Convertida en Deseo CAPÍTULO VI #2
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CAPÍTULO VI #2

El golpe verbal le cayó directo al estómago. Pero en el mismo lugar donde debería haber solo vergüenza, algo más se movió. Un calor bajo, inesperado, que se extendió despacio entre sus piernas. La desconcertó tanto que por un segundo perdió el hilo de sus pensamientos.

Clara parpadeó, confundida. El corazón le latió más fuerte. No entendía por qué su cuerpo respondía así. No quería entenderlo. Y sin embargo, ahí estaba: una sensación cálida y vergonzosa que no tenía nada que ver con el orgullo herido… y todo que ver con las palabras de Elaine.

¿Por qué… me gusta?

La pregunta le cruzó la mente antes de que pudiera detenerla. Y eso la asustó más que cualquier insulto

Intentó rehacerse, la voz quebrándose.

—También… también he aprendido a obedecer.

Elaine sonrió por primera vez, una sonrisa que no traía ternura, sino peligro.

—Eso suena un poco mejor. Pero aún no lo creo.

El cosquilleo en su vientre se intensificó. Apretó los muslos bajo la mesa. El calor se expandía hacia abajo, insistente. Cada palabra de desprecio la desgarraba y, sin embargo, la encendía más.

—Mírame cuando te hable. —La voz de Elaine bajó, más grave, más íntima, casi un murmullo que se pegó al aire.

Clara levantó los ojos y la vio con claridad brutal: la curva afilada de sus pómulos, los labios tensos, los ojos negros que parecían atravesar la piel hasta el alma.

El recuerdo de su sueño la golpeó de pronto, como un relámpago: sus labios en los de Elaine, la confesión imposible, la ternura escondida.

El mareo del té aún le rondaba la cabeza, y todo se mezclaba: el miedo y la atracción. Cada desplante la volvía más vulnerable y a la vez más sensible, como si la piel entera le vibrara.

—Yo… quiero mejorar… —logró decir, la voz temblando—. Quiero servir a la agencia… y… a ti.

Elaine se inclinó hacia adelante, sus uñas largas tamborileando en el cristal de la mesa. El sonido resonó en el silencio como golpes de metrónomo. —¿Servir? —repitió con lentitud—. Servir no se dice. Se demuestra.

Clara sintió que el aire se espesaba en la sala, como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas. Su respiración era un jadeo entrecortado; el calor en su vientre ya no era un cosquilleo, sino un ardor húmedo y vergonzoso.

Y comprendió, con la fuerza de un tren que la arrasaba: era una orden y a la vez una invitación. Y si, la dominación la excitaba. No la destruía. La encendía. La sometía… y la hacía sentirse viva.

En el fondo de ese descubrimiento brutal había algo más: un calor tierno, casi protector. Como si Elaine, al reducirla a nada, la reclamara como algo suyo.

—¿Y bien? —que harás al respecto? preguntó con una voz apenas audible.

El latido del corazón de Clara se confundía con el zumbido del aire acondicionado. El olor al perfume de Elaine, fuerte, con notas de especias, la invadía, y cada mirada de ella era un toque invisible en su piel.

La situación escalaba, segundo a segundo, y Clara lo sabía: había cruzado un límite del que ya no podría regresar.

No sabía qué le estaba ocurriendo. Sus pensamientos se volvían… blandos, inseguros. Su cuerpo respondía a estímulos que no entendía. Y cada vez que ella hablaba, su tono frío la hacía querer desaparecer. Y, al mismo tiempo, la hacía desear ser mirada.

—Camina —ordenó Elaine—. Desde allá hasta mí. Con los brazos sueltos. No pienses.

Clara obedeció. Dio unos pasos torpes. Tropezó al girar.

—Increíble —dijo con tono seco—. Un insecto sin dirección. ¿No sabes mover tus propias piernas? ¿Nunca aprendiste a ser mujer?

Clara bajó la cabeza. No sabía dónde mirar. No quería que la odiara, pero cada intento por agradar solo empeoraba todo. Sentía un mareo creciente, sus pensamientos se volvían confusos.

—No te hagas la inocente —dijo Elaine, acercándose—. Se nota a kilómetros que quieres ser tocada. Aprobada. Pero no por cualquiera. ¿Verdad?

Se detuvo frente a ella. Clara notó el olor. Una mezcla imperceptible de piel limpia y algo dulzón. Le invadió la nariz, le rozó la garganta. La hizo temblar. Elaine extendió la mano y tocó la falda de Clara. Una sonrisa sutil se dibujó en su rostro.

—Mira cómo estás —susurró Elaine, su voz un susurro oscuro y tentador—. Mojada. Suplicando por atención.

Clara se sintió avergonzada y excitada a la vez, su cuerpo temblaba de anticipación. No podía controlar sus reacciones, su respiración se volvió rápida y superficial.

—Por favor —susurró Clara, sin saber siquiera qué pedía.

Elaine la miró fijo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y dominio.

