Convertida en Deseo CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Las horas se habían ido deslizando como agua por una rendija sin que la agencia cambiara de ritmo.

A media tarde, alrededor de las cuatro, las modelos fueron terminando la rutina que habían practicado en la mañana: repeticiones medibles, estiramientos, una última serie de pirouettes que Isolda ejecutó con la frialdad de quien clausura un rito.

Poco a poco la sala se fue vaciando; toallas colgaban en percheros, botellas marcadas con el logo quedaban alineadas en la mesa, y los tacones, más tarde, tintinearon fuera de los vestuarios.

Aiko y la morena de labios carnosos —Samira— se quedaron hasta las seis, fingiendo una sesión de yoga y relajación que en realidad era casi una pantomima: respiraciones profundas con los ojos cerrados, posturas lentas, manos en Namasté…

pero ninguna de las dos dejaba de mover la vista hacia el otro lado del salón, de donde venían los gritos de Elaine como ráfagas.

Cada inhalación parecía interrumpida por otro mandato, por otro golpe de voz que estallaba desde la sala de entrenamiento.

Era imposible concentrarse del todo mientras, detrás de una pared de cristal, se desgarraba la disciplina.

A las seis en punto, ambas modelos se levantaron.

Se dieron un abrazo breve, nervioso, y se marcharon con pasos que intentaban sonar despreocupados.

El edificio se adaptó a una higiene de rutina: la música quedó más baja, las luces se atenuaron en algunos rincones, personal de mantenimiento pasó con sus carros.

La ilusión fue que aquello era un día más en la agencia, pero el murmullo no cesó: seguían los ecos de órdenes, el ritmo seco de alguien contando repeticiones, y la voz de Elaine como un látigo que no se quería detener.

A medida que la noche se hizo larga, el reloj avanzó sin piedad.

Cerraron los restaurantes de la esquina, los bares echaron a los últimos clientes, y la ciudad fuera del cristal fue quedando en un silencio de neón.

Dentro, sin embargo, un área pequeña permaneció en guerra: la sala donde Clara, empapada y rígida, seguía obligando a su cuerpo a obedecer.

Ya eran más de las tres de la madrugada cuando la actividad en la agencia se redujo a murmullos y guardias somnolientos.

La mayoría había cedido al cansancio. Las ruedas del carro de limpieza chirriaron una última vez, las luces de pasillo habían sido reguladas a mínima potencia, y el servicio nocturno patrullaba con ojos que buscaban calma.

Pero en el fondo del edificio, detrás de mamparas de cristal que reflejaban la oscuridad, Elaine continuaba.

Clara estaba desplomada en la colchoneta, el pecho subiendo y bajando con espasmos. El sudor formaba charcos en el suelo, pegándole la camiseta a la piel como una segunda piel mugrienta.

Elaine le lanzó un silbido cortante, como si llamara a un perro.

—De pie. —No gritó. No hacía falta. Su voz era filo puro.

Ella trató de incorporarse, pero los brazos le temblaban demasiado.

—¿Qué pasa? ¿Ya terminaste? ¿Con diez minutos de jugueteo crees que alguien va a comprarte una portada?

—Elaine se agachó, casi rozando su cara, mientras su sombra se proyectaba enorme en el espejo.

—Hueles a miedo. A ropa lavada con jabón barato y guardada por demasiado tiempo.

¿Sabes lo que huelen las verdaderas modelos?

A perfume de mil dólares, a lencería de seda.

Tú hueles como el piso de un hostal de mala muerte.

Clara bajó la cabeza, la vergüenza ardiéndole más que el cansancio.

—¡Mírame cuando te hablo! —tronó, dándole un golpe seco con la punta del pie en el muslo—. ¿O es que hasta para recibir órdenes eres un desperdicio?

Levantó la vista, los ojos nublados de lágrimas.

—Muy bien. Al suelo. Cuatro patas. —Elaine se inclinó, y su media sonrisa se volvió cruel—. Arrástrate como lo que eres: un gusano buscando migajas.

Clara tragó saliva. Se dejó caer en posición, las palmas sudorosas resbalando en el piso brillante. Comenzó a avanzar sin gracia, con las rodillas ardiéndole contra la colchoneta.

