CAPÍTULO V
Clara paso los dos días siguientes en la cama.
Se despertó el domingo al anochecer y se obligó a salir solo un momento, para buscar un analgésico en la farmacia.
Al regresar, subió los escalones de su edificio como quien atraviesa un pantano: cada paso le pesaba toneladas.
El eco de su respiración rota la acompañaba en la penumbra, mientras el zumbido apagado de un foco moribundo lanzaba destellos intermitentes sobre las paredes húmedas.
Su cuerpo estaba triturado por la tortura: cada músculo ardía como hierro candente; sus manos, aún entumecidas, no atinaban a sostener con firmeza la llave.
Cuando por fin alcanzó la puerta, se inclinó contra ella, cerrando los ojos un instante. Todo lo que deseaba era hundirse en la oscuridad de su cuarto, olvidar el dolor, olvidar las risas hirientes. —Soy nada… soy un cuerpo roto. Tal vez mañana ni despierte.
Giró la llave. El clic metálico retumbó en el pasillo como un disparo. Y entonces lo sintió: no estaba sola.
Abrió los ojos.
Frente a su puerta, envuelta en la luz amarilla que palpitaba como si respirara, había una silueta.
Alta, esbelta, definida como un trazo de tinta sobre un papel vacío.
El abrigo claro le caía sobre los hombros como un velo etéreo.
El moño de su cabello estaba perfecto, casi demasiado perfecto, como una corona imposible.
Era Elaine.
Clara se quedó petrificada en el pasillo. Por un segundo pensó que estaba alucinando. La figura era demasiado inmóvil, demasiado nítida, como si hubiera salido de un cuadro antiguo. Todo el cansancio acumulado se le vino encima de golpe y el mundo pareció volverse irreal.
—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó con la voz rota. Apretó la llave entre los dedos hasta que le dolió la palma. El corazón le golpeaba contra las costillas.
Elaine no respondió de inmediato. Dio un paso adelante. No llevaba tacones, pero aun así sus pasos no hicieron ningún ruido sobre el suelo de mármol. Ni un crujido. Ni un roce. Su sombra se estiró hacia Clara como si tuviera vida propia.
—Quiero saber si estás bien —dijo al fin, con una voz serena, casi dulce
Clara rio nerviosa, pero el sonido le salió roto, más parecido a un sollozo. —¿Bien? Estoy hecha pedazos. Me duele cada hueso. No… no estoy bien.
Elaine inclinó la cabeza, los ojos profundos como espejos oscuros que absorbían toda la luz del pasillo.
—Tienes algo dentro de ti que ni siquiera entiendes. Y si no hablo contigo ahora… puede que lo pierdas.
Tragó saliva. Las palabras parecían llegar desde muy lejos, como si fueran susurradas al otro lado del mundo. La luz intermitente del foco la bañaba a ráfagas: Elaine aparecía y desaparecía, era sombra y luego forma, era real y a la vez imposible.
—¿Puedo entrar? —preguntó, apenas separando los labios.
La pregunta la dejó a suspendida en el aire. Era a la última persona que esperaba ver frente a su puerta en ese momento. Se sentía fuera de lugar, pero no tenía forma de rechazar esa visita tan imprevisible.
Clara sintió que todo el pasillo se inclinaba sobre ella, que el mundo se cerraba en ese único instante. ¿Ella de verdad está aquí? ¿O es mi mente, quebrada, jugando conmigo?
Pero antes de pensarlo más, sus labios dijeron:
—Sí… pasa.
Elaine cruzó el umbral. Y al hacerlo, el apartamento se llenó de un aroma extraño, mezcla de incienso y tierra húmeda. El aire pareció espesarse, como si no entrara una mujer, sino un presagio.
Clara cerró la puerta tras ella, con el corazón galopando.
El apartamento estaba en penumbra, con ese olor persistente a humedad y a jabón barato que no lograba desterrar nunca.
La luz tenue de una lámpara de mesa bañaba apenas las paredes descascaradas.
No pudo evitar sentirse un poco en falta, ante lo precario y banal que debía parecer ese apartamento a una mujer de mundo como Elaine.
Era como invitara a un cisne a nadar en un lodazal.
