más agudo, más abrasador, como cuchillas expandiéndose bajo la piel. Pero el placer, esa ola delirante que le sacudía cada vez que el líquido espeso pasaba por su lengua, no le dejaba detenerse.
El tercer bidón estaba abierto.
Sostuvo el bidón con ambas manos, temblando, y lo volcó contra sus labios.
El chorro oscuro cayó pesado, directo en su garganta.
Tragaba como una posesa. Los ojos entrecerrados, la boca abierta, bebiendo con desesperación mientras las lágrimas y el sudor se mezclaban con el té que le corría por la barbilla.
Tosía, se ahogaba, pero volvía a inclinar el envase y seguía bebiendo.
—Ahh… nnghh… mmhh…
Cada trago le arrancaba un sonido gutural, como si estuviera teniendo un orgasmo líquido.
La piel del vientre estaba al límite, tensa, tan lisa que parecía que se iba a rasgar. Se tocó con la mano libre y gimió: duro como una piedra, caliente, tembloroso. El dolor le atravesaba el cuerpo, pero aun así llevó el bidón otra vez a la boca.
—Un poco más. Solo un poco más. No puedo parar. No quiero parar.
El líquido espeso bajaba como plomo, golpeando sus entrañas, expandiéndolas más y más. El abdomen subió aún más, redondeado, grotesco, brillando bajo las luces. Clara arqueó su espalda vaciando el bidón en una sucesión de borbotones obscenos.
El tercer bidón cayó rodando, vacío.
Clara quedó tumbada, apenas respirando, con el vientre monstruoso, inflado hasta un límite inhumano. Cada inhalación le dolía, cada movimiento era un suplicio. Sentía la piel a punto de ceder, como si una presión interna quisiera desgarrarla de adentro hacia afuera.
El suelo estaba inundado. Su cuerpo entero temblaba. Los ojos, vidriosos, parecían a punto de voltearse.
Y aun así, con un hilo de consciencia retorcida, giró la cabeza hacia el gabinete. Había más bidones. Muchos más.
Un gemido escapó de su garganta, mezcla de dolor y deseo. La mano temblorosa se alargó hacia la puerta entreabierta.
—No puedo más. Pero necesito más. Aunque reviente.
Con un último esfuerzo, se arrastró, el vientre duro rozando el suelo frío, y alcanzó otro bidón.
Lo abrió. Lo levantó. Y lo llevó a su boca.
Su cuerpo se arqueó en un espasmo total, mezcla de dolor insoportable y un placer tan brutal que parecía desintegrarla.
Las luces del techo giraron. El suelo se hundió bajo ella. El líquido corría por todos lados, su vientre tenso hasta lo imposible.
Hasta que, en un último gemido húmedo y desgarrado, perdió toda conciencia, hundida en el charco dulce de su propio frenesí.
Otro bidón rodó vacío lejos de sus manos, y Clara quedó tirada en medio del charco, jadeando como un animal vencido. Intentó girarse, pero el abdomen duro y pesado la mantenía anclada al suelo.
El gabinete quedaba a apenas un metro, los bidones brillando bajo la luz blanca como promesas líquidas. Estiró un brazo tembloroso, las uñas arañando el suelo mojado, pero su cuerpo no respondió. El peso en su vientre era insoportable. Cada movimiento le arrancaba un gemido ahogado.
El dolor ardía, pero la sed por aquel sabor lo dominaba todo.
Clara inclinó la cabeza hacia el charco que la rodeaba. La lengua salió temblorosa, rozando el suelo frío. Lamió.
El sabor del concentrado espeso, mezclado con polvo y sudor, le golpeó la boca como un relámpago. Gozó y tosió a la vez, tragando lo poco que pudo recoger.
—Nngghh… mmhh… —jadeó, y volvió a lamer, como una bestia desesperada. El líquido se le pegaba en la barbilla, chorreándole por su rostro.
El abdomen protestaba, tan lleno que apenas cabía aire en sus pulmones, pero ella seguía inclinando la cabeza, buscando con los labios los restos del té derramado, succionando pequeños charcos como si fueran un manjar prohibido.
Cada gota era placer y tormento.
El sabor le explotaba en la lengua, y al mismo tiempo el vientre se tensaba aún más, cada sorbo empujándolo contra el límite.
Y aun así, con la boca pegada al suelo, siguió lamiendo, tragando lo que podía, buscando cada traza del líquido espeso como si fuera lo único que le mantenía viva.
El ruido metálico sobresaltó a Clara. Estaba con la mejilla pegada al suelo, lamiendo los restos dulzones del malojillo espeso, cuando escuchó pasos rápidos, livianos, casi saltarines.
La puerta de la sala se abrió de golpe.
—¡Clara-chan! —la voz aguda, nerviosa, de Aiko reventó el silencio.