CAPÍTULO VI
El eco de los tacones sobre la tarima pulida era un lenguaje nuevo para ella.
La sala de pasarela parecía interminable: un corredor iluminado por reflectores fríos, espejos a los lados que multiplicaban cada movimiento y un silencio expectante que pesaba sobre su piel.
Las demás modelos caminaban como si el mundo les perteneciera: caderas precisas, hombros firmes, mirada fija, con esa seguridad imposible que parecía tatuada en sus huesos.
Clara, en cambio, daba pasos rígidos, demasiado consciente de sus brazos, de su falda que no caía bien, de la tensión que la hacía parecer una estatua a punto de quebrarse.
—Relaja los hombros, Clarita —le dijo Aiko desde el borde de la pasarela, con una sonrisa burlona y en el fondo, cómplice—. Los desfiles son importantes, sí… pero no son lo mejor. Lo más jugoso son los trabajos especiales. Modelajes privados, ya sabes… para clientes que pagan de verdad.
—¡Aiko! —Isolda la cortó con voz dura, cruzando los brazos frente a ella—. ¡Cierra la boca de una vez! No seas indiscreta delante de la novata.
La japonesa se encogió de hombros con teatralidad, como si le divirtiera la reprimenda, y se apartó silbando una melodía inventada.
Isolda se acercó a Clara y le puso una mano firme en el hombro, bajando la voz. —No le hagas caso. Aiko es una tonta sin filtro. Lo que importa aquí es la seriedad: a veces la agencia organiza eventos corporativos para clientes exclusivos. Ahí es donde debes brillar.
Aiko, que aún rondaba cerca, alzó las cejas y se burló en voz alta. —¡Ja! “Eventos corporativos”, dice. Qué elegante suena cuando en realidad… —hizo un gesto con la mano como quien quita migas de la mesa—. Pero bueno, mejor me callo, ¿no?
Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Las palabras de Aiko y la severidad de Isolda chocaban en su cabeza, creando una duda viscosa: ¿qué clase de agencia era ésta en realidad?
¿Qué significaban esos trabajos especiales?
La idea la aterraba, pero al mismo tiempo, algo en el misterio le retorcía el estómago con un cosquilleo inconfesable.
Más tarde, cuando terminó la práctica, la llamaron a la oficina administrativa. Le entregaron un sobre lacrado con su nombre escrito a mano, correspondiente a su primer pago. Lo abrió con torpeza, esperando tal vez un comprobante modesto. Lo que encontró la dejó sin aire.
Una cifra descomunal brillaba en el comprobante: más dinero del que había visto junto en toda su vida. Una suma tan absurda que pensó que se trataba de un error, un desliz de contabilidad.
—¿Qué…? Esto no puede ser mío… —susurró para sí misma. Sus manos temblaban.
Samira apareció a su lado y, al ver el sobre, soltó una carcajada seca. —¿Eso? —se inclinó sobre su hombro—. Bah. Es lo mínimo. No significa nada sin los bonos de los eventos especiales.
La miró con los ojos muy abiertos.
—¿Bonos…?
Isolda, que había estado arreglando su cabello frente a un espejo portátil, se volvió hacia ella con una sonrisa tranquila, casi enigmática.
—Pronto tendrás uno. Los eventos llegan rápido, Clara. Prepárate.
La promesa de riqueza y la sombra del misterio se mezclaban en su pecho como veneno y miel. Y por primera vez, comprendió que lo que estaba comprando esa cifra descomunal no era solo su trabajo: era algo mucho más íntimo, y quizá mucho más peligroso.
Aún mantenía el sobre pegado contra el pecho, como si el papel pudiera arderle entre los dedos. La cifra escrita allí dentro pesaba más que cualquier otra cosa que hubiese tenido en sus manos en toda su vida. Y, sin embargo, la pregunta le salió a media voz, insegura, casi con vergüenza:
—¿Y… yo también… debo participar en esos eventos?
Un silencio breve se extendió por la sala.
Las modelos la miraron, pero ninguna sostuvo la mirada por mucho tiempo.
Algunas bajaron los ojos casi de inmediato, otras intercambiaron una mirada rápida entre ellas, como si necesitaran confirmación de algo.
El aire se volvió denso, difícil de respirar.
Había algo en la forma en que estaban quietas, en cómo evitaban hablar, que no era normal.
Como si todas supieran exactamente qué no decir.
Clara sintió que el silencio la envolvía. No era solo incomodidad. Era algo más pesado.
Isolda fue la primera en romperlo. Guardó con calma el espejo compacto en su bolso, se cruzó de piernas y la observó con una sonrisa lenta.
—Tu pregunta no podría llegar en mejor momento, Clara. Hoy mismo tendrás tu primera audición. Con Elaine.
El nombre golpeó como un látigo en su mente. Sintió un estremecimiento que le corrió por toda la espalda. Sus dedos apretaron tanto el sobre que casi lo arrugó. La garganta se le cerró; apenas pudo sacar un susurro.
—¿E… Elaine?
Isolda ladeó la cabeza, desconfiando de inmediato.
—Sí. ¿Acaso tienes un problema con ella?
Clara parpadeó, el corazón golpeando con fuerza. La voz no le salía; se trababa, se ahogaba en sus propios titubeos.
—Yo… no sé… no estoy preparada… todavía no…
El silencio volvió a extenderse, pero esta vez fue peor.
