Capítulo XXV
Donde Termina el Camino
En un planeta apartado de las rutas principales de la galaxia, un hombre regresaba a su apartamento bajo la espesa neblina estacional.
La bruma descendía entre las torres residenciales, llenaba las avenidas encajonadas a sus pies y convertía las luces de neón en manchas difusas de colores enfermos.
Los anuncios holográficos parpadeaban sobre las fachadas, ofreciendo asistentes de memoria para la interfaz, tratamientos regenerativos financiados y entornos inmersivos que prometían una felicidad de veinticuatro horas.
Sus reflejos se deshacían sobre el pavimento mojado, cruzados a intervalos por vehículos silenciosos que flotaban a pocos centímetros del suelo.
El hombre avanzaba sin prestar atención a nada de aquello. Una bolsa de viaje, desgastada y casi vacía, colgaba de su hombro.
Conocía la ciudad desde antes de que sus calles quedaran sepultadas bajo capas de cableado, pantallas y conductos de ventilación industrial.
La había visto crecer hacia arriba y devorar sus barrios antiguos.
Ahora, bajo la bóveda de niebla y humo químico, apenas sobrevivían algunos rastros de la que recordaba: estructuras de piedra ennegrecida, comprimidas bajo puentes, antenas y bloques habitacionales ensamblados unos sobre otros.
Sus asuntos solían llevarlo muy lejos. A otros planetas, a estaciones sin nombre, a colonias situadas más allá de las fronteras reconocidas. En ocasiones pasaban años antes de que regresara a aquel sector de la galaxia, pero siempre volvía. Era el único hogar que le quedaba.
El edificio se encontraba en uno de los distritos más antiguos, una mole estrecha de concreto reforzado y metal corroído que había sobrevivido a varias reconstrucciones urbanas.
No tenía jardines suspendidos ni ventanales inteligentes.
El ascensor se averiaba con frecuencia y la calefacción emitía un zumbido constante durante las noches frías.
Nunca había considerado deshacerse del apartamento. Hacerlo habría significado aceptar que ya no pertenecía a ningún lugar.
Había vivido demasiados años y no parecía interesado en ocultarlo.
Llevaba el cabello largo, sin cortar desde hacía tanto que las hebras plateadas le caían alrededor del rostro y descendían por su espalda. Ya no encontraba razones para arreglarlo, teñirlo o someterse a alguno de aquellos procedimientos capaces de devolverle el color de la juventud.
La piel alrededor de sus ojos estaba surcada por arrugas profundas.
Una barba canosa y desordenada cubría buena parte de su rostro.
Vestía un abrigo largo, remendado en varios puntos, sobre prendas gastadas cuya tela había perdido cualquier color reconocible.
Las costuras reforzadas, las quemaduras antiguas y las pequeñas placas metálicas cosidas al tejido hablaban de incontables reparaciones improvisadas.
A simple vista, podía confundirse con uno de los vagabundos que dormían bajo las pasarelas de servicio de los niveles inferiores.
Caminaba con pasos firmes y silenciosos, sin arrastrar los pies ni encorvar la espalda. Se mantenía atento a los vehículos, a los peatones y a las figuras que observaban desde los callejones.
Bajo las ropas haraposas se adivinaba una constitución atlética.
Cámaras de vigilancia giraban sobre las esquinas. Drones policiales recorrían las alturas, ocultos entre la bruma, mientras en los niveles inferiores se comerciaba con rostros nuevos y pasados falsos.
El hombre cruzó una avenida cuando un anuncio gigantesco se encendió sobre su cabeza.
Una mujer de piel artificial sonrió desde la fachada de una torre.
—No envejezcas —susurró la proyección—. Actualízate.
Continuó caminando sin levantar la vista.
No hablaba con mucha gente. Si una conversación se prolongaba, terminaba demasiado cerca de asuntos que no pensaba compartir. Aun así, podía bromear sobre la comida sintética de las estaciones orbitales o discutir durante horas acerca de música grabada siglos atrás.