—Eres un desecho. Pero quizás… —sus ojos bajaron un centímetro, tal vez dos— quizás puedas ser útil. Si sabes callar. Y mirarme como estás mirando ahora.

Clara se dio cuenta de cómo la miraba. Con una mezcla de miedo, vergüenza, y algo más. Algo que no podía parar. Sintió el rubor en sus mejillas, en su cuello. El aire le pareció húmedo. Pero no lo entendía. Solo sabía que deseaba quedarse. Que deseaba que no dejara de hablarle así.

De repente, no pudo soportarlo más. Se abalanzó sobre Elaine, buscando sus labios con desesperación. Ella, tomada por sorpresa, la apartó de un empujón. De inmediato, le dio una sonora cachetada, dejando una marca roja en su mejilla.

—¿Eso es lo que quieres? —gritó, su voz resonando en la sala vacía—. ¿Eso es lo que quieres maldita lesbiana?

Clara solo la miró con ojos llenos de lágrimas y deseo. Elaine la empujó contra el suelo con sus manos fuertes y dominantes. Le subió la falda y le bajó la ropa interior, exponiendo su vulva húmeda y palpitante.

—Mira cómo estás —dijo Elaine, en un gruñido bajo—. Mojada y suplicando.

Clara gimió, su cuerpo arqueándose hacia las caricias de Elaine. Ella le frotó la vagina con brusquedad y con sus dedos moviéndose con tal intensidad que creía que iba a perder la razón.

—Dime si esto es lo que quieres —gritó—. Dime si te gusta que te trate como a una puta.

Clara solo podía gemir y mover sus caderas contra la mano de Elaine, mientras su cuerpo ardía en llamas de deseo.

—Sí —chilló Clara, su voz apenas reconocible—. Sí, así.

Continuó frotándola, sus dedos expertos llevándola al borde del éxtasis. Con un grito ahogado, alcanzó el orgasmo, con todo su cuerpo temblando y convulsionando bajo las manos invasoras.

Pero Elaine no se detuvo ahí. Con una sonrisa de triunfo, comenzó a desabrochar la blusa de Clara, exponiendo sus pechos temblorosos y sus pezones erectos.

—Tan ansiosa —se burló, inclinándose para tomar un pezón en su boca, mordiéndolo con suavidad al principio, luego con más fuerza, haciendo que gritara de placer y dolor.

Clara jadeaba, su cuerpo arqueándose hacia Elaine, pidiendo más. Ella se movió al otro pezón, dándole el mismo tratamiento, sus manos acariciando y apretando los pechos de Clara con fuerza.

—Por favor —suplicó—. Más.

Elaine se levantó, mirándola con una mezcla de lujuria y desprecio.

—Quítate la blusa —ordenó—. Quiero verte toda.

Clara obedeció, quitándose la prenda, sus ojos fijos en los de ella. Apenas estuvo desnuda de cintura para arriba, Elaine la empujó de nuevo al suelo, sus manos y boca explorando cada centímetro de su piel.

—Tan suave —murmuró, sus dedos trazando patrones en la piel, haciendo que se estremeciera—. Tan perfecta para ser marcada.

Clara gimió, su cuerpo respondiendo a cada toque, a cada palabra dura y humillante. Elaine se movió hacia abajo, sus manos alzando sus caderas, y con su lengua trazando un camino desde su ombligo hasta su vagina.

—Dulce —murmuró, su lengua explorando los pliegues de Clara, encontrando su clítoris y chupándolo sin control—. Tan dulce.

Clara soltó un grito agudo y arqueó la espalda. Sus manos se enredaron con fuerza en el cabello de Elaine, tirando de ella hacia abajo con desesperación, como si quisiera hundirla más entre sus piernas. Pedía sin palabras: más presión, más intensidad, más de todo.

Elaine no se lo negó. Su lengua se volvió más insistente, más precisa, mientras sus dedos la penetraban con un ritmo constante y profundo. No había piedad en la forma en que la trabajaba. Solo intención.

Clara se quebró otra vez. El orgasmo le llegó violento, sacudiéndole el cuerpo entero. Gritó sin control, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Elaine, las manos aferradas a su cabello como si fuera lo único que la mantenía en el mundo.

Pero no había terminado. Se levantó, se quitó el vestido, exponiendo su cuerpo perfecto y desnudo. Clara la miró, hipnotizada.

—Lámeme —ordenó, acostándose en el suelo y abriendo las piernas, exponiendo su vagina oscura y brillante.

Clara se hundió entre las piernas de Elaine.

En cuanto su lengua tocó aquel calor vivo, un escalofrío le atravesó el cuerpo entero.

El sabor era denso, salado, amargo, con un peso que le llenó la boca.

Algo dentro de ella se rompió. Enterró la cara con fuerza, hundiendo la lengua tan profundo como pudo, lamiendo con una necesidad que no reconocía, succionando el clítoris entre sus labios mientras su nariz se apretaba contra la piel suave y caliente de encima.

Cada movimiento era más ansioso, más voraz. Parecía querer perderse ahí dentro.