CAPÍTULO III
Clara no durmió. Se revolvió toda la noche, atrapada entre los residuos del miedo y una sensación sutil, más turbia, más vergonzosa: expectativa.
Su cuerpo, incluso agotado, no se relajaba. La piel ardía. La toalla de la noche anterior seguía colgada en la silla, como un recuerdo visible. En la mesita, el celular parpadeaba con una notificación silente:
"Nos vemos pronto, mi niña."
Clara se quedó mirando el aparato con los ojos abiertos y secos. Sintió un escalofrío, como si esas palabras fueran un puñal envuelto para regalo. No era un simple mensaje: era una orden.
¿Qué hago? —se preguntaba, encogida sobre sí misma en la cama deshecha— Podría no volver. Podría quedarme aquí, en mi mundo gris. No sería feliz, pero al menos estaría segura.
La idea de seguridad la hizo reír con amargura. ¿Segura de qué? ¿De la soledad en un cuarto helado? ¿De contar monedas para el alquiler? Eso no era seguridad. Era una cárcel distinta, con barrotes invisibles.
Cerró los ojos, pero al instante volvió la imagen de Victoria inclinándose sobre ella, dominándola sin esfuerzo, arrancándole hasta la voz. El recuerdo la hizo estremecerse, y sin embargo, en la base del estómago, algo se contrajo. Un calor que la confundió y la avergonzó.
No quiero sentir eso. No quiero…
Se levantó de golpe, caminó descalza por la habitación como un animal enjaulado. Las paredes parecían cerrarse sobre ella. Cada paso la enfrentaba a la misma pregunta: —¿Qué es peor? ¿Regresar… o quedarme?
Frente al espejo rajado del armario, vio su reflejo: ojeras, labios mordidos, la blusa arrugada que había usado la tarde anterior.
No parecía una modelo, ni siquiera una mujer que pudiera sostenerse con dignidad.
Era una chica rota, con los ojos rojos de tanto llorar.
Y aun así, detrás del reflejo miserable, se escondía una chispa: el eco de la voz de Victoria diciéndole: talento.
Esa palabra la corroía. Talento. Nadie se la había dicho nunca. Nadie le había hecho sentir que servía para algo más que archivar y obedecer.
—Tal vez si regreso… —murmuró, apenas audible, como si al pronunciarlo se traicionara a sí misma—. Tal vez si regreso pueda salir de esta vida. Tal vez…
Pero su voz temblaba. Sabía que “tal vez” era una trampa. Lo que la esperaba al otro lado no era seguridad ni éxito fácil. Era peligro. Era enfrentarse a algo que ya la había hecho llorar, temblar, humillarse.
Se dejó caer otra vez en la cama, con la cara hundida en la almohada, y lloró hasta que la luz del amanecer se filtró por la ventana. No hubo descanso, solo agotamiento.
Al escuchar el ruido de la calle despertando, tomó el celular y lo sostuvo con manos temblorosas. El mensaje seguía allí, parpadeando como un recordatorio de que tenía una decisión que tomar. Cerró los ojos, respiró hondo, y con un movimiento lento, casi automático, se levantó.
Se vistió con lo único decente que tenía: una falda negra modesta, y una blusa ajustada que se ceñía a su pecho más de lo que recordaba. Dudó. Abrió el cajón. Lo cerró. "¿Me estoy preparando para gustarles? ¿A ellas?"
Antes de salir, se miró en el espejo rajado una última vez. Si vuelvo, tal vez pierda lo que soy. Si me quedo, ya estoy perdida.
Tomó su bolso, lo apretó contra el pecho, y con un susurro quebrado, como si hablara con alguien invisible, dijo: —Volveré.
Y bajó las escaleras rumbo a la calle, con miedo en cada paso y la certeza amarga de que ya no podía detenerse.
El trayecto fue mudo. Las calles, empapadas de niebla, parecían observarla. En cada vidriera su reflejo se deformaba, multiplicado. Pero en todas esas versiones de sí misma había algo común: fragilidad.
Las puertas de vidrio esmerilado de la agencia la recibieron con un susurro eléctrico.
Entró.
El mismo perfume le invadió los sentidos: notas florales dulces, cuero fino, y algo punzante… como metal caliente. En recepción, no había nadie. Solo el murmullo lejano del aire acondicionado y un chasquido rítmico de tacones.
—Clara… —dijo una voz desde el fondo del pasillo, como si hubiese estado esperándola al otro lado del perfume.
Migi.
Surgió desde un umbral como una aparición. Un conjunto gris perla entallado delineaba su cuerpo grande con elegancia desafiante. El pañuelo de seda en su cuello parecía una firma. Sus labios, de un tono oscuro y elegante, delineaban una sonrisa que no era cálida… ni cruel. Solo segura.
Cada paso que daba hacía que la sala pareciera achicarse.
—Volviste —dijo Migi.
—Sí —murmuró Clara. Su voz apenas existía.
Los ojos de Migi recorrieron su cuerpo con calma. Se inclinó un poco. No la tocó, pero el aire entre ellas se tensó.
—Esa blusa… te abraza justo donde debe. Hoy estás distinta. Más… receptiva.
Clara bajó la mirada. Sintió la presión en el pecho y cómo sus pezones se endurecían contra la tela. Cruzó los brazos.
—No dormí —dijo, tratando de desviar el momento.
—Lo sé —respondió Migi, dándose la vuelta con un leve movimiento de caderas—. El cuerpo no duerme cuando empieza a transformarse.
Le indicó con un gesto que la siguiera. Clara caminó detrás de ella. Al pasar frente a la puerta del despacho de Victoria, el aire se le cortó.