Las risas de Elaine invadían la sala.

—Mírate… pareces un perro sarnoso.

Ella celebraba su propio chiste, complacida.

—¡Sí! Una perrita. Tal vez eso es lo único que puedes aspirar a ser aquí. ¿Quién sabe? Quizá Victoria quiera ponerte un collar y sacarte a pasear. —Su voz bajó, morbosa—. Aunque con ese olor a sudor rancio y miedo… ni como juguete sexual vales.

Clara se encogió sobre sí misma, arrastrándose con más torpeza, sintiendo la ropa empapada pegándosele como trapo húmedo. El calor en el rostro era insoportable.

—¡Más rápido! —Elaine le dio un puntapié en la cadera—. ¡Arrástrate con ganas, carajo! Imagina que tu única oportunidad de sobrevivir está adelante. ¿O prefieres que quede grabado que hasta como animal eres inútil?

Ella apenas podía mantenerse de pie, los brazos ya cediendo bajo su propio peso y la respiración rota en jadeos ahogados. Apretó los dientes, al límite de su resistencia.

Elaine la detuvo de golpe.

—Ahora boca abajo. Planchas. Quiero ver si tu cuerpo miserable aguanta sostenerse un minuto.

Obedeció. Sus codos temblaban. Su abdomen gritaba.

Elaine se inclinó sobre ella. Le susurró al oído: —Vaya, vaya… la señorita secretaria tiene tetas chicas, pero solo sirven para estorbar. Se cuelgan como bolsas mal llenas cuando haces plancha. Quizá ese sea tu único “talento”: agitar carne barata frente a un cliente desesperado.

Clara solo lloraba en silencio, cubriendo su rostro con su antebrazo.

—¿No me crees? —apoyó la punta de un dedo en la espalda baja de Clara, empujando hacia abajo—. Tiembla más rápido, secretaria. Hazme reír.

El cuerpo de Clara colapsó al suelo con un golpe seco. Las lágrimas salieron solas.

Clara lloraba y gimoteaba con voz apenas audible. —Nunca voy a ser suficiente. ¿Por qué sigo?

Elaine no le dio tregua.

—Levántate otra vez. —Su voz era puro veneno—. Quiero ver si una cucaracha como tú sabe al menos caminar en línea recta. Desnuda serías un chiste, pero vestida… eres peor.

Clara intentó sostenerse de rodillas. El gimnasio giraba.

El corazón le golpeaba en la garganta. La odiaba.

Con toda la fuerza que aún palpitaba en su pecho.

“Perra… cruel… maldita”. La odiaba por cada grito, por cada orden, por cada mirada que la había hundido más y más hasta sentir que no valía nada.

Ojalá desaparezcas. Ojalá nunca te hubiera conocido.

Elaine continuó. —¿Acaso crees que Victoria quiere muñecas de porcelana? Ella quiere guerreras. Y si una perra no sobrevive, no es culpa mía. Es culpa suya, por ser débil.

Se volvió hacia Clara, que jadeaba en el suelo como un animal exhausto.

—Otra vuelta. —señaló con el dedo el perímetro del gimnasio—. Corriendo. Si te caes, lo repites. Si vomitas, te lo comes.

Clara cerró los ojos un instante. El cuerpo ya no le respondía. Pero las piernas se movieron. Una. Otra. El piso temblaba bajo sus pasos torpes.

El entrenamiento ya no era físico. Era castigo. Era humillación. Era la voluntad de Elaine aplastándola como una bota en el pecho.

Clara se desplomó de cara contra el suelo del gimnasio. El golpe seco le arrancó el aire de los pulmones. El cuerpo no respondía; los brazos colgaban, las piernas eran puro temblor. Solo quedaba el ardor del sudor en los ojos y el sabor metálico de la saliva seca en la boca.

Elaine se inclinó apenas, su perfume mezclado con el hedor del esfuerzo, y la voz le cayó encima como plomo.

—Mañana te tomas el día. El lunes volvemos. —Un segundo de pausa, y después la sentencia, brutal—. Descansa bien… porque esto de hoy fue solo un juego.