CAPÍTULO VI #3
Y mientras lo hacía, Clara sintió que algo se abría en ella con una claridad casi dolorosa.
No era solo placer. Era como si cada lamida le devolviera algo que había enterrado durante años.
Como si aquel sabor áspero y vivo fuera la primera cosa real que probaba en mucho tiempo.
Se aferró a las piernas de Elaine y siguió, con una devoción silenciosa y desesperada, como si en ese acto estuviera encontrando, por fin, una forma de existir.
Elaine gimió, sus caderas moviéndose contra la cara de Clara, sus manos agarrando su cabello, guiándola, mostrando qué es lo que quería.
—Así —dijo—. Justo así. No te detengas.
Ella no tenía intención de detenerse. Su propia excitación creció de nuevo, su cuerpo respondiendo al sabor y al olor de Elaine. Se introdujo dos dedos, moviéndolos dentro y fuera, mientras su lengua y labios trabajaban en el clítoris.
—No pares pendeja—le espetó, sus caderas moviéndose más rápido, con sus dedos jalándole el cabello con fuerza.
Clara siguió lamiendo con desesperación, cada vez más perdida, hasta que sintió que su propio cuerpo ya no le obedecía.
Cuando Elaine se corrió con un grito ahogado, el cuerpo convulsionando violentamente contra su boca, Clara se rompió también.
El orgasmo le golpeó con fuerza brutal, sacudiéndole las piernas y arrancándole un gemido ahogado mientras se aferraba a las caderas de Elaine como si se estuviera cayendo.
Tembló sin control, el placer latiéndole entre las piernas con una intensidad que casi le dolía.
Elaine permaneció callada durante un buen rato. Se vistió sin prisa y sin decir una palabra. Cuando llegó a la puerta, se detuvo. Solo entonces se giró y la miró.
—Mañana —dijo con voz de nuevo fría y dominante— intentarás caminar otra vez. Y si no mejoras, te haré repetirlo hasta que tus pies sangren. ¿Está claro?
Clara asintió, todavía tirada en el suelo tratando de recuperar el aliento. Sabía que estaba marcada, que había cruzado una línea de la que no podría volver. Y en ese momento, no le importó.
—Y si dices una sola palabra de esto —dijo, deteniéndose en la puerta y mirando a Clara con una sonrisa cruel—, estás muerta. ¿Entendido?
Clara asintió, con sus ojos muy abiertos de miedo.
—Sí, Elaine. Entendido.
Se quedó sola en la sala. Cuando su respiración se calmó al fin, al principio, pareció que iba a llorar.
Tenía el rostro tenso, los labios apretados, los ojos al borde de romperse.
Pero en vez de lágrimas, lo que brotó fue risa, apenas un murmullo irregular, como una grieta en su pecho.
Una risa trémula, seca, que fue creciendo en espiral, en oleadas suaves que se alzaban con cada exhalación, hasta que —sin aviso— estalló. Una carcajada fuerte. Incontenible.
Las carcajadas llenaron la sala vacía como una marea, rebotando en las paredes con ecos desafinados. Rio hasta que le dolió el cuerpo, hasta que las lágrimas bajaron mezclándose con el sudor, y sintió cómo le temblaban los muslos, las manos y el pecho.
Se quedo largo rato allí, sola en el suelo, jadeante, con la espalda húmeda y el corazón disparado, tratando aferrarse a la nueva sensación que la inundaba.
Las visitas a la sala de audiciones se volvieron un hábito extraño, un exceso que ninguna modelo terminaba de comprender.
Entraba siempre detrás de Élaine, y cuando regresaba lo hacía con el rostro húmedo, la respiración desordenada y las piernas temblando como si hubiera corrido hasta el límite de su cuerpo.
Isolda se burlaba con su crueldad habitual, alzando apenas la voz para que las demás la escucharan:
—Tanto ensayo para nada. Esa chica nunca aprenderá.
Las risas de Samira y Valentina la acompañaban como coro, pero Aiko no reía.
A ella le preocupaba ese brillo febril en los ojos de su amiga, el modo en que bajaba la cabeza para ocultar que aún jadeaba.
La veía jugar nerviosa con sus manos, incapaz de estarse quieta, y algo en su interior le decía que ese esfuerzo ya no era solo físico.
Más de una vez pensó en acercarse a Migi para pedir clemencia para Clara, pero cada vez la sombra de Isolda le recordaba su advertencia:
—No te atrevas.
En las horas de descanso, la tensión se volvía palpable.
Clara evitaba mirar a Élaine, aunque bastaba con que esta entrara en la sala para que todo en su cuerpo se pusiera alerta, como un animal acorralado.
Élaine, por su parte, apenas la observaba de reojo, con esa calma fría que parecía ocultar una tormenta.
Ninguna palabra se cruzaba entre ellas, y aun así, las demás podían sentirlo: una cuerda invisible, tirante, vibrando bajo la superficie.
Samira y las otras interpretaban ese silencio como miedo o resentimiento.
Solo Aiko percibía que era otra cosa, aunque no supiera nombrarla.
Veía el temblor en los dedos de Clara, la rigidez en sus labios, la chispa indomable que sobrevivía en sus ojos.
Había allí un secreto, un ritual que se consumaba a puerta cerrada, pero del que ninguna sospechaba la verdadera intensidad.