Convergencia Capítulo XