Convergencia Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV

Los vivos

Los muertos que Neil había entregado al río no regresaron.

Durante varios días recorrieron las orillas y siguieron el cauce con los drones. No encontraron a Dani, ni a Senlar, ni a ninguno de los demás. Tampoco apareció ningún otro rastro.

Levantaron el memorial al noreste de la fortaleza, poco más allá de la muralla, en una franja de pradera todavía dominada por las torres.

Más allá, el terreno se quebraba en depresiones poco profundas antes de elevarse hacia las montañas oscuras.

El viento peinaba la vegetación violeta y azulada, y las cascadas blancas parecían inmóviles desde aquella distancia.

Dos sepulturas hondas, cubiertas por losas oscuras, ocupaban el centro.

Bajo una de ellas descansaba Wallace.

Juno lo encontró aquella noche junto a la pistola con la que había intentado salvar a Denn. Olyr lo supo muerto incluso antes de acercarse, al verlo tendido sobre la tierra.

Detrás de las lápidas, una viga oscura descansaba sobre soportes bajos. En ella habían grabado los nombres de quienes no tuvieron una tumba.

Casi todos asistieron. Algunos se agruparon frente a las sepulturas; otros permanecieron más atrás, dispersos en dirección a la muralla, con metros de pradera entre unos y otros.

Bren aún no había pronunciado el primer nombre cuando, entre la gente, alguien dejó de contener el llanto.

No hubo un gran discurso. Se limitó a leer los nombres, deteniéndose después de cada uno por si alguien quería dar un paso al frente y dejar ante la viga una herramienta, una cinta o un trozo de tela; cualquier cosa que ligara aquel nombre a la vida que hubo detrás.

Cuando Bren dijo «Dani», Kein avanzó hasta la viga. La cápsula médica había borrado todo rastro visible de la cuchillada: no cojeaba ni se protegía el vientre.

Abrió la mano. En la palma llevaba una semilla oscura que Dani había separado para la siguiente siembra. La hundió en la tierra al pie de su nombre y la cubrió con dos dedos.

C0-UN1 se quedó a su lado.

Kein no levantó la cabeza.

Cuando Bren dijo «Wallace», Olyr se adelantó con uno de los cuadernos de papel de su amigo.

—Wallace no sabía guardar silencio cuando algo estaba mal —dijo.

Miró el cuaderno. La voz se le quebró antes de continuar.

—Tampoco cuando todo estaba bien.

Alguien intentó reír, pero el sonido acabó convertido en llanto. Olyr depositó el cuaderno sobre la losa y Bren lo acompañó de vuelta.

Denn permanecía apartado del grupo.

Había llegado por su propio pie, sin vendajes ni otras heridas visibles. Solo la manga izquierda, recogida cerca del hombro, recordaba cómo había terminado aquello.

Mara se colocó a su lado.

Denn contempló las sepulturas.

—Wallace… Ese oficial…

Casi apartó la vista, pero se obligó a mirar la viga donde figuraban los nombres.

—Todos… Todos murieron por mi culpa.

—No necesitas castigarte. La gente ya lo está haciendo. La mitad no soporta ni mirarte.

»Aun así, tendrás que responder por lo que hiciste. No por lo que hizo Neil.

—Debería estar encerrado —dijo Denn.

—Eso no lo decides tú.

—¿Quién, entonces?

Mara volvió el rostro hacia la pradera, desde quienes rodeaban las sepulturas hasta las figuras dispersas en dirección a la muralla.

—Todos.

C0-UN1 ya se acercaba a ellos.

—¿Y qué es lo que decidirán?

Mara no respondió.

El autómata se detuvo junto a Denn y bajó la mirada hacia la manga vacía.

—Todavía no me acostumbro.

—Y a mí me costará hacerlo si sigues mencionándolo a cada momento.

—Lo siento… ¿Duele?

—No. Solo siento un escozor donde ya no queda nada que rascar.

—¿No puede arreglarse? ¿Con la cápsula médica?

—Ya no. La cápsula habría podido funcionar aquella noche, cuando aún conservaba el brazo.

—Corrí de vuelta a la nave por ella. Tan rápido como pude. Sabía que estaría allí porque lo prometiste. Cuando regresé, Juno dijo que Kein la necesitaba primero.

—Me alegro de que lo trataran antes. Me mantuvieron con vida mientras la cápsula trataba a Kein. Un brazo no es nada comparado con lo que perdieron otros.

C0-UN1 pareció exhalar, aunque eso era imposible.

—Juno hizo lo correcto al amputar —añadió Mara—. No te preocupes, C0. Cuando podamos llevar a Denn a una instalación médica bien equipada, le harán crecer otro.

—¿Y cómo llegaremos hasta allí? —preguntó el autómata.

—Ya encontraremos la manera —dijo Mara—. Esa nave es, al menos, una posibilidad.

Denn volvió la vista hacia la pradera.

—Lo es… una posibilidad… —dijo Denn—. Que también lo sea para mí dependerá de ellos.

—Para todos, Denn —respondió ella.

—Nada cambiará lo que les debo —dijo Denn—. Si me lo permiten, buscaré ayuda en cada sistema que pueda alcanzar. Tal vez llegue tarde. Tal vez no encuentre nada. Si me encierran o me quitan la nave, la deuda seguirá ahí. Cuando decidan qué hacer conmigo, no pediré clemencia.

—Tendrás que responder —dijo Mara—. Yo misma te exigiré explicaciones. Pero eres el único que sabe pilotar esa nave como es debido. Eso no te absuelve; lo vuelve tu obligación.

Denn la miró.

—Sé lo que hiciste —añadió Mara—. Y, aunque no pueda demostrarlo, sé también lo que no.

Denn no respondió.

A lo lejos, Kein lo observaba. Denn le sostuvo la mirada. Algo en ella empezaba a resultarle familiar.

Después desvió la mirada hacia la tierra removida al pie del nombre de Dani.

Por un instante, el mundo se dilató.

Un nudo invisible le apretó la garganta con una fuerza seca que le cortó el aliento. No había nada sosteniéndolo, solo aquella repentina asfixia que parecía arrancarle la vida, la misma que había sentido tantas veces en sus pesadillas.

Obligó a su rostro a no mostrar reacción alguna.

El autómata apoyó una mano sobre su hombro y Denn aspiró de golpe.