CAPÍTULO I #5
—Increíble —murmuró—.Top models de toda Europa pasan meses esperando al menos una llamada, todas tratan de entrar en la agencia.
Luego volvió su mirada hacia Clara, como buscando respuestas.
—Solo sé que muy pocas modelos son aceptadas.
Y tú, , después de hoy, vas a comenzar a trabajar aquí.
Los beneficios son increíbles. Vas a tener un futuro brillante.
Migi siguió ayudándola a recomponerse. Le ajustó la ropa con cuidado y le peinó el cabello con los dedos, en gestos suaves y pacientes. Clara se dejó hacer, todavía temblando por dentro.
En un momento, Migi se detuvo. Sus manos se quedaron quietas sobre el cuello de Clara y la miró fijamente, con una expresión que se fue volviendo más intensa, casi hipnotizada.
—Ahora puedo verlo… —susurró—. Eres tan hermosa.
En su voz había algo más que simple admiración. Algo más oscuro, más hambriento. Clara no supo identificarlo, pero lo sintió.
Un escalofrío le recorrió la espalda. De pronto le resultó incómodo el roce de aquellas manos, la forma en que Migi le acariciaba el cabello con lentitud excesiva, demorándose demasiado en cada mechón. Ya no parecía un gesto de ayuda. Parecía otra cosa.
—Migi… por favor —murmuró Clara, intentando apartarse con suavidad—. Creo que ya estoy presentable.
Migi pareció no escucharla, sus manos continuaron acariciando su cabello, con una intensidad que hizo que se tensara aún más.
—Relájate, querida —susurró Migi, su voz teñida de una emoción que Clara no supo identificar—. Solo déjate cuidar.
Clara sintió una mezcla de incomodidad y confusión. Intentó alejarse, pero por un momento Migi la sujetó con firmeza, acariciándola con una intensidad que la hizo sentir vulnerable y expuesta.
—Migi, por favor —repitió, más firme esta vez—. Creo que ya es suficiente.
Migi se dio cuenta de su incomodidad y trato de ignorar lo sucedido, aclarándose la garganta y retirando sus manos.
—Disculpa, querida —dijo Migi, su voz recuperando su tono profesional—. Solo me preocupo por ti. Eres como una hija para mí.
Clara asintió, pero la sensación de malestar persistía. Se sintió confundida, preguntándose si había malinterpretado la situación o si en realidad Migi había cruzado una línea.
—Migi, yo... no sé qué decir —murmuró Clara, su voz temblando de incertidumbre. Solo me siento muy confundida y muy cansada.
Migi sonrió, una sonrisa forzada, y acarició con suavidad la mejilla de Clara.
—No hay malentendidos, querida —susurró Migi, su voz cálida y reconfortante—. Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti, y puedes contar conmigo. Siempre.
Clara asintió, aunque la sensación de incomodidad persistía. Agradeció a Migi por su ayuda y se puso de pie, sintiéndose un poco más compuesta, aunque aún en shock por lo que acababa de vivir en la oficina de Victoria.
—Gracias, señora Migi —murmuró la joven, con voz débil—. No sé qué habría hecho sin usted.
Migi sonrió, sus ojos brillando con una mezcla de afecto y algo más que no pudo descifrar.
—No hay de qué, mi niña —respondió Migi.
Clara se dirigió a la salida, sintiendo los ojos de Migi sobre ella hasta que cruzó la puerta.
Al salir a la calle, respiró hondo, tratando de recuperar algo de su compostura.
Solo sabía que quería salir de allí cuanto antes y nunca se atrevería siquiera a volver, mucho menos a enfrentarse a Victoria de nuevo.
Solo quería alejarse lo más posible de esa oficina y de las miradas intensas de la señora Migi.
Mientras caminaba, se sentía aún más confundida sobre lo que debía hacer.
¿Podría volver alguna vez a un lugar así, después de lo que había pasado?
El reloj marcaba las 18:45 cuando la puerta se cerró con suavidad detrás de Clara.
El eco metálico de sus pasos aún flotaba en el pasillo cuando Migi volvió a su escritorio.
Se sentó con elegancia mecánica, alisando con un gesto distraído su falda de pliegues oscuros, mientras la luz del intercomunicador brillaba, expectante, como si supiera lo que venía.
—Migi.
La voz de Victoria era como un terciopelo empapado en veneno.
—Ya se fue —respondió Migi sin dudar, sonriendo sin mostrar los dientes—. No miró atrás.
Un silencio cargado cruzó el canal, vibrando con algo denso, casi táctil. Luego, Victoria habló otra vez, con esa entonación medida, exacta, que siempre dejaba preguntas flotando.
—¿Nos servirá?
Migi ladeó la cabeza, como si saboreara la respuesta antes de darla.
—Tiene miedo. Pero también curiosidad. Las vi... las vi en sus pupilas cuando cruzó tu puerta. Va a volver.
—¿Y te gustó lo que viste? —musitó Victoria.
—Lo vi todo Amor—susurró Migi, inclinándose hacia la pantalla, con una sonrisa que podría haber hecho hervir hielo—. Las cámaras no mienten. Cada mirada, cada temblor en sus manos, el segundo exacto en el que casi se quiebra... deliciosa.
Al otro lado, Victoria rio, una risa baja y rasposa que parecía venir desde muy dentro, desde un lugar que no había visto la luz del sol en mucho tiempo.
—Si todo sale bien... —dijo Victoria con lentitud, como si estuviera saboreando el peso de cada palabra— las tres vamos a ser muy felices.
Migi se recostó contra el respaldo de su silla, cruzando las piernas con ceremonia. Sus dedos se entrelazaron sobre el vientre, y sus ojos brillaron como dos carbones encendidos.
—Más de lo que Clara puede imaginar.