CAPÍTULO II
Al salir de la agencia de modelos, sintió que el aire estaba espeso, tibio y sucio con los olores de la ciudad.
Caminaba con pasos cortos, como si cada zancada la empujara apenas unos centímetros hacia adelante.
Su cuerpo dolía, en especial en una zona en la que prefería no pensar.
La humillación aún vibraba en su piel, como un eco persistente.
"¿Cómo...? ¿Cómo permití... eso?" pensaba, una y otra vez.
Las imágenes, los gestos, la risa contenida de Victoria…
Todo seguía tan presente que casi podía oler el perfume amargo de su piel.
Se sentía como un papel arrugado, usado.
La ciudad no parecía darse cuenta de su miseria.
Los autos pasaban, las luces cambiaban, y nadie la miraba. Excepto cuando lo hacían.
Al llegar a la parada del autobús, se sentó en la banca metálica. El dolor le punzaba, y la vergüenza la envolvía como una manta mojada. Un hombre a su lado arrugó la nariz y se alejó.
—Parezco una vagabunda… —murmuró para sí, bajando la vista. La parte central de su falda seguía húmeda. No sabía si era sudor, pis u otra cosa.
Cuando el autobús llegó, subió el primer escalón, pero el chofer, un hombre gordo de cara severa, la detuvo.
—Aquí no subes así, muchacha —dijo con desprecio—. Vete a limpiar primero. Hueles a pis.
Clara se quedó congelada. No supo qué decir. Dio un paso atrás. El autobús se fue sin ella.
Treinta y cinco cuadras más tarde, con las piernas flaqueando, llegó a su edificio: una construcción desvencijada, manchada por la humedad, con la reja del portón colgando de un solo lado.
Subió los escalones crujientes hasta el tercer piso, y al entrar, fue recibida por la penumbra de su pequeño departamento.
Una sola habitación, cocina integrada, y un baño apenas separado por una cortina.
En la mesa se apilaban las cuentas: luz, agua, alquiler atrasado. Las letras rojas en los sobres parecían gritarle.
Se desvistió sin mirarse al espejo y se metió en la ducha. El agua estaba fría, pero la sintió como fuego sobre la piel irritada. Cerró los ojos y se quedó largo rato dejando que el agua la empapara por completo, esperando que se llevara algo de la vergüenza. No lo hizo.
Cuando salió, con una toalla fina enredada al cuerpo, sonó el teléfono.
—Ring… —Ring…
Miró la pantalla: Migi.
Titubeó, tragó saliva, y contestó.
—¿Hola?
—Clara… —la voz suave y cadenciosa de Migi llenó el auricular, como una manta tibia—. Gracias a Dios que contestaste… me quedé muy preocupada por ti.
—Estoy… estoy bien —mintió. Su voz apenas un susurro—. Solo… necesito tiempo.
Una pequeña pausa al otro lado, seguida por un suspiro.
—No tienes que fingir, querida. Sé que fue mucho. A veces… los comienzos son así. Injustos. Violentos. Pero lo que importa es lo que haces con eso. Y tú tienes fuerza. La vi en tus ojos.
—No me siento fuerte —confesó—. Me siento... sucia.
—Shhh… —Migi bajó aún más la voz, casi a un susurro íntimo—. No digas eso. Tú eres preciosa. Solo que aún no lo ves. Mira… ¿estás en casa?
—Sí. Me duché recién. Necesitaba quitarme... esa sensación. Se apoyó contra la pared del baño. Aún olía a jabón y vapor.
—¿Y ahora? ¿Qué tienes puesto?
Clara tragó saliva.
—Solo la toalla.
Algo crujió en el otro extremo, como sábanas o una tela ajustándose bajo un cuerpo que se acomodaba.
—Imagino lo delicada que debes lucir así… envuelta, apenas… tan vulnerable. Mmm… —un sonido gutural, muy bajo, vibró por el auricular, seguido de un leve gemido—. ¿La toalla está suelta… o bien atada?
—No lo sé. Creo que suelta —respondió Clara, consciente del nudo flojo entre sus pechos.
—Me lo imaginaba… —una pausa, un roce—. Tan fácil de abrir. Como tú. ¿Sabes qué pensé cuando saliste de la oficina?
Clara no respondió. Migi no esperó.
—Pensé que te veías… hermosa en tu derrota. Como una cosa preciosa, gastada. Como un regalo desenvuelto antes de tiempo.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque es cierto. Porque quiero que escuches verdades, no consuelos. Y porque… —su voz descendió a un susurro íntimo—, vi cómo reaccionaste con Victoria.
—No... eso no fue...
—¿No fue qué? —interrumpió Migi, suave pero firme—. ¿No fue real? ¿No lo sentiste? Porque yo te vi. Vi cómo te dejabas hacer. Cómo tu cuerpo... aceptaba.
—¡No! —la voz de Clara se quebró.
—¿No? ¿Estás segura? Porque a veces… lo que se disfraza de horror… es solo una parte de nosotras abriéndose.
Tú no luchaste. No gritaste. No te fuiste. Solo te rendiste.
Clara sintió las lágrimas arderle detrás de los ojos.
—Tenía miedo…
—Claro que sí. Pero dime, ¿solo miedo? ¿O también… algo más?
Un silencio. No pudo responder. No encontraba palabras. Algo en la voz de Migi la mantenía suspendida, inmóvil.
Un leve jadeo. Una respiración rápida, contenida.
—¿Dónde te dolió más? —preguntó Migi de pronto, con voz más baja aún—. Cuando Victoria te tocó… ¿dónde sentiste que… te quebrabas?
—No quiero hablar de eso… —Clara murmuró, sintiendo un nudo en el pecho.
Hubo una pausa del otro lado. Se escuchó un leve golpeteo, como el de dedos moviéndose con habilidad y prisa.
—No te asustes. —la voz de Migi sonaba pesada y su respiración entrecortada, como si subiera una escalera. —Solo estoy… pensando en ti. En cómo te veías hoy. Vulnerable… hermosa… como una flor recién abierta. Te juro, Clara, si pudiera abrazarte ahora…
Silencio. Solo respiraciones y un quejido largo, gutural. Clara se apretó la toalla con fuerza.
—¿Estás bien? —preguntó, incómoda por un silencio que se alargaba.
—Sí… sí, solo… pensaba en ti. En lo mucho que podrías lograr, si me dejas guiarte. Mañana… podrías empezar. Y todo esto solo será un recuerdo. Un paso necesario.
—No sé si estoy lista…
—Lo estarás. Y estaré contigo. Como esta noche.
Se escuchó otro suspiro, largo esta vez, y como si las palabras vinieran desde un lugar más íntimo de lo que quisiera admitir.
—¿Migi…?
—Estoy aquí, mi niña… siempre. Mañana te espero. Confía en mí.
Colgó después de un adiós suave. Se quedó mirando el teléfono largo rato.
Sus piernas estaban tensas. Su pulso acelerado.
El cuarto estaba en silencio, pero aún podía sentir la respiración de Migi en sus oídos.
¿Fue real? ¿Eso fue… lo que creo? ¿O solo mi cabeza… jugando conmigo?
Algo en ese suspiro final, esa última exhalación… no se lo iba a poder quitar de encima.
Y, aun así, ya había dicho que sí.