CAPÍTULO III #2
Migi sonrió. Su mano regordeta tocó apenas la espalda de Clara, como un roce maternal. Pero su calor dejaba una intención muy diferente.
—Eres preciosa cuando aceptas.
Entonces, desde la puerta, apareció una joven mujer. Se detuvo a dos pasos de Clara, pero sin mirarla.
Migi se volvió con un brillo en los ojos.
—Ajá. Justo a tiempo.
La silueta que entró era todo lo contrario al cuerpo redondo y majestuoso de Migi: alta, afilada, letal.
Piel de ébano sin una sola imperfección, caderas anchas, clavículas marcadas, piernas largas como líneas de diseño.
Un vestido blanco sin mangas se adhería a su cuerpo como una piel secundaria.
Iba descalza. No necesitaba altura. Su andar era dominio puro.
Los ojos almendrados recorrieron la sala hasta caer en Clara. Ni una sonrisa. Ni un gesto de reconocimiento. Solo desprecio.
Migi la presentó como si destapara una escultura recién hallada. —Elaine, querida… esta es Clara. La estoy moldeando. Tiene... posibilidades.
—¿Esto? —respondió Elaine, sin variar el tono. Su voz era melódica y cruel—. No parece. Huele a duda. A… vergüenza recién lavada.
Sintió que la sangre se le bajaba al vientre.
—Muéstrale las instalaciones —ordenó Migi, sin dejar de mirarla—. Enséñale lo que podría ser… si aprende a obedecer.
Elaine la observó una vez más, y esta vez en su boca apareció una media sonrisa. No de amabilidad.
—Sí. Vamos, perrita. Te enseñaré tu lugar.
El taconeo de Migi quedó atrás y Clara, con pasos inseguros, siguió a Elaine.
La blancura de la sala se transformó en un pasillo más estrecho, sin ventanas, donde cada eco de sus pies la hacía sentir fuera de lugar.
El contraste era brutal: la sala de Migi olía a té, a seda, a perfume fuerte; el pasillo olía a desinfectante y metal frío.
De pronto, Elaine se giró. Su mirada era fría, casi impersonal.
—¿Nombre completo? —preguntó sin preámbulos.
—Clara Morales —respondió ella, notando cómo le temblaba la voz.
—¿Tienes alguna condición física?
—N-no, señora.
Elaine la observó un segundo más de lo necesario antes de continuar.
—¿Dolencias, alergias, menstruación?
—N-no… nada de eso.
—Bien. —Asintió con frialdad—. Entra a los vestidores. Hay un locker con ropa de entrenamiento. Cámbiate y vuelve aquí. Tienes tres minutos.
Clara se quedó rígida, incapaz de reaccionar. Solo cuando Elaine frunció el ceño en un gesto de fastidio, sus piernas se movieron y corrió como si alguien la persiguiera.
El vestidor la recibió con un silencio helado y un olor a jabón de tocador.
El metal de los casilleros brillaba bajo luces demasiado blancas.
Enseguida encontró el suyo: dentro, ropa deportiva negra, ceñida.
Se vistió rápido, con dedos torpes. La falda y la blusa quedaron arrumbadas, despojándola de lo poco que le daba identidad.
Al volver, Elaine la esperaba apoyada en la pared, sin moverse, como si supiera que regresaría al segundo exacto. Sin palabra alguna, reanudó la marcha. la siguió con prisa, tragando saliva, sintiendo el roce áspero de la nueva ropa en la piel.
El pasillo desembocó en unas puertas corredizas de cristal. Elaine deslizó una de ellas con un movimiento suave.
—Este es el gimnasio principal —dijo, entrando sin mirar atrás—. Aquí entrenamos las estrellas. Las de la campaña de París, la portada de Vogue Arabia… las joyas de Victoria.
El cristal se abrió con un susurro eléctrico.
Y Clara vio el templo.
Paredes blancas, techos altos, espejos de piso a techo. Luces suaves. Equipos de última generación. Una banda sonora minimalista flotaba en el aire, afinada para que nada distrajera de la perfección.
Había cinco modelos en la sala.
Todas se detuvieron.
Tres estaban sobre colchonetas haciendo elongación. Una corría en la cinta con la gracia mecánica de una gacela domesticada. La quinta, sentada en una banca, se secaba el sudor con una toalla antes de beber de una botella opaca con el logo de la agencia.
Elaine carraspeó, su voz ocupando todo el espacio.
