Capítulo XXIII #3
Era joven.
—Por favor, Denn. No lo subestimes. Esto no es un juego. Es tu obligación detenerlo.
La última palabra atravesó la soberbia y encontró carne. Denn no respondió.
—Sabes a qué me refiero —continuó Wallace—. Ni siquiera te estoy reprochando nada. No ahora. Pero esto debe terminar de algún modo.
—Entendería que me lo reprocharas. Yo mismo lo hago.
El silencio duró apenas unos segundos, aunque pareció más largo.
—Me iré ahora, pero me encargaré de Neil. Después todos podrán decidir qué hacer conmigo. Al menos eso les debo.
—Apresúrate. Si vienen ahora, también yo estaré en peligro.
—Diles que vine y que, como no encontré a Neil, escapé. No tiene sentido ocultarlo. No quiero que te encierren a ti también.
—Lo haré. Ahora vete.
Denn cruzó la habitación hasta la puerta. Ya tenía una mano sobre el cierre cuando volvió a detenerse.
—Fue Neil quien asesinó a Senlar. Lo consideraba un amigo, igual que a muchos de ustedes. Jamás les haría daño.
—Lo sé… O quiero creer que lo sé. Debí decir algo cuando te llevaron al patio, pero no encontré el valor.
—No habría servido de nada. Quizá ahora estarías encerrado, o algo peor.
Entornó la puerta hacia dentro y se deslizó por la abertura. Ya fuera, pasó la mano al tirador exterior, se volvió y cerró sin hacer ruido.
Apenas lo soltó, el tirador desapareció.
No se ocultó en la oscuridad. Dejó de existir para él. También la puerta y la cabaña y la noche. Durante un instante que pareció no terminar nunca, Denn solo percibió su propio brazo apartándose de la madera, como si aquel movimiento hubiese quedado suspendido entre la intención y el acto.
Ya conocía una versión de aquella dilatación.
Había visto golpes antes de que nacieran, cuerpos precipitándose hacia lugares que aún no ocupaban.
Pero esta vez parecía manifestarse de otro modo.
Tal vez su mente, incapaz de conservar cuanto ocurría en aquella fracción inconmensurable, reconstruía cada episodio de manera distinta.
Entonces el mundo se volvió luz.
Luz y partículas y campos extendiéndose en todas direcciones, enlazados unos con otros y con él.
No miraba con los ojos. Percibía desde un lugar que no estaba detrás de su rostro ni parecía pertenecer por completo a su cuerpo.
Sintió que podía desplazarse dentro de aquella inmensidad, abandonar el punto desde el que siempre había contemplado el universo.
Lo intentó.
Su percepción se abrió hacia su espalda.
Algo avanzaba allí.
No vio una forma. Percibió una pequeña densidad atravesando el aire: una aglomeración de campos enlazados que irrumpía con violencia y obligaba a cuanto encontraba a reorganizarse a su paso.
El tejido invisible que la rodeaba se deformaba en torno a ella.
Cada átomo rozado abandonaba su equilibrio y transmitía la perturbación al siguiente.
No había superficie ni color ni contorno. Solo una región diminuta donde el universo se tensaba; un nudo invisible desplazándose entre incontables presencias, tocándolas y desviándolas y dejando en cada una el recuerdo brevísimo de haber sido atravesada.
Denn comprendió.
La realidad regresó de golpe.
Un estallido seco quebró la noche. Durante una fracción de segundo no hubo dolor, solo una presión brutal que le sacudió el cuerpo.
Después llegó el fuego.
La bala entró por detrás de su hombro, siguió una trayectoria oblicua y salió por un costado antes de hundirse en la puerta.
Los dedos se le cerraron con fuerza alrededor del mango del cuchillo. Apoyó la otra mano contra la madera y cargó sobre ella el peso del cuerpo para no caer. El dolor apenas le contrajo el rostro, una reacción demasiado pequeña para el incendio que se extendía bajo su piel.
—Debo admitirlo, Bornew: me has sorprendido —dijo Neil—. No sé cómo demonios conseguiste generar un pulso electromagnético. No contaba con eso. Por fortuna, habíamos traído esta arma balística desde la estación.
Denn se volvió hacia él. La sangre comenzaba a extenderse despacio por la tela de su camisa.
Neil sostenía un rifle largo con ambas manos. El arma carecía de celda, visor o cualquier componente que debiera haber muerto con el pulso. Era metal y madera.
—Espósalo —ordenó.
Había dos oficiales a su espalda. Denn los conocía bien de las patrullas. Cada uno empuñaba una pistola balística.
—¿Yo? —preguntó uno de ellos.
Sus ojos iban de Neil a Denn y de Denn a Neil. El otro oficial lo observaba de reojo, sin saber qué gesto ofrecerle.
—Apresúrate.
—Tiene un cuchillo.
La sangre había descendido por el brazo de Denn hasta cubrirle la mano y el mango del arma. Bajo la luz de las dos lunas parecía negra, salvo por el brillo granate que recorría el filo.
Denn no dijo nada. Se había erguido y, de no ser por la sangre, nadie habría podido asegurar que estaba herido.
—Apresúrate.
El hombre dio un paso inseguro. Después se detuvo.
—Suelta el cuchillo, Denn —dijo con voz temblorosa—. No podrás escapar.
Denn continuó en silencio.
—No obedece —dijo el oficial, volviéndose hacia Neil.