Al llegar a su edificio, el acceso solicitó su identificación.
Una señal ámbar apareció en el borde de su visión mientras su interfaz enlazaba con el sistema y la membrana en su muñeca transmitía la credencial.
Los protocolos tardaron unos segundos en reconocerla.
Finalmente, la señal cambió a verde y el mecanismo liberó el cierre con un golpe seco.
El hombre entró.
«Bienvenido a casa», anunció la voz del apartamento mientras la puerta se cerraba a su espalda.
La iluminación se activó en cuanto su interfaz enlazó con los sistemas domésticos.
Dio unos pasos por el interior y recorrió el lugar con la mirada.
No había polvo sobre los muebles, el aire había sido renovado y los indicadores de mantenimiento mostraban todo en orden.
Quien se ocupaba del apartamento durante sus ausencias había atendido el aviso de su regreso.
Todo permanecía en su sitio.
Sonrió.
Se dirigió al dormitorio con la bolsa todavía colgada del hombro. Al cruzar el umbral, ordenó encender las luces con un breve gesto.
La claridad reveló al intruso.
Estaba sentado en una silla, en un extremo de la habitación.
—¿Quién eres? —preguntó el hombre mientras se descolgaba la bolsa y la sostenía a un costado.
—Me han llamado de muchas formas —respondió el desconocido—. Mi verdadero nombre quedó atrás hace mucho. Puedes llamarme Dasslak. Todos lo hacen.
Llevaba ya un buen rato esperando en la oscuridad, con el revólver descansando sobre el muslo.
Galo conocía el nombre. Todos lo conocían. A Dasslak se le atribuían muertes en incontables mundos, pero ningún rostro podía asociarse con certeza a su nombre ni se sabía quién había sido antes.
Por eso el rostro del hombre sentado frente a él no le reveló nada al principio. Los años habían endurecido sus facciones hasta borrar casi por completo al niño que alguna vez conoció.
La voz, en cambio, había cambiado menos. Bajo la serenidad persistía una cadencia familiar. Galo tardó un instante más en reconocerla.
—Así que sigues con vida…
Lo contempló durante unos segundos. Entonces sonrió.
—He escuchado muchas historias sobre Dasslak… —Dejó escapar una risa breve—. Nunca imaginé que detrás de ese nombre hubiera alguien a quien conocía. Mucho menos tú. Es una grata sorpresa, Kani. Me alegra verte.
La expresión de Dasslak no cambió.
—Ya nadie me llama Kani.
—Supongo que tendré que acostumbrarme.
—No ha sido fácil encontrarte —dijo el asesino.
Galo observó el revólver apenas un momento antes de volver a mirarlo a los ojos.
—Siempre conservé la esperanza de que estuvieras vivo. Aunque reconozco que no esperaba encontrarte aquí.
Dasslak guardó silencio.
Galo ajustó los dedos alrededor del asa de la bolsa.
—El trayecto ha sido largo. Necesito sentarme.
Dasslak levantó el arma. El cañón recorrió lentamente el espacio entre ambos, pero no se detuvo sobre Galo. Señaló una silla situada cerca de la pared.
—Adelante. Estás en tu casa.
Galo siguió el movimiento sin perder la sonrisa. Dejó la bolsa junto a la silla y tomó asiento. Después llevó una mano al interior del abrigo con deliberada lentitud, sacó un cigarro y lo encendió. La primera bocanada ascendió frente a su rostro.
—Todavía fumo —comentó—. Nunca conseguí dejarlo.
Dasslak bajó el revólver, aunque mantuvo el cañón en dirección a él.
—Cuéntame —continuó Galo—. ¿Qué ha sido de tu vida?
—He sobrevivido. ¿Y tú?
Galo sonrió de nuevo.
—Es una larga historia. Y pareces tener prisa.
—Quizá pueda hacerme algo de tiempo para escucharla.