—Señoras… les presento a Clara Morales. Desde hoy… entrenará con nosotras. Orden directa de Victoria.
El silencio fue denso. Las miradas se levantaron, primero confundidas, después mostraron un dejo de incomodidad y descrédito.
—¿Ella…? ¿De verdad? —preguntó una modelo, alta, de cabello ceniza y pómulos perfectos.
La morena de labios carnosos y rulos apretados soltó una carcajada seca. —¿Entrenará con nosotras? ¿Es una broma? ¿Para las redes?
El calor subió a las mejillas de Clara. No respondió. Mantuvo los ojos en el suelo frío, sintiendo el aire helado contra el sudor que ya le perlaba la piel.
—No tiene tono muscular —opinó una asiática de apariencia frágil pero mirada cortante—Ni postura. Ni altura. Ni presencia. ¿Qué va a modelar? ¿Ropa de caridad?
La que corría en la cinta bajó la velocidad, observándola sin pudor. No habló. Solo dejó que la incomodidad creciera.
Elaine avanzó y Clara la siguió, varios pasos detrás, cargando el peso de esas miradas clavadas en su nuca. Sus propios pies hacían un ruido torpe contra el piso impecable. La ropa de entrenamiento le parecía prestada, ajena. Cada movimiento la hacía consciente de su cuerpo de un modo doloroso.
—No toques nada. No hables. Observa. Pero no creas que entenderás algo por eso —le dijo sin girarse.
Ingresaron a un salón contiguo iluminado por luces difusas, con columnas espejadas que duplicaban su silueta en ángulos imposibles.
Se detuvo un segundo frente a una fotografía gigante: una mujer desnuda envuelta en tul rojo, rostro oculto, cuello tenso, muslos cruzados.
El gesto congelado parecía gritar sumisión.
—¿Te gusta? —preguntó Elaine, sin volverse.
—Es… fuerte —susurró Clara.
Elaine soltó una risa breve, sin humor.
—Fuerte. Qué palabra inútil. No digas eso. No digas nada.
Apretó los labios y siguió a la instructora. El aire se sentía más espeso a cada paso, como si la agencia exhalara algo que se metía en sus pulmones y en sus pensamientos.
En los espejos múltiples, Elaine se multiplicaba en docenas de reflejos.
Diosas morenas que caminaban al unísono.
Clara miró casi sin querer esos hombros firmes, el cuello largo, las caderas perfectas.
Un calor vergonzoso le subió al rostro. Bajó los ojos de inmediato, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Te cuesta mantener el paso? —dijo Elaine de pronto, sin detenerse—. ¿El té te afectó o eres siempre así de torpe?
—Estoy bien —musitó Clara, aunque la mentira se le quebró en la voz.
—Perfecto. Estírate. En el suelo. Tienes diez segundos.
Clara se arrodilló, sentándose en una colchoneta. Sentía que las miradas de las demás a la distancia se clavaban en ella desde todos los ángulos. Un insecto bajo la lupa.
—Piernas extendidas. Toca los pies.
Lo intentó. Los músculos rígidos, la espalda poco flexible, la ropa ajustada tirando incómoda.
—Muy mal. Columna sin control. Flexibilidad ausente. Respiración torácica. ¿Alguien tomó fotos de esto?
Otra carcajada al fondo.
—Victoria va a tener trabajo contigo, patito —se burló la morena de labios carnosos—. ¿Sabes al menos caminar en tacones?
No respondió. Porque no sabía.
Elaine no rio. Solo tomo nota en su celular.
—Hoy empezamos con core, elasticidad y resistencia. Si lloras, sales. Si vomitas, te hidratas y sigues. Si te desmayas, te despierto. ¿Está claro?
—S-sí, señora.
Y así comenzó.
Las horas siguieron bajo los ojos duros de su entrenadora y las risas crueles de las modelos. Abdominales sin pausa. Sentadillas con peso. Respiración guiada. Cada ejercicio era un juicio. Cada fallo, un motivo más para que la vieran como una intrusa.
Pero Clara no lloró. No gimió. No pidió tregua. Y aunque su uniforme se manchó de sudor, aunque el cabello se le pegó al cuello y sus piernas temblaban, se mantuvo.
Porque sabía algo que ellas no. Ella no estaba ahí para ser una más. Estaba allí para obedecer.
Y si eso la hacía digna… las risas ya no importaban.