Las imágenes la golpearon sin permiso: aquello del día anterior, la forma en que la había sujetado, su perfume. El pánico le subió por la garganta.
Fue mi culpa. Di las señales equivocadas. Seguramente hice algo que lo provocó. Quizás lo busqué sin darme cuenta. Quizás tenía que pasar.
La idea le revolvió el estómago, pero también le dio una extraña sensación de control: si fue su culpa, entonces quizá podía evitar que volviera a pasar. Si fue su culpa, entonces no era solo una víctima rota.
El terror y la justificación chocaron dentro de ella como dos trenes. No podía sostener ambas cosas al mismo tiempo. El cerebro le falló un segundo.
Entonces decidió.
No pasó. No existió. Solo necesitaba enterrarlo tan profundo que nunca más volviera a la superficie. Iba a fingir que nunca pasó. Iba a seguir caminando como si nada.
Tragó saliva con dificultad y apartó la mirada de la puerta.
—Hoy no verás a Victoria —dijo Migi sin volverse—. No todavía. Hoy estás conmigo.
Clara siguió caminando, cada paso alejándola de lo que acababa de decidir olvidar.
—¿Haciendo qué? —preguntó.
—Empezar tu carrera de modelaje —respondió Migi con voz melodiosa—. Aprender a caminar. A mirar. A existir con propósito.
Entraron a una sala blanca, sin ventanas. Luces frías. Piso negro brillante. En el centro, una sola silla metálica. Al fondo, un espejo vertical. Migi le señaló la silla con un gesto suave.
En una pequeña mesa, junto a la silla, reposaba una taza blanca de cerámica, humeante. El vapor tenía un aroma suave, terroso, con un leve toque cítrico. Lo reconoció de inmediato: malojillo.
Le hizo un gesto para sentarse.
—Es para ti —dijo, señalando la taza con una de sus manos gruesas, enjoyadas—. Estuviste tensa toda la noche. El malojillo limpia. Te ayuda a aceptar.
Miró la taza. Luego la miró a ella.
—Gracias… pero no tengo sed.
Migi sonrió.
—Tómatelo, mi niña. No te hará daño.
Negó con la cabeza, incómoda.
—Prefiero que no… gracias. Estoy bien.
El ambiente cambió. Fue sutil, pero real. El aire pareció apretarse. Migi no se movió de su sitio, pero su presencia se volvió más pesada. Más… exigente.
—Clara —dijo en voz más baja, con esa cadencia envolvente que parecía una advertencia disfrazada—. Cuando yo te ofrezca algo, lo tomas. No por cortesía. No por las dudas. Solo lo haces y punto. Estás aquí para aprender.
Clara sintió el estómago encogerse. Tragó saliva. Bajó la mirada hacia la taza.
—No me gusta cómo huele —murmuró.
—No es para gustarte. Es para ayudarte.
Migi se inclinó, su cuerpo grande dominando el espacio como una sombra. Tomó la taza, se la puso en las manos.
—Bebe.
Dudó un segundo más. Entonces, sintiendo la mirada fija de Migi y el temblor en sus dedos, bebió.
El sabor era amargo, con un retrogusto de tierra y limón. No era agradable, pero tampoco insoportable. El calor del líquido descendió despacio y se extendió por su estómago como una manta ligera. Se sorprendió exhalando un suspiro suave, casi sin darse cuenta.
No está tan mal… es solo té, pensó, relajando un poco los hombros. El nudo en el pecho aflojó. La respiración se volvió menos entrecortada. Y, por primera vez desde que había despertado esa mañana, no sentía la urgencia de salir corriendo.
La lengua le hormigueó un poco.
—Eso es… —susurró Migi, satisfecha—. Muy bien. Así se empieza.
Se quedó en silencio, la taza aún caliente entre las manos. El líquido se asentaba en su estómago como un aceite tibio. No sabía si sentía alivio… o resignación.
Migi se colocó detrás. Inclinó su cuerpo con un movimiento casi imperceptible, hasta que su aliento cálido tocó el cuello de Clara.
—Ya que estamos aquí tú y yo, solas, quiero saber algo… —dijo Migi. Y como si fuera lo más natural del mundo, le soltó una bomba: —¿Te sentiste sucia anoche?
Clara se sobresaltó, revolviéndose en la silla. Por un momento pensó en no contestar, luego mirando la taza vacía, encontró un poco más de valor.
—Bueno… en realidad… Sí. —admitió. Sus mejillas se incendiaban.
—Perfecto.
—¿Qué? —La joven no daba crédito a sus oídos.
—Eso significa que algo se rompió. Y lo roto… es maleable —concluyó Migi.
Luego rodeó la silla. Se agachó frente a ella con elegancia forzada, sus rodillas crujieron bajo su peso, pero no pareció molesta por ello. Le tomó las muñecas con una suavidad que parecía ternura… hasta que sintió que no podía soltarse.
—¿Quieres volver a ser tú?
—No lo sé… —respondió. Su voz temblaba, como el resto de su cuerpo.
—Porque ya no lo eres. La mujer que entró aquí ayer… murió cuando cerró esa puerta. Veo vergüenza en tu espalda… Y deseo entre tus piernas.
Clara sintió un estremecimiento. Sentía una humedad incipiente en su ropa interior y no entendía por qué. Solo sabía que estaba avergonzada de sentirla.
Migi no la tocó. Solo la miró. Y eso bastó.
Clara apretó los labios. No lloró. Pero algo dentro de ella cedía. No por resignación. Sino porque empezaba a creerlo.