Convertida en Deseo CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

Esa mañana abrió la puerta del gimnasio con el bolso colgando del hombro, todavía con el uniforme negro pegajoso de sudor. Esperaba el mismo espacio de máquinas, espejos y colchonetas… pero se encontró con otra cosa.

El gimnasio había desaparecido.

El suelo brillaba como un lago oscuro, barnizado hasta parecer un espejo.

A lo largo de las paredes, barras de ballet relucían bajo la luz blanca de focos fríos, y cada espejo multiplicaba las figuras hasta el infinito.

La música de piano llenaba el aire, un allegro limpio, disciplinado, implacable.

Y allí estaban ellas.

Todas con tutús blancos, zapatillas de punta, medias que brillaban como mármol, el cabello recogido en moños tan tirantes que parecían esculturas.

En fila frente a la barra, se movían como un único cuerpo: brazos ondulando, espaldas rectas, piernas alzándose hasta donde el cuerpo humano parecía no poder llegar.

Se quedó congelada en la entrada, con el bolso aun colgando de su hombro. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? No… no pertenezco aquí.

Fue Isolda la primera en girar la cabeza. Su cabello rubio ceniza apenas se movió, y sus ojos grises cortaron como cuchillas.

—Llegas tarde. Y sin vestuario. —Su voz era hielo quebrándose—. Un inicio… lamentable.

Las demás se giraron también, como cisnes que alzan el cuello al unísono.

Samira arqueó una ceja, los labios carnosos curvándose en una sonrisa cruel. —Ni zapatillas trae. Quizá pensó que aquí se hace zumba, no ballet.

Las risas colmaron el salón.

Valentina di Rossi dio un pequeño salto exagerado, haciendo un plié demasiado teatral. —¡Sí! Seguro se confundió de puerta. Tal vez buscaba la clase de aeróbicos de señoras. —Sus carcajadas resonaron por la sala.

¿Por qué me tratan así? —pensó Clara, sintiendo el calor subirle al rostro hasta arderle en las mejillas.

No he hecho nada… solo vine a trabajar. Sin embargo, una sospecha áspera se enroscó en su garganta, casi asfixiante: ¿Y si ellas saben?

¿Y si vieron algo entre Elaine y yo? La idea parecía absurda, imposible…

y aun así encajaba con la dureza de esas miradas, con el filo del desprecio que ninguna de ellas se molestaba en ocultar.

No encontraba otra explicación. De pronto, el aire en la sala se volvió más pesado; sintió que cada paso que daba era observado, condenado, como si hubiera quedado atrapada por un secreto del que no sabía cómo defenderse.

Bajó la cabeza con el calor subiéndole a las mejillas. Soy un chiste. Ellas son diosas, y yo… un insecto que se coló en el templo.

Aiko se desprendió de la fila con un salto explosivo.

Cayó frente a Clara, inclinándose hasta que sus ojos rasgados y brillantes quedaron a pocos centímetros de los suyos.

Su cabello negro, con puntas teñidas de un rosa chillón, se sacudió como llamas.

—¡Kyaa! —gritó, como una heroína de anime—.

¿Tú? ¿De verdad? ¡Aquí vas a morir en cinco minutos!

—Le sacó la lengua de forma descarada, y luego regresó a la barra riéndose a carcajadas.

El corazón de Clara se encogió. Quiero salir corriendo. Pero… no pudo. No debo. Solo obedezco. Eso es todo lo que sé hacer.

La instructora de turno, Ivanna Petrova, marcó un compás con un aplauso suave. Sus ojos azules parecían de vidrio, su rostro de muñeca fría no mostraba emoción. —Primera posición. Brazos bajos. Pies abiertos, talones juntos.

Clara dejó el bolso en un rincón y se colocó en la fila, tratando de imitarlas, sin mucho éxito. Los pies se le resbalaron en el suelo liso. Al girarlos, un dolor punzante le recorrió la ingle.

Las demás parecían estatuas perfectas, talladas en mármol. Ella, un tronco torcido.

—Segunda. Plié.

Todas descendieron con gracia impecable, rodillas abiertas, columna recta, rostro sereno. Clara dobló las piernas, al poco tiempo los muslos le ardían y le hacían encorvar la espalda.

—¿Eso es un plié o se está cayendo de rodillas? —susurró Samira, lo bastante alto para que todas oyeran.

La risa de Valentina retumbó, estridente, teatral.

—¡Ay, por favor! Ni en una boda de pueblo se mueven así.

Clara apretó los dientes. —No escuches. Respira. Baja más. Enderézate.

—Tercera. Brazos.

Clara levantó los brazos, pero le temblaban como ramas al viento. El sudor le corría por la frente. En el espejo, Isolda la observaba con una mueca de desprecio.

—Una mancha en nuestra simetría. —Su voz fue un susurro helado, pero todas lo oyeron.

El piano se aceleró. Los grand battements estallaron: piernas alzadas al cielo, cuerpos firmes, elasticidad imposible. Ella lo intentó: su pierna apenas subió a la altura de la cadera. El dolor le desgarró los isquiotibiales.

Aiko la señaló, con los ojos brillando como fuego. —¡Mira! ¡Parece un robot oxidado! ¡Hazlo otra vez, Clara-chan, ¡hazlo!

Tragó saliva, mordiéndose el labio. No llores. No les des el gusto. Solo aguanta.