Ella entró despacio, las manos en los bolsillos de su abrigo claro, y se detuvo en medio del cuarto, examinándolo todo con una mirada silenciosa y penetrante.
La anfitriona aseguró la puerta tras ella con nerviosismo.
No sabía qué hacer, cómo moverse, qué decir.
Sentía su propio cuerpo torpe, sucio, demasiado pequeño frente a la presencia impecable de aquella mujer.
—¿Quieres… quieres un té? —preguntó al fin, con voz temblorosa, como si se disculpara.
Elaine inclinó apenas la cabeza.
—Sí.
Clara se apresuró a la cocinita. El único té que tenía era el mismo malojillo que Migi le había hecho probar en la agencia.
Se preparó la infusión a toda prisa. Cuando volvió, ambas se sentaron en el sofá angosto, con las rodillas casi rozándose.
El vapor del té llenaba el aire con un perfume fresco, mientras el silencio se alargaba como un cuchillo suspendido.
Sintió que el corazón le golpeaba tan fuerte que Elaine debía oírlo.
Se sentía incómoda en el estrecho sofá. El silencio era espeso, como si fuera la habitación la que contuviera la respiración. El sonido de las cucharillas chocando apenas contra la loza era un repiqueteo casi insoportable.
Elaine fue la primera en hablar. Su voz, ahora parecía demasiado insegura.
—Sé que mi presencia aquí es… extraña. No acostumbro hacer esto.
Clara asintió, sin atreverse a decir nada.
—Sabes que he sido muy dura contigo. —bajó la vista a la taza, como si allí buscara las palabras—. Brutal, incluso.
Pero no es porque te desprecie. Es porque deseo que triunfes.
Clara la miró con incredulidad.
—¿Triunfar yo? Si todas esas mujeres me odian… y son perfectas. ¿Cómo podría imitarlas?
Elaine negó con suavidad.
—No entiendes. —La joven respiraba con fuerza, intentando reunir las fuerzas necesarias para continuar—.
La verdadera belleza no está en lo que exhiben ellas. Eso es una fachada, un artificio. Lo tuyo es distinto. Tienes candidez. Una belleza de lo auténtico, de lo incorrupto. Yo lo vi desde el primer instante.
Sintió que la garganta se le cerraba. No sabía qué responder. Esa mujer que la había destrozado a gritos, que la había hecho arrastrarse como un animal, le hablaba ahora con una ternura desconcertante.
—No es la perfección lo que importa —dijo Elaine. —Esa se compra, se fabrica, se maquilla. La verdadera belleza es otra cosa.
El aire se volvió aún más espeso. Ella no sabía qué responder. Sus dedos se crispaban en torno a la taza, el calor de la cerámica igualando el calor que le subía por el pecho.
Elaine levantó los ojos, oscuros, intensos.
—Estoy aquí porque ya no puedo callarlo —continuó, con voz más baja, más íntima—. Porque me importas. Porque mis sentimientos hacia ti ya no caben en el silencio.
El mundo de Clara se tambaleó. La garganta se le cerró.
—Yo… yo no… me siento halagada, pero yo no…—balbuceó, incapaz de sostenerle la mirada.
Ella no le contestó. No se ofendió. Solo permaneció allí, mirándola con una intensidad que atravesaba la piel. Un silencio denso, interminable, cayó sobre la sala.
Clara sintió que la respiración le faltaba. Dios… no puedo. ¿Por qué la siento tan cerca?
Sus ojos se encontraron. El tiempo se quebró. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que pensó que iba a estallar. Un segundo después, sin saber cómo, se inclinó hacia adelante y sus labios buscaron los de Elaine.
El beso fue ardiente, brutal, cargado de una desesperación que no sabía que tenía dentro. Se separó apenas, jadeante, y murmuró con la voz temblorosa: —Yo también lo siento. Yo también… estoy enamorada.
Elaine le acarició la mejilla con ternura insospechada, y sus labios volvieron a encontrarse en un beso lento, profundo.
El mundo pareció detenerse.
Y entonces…
¡RIIIING!
El despertador estalló en el silencio con una violencia insoportable. Clara abrió los ojos de golpe, ahogada, con el corazón martillando.