Convertida en Deseo CAPÍTULO I
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Convertida en Deseo

Convertida en Deseo

Por Carmela Montenegro

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CAPÍTULO I

El agua del grifo salía tibia, aunque demasiado débil para arrastrar la grasa.

Ella sostenía un plato mientras que el agua caía en un hilo delgado, como cansada de sí misma.

Clara inclinaba el plato sobre el fregadero descascado, lo giraba en círculos torpes, con una esponja casi gastada que apenas raspaba la grasa.

No era limpieza: era un acto repetido, mecánico, sin propósito.

El sonido del fregadero —ese goteo constante, el chirrido húmedo de la esponja contra la cerámica— era la música de su vida.

Un compás triste, invariable, donde nunca pasaba nada distinto.

Cada plato enjabonado parecía igual al anterior, y sin embargo Clara insistía en repasarlo una vez más, como si temiera que aún quedara alguna mancha invisible que la delatara.

El agua se le escurría por los dedos hasta mojarle las mangas, empapando la tela como una prenda olvidada en la lluvia. Ella no se secaba, no protestaba. Solo seguía fregando, en silencio, con la mirada fija en sus propias manos, pequeñas, delgadas, ásperas por el jabón barato.

Por momentos, la esponja chirriaba contra el borde de un vaso, y ese sonido agudo le taladraba el pecho.

A veces sentía que toda su vida era eso: fregar platos que nunca quedaban limpios, una tarea repetida y mediocre que no llevaba a ningún sitio.

Una lucha eterna contra manchas que siempre volvían, contra la grasa que se resistía como su propia miseria.

Se inclinaba demasiado sobre el fregadero, la espalda encorvada, los hombros hundidos hacia adelante, como si pidiera disculpas incluso a los platos. En esa postura parecía empequeñecerse más, borrarse, convertirse en una sombra obediente que se aferraba a una rutina que la vencía todos los días.

El fregado era su confesión muda: allí estaba todo lo que era.

La pobreza que la apretaba como un cordón invisible.

La torpeza de sus movimientos inseguros, que nunca conseguían brillar.

La baja autoestima que la hacía repasar el mismo vaso tres veces, convencida de que siempre estaría sucio, de que nunca sería suficiente.

Cuando dejó el plato en el escurridor, se quedó un momento inmóvil, mirando el agua correr. El jabón se arremolinaba en círculos frágiles antes de perderse por el desagüe. Clara suspiró. Sintió que ella misma se iba con esa espuma gris, girando, diluyéndose sin dejar rastro.

Pero no se movió. Se quedó frente al fregadero, mirando el agua inútil correr. Como si no supiera por dónde empezar a salvarse.

—Si mamá estuviera bien… —susurró, aunque sabía que era inútil, que su madre no volvería a estar bien—. Tal vez yo… no sé…

La frase quedó colgando. Nunca terminaba esas oraciones. No tenía el coraje.

Sus ojos se posaron en las pocas monedas que tenía en la mesita de la cocina.

Ya las había contado tres veces esa mañana, le alcanzaba para el bus, un café barato, y nada más.

La renta apretaba, las cuentas se acumulaban en el cajón, y el teléfono sonaba con tal insistencia que prefería no contestar.

Necesitaba un trabajo. Urgente. De cualquier cosa.

Aunque fuese aburrido, aunque nadie la mirara.

Antenoche había visto el anuncio en internet: “Se busca auxiliar administrativa para agencia de modelos. No se requiere experiencia”.

Sonaba modesto, incluso inocente. Lo que necesitaba: un puesto de oficina, papeles, llamadas, horarios.

Nada arriesgado. Y sin embargo, desde que lo leyó, algo en ella no dejaba de temblar.

Porque Clara no era valiente.

Era de esas chicas que todavía se mordían el labio si alguien las elogiaba, que se encogían en las fotos para no estorbar, que vivían pidiendo disculpas por existir.

Antes de salir, volvió a revisarse frente al espejo de la entrada: no le gusto como le quedaba esa chaqueta gris sobria con la blusa blanca cerrada hasta la clavícula.

Pero ya no tenía tiempo de cambiarse. Tomó una carpeta de documentos de una pila de libros de la entrada y salió abrazándola contra el pecho como un escudo.

Cerró la puerta y al voltear, casi se tropieza con su casero, que la esperaba con los brazos cruzados.

—Señorita Morales… ¿otra vez saliendo sin pagarme? —dijo con voz arrastrada. Olía a tabaco rancio. —Ya van dos meses atrasados. No se me vaya a desaparecer. Clara bajó la mirada de inmediato, abrazando la carpeta contra el pecho como si pudiera esconderse dentro de ella.

—Y-yo… b-buenos días, don Rogelio. Si… Hoy… hoy mismo tengo una entrevista. Si m-me contratan, le pagaré cuanto antes… aunque sea una parte.

Él la miró con sorna.

—De a poquito… ¿y mientras tanto qué? No me sirve que me viva aquí gratis. Mire, mínimo debería encargarse de sacar la basura del edificio. O de limpiar las escaleras los domingos. Eso al menos compensaría un poco.

