Convertida en Deseo CAPÍTULO I #3
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CAPÍTULO I #3

—Umm. Claro que tenemos mucho trabajo por delante, pero creo que puede funcionar. ¿Cuál es tu estatura? ¿Qué talla de brasier usas?

—M-mido uno con setenta y cinco… y uso… copa B, señora…

Respondió con la voz baja, obediente, clavando la mirada en un punto fijo en la pared como si eso le ayudara a no sentirse tan expuesta. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde del cuaderno que había traído en la carpeta, aún sin estrenar.

—Sé que no tengo una figura de pasarela… pero si usted cree que puedo… que puedo servirle en algo… no me importa qué sea. Estoy dispuesta a aprenderlo todo. Todo lo que usted considere.

—Ay Clarita, no sé si estarás preparada o si tienes lo necesario. Pero averigüémoslo. Por favor quítate la chaqueta y los zapatos, déjate solo la camisa y la falda.

—Titubeó un segundo. No por rebeldía, sino por puro nervio.

Luego asintió con una obediencia suave, casi automática.

Soltó el botón de la chaqueta y la deslizó por los hombros, dejándola doblada con cuidado sobre el diván.

Después, se agachó con movimientos controlados para quitarse los zapatos, uno por uno, dejándolos con cuidado en el piso, cerca de la chaqueta.

Se levantó. Sus pies desnudos rozaron el mármol frío y sintió un escalofrío que le subía desde los talones. Solo la blusa blanca —arrugada en la cintura— y falda gris quedaban entre ella y esa mirada que la medía sin pausa.

—¿Así está bien, señora Victoria?… Estoy lista para su evaluación.

Se quedó quieta y en silencio, pero con el corazón golpeándole en el pecho como si quisiera escapar. No volteó su rostro mientras Victoria se colocó detrás de ella. Apenas sintió cómo las yemas de los dedos de Victoria deshacían su apretado moño con una lentitud casi ceremonial.

Su cabello cayó en cascada sobre los hombros, suave y ondulado en las puntas. Clara tragó saliva.

La cercanía de Victoria era abrumadora. Su perfume, su elegancia fría, el roce de sus uñas mientras deslizaba los dedos por su cuero cabelludo… todo le hacía estremecer de miedo hasta el alma.

Victoria, con una voz autoritaria y seductora, le susurró al oído:—Hoy vas a aprender a obedecer. Vas a hacer lo que te diga, sin cuestionar. ¿Entendido?

Clara asintió, pero su cuerpo temblaba de miedo.

No estaba preparada para la intensidad de la mirada de Victoria, ni para la forma en que sus manos comenzaron a explorar su cuerpo con una dominación que la dejaba sin aliento.

Victoria se puso de frente y muy cerca de ella, mientras desabrochaba los botones de la blusa de Clara, con dedos fríos y decididos.

No pudo contener un gemido de sorpresa cuando sintió que la directora le retiró su blusa, dejándola solo en su sujetador de encaje blanco. Victoria sonrió, sabiendo que estaba ganando terreno.

—Solo relájate, —murmuró despacio Victoria—. No pasa nada. Esto es solo una evaluación. Quiero ver cómo te mueves, cómo respondes. Quiero conocer tu cuerpo, tus límites.

Sintió las manos de Victoria deslizándose por su cintura, desabrochando el botón de su falda con una habilidad que delataba experiencia. La falda cayó al suelo, dejándola en ropa interior, expuesta y vulnerable. Intentó dar un paso, pero Victoria la tomó con firmeza, impidiéndole escapar.

—P-por favor, se-señora Victoria —suplicó Clara, temblando de miedo y sorpresa—. No estoy segura de entender…

Victoria la interrumpió con un beso forzado, capturando sus labios con una intensidad que la dejó sin aliento.

Clara intentó escapar, girando la cabeza y tratando de liberarse, pero Victoria era más fuerte.

Con una mano en la nuca de Clara, la mantuvo en su lugar mientras la otra mano se deslizó por la espalda, desabrochándole el sujetador con una facilidad que la hizo sentir aún más vulnerable.

El sujetador resbaló por su cuerpo, dejando sus pechos expuestos al aire frío de la habitación.

Cruzó los brazos sobre su torso, intentando protegerse, pero Victoria tomó sus manos con firmeza.

—No te resistas, —ordenó Victoria, su voz teñida de deseo y autoridad—. Deja que tu cuerpo sienta. Deja que yo te guíe.

Clara dio un salto y trató de apartarse, tropezando con el diván. Se inclinó hacia un lado, intentando zafarse del agarre de Victoria, pero esta la sujetó de la muñeca con fuerza.

—¡Suélteme, por favor! —suplicó Clara con voz quebrada—. Yo no… no entiendo qué pasa…

Victoria, fría, la sostuvo aún más contra su cuerpo. Clara giró el rostro, tratando de evitar los labios que buscaban los suyos, y dejó escapar un sollozo. Su pecho temblaba, sus manos empujaron contra el cuerpo de la mujer, pero la presión firme no cede.

—¡Basta, se lo ruego! —gritó, la garganta ardiéndole de tanto esfuerzo—. ¡No quiero esto! ¡No quiero!

En un arranque de fuerza, intentó empujar con los brazos, golpear el hombro de Victoria, buscar abrir un espacio para huir. Su respiración era entrecortada, un jadeo de puro pánico. El cabello suelto se le pegaba a su rostro húmedo de lágrimas.

