CAPÍTULO I #2
La modelo giró apenas la cabeza, bajó las gafas un instante y la miró como se mira a un insecto que se cruza en el camino.
Una mueca imperceptible se curvó en sus labios, mezcla de fastidio y aburrimiento, antes de seguir de largo sin decir nada.
Su andar era tan firme que el aire parecía apartarse para dejarla pasar.
Se quedó unos segundos quieta, tragando nerviosa. Había sentido ese perfume como un golpe, un recordatorio cruel de lo lejos que estaba de todo eso.
Cuando el guardia la autorizó, pasó a la recepción.
El contraste fue inmediato y casi inmanejable para sus sentidos.
El interior parecía un templo al lujo: mármol blanco que brillaba como hielo pulido, columnas de cristal, lámparas en cascada que daban la ilusión de agua suspendida en el espacio.
Todo olía a cuero fino y flores frescas, una fragancia cuidada que parecía mezclarse con un silencio elegante, el tipo de silencio que solo existe en lugares donde se controla hasta el aire.
Las butacas eran de cuero beige, sin una arruga. Una mesa de centro de cristal sostenía un arreglo de orquídeas blancas. Cada detalle parecía diseñado para recordarle que estaba fuera de lugar.
Fue entonces cuando la voz sonó, amable y cálida, rompiendo la tensión.
—Niña, por favor acércate, no te quedes allí. Soy Miguelina, pero las chicas me dicen Migi.
Una señora de rostro regordete y amable, de unos cincuenta años, apareció detrás del mostrador. Su cabello estaba recogido con cuidado, y una blusa de seda color crema le daba un aire acogedor en medio de tanto lujo frío.
—Bienvenida.
—Gracias… señora Migi. —Clara esbozó una sonrisa nerviosa, dando un paso adelante, abrazando con más fuerza la carpeta contra su pecho—. Es… un lugar muy bonito. No parece una agencia, parece como… otra cosa.
—Clara ingresó a la sala, insegura por el ruido de sus zapatos en el mármol mientras avanzaba un par de pasos—
—¿Debo esperar aquí o… hay algún lugar donde… me reciban para la entrevista?
—Si por favor, toma asiento y en un minuto te atenderá la directora, la señora Victoria. ¿Te apetece un café, o un juguito? Tengo té de Malojillo, lo preparo yo y está muy rico.
—Oh… qué amable, señora Migi, gracias… —se sentó al borde de una butaca blanca, con las rodillas juntas y la espalda muy recta— El té de… ¿malojillo? Nunca lo he probado, pero suena… bonito.
—Hizo una risita tímida, bajando la mirada— Sí, por favor, si no es mucha molestia. Sólo un poquitito… —miró hacia la puerta cerrada de la dirección, y tragó saliva— Estoy un poco nerviosa. ¿Ella… es muy estricta? La señora Victoria…
—Bueno, para hacerte la historia corta, un poco sí. —respondió Migi— Pero una vez que te la ganas, es una aliada muy protectora de sus niñas… de las modelos estrellas de la agencia. Ella está muy orgullosa de todas.
—Clara recibió la taza de té con las dos manos, soplando con cuidado— Yo no soy modelo, claro… pero si llego a trabajar aquí, haré todo lo que me pidan. Con orden, con respeto. No tengo experiencia en moda, pero… soy muy aplicada.
—Levantó los ojos un momento hacia la recepcionista, con una tímida esperanza asomándose— ¿Cree que tengo una oportunidad en la entrevista, señora Migi? Aunque sea tímida… y callada.
—¡Pero si eres un sol! No tengas miedo de la señora Victoria. Lo más importante, que no debes olvidar con ella es… ups, disimula, que está entrando ahora mismo... ¡Muy buenos días, señora Victoria! —dijo Migi, incorporándose de golpe y regresando apresurada a la recepción.
Clara giró la cabeza.
Entró una mujer.
Alta, pálida, impecable. Un vestido negro se ceñía a su silueta como si hubiese sido tallado sobre su piel.
La tela caía con un peso solemne, sin una sola arruga, envolviéndola en un aura de autoridad absoluta.
Sus tacones resonaban con un ritmo exacto, cada paso medido, y sin embargo parecía flotar, como si el suelo mismo se acomodara para no interrumpirla.
El cabello, rojo intenso, estaba recogido en una trenza larga y tensa, afilada como un látigo preparado para estallar.
El rostro, simétrico y cruel en su belleza, no ofrecía sonrisa ni saludo.
Sus labios, de un rojo carmín calculado, parecían una advertencia.
Los ojos, fríos y profundos, atrapaban como espejos de obsidiana: no miraban, juzgaban.
No hubo presentación. No hizo falta. El mármol, las lámparas y hasta el silencio de la recepción parecían inclinarse hacia ella, como si reconocieran su soberanía.
Victoria.
La mujer cuyo nombre resonaba en las revistas más exclusivas, la directora de una de las agencias más prestigiosas, el enigma detrás de contratos millonarios y pasarelas legendarias.
Supo de inmediato quién era.
Y se sintió desnuda bajo esa mirada, como si toda su existencia se redujera a un examen silencioso del que no podía escapar.
Se levantó de inmediato, casi derramando el té, y dejó la taza a medias sobre la mesita con manos temblorosas. Se alisó la falda con rapidez y se paró recta, como si le hubieran enseñado a hacerlo en un colegio de monjas.