Clara parpadeó, como si le hubieran dado una orden santa. —S-sí, claro… yo puedo… puedo limpiar todos los días si quiere. Y… y puedo regarle las plantas también. Lo que haga falta.

El viejo bufó.

—No sea ridícula. Ni para eso alcanza. Usted promete mucho, pero yo no veo nada. Una muchacha de su edad debería tener más… recursos. —Le lanzó una mirada altiva, como si ya estuviera cansado de verla.

Tragó saliva, sintiendo que sus mejillas se enrojecían como un horno encendido. No contestó. No sabía defenderse. Solo asintió una y otra vez, como si eso bastara para aplacarlo. —Yo… le prometo que esta vez sí… por favor tenga un poco de paciencia.

Siempre decepciono—pensó, mordiéndose el labio.

Quiso decir algo más, prometer algo más, pero las palabras se le atoraban en la garganta.

Don Rogelio ya se estaba alejando, con pasos pesados.

—No me haga perder más el tiempo. Ya veremos cómo le sale la famosa entrevista...—agregó sin siquiera voltear. El viejo bufó y bajó las escaleras.

Clara se quedó inmóvil un instante, con el corazón apretado. Quiso llorar, pero se obligó a avanzar. Aquella humillación era solo otro recordatorio de que no podía seguir así: invisible, endeudada, sin voz ni fuerza propia. Necesitaba un empleo. Aunque fuese el puesto más anodino del mundo.

Respiró hondo, se alisó la falda gris, y salió a la calle.

Clara caminaba por la ciudad como si siempre pidiera permiso para pisar el suelo.

Tenía veintidós años, pero sus pasos recordaban más a los de una colegiala que aún se amolda al uniforme.

Sus zapatos bajos hacían un sonido apagado sobre la calzada húmeda de la mañana, aferrándose a cada paso a la carpeta de documentos, como si ese cartón barato fuera un salvavidas.

El aire frío de la avenida le erizaba los brazos bajo la chaqueta gris, y de tanto en tanto alisaba la falda con la palma, buscando borrar arrugas que solo ella notaba.

Se había peinado con un moño alto, estricto, que le jalaba los cabellos hacia atrás hasta dolerle un poco el cuero cabelludo.

Quería parecer seria. Responsable. Invisible si era posible.

Los labios los llevaba desnudos, casi sin maquillaje, apenas un brillo transparente que no se atrevía a llamar la atención.

Todo en ella estaba diseñado para que la gente que se encontrara en la calle pensara: una secretaria más.

Por dentro, Clara era un torbellino de dudas y ansias.

El currículum que llevaba era honesto hasta la crueldad: año y medio en una notaría, un paso breve por un estudio jurídico, siempre archivando, siempre obedeciendo.

No había logros brillantes ni aspiraciones escritas en letras grandes.

Solo el rastro de alguien que aprendía a callar, a no molestar, a cumplir.

Y sin embargo estaba ahí, caminando hacia el edificio más enigmático de la ciudad: la sede de Victoria´s Agencia de Modelos.

La oferta estaba casi oculta al final del listado del portal de empleo.

No se pedían recomendaciones. No se pedía experiencia.

Solo disponibilidad absoluta y discreción.

La frase final le había helado la sangre y al mismo tiempo la había empujado a marcar el número de contacto: “Más que una secretaria, buscamos devoción”.

Desde entonces, no había dormido bien.

Mientras avanzaba por la avenida, Clara se preguntaba una y otra vez qué hacía allí. Quizás solo quiero que alguien me diga qué hacer… y hacerlo lo mejor que pueda, pensó, casi avergonzada de sí misma. Respiró hondo. Levantó la vista.

Ahí estaba el edificio.

El letrero era discreto. Solo decía: Victoria’s. En letras doradas sobre una fachada de vidrio negro. Ningún maniquí en la ventana. Ningún catálogo visible. Desde la calle, no se adivinaba nada. Pero para Clara… ese era el lugar. Tenía que serlo.

La agencia tenía fama. Se rumoreaba que no era solo un centro de modelos. Era algo más... más exclusivo, más exigente, más secreto. Las seleccionadas no solo eran bellas: eran diosas.

Clara tragó saliva. En su chaqueta modesta de tela barata, con su moño estricto y sus zapatos bajos de oficina gastados, se sintió aún más insignificante. No parecía encajar ni de lejos con las criaturas que entraban por esa puerta, mujeres que parecían flotar sobre el suelo.

Se acercó a la entrada de vidrio. El guardia la detuvo un segundo, revisando su nombre en una lista digital. Mientras esperaba, la puerta giratoria se abrió y una joven salió.

Apenas tuvo tiempo de apartarse; casi chocaron.

Era altísima, de una elegancia que parecía sobrenatural, el rostro cincelado con precisión de estatua griega, los labios pintados de un rojo perfecto, el cabello rubio ceniza recogido en una coleta impecable que brillaba bajo la luz.

Un perfume seco y delicioso la envolvía.

Vestía un abrigo largo de lana blanca, gafas oscuras y tacones finísimos que sonaban como notas de cristal al tocar el mármol.

Se encogió un poco y murmuró: —Perdón… disculpe.