—Salto. Grand jeté.

Las modelos volaron, cuerpos suspendidos como aves divinas. Clara corrió, saltó… y cayó con un golpe seco. Y los brazos torcidos.

El coro de risas explotó. Valentina se puso de pie, aplaudiendo. —¡Bravo, Clarita! ¡Un pato desplumado en el lago!

Las lágrimas asomaron, pero Clara las tragó con fuerza. Soy ridícula. Pero sigo aquí. No he huido.

—Última serie. Grand écarté. —Ivanna habló con voz neutra, como si recitara un conjuro.

Todas bajaron al split perfecto, con las piernas extendidas como cuchillas sobre el suelo. El silencio estaba lleno de elasticidad imposible.

Clara descendió con lentitud. El dolor la desgarró. Apenas llegó a medio camino antes de que un grito sofocado escapara de sus labios.

Isolda, perfecta en su split, la miró desde el espejo.

—Patética. Ni para entretener sirves.

Bajó la cabeza. El sudor le corría por la cara, las lágrimas se mezclaban con él. El cuerpo ardía, las piernas se negaban.

Soy un desastre. Un chiste. Pero aún no me he roto. No me han quebrado. Si aguanto este dolor, aunque sea un segundo más… entonces sigo existiendo aquí.

Y así, con el alma hecha pedazos y los músculos en llamas, permaneció en esa posición imposible, resistiendo solo por orgullo, solo por no rendirse.

El dolor en todos sus músculos de era tan agudo que apenas podía respirar. Las lágrimas ya no podían contenerse; le corrían calientes por las mejillas mientras trataba de mantener un grand écarté imposible. El aire estaba espeso de sudor, música y burlas.

De pronto, un golpe seco retumbó en la sala: el tacón de Isolda contra el piso.

—¡Basta! —su voz cortó la música como un látigo.

El piano se detuvo de inmediato. El silencio fue tan brutal que sintió que se le helaba la sangre. Todas las cabezas giraron hacia Ivanna, mientras se levantaron de su split perfecto con una elegancia inhumana.

La instructora se acercó despacio, los ojos grises clavados en Clara. —Esto es insoportable —dijo con frialdad glacial—. No tiene el nivel mínimo. Ni la postura. Ni la elasticidad. Ni siquiera la dignidad de intentarlo con gracia.

Ella trató de alzarse, torpe, los brazos temblando, el cuerpo derrotado.

Ivanna ladeó la cabeza con desprecio.

—Abstente de participar. No vuelvas a interrumpir nuestro trabajo. La disciplina aquí no es para cualquiera.

Las demás guardaron silencio, pero la tensión era insostenible.

Samira esbozó una sonrisa venenosa. Valentina contuvo una risa burlona mordiéndose el labio.

Isolda miraba con ojos brillantes, divertida, como si esperara un espectáculo.

Solo Aiko mantenía la expresión vacía, como un fantasma que observa sin intervenir.

Clara apretó los labios para no sollozar frente a ellas. Recogió su bolso con movimientos torpes, con la respiración rota y los ojos nublados. Sus pensamientos oscuros la atormentaban.

Salió de la sala casi tropezando, con el llanto desbordándose ya sin contención. Cada paso en el pasillo retumbaba como un eco de su humillación. El sonido de las risas sofocadas y el desprecio aún vibraban en su cabeza, como si se hubieran grabado en su piel.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Clara se derrumbó contra la pared, hundiendo el rostro entre las manos. Su cuerpo estaba en llamas, pero el alma en ruinas.

¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué no me voy y ya?

Se quedó sola en el pasillo vacío. Tras la puerta cerrada, el piano volvió a sonar como si nada hubiera pasado, como si su expulsión no hubiera interrumpido nada. Era como si nunca hubiera estado ahí.

Las luces blancas del techo zumbaban como si marcaran el compás de su respiración. Estaba sola, con el uniforme negro todavía pegado a la piel por el sudor de su sesión fallida. Si tan solo pudiera encontrar la manera de no sentirse así, derrotada.

Se había sentado en el suelo, doblando el cuerpo rígido hacia adelante, pero la lengua seca y el cosquilleo en la garganta le robaron la concentración.

Miró alrededor.

En un rincón, sobre una mesita baja que nunca antes había reparado, descansaban frutas cortadas, barritas de proteínas, y en el centro una jarra grande de vidrio con un líquido dorado que despedía un vapor tenue y aromático. Malojillo.

Se levantó con calma, casi arrastrando los pies. Se sirvió un vaso.

El primer trago bajó frío, ligero, tan refrescante que suspiró con los ojos cerrados. El sabor era perfecto: ni dulce ni amargo, con una frescura que se deslizaba por su garganta y le acariciaba el estómago.

—Mmm… qué rico… —susurró, sorprendida de escucharse a sí misma.

Sirvió otro vaso. Lo bebió más lento, disfrutando cómo el líquido parecía limpiar cada rincón de su boca. El frescor se le extendió por el cuerpo como un cosquilleo.

Uno más. Solo uno más.

El tercero se sintió aún más refrescante. Bebía porque sí, como si el gesto de llenar el vaso y vaciarlo fuera automático. No tenía sed, pero el sabor era demasiado tentador, casi adictivo.

Levantó la pesada jarra, y sin detenerse en formas o modales, ingirió todo su contenido.