—¡B-buenos días, señora Victoria…! —dijo con un hilo de voz, mirando hacia abajo, con el corazón golpeándole en el pecho como un tambor— Soy Clara… Clara Morales. La… postulante al puesto de secretaria. Estoy… muy agradecida por esta oportunidad.
—Ah claro. La candidata —dijo Victoria con desdén— Miguelina no me pases llamadas, voy a estar ocupada un rato.
Clara siguió a Victoria a su oficina. Era una sala amplia, de paredes blancas y piso de mármol.
Se veía casi vacía, solo ocupada por un diván, un espejo de pie y frente a él un enorme escritorio estilo barroco.
Clara se sintió aún más aprensiva que antes.
Sus manos se entrelazaron frente a su abdomen, rígidas.
Notaba el silencio como un peso sobre los hombros, y un perfume embriagante, de la directora sin duda, le invadía los sentidos como una advertencia envolvente.
—¿D-dónde desea que me siente, señora Victoria… o… permanezco de pie? —dijo mirándola apenas, lo justo para no parecer grosera, pero sin atreverse a sostenerle los ojos.
—Relájate jovencita, que no muerdo. —dijo Victoria, mientras jugaba con un bolígrafo en su mano. —¿Como dijiste que era tu nombre? ¿Era Federica o Raimunda?
Abrió un poco más los ojos, parpadeando —N-no, señora… es Clara Morales.
Se apresuró a sonreír, nerviosa, acomodándose un mechón rebelde detrás de la oreja
— Perdón… es un nombre común, supongo. Pero… me esfuerzo mucho. Aprendo rápido. Y soy muy… muy obediente.
Se obligó a alzar la mirada un segundo, solo para ver si la directora aún jugaba con el bolígrafo… o si ya estaba decidiendo su futuro con ese gesto silencioso que no lograba descifrar—
—Clara… por supuesto. —dijo Victoria como quedándose pensativa—. Por supuesto.
—Gracias… señora Victoria. —murmuró, con una vocecita que apenas se oía— Me siento… muy honrada de estar aquí. “Por supuesto” … ¿era buena señal? ¿Mala? ¿Ironía?
Sus dedos apretaban el borde de su falda. Cada segundo bajo esa mirada le parecía un examen silencioso, como si la mujer frente a ella pudiera leerle la mente… y ver todo lo que escondía allí.
—Y que referencias tienes. ¿Qué puedes ofrecer a la agencia? —dijo Victoria mientras caminaba a su alrededor, mirándola con frialdad.
—Eh… trabajé año y medio como auxiliar administrativa en una notaría. Antes de eso, en una oficina jurídica. Muy estructurada. Muy formal…
—Bajó un poco la voz, como si se disculpara por su propio currículum— No tengo experiencia en agencias ni en moda, pero… soy organizada, muy puntual, discreta. No hablo si no se me pregunta. Y aprendo rápido. Si me explican una vez, no hay que repetirlo…
—Se detuvo un momento, luego agregó con un leve rubor— Y soy muy leal, señora Victoria. Nunca me distraigo. Nunca me meto en cosas que no me incumben. Me adapto. A todo. Y a todos.
—Auxiliar de notaria dices... —murmuro Victoria. —Pamplinas. Aquí somos una agencia de modelos y reconozco el talento cuando lo veo. —dijo Victoria en medio de una risa.
—Clara dio un pequeño respingo ante la risa inesperada. Sintió el rubor subirle desde el cuello hasta las orejas, como si le hubieran arrancado la ropa con esa sola palabra: “¡Pamplinas!”
—S-sí, señora… claro… entiendo… —balbuceó, bajando más la cabeza— Yo no… no me compararía con ninguna de sus modelos, por supuesto…
—Pero algo en lo que dijo la confundió. ¿Talento? ¿Ella? ¿Por qué la estaba mirando así?
—¿T-talento, señora? ¿En mí…? —preguntó en un susurro, incapaz de ocultar el temblor en la voz— ¿Qué… qué tipo de talento?
—No es que seas una it-girl, pero puedes tener cierto talento como modelo para la agencia. Déjame ver tus facciones
Clara se quedó perpleja y en silencio durante unos segundos. El corazón le latía con fuerza, pero no del miedo que sentía al llegar. Era otra cosa. Algo más caliente. Un cosquilleo que venía de un lugar muy profundo.
Alzó la mirada, con los ojos brillando un poco más
—¿Modelo…? —repitió en un susurro, como si aún no pudiera creérselo— Nunca… nunca me imaginé que alguien pudiera decirme eso.
Sus pensamientos fueron una vorágine después de las palabras de Victoria
¿Yo? ¿Modelo? Pero si apenas soy una secretaria, una sombra más detrás de un escritorio.
Siempre escuchando órdenes, siempre invisible.
Ni siquiera puedo pagar la renta sin atrasarme, ni mucho menos comprarme ropa bonita.
Llevo la misma falda desde hace años y los zapatos se me están gastando en la punta.
Bajó la mirada, un rubor ansioso subiéndole al rostro.
Si fuera cierto, si me aceptara como modelo, podría ser la salida de todo. Dios… suena demasiado grande para mí, pero cómo me halaga… cómo me hace sentir viva solo imaginarlo.
Le temblaban los dedos sobre la falda, pero su voz quiso sonar firme.
—Haré todo lo que sea necesario, señora Victoria. Si usted lo cree posible… entonces yo… quiero ser parte. Para cumplir con su visión. Para ser útil a esta agencia. Y a usted.