Las modelos intercambiaron miradas rápidas, cargadas de un matiz oscuro: duda, suspicacia, incluso desdén.
Samira alzó una ceja con sorna, Isolda frunció los labios como quien confirma un prejuicio, y hasta Valentina, siempre tan callada, la observó con un gesto de frialdad.
Y lo que más dolió: Aiko. Buscó sus ojos como quien pide auxilio, pero la japonesa, aunque no apartó la vista, la miró con una decepción callada, incómoda, como si esa inseguridad le repugnara un poco. No hubo burla en su gesto, pero tampoco apoyo.
Casi pudo sentir como el piso bajo sus pies se hacía más estrecho por momentos. Bajó la cabeza, apretó los labios y se retiró con pasos torpes, llevando aún el sobre contra el pecho como si fuera un escudo inútil.
El pasillo la recibió frío, silencioso. La tensión de aquel momento seguía clavada en su nuca cuando escuchó un correr ligero detrás de ella.
—¡Clara-chan! ¡Espera!
Aiko apareció, jadeando un poco, con una taza blanca humeante entre las manos. Sonrió, aunque era una sonrisa forzada, temblorosa.
—Tómalo. Té de malojillo. Para los nervios.
Clara se quedó mirándola, todavía temblando, y sin pensar demasiado tomó la taza.
La llevó a los labios de inmediato, bebiendo en tragos profundos.
El líquido caliente le llenó la boca con un sabor intenso, distinto al de antes.
Era más rico, más redondo, con un dejo dulce que acariciaba la lengua como miel ligera.
En cuanto bajó por su garganta, el calor se expandió con rapidez. Cerró los ojos, sintiendo un mareo repentino que la obligó a apoyarse contra la pared. La taza tintineó al chocar con el azulejo.
—Me… me siento extraña… —murmuró, con una risita nerviosa que ella misma no reconoció—. Como… liviana.
La joven le puso la mano en el brazo, apretando con suavidad. —Eso es bueno. Deja que te ayude.
Respiró hondo, intentando estabilizarse. El té le recorría el cuerpo como un río cálido, derritiéndole las tensiones, desarmando las barreras que siempre mantenía alzadas. Una parte de ella quería asustarse, pero otra, más fuerte en ese instante, lo aceptaba con alivio.
Se pasó la lengua por los labios, aun saboreando el dulzor del malojillo. La cabeza le daba vueltas, pero lo que más le pesaba no era el mareo. Era un nombre. Ese nombre que zumbaba como un insecto venenoso dentro de su cráneo.
Elaine.
La esperaba.
Y Clara, con el corazón latiéndole en los oídos, comprendió que no había té en el mundo capaz de calmar lo que estaba a punto de enfrentar.
La puerta se cerró tras ella con un suspiro de bisagra.
Dio un paso dentro y el aire de la sala la golpeó de inmediato: frío, recortado por un olor extraño, mezcla de cuero nuevo y perfume fuerte, con un trasfondo metálico como de cables recalentados.
Era una sala amplia, pero desnuda, dominada por una mesa larga de cristal y sillas de líneas rectas.
Las luces eran blancas, quirúrgicas, sin indulgencia alguna.
Elaine estaba allí. No de pie, sino sentada en la cabecera, con las piernas largas cruzadas y los brazos apoyados con un gesto que hacía parecer que aquel lugar le pertenecía desde siempre.
Su piel morena brillaba bajo los reflectores, y los músculos sutiles en sus brazos y cuello daban la impresión de que podía quebrar a cualquiera con un movimiento mínimo.
No sonrió. Ni siquiera inclinó la cabeza. Solo la miró.
Los tacones de Clara resonaron demasiado fuertes cuando entró, y ella maldijo en silencio por no poder caminar con discreción. El sobre con su primer pago aún pesaba en su bolsillo, como si la arrastrara.
Elaine habló sin mover apenas los labios:
—Llegas tarde.
El comentario la partió en dos. Había llegado puntual, lo sabía, pero no se atrevió a defenderse.
—L-lo siento —balbuceó, haciendo una reverencia torpe.
—Siéntate. —La orden cayó seca, sin un ápice de emoción.
Clara obedeció, la tela de la silla de cuero frío contra sus muslos desnudos bajo la falda. El silencio de la sala pesaba. El zumbido lejano del aire acondicionado parecía amplificarse hasta ensordecerla.
La observó como un juez que se divierte retrasando la sentencia. Luego ladeó un poco la cabeza.
—Preséntate.
El corazón golpeó contra su pecho. Trató de enderezarse, pero sentía que no lo lograba. —Soy… Clara. Aspirante a modelo en la agencia Victoria’s.
Elaine arqueó una ceja, apenas.
—Aspirante. —Lo pronunció con asco, como si la palabra fuese suciedad en la boca—. ¿Y qué has aprendido hasta ahora?
Solo escuchaba su corazón retumbando en el pecho. El calor le subió por la espalda hasta el cuello, espeso y traicionero. Se humedeció los labios, intentando que su voz sonara más firme de lo que se sentía.
—He practicado… pasarela, postura… resistencia física.
El suspiro de Elaine fue casi un bufido de desprecio.
—Nada. Palabras huecas. Ni una pizca de valor. ¿De verdad piensas que eso hace a una modelo?