Esto no puede estar pasando. Solo vine a pedir un empleo ¡No puede estar pasándome a mí! No quiero… —seguía repitiendo en su mente, ya sin voz.

Se cubrió el rostro con las manos, temblando, vencida.

Sentía que su cuerpo le pesaba, drenado por el miedo, por la humillación, por el agotamiento de luchar contra una fuerza imposible de doblegar.

Solo quedaba el sollozo ahogado, las lágrimas mojándole las mejillas, y el perfume de Victoria llenándole los pulmones como un veneno de muerte lenta.

Así, rendida en llanto, comprendió con horror que no podía escapar. Y esa impotencia, más que cualquier contacto, fue lo que la quebró.

—Se lo ruego, señora—suplicó una vez más, su voz apenas un susurro—. No estoy segura de poder hacer esto.

Victoria sonrió, una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, y la acercó aún más, con sus labios capturando los de Clara en otro beso profundo y dominante.

Ella intentó resistir, al principio. Poco a poco su cuerpo comenzó a ceder, a adaptarse a la invasión, a la dominación.

Sabía que estaba atrapada, en ese momento, no tenía la fuerza para resistir.

Era un torbellino de pensamientos confusos y emociones contradictorias, casi como si su cuerpo, traicionero, no se resistiera a las caricias de Victoria, a la manipulación, a la intensidad de su presencia.

—Eres mía, —murmuró Victoria. Sus manos deslizándose por la cintura de Clara, apretando sus caderas—. Y voy a disfrutar cada centímetro de ti.

Clara intentó retroceder, pero Victoria no cedió ni un milímetro. Ella cerró sus ojos, tratando de controlar su respiración mientras Victoria la empujaba frente al espejo

—Mírate, —ordenó Victoria, su voz firme y dominante— Mírate en el espejo y dime qué ves.

Abrió sus ojos y se miró en el reflejo, viendo cómo Victoria la exploraba con una lujuria evidente. Se sintió expuesta, vulnerable, llena de miedo, pero también de la manera más extraña, algo desconocido comenzaba a encenderse en su interior.

—Veo… veo a una mujer que no … sabe lo que quiere —murmuró temerosa.

No podía creer lo que acababa de decir.

Victoria sonrió, con sus dedos rodeando los pezones de Clara, apenas apretándolos, haciendo que sintiera un temblor desconocido hasta entonces.

—No sabes lo que quieres, pero yo sí —dijo, con su voz llena de deseo y autoridad—. Y te lo voy a mostrar.

Sintió las manos de Victoria deslizándose por su vientre, quitándole con rapidez sus bragas de encaje blanco. Victoria se arrodilló detrás de ella, besando con suavidad su espalda, pero con sus manos apretando sus nalgas.

—Basta… —murmuró Clara, su voz apenas un susurro, presa del pánico.

—Shh —susurró Victoria, sus dedos deslizándose entre las piernas de Clara, acariciando con su lengua la línea entre sus nalgas—Solo siente, Clara. Solo siente.

Con una sonrisa maliciosa, Victoria comenzó a besar y mordisquear las nalgas, con sus manos apretando y masajeando la carne firme.

Clara pudo sentir el aliento caliente entre sus piernas, invadida por escalofríos que subían por su columna.

Victoria separó las nalgas con sus dedos, invadiendo su intimidad de una manera que la hizo sentir aún más vulnerable y expuesta. Intentó resistirse, pero fue inútil.

—Por favor, Victoria, no hagas esto —suplicó, su voz temblando de miedo y aprensión.

Victoria ignoró sus súplicas y comenzó a besar y lamer la zona, con movimientos lentos y deliberados alrededor de su ano, buscando torturar y excitar mismo tiempo.

Clara se aferró al borde del diván, con sus nudillos blancos por la fuerza con la que se sujetaba, intentando mantener el control mientras su cuerpo era invadido por sensaciones intensas y abrumadoras.

Victoria introdujo primero un dedo, luego otro, moviéndolos con un ritmo que hizo que jadeara y se moviera de forma involuntaria.

—Victoria, no sigas —suplicó, pero su voz ya sonaba débil y sin convicción.

Victoria, sintiendo su resistencia, aumentó la intensidad de sus movimientos, mientras su lengua y sus dedos trabajaban en sincronía para llevarla al límite, a pesar de sus protestas.

Clara podía percibir cómo su cuerpo comienza a traicionarla, respondiendo a las caricias a pesar de las protestas de su mente, que rogaba por escapar.

El placer era algo nuevo, intenso, casi doloroso, y se sorprendió al sentir cómo su cuerpo comenzaba a temblar, acercándose al borde del clímax a su pesar.

Con una sonrisa triunfante, siguió lamiendo y hundiendo la lengua en su ano con movimientos lentos y profundos. Ya sabía que la había llevado exactamente donde quería.

Victoria se levantó y se dirigió a su escritorio, sacando de un cajón un enorme dildo de goma negra, reluciente y amenazador. Lo sostuvo en su mano, sonriendo con malicia mientras se acercaba a Clara.

—Ahora, quiero que me muestres cómo haces sexo oral —ordenó con voz gélida y dominante—. Quiero ver esos labios tuyos alrededor de esto.