—Hazlo obedecer.
El hombre miró de nuevo a Denn. Levantó la pistola y repitió la orden, esta vez con una dureza que el temblor de su voz desmentía.
—Suelta el cuchillo. Y tírate al suelo.
Denn movió el hombro derecho. El dolor le arrancó un gemido mudo y una contracción en el rostro, pero no obedeció.
—Nada —dijo el oficial.
Neil lo llamó con un movimiento de la mano. El hombre retrocedió hasta él sin dejar de apuntar a Denn.
—Dame la pistola —dijo Neil, extendiendo la mano.
El oficial se la entregó.
Al otro lado del sendero, Denn comprendió lo que Neil iba a hacer y levantó a medias el brazo, como un reflejo inútil.
Neil tomó la pistola con la mano izquierda, sin soltar el rifle de la derecha. Alzó el arma frente al rostro del hombre y disparó.
El estampido sacudió la oscuridad.
El oficial cayó muerto a sus pies.
—Espósalo —ordenó Neil al otro.
Se encajó la pistola en la parte delantera del cinturón.
Denn quiso moverse, pero comprendió que aquel no era el momento. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del cuchillo y la herida de su hombro expulsó una nueva oleada de sangre.
El segundo oficial dio dos pasos temerosos hacia delante.
—Puedes detenerme —dijo Denn—. No me resistiré.
Arrojó el cuchillo al suelo, delante de él, y levantó ambas manos. El hombro derecho protestó y el dolor le deformó el rostro.
El oficial comenzó a recorrer los casi diez metros que los separaban. Cuanto más se acercaba, más cortos y lentos se volvían sus pasos.
Cuando estuvo cerca del cuchillo, el oficial se detuvo. Apenas un metro lo separaba de Denn. Lo apuntaba con la pistola, pero el cañón temblaba y también le temblaban los hombros y la respiración.
—No te muevas.
Sin apartar la vista de él, adelantó un pie y pateó el cuchillo. El arma raspó la tierra, giró varias veces sobre sí misma y desapareció bajo la sombra de una de las cabañas. El oficial no alcanzó a volver a apoyar el pie. Denn ya le había atrapado el brazo.
Lo agarró por la muñeca, tiró de él y se desplazó al mismo tiempo. El rifle de Neil volvió a aullar. La bala atravesó el espacio que ambos habían ocupado un instante antes y se hundió en la pared de la cabaña, arrancando una nube de astillas.
Denn hundió el codo en el rostro del oficial. Sintió ceder la nariz bajo el impacto. La cabeza del hombre salió despedida hacia atrás, sus dedos se aflojaron alrededor de la pistola y las piernas dejaron de sostenerlo. Denn le arrancó el arma mientras el oficial se desplomaba inconsciente.
Denn disparó. Una vez. Dos.
Neil se arrojó hacia un lado. El primer proyectil pasó junto a su pecho. El segundo le rozó la camisa antes de perderse en la oscuridad. Cayó de hombro, rodó por la tierra y quedó tendido sobre un costado, con el rifle todavía aferrado entre las manos.
Apuntó desde el suelo. Disparó dos veces.
La primera bala buscó la mano con la que Denn ya levantaba la pistola. Denn apartó el brazo y la esquivó. La segunda no fue hacia el lugar que acababa de abandonar, sino hacia aquel al que había desplazado la mano.
El proyectil alcanzó la pistola de costado. Abrió un surco en el metal y el impacto se la arrancó de la mano. El arma golpeó la tierra, rebotó una vez y quedó varios metros más allá.
Denn la buscó mientras Neil se levantaba. La distinguió cerca del sendero, iluminada por el resplandor pálido de las lunas. Se lanzó hacia ella.
Neil disparó.
Denn cambió de dirección en mitad del impulso.
La bala levantó tierra donde habría caído su mano.
Rodó sobre el hombro sano, sintió que la herida del otro se abría y continuó girando mientras los disparos lo perseguían.
Uno junto a su cabeza. Otro contra la tierra, tan cerca que los fragmentos le golpearon el rostro.
Denn se puso en pie y corrió hacia un lado. Neil volvió a apretar el gatillo. Denn inclinó el torso y la bala pasó frente a su pecho. Otra vez. Giró sobre sí mismo y el proyectil le rozó la camisa. Y otra. Bajó la cabeza antes de la detonación y la bala atravesó el aire sobre su cabello.
Cada movimiento comenzaba antes del disparo. Cada músculo respondía a algo que todavía no había sucedido. Denn veía el arma levantarse y veía el dedo cerrarse y veía la trayectoria extendiéndose hacia él antes de que el proyectil abandonara el cañón. Se apartaba. Giraba. Corría.
La seguridad de Neil se quebró en una mueca de rabia.
Denn miró la pistola. Estaba lejos, a unos cinco metros, sola sobre la tierra desnuda.
Neil sabía cuántas balas quedaban en el cargador del rifle.
Denn solo podía calcularlo. Conocía aquel modelo, conocía la capacidad habitual de sus cargadores y había contado cada disparo desde que el arma apareció en la oscuridad.
Que Neil hubiese dejado de disparar reforzaba la sospecha. Le quedaba una sola bala.
Denn amagó un movimiento breve hacia la pistola. El cañón del rifle lo siguió, pero Neil no disparó. Denn cambió de rumbo y corrió directamente hacia él.