—He estado cazando.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo va eso? —Una comisura de los labios de Dasslak se alzó apenas.
—Mejor de lo que esperaba. He asesinado a muchos y he obtenido respuestas. Ahora tengo una pista para encontrar al Rey. Justo donde los soles gemelos se hunden tras el lago y extrañas lunas giran por los cielos.
—¿De qué hablas?
—Si hubiera sabido que Dasslak eras tú, habría pedido tu ayuda… Supongo que mi trabajo ha llegado a su fin. Tendrás que continuar tú, Kani.
Dasslak abrió la boca para responder, pero Galo se adelantó.
—He tenido sueños extraños. Durante mucho tiempo no conseguí entenderlos. Ahora que estás aquí, por fin tienen sentido.
—¿Sueños? De eso también sé.
—¿Qué ves, Kani?
Dasslak quiso aferrarse al silencio, pero las palabras ya habían empezado a salir.
—Estoy en un lugar que conozco —comenzó—. No sé dónde, pero lo reconozco. Todo me resulta demasiado familiar.
Hizo una pausa. Intentó detenerse, pero ya no encontró una razón para hacerlo.
—Hay un hombre frente a mí. No es un amigo. Sostiene mi espada. —Extendió el revólver y golpeó dos veces la hoja. El solidio respondió con un tintineo breve y cortante—. Esta. La que perteneció al Oso. La gané cuando lo maté.
—He escuchado la historia —respondió Galo.
—Parecías sincero cuando dijiste que no sabías quién era realmente Dasslak. Que no sabías que era yo. Pero conoces la historia. Hay algo en eso que no encaja.
Dasslak lo observó durante unos segundos, pero el rostro del anciano no le ofreció ninguna respuesta.
—Ya no importa. Tampoco cambia nada. Lo que importa es lo que esta espada significa.
Lo que murió de mí cuando la conseguí. Lo que nació después —continuó—.
En el sueño, ese hombre tiene lo que me pertenece.
Me acerco para quitársela, pero se aleja cada vez que doy un paso.
Intento correr tras él, pero mis movimientos se vuelven más lentos.
Cada paso me cuesta más que el anterior, mientras él continúa alejándose.
Las palabras salían ahora sin esfuerzo, una detrás de otra.
—No consigo alcanzarlo. Siento frustración. Desesperación. Cosas que no suelo sentir despierto. Por eso detesto los sueños. Dentro de ellos aparecen emociones que no me pertenecen.
Galo no apartaba la mirada.
—¿Qué ocurre después?
—Continúo persiguiéndolo. Es mi espada. No puedo permitir que se la lleve. Pero no importa cuánto corra; la distancia entre los dos nunca disminuye.
Los dedos de Dasslak se tensaron alrededor de la culata.
—Entonces siento algo distinto. Algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo.
Su pulgar echó atrás el martillo del revólver.
El mecanismo encajó con un chasquido.
—Terror.
Galo no se sobresaltó. Permaneció sentado, con el cigarro humeante entre los dedos.
—Continúa, por favor.
—La espada desaparece y todo queda a oscuras —prosiguió Dasslak—. Tengo miedo. No entiendo por qué, pero siento que voy a perderme allí y que nunca encontraré la salida.
Su voz permanecía serena, ajena a las palabras que pronunciaba.
—Entonces alguien me abraza. No puedo verle el rostro, pero sé que me protege. La oscuridad retrocede. El miedo también. Mientras me sostiene, nada puede alcanzarme.
—¿Quién te protegía? —preguntó—. ¿Quién era, Kani?
Dasslak sostuvo su mirada.
—Eras tú, papá. Tú me abrazabas.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Galo. No intentó ocultarlas.
El revólver se elevó despacio hasta quedar alineado con su corazón.
Galo ni siquiera miró el arma.
—¿Y después, hijo? —preguntó entre lágrimas—. ¿Qué ocurre después?
—No lo sé —respondió Dasslak—. Es ahí cuando despierto.