Convertida en Deseo CAPÍTULO I #4
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CAPÍTULO I #4

Clara palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas de pánico. Había ido a una entrevista de trabajo, no a una prueba de sumisión.

—No, por favor, señora Victoria —suplicó, tratando de retroceder—. No sé hacer eso. Por favor no me haga esto.

Victoria rio, un sonido cruel y burlón.

—Oh, Clara, eres tan dulce cuando suplicas. Pero hoy, vas a aprender. Y si no lo haces, tendré que enseñarte yo misma.

Quiso escapar, pero Victoria fue más rápida. La tomó del cabello, tirando hacia atrás con fuerza, haciendo que gritara de dolor. Con la otra mano, Victoria presionó el dildo contra los labios de Clara, forzándola a abrir la boca.

—Chupa, perra —ordenó, su voz llena de desprecio y lujuria—. Muéstrame lo bien que lo haces.

Clara lloraba mientras Victoria follaba su boca con el enorme dildo, empujándolo con violencia.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, y sus sollozos eran ahogados por el enorme objeto en su garganta.

El dolor y la humillación eran abrumadores, mientras Victoria parecía disfrutar cada segundo, riendo y gimiendo de placer.

—Mira qué bien lo haces, puta —aulló Victoria, con sus ojos brillando de excitación—. Te va a encantar trabajar para mí.

Ya satisfecha, Victoria sacó el dildo de la boca de Clara, quien cayó de rodillas, llorando desconsolada.

Victoria contempló la brutal escena, con una mirada que mostraba que no estaba del todo satisfecha.

Con un movimiento rápido levantó su propio vestido y se quitó sus pantis, metiéndoselos a Clara en la boca para silenciar los sollozos.

—Silencio, no quiero escuchar más tus lloriqueos —dijo, con voz burlona—. Me estropean el momento.

Ella intentó bajar la mirada, pero Victoria le agarró del cabello con fuerza y se lo retorció hacia atrás, obligándola a levantar la cara.

Clara pensó que le iba a escupir. En cambio, Victoria se colocó a horcajadas sobre ella, abrió las piernas sin decir una palabra y se quedó ahí, inmóvil, mirándola desde arriba.

Clara sintió algo caliente caer sobre su frente.

Al principio no lo entendió. Era solo calor.

Un líquido tibio que le resbalaba por la piel.

Parpadeó confundida, todavía esperando otra cosa.

Pero el líquido siguió cayendo. Le bajó por las cejas, le entró en los ojos y se le metió en la boca cuando abrió los labios para respirar.

El sabor salado y amargo le golpeó la lengua al mismo tiempo que el olor fuerte le subió por la nariz.

Entonces lo entendió.

Un gemido ahogado de horror le subió por la garganta. Intentó girar la cara, pero Victoria le tiró del pelo con más fuerza, clavándole las uñas en el cuero cabelludo y obligándola a mantener la boca hacia arriba. Fue en ese momento cuando Victoria comenzó a orinarle directamente en la cara.

El chorro no paraba. Le caía directo dentro de la boca, le inundaba la lengua y se le metía por la garganta cuando tragó sin querer.

Victoria seguía orinándole encima con total desprecio, ajustando la posición para que le diera más en la cara, como si estuviera usando un inodoro humano.

Sin prisa. Sin piedad. Con esa sonrisa pequeña y sádica que decía que esto solo era el comienzo.

El sabor salado y amargo de la orina de Victoria en su boca le revolvió el estómago, y el calor de su propia humillación la consumió.

Intentó levantar la cabeza, pero la ropa interior en su boca y la mano firme de Victoria en su cabello la mantuvieron en su lugar.

La impotencia la invadió, una sensación de total vulnerabilidad que le robó cualquier atisbo de dignidad.

Quiso gritar, escapar, desaparecer, pero estaba atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Cada lágrima, cada temblor, cada sollozo ahogado, era un recordatorio de su sumisión forzada y la crueldad despiadada de Victoria, quien la observaba con una satisfacción sádica, sabiendo que había roto algo dentro de ella, algo que nunca podría ser reparado.

Victoria rio, disfrutando de la humillación total de Clara.

—Oh, eso sí que es morboso —murmuró, mientras expulsaba las últimas gotas—. Me encanta cómo te pones, Clara. Eres una verdadera sumisa.

Ella continuaba llorando, mientras todo su cuerpo temblaba, tirada en el suelo. Victoria se enderezó, ajustando su ropa con una sonrisa satisfecha.

—Bueno, creo que ya es suficiente por hoy —dijo con voz de nuevo fría y autoritaria— Acomodó su falda y caminó hacia la salida con pasos despreocupados. —Puedes comenzar a partir de mañana. Y recuerda que, si vas a ser una de mis modelos, harás lo que te diga, sin cuestionar.

Con eso, Victoria se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando a la joven sola en el suelo, llorando desconsolada.

Después de varios minutos, Clara se sacó los pantis de la boca y se fue incorporando con lentitud.

Se limpió la cara lo mejor que pudo, mientras sus sollozos aun sacudían su cuerpo.

Con un último esfuerzo, se puso de pie y, con pasos inseguros, recogió su ropa hecha un ovillo y salió de la oficina, tratando de huir de su humillación y sumisión.

Salió de la oficina de Victoria con pasos inseguros, desnuda, con su ropa en los brazos manos, y sumida en llanto. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

Apenas había dado unos pasos cuando Migi la vio desde la recepción. Se levantó de golpe, alarmada.

—¿Clara? ¿Qué… qué pasó?

La joven trató de hablar, pero sus palabras se ahogaron en un sollozo. Migi, consternada, solo la tomó en sus brazos, acunándola mientras le acariciaba el cabello.

—Shh, tranquila, mi niña —murmuró Migi, su voz cálida y reconfortante—. Estoy aquí, no te preocupes. Todo va a estar bien.

Migi la guio hacia un sofá en la esquina de la recepción y la sentó con cuidado. Sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a limpiar el rostro de la chica, eliminando las lágrimas y ayudándola a vestirse.

—Tienes que calmarte, mi vida —dijo Migi, tratando de darle algo de estabilidad—. Respira hondo y por favor dime qué pasó. Estoy aquí para ayudarte.

Ella asintió, intentando controlar su llanto. pero no podía parar. Migi espero a su lado un largo rato, luego le buscó un vaso con agua y esperó paciente hasta que se calmara lo suficiente como para hablar.

—Fue… fue la señora Victoria —comenzó a hablar con voz temblorosa—. Me hizo… me hizo cosas. Cosas horribles. Y me dijo que... que comienzo a trabajar como modelo mañana.

Migi parpadeó, como si no hubiera entendido bien. Se le tensó la cara.

—¿Cómo dices? —preguntó en voz baja, casi sin aliento—. ¿Que empiezas a trabajar aquí… mañana?

Clara asintió, confirmando las palabras de Victoria. Migi se levantó de un salto del sofá. Comenzó a pasearse por la habitación, murmurando para sí misma.