Convertida en Deseo CAPÍTULO III #3
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CAPÍTULO III #3

El aire del gimnasio estaba saturado de perfume, sudor y música minimalista. Pero bajo la voz de Elaine, cualquier otra cosa desaparecía.

—Abdominales. —La orden cayó como un martillazo.

Se tumbó en la colchoneta. El piso estaba frío contra su espalda empapada.

—Cien. Ya. —El tono no admitía réplica.

Comenzó con ímpetu. Uno. Dos. Tres. Su cuerpo protestaba desde la primera repetición. Los músculos del abdomen eran una piedra dura que se negaba a obedecerla. Pero Elaine se arrodilló junto a ella y contó con voz firme, cada número, cada fallo.

—Cuatro… no. Incompleto. Empieza otra vez. —Su dedo largo le empujó el esternón hacia abajo—. Hasta que subas con todo el torso. ¿O eres tan blanda que ni eso puedes?

El conteo reinició.

Pronto, el ardor se volvió insoportable. Mordió su propio labio para no gemir. El sudor le nublaba la vista. El número treinta le pareció el infierno.

—¡Arriba! —gritó—. ¡No pares! ¿Crees que alguien va a perdonarte porque lloras? ¡No hay perdón aquí!

Clara temblaba. Sus brazos buscaban el impulso en el suelo, pero fallaban. Cada respiración era un puñal en las costillas.

—¡Noventa y ocho, noventa y nueve, cien! —contó Elaine con una sonrisa de acero—. Muy bien… ahora, otras cien.

Dejó escapar un sollozo apenas audible.

—S-sí, señora…

El ciclo siguió. Después, flexiones. Después, planchas. Después, saltos de rana con las manos en la nuca. Su cuerpo colapsaba por momentos, pero siempre había una voz, un grito, una mano dura en la espalda que la obligaba a levantarse.

—¡De pie, basura! —Elaine la agarró de la camiseta empapada y la levantó como si no pesara nada—. ¡Tu madre debe estar orgullosa de criar a un trapo!

Las palabras le atravesaron como un cuchillo. Imágenes de su madre enferma, las cuentas impagas y su cuarto miserable se mezclaron con los jadeos.

Soy débil. Siempre he sido un fracaso. Tal vez merezco esto.

Cada pensamiento negro le golpeaba al ritmo de las repeticiones. Las piernas le temblaban, los brazos ardían, el sudor le picaba en los ojos. Quería caerse. Quería que parara.

Pero cuando estaba a punto de derrumbarse, algo raro pasó. El dolor no solo la destrozaba… también la mantenía aquí. Había un calor traicionero, bajo y vergonzoso, que le bajaba por el vientre cada vez que Elaine la insultaba o la tocaba con esa fuerza. Lo sintió, lo odió, y lo ahogó rápido.

No tenía nada si fallaba. Nada. Si se rendía ahora, volvería al vacío.

Clara apretó los dientes, ignoró el temblor y el calor que no entendía, y se obligó a levantarse otra vez.

—Otra vez —ordenó Elaine.

Y ella obedeció.

Elaine intensificó el entrenamiento.

—Burpees. Doscientos. —Le arrojó un cronómetro a la cara—. Si te demoras más de diez minutos, haces cien más.

Obedeció como pudo. El sudor goteaba en el suelo como lluvia. Cada caída de pecho contra la colchoneta era un golpe seco. Cada salto parecía desgarrarle las piernas.

Las otras modelos la observaban en silencio al principio. Pero cuando empezó a toser, con el rostro enrojecido y el pecho levantándose en espasmos, algunas intercambiaron miradas.

—Eso ya no es entrenamiento… —murmuró la de cabello ceniza, con un dejo de incomodidad.

—Es tortura —susurró otra, apenas audible.

Elaine las oyó. Se giró en un instante, con los ojos encendidos. —¿Acaso alguien habló? —dijo en voz baja, peligrosa.

Nadie respondió.

Prosiguió con la tortura sin perder un momento. —¡Más rápido, inútil! ¡Tú no eres una modelo, eres estiércol hasta que yo decida lo contrario!

Clara apenas podía respirar. El suelo giraba bajo ella. Sus piernas eran columnas rotas. Quiso detenerse, pero la imagen de la puerta de salida se mezclaba con la voz de Victoria: Talento. Y entonces siguió.

—¡Arriba! —Elaine le gritaba en la cara—. ¡Quiero que me odies! ¡Quiero que maldigas tu propia existencia! ¡Porque solo así vas a romperte y rehacerte en algo digno!

Los murmullos de las otras volvieron. Había sorpresa, miedo, incluso lástima en algunos ojos. Pero nadie se atrevió a intervenir.

Clara alcanzó el límite. Las lágrimas le caían libres, mezclándose con el sudor. Apenas veía. Apenas escuchaba. Solo sentía el latido de su corazón golpeando como un tambor en los oídos.

—No puedo más. No soy nada. No sirvo... —Los pensamientos se repetían una y otra vez, como una tortura autoimpuesta

Pero Elaine no le permitió caer. La sostuvo por los hombros, casi sacudiéndola. —Todavía no te rompes. —Su voz era un látigo suave y venenoso—. Y hasta que lo hagas, no vas a parar.

Sus músculos de ya no le respondían. Su cuerpo temblaba en pequeñas convulsiones.

Y aun así, entre sollozos, trataba de hacer la siguiente repetición.

El sudor se mezclaba con lágrimas saladas, y apenas podía distinguir una cosa de la otra.

El pecho se le agitaba como un fuelle roto, la garganta le ardía de tanto sollozar.

Las modelos observaban. Ya no reían. Una incluso apartó la mirada, incapaz de soportar semejante espectáculo.

Fue en medio de ese infierno, que Clara lo comprendió: obedecer era el único camino posible, lo único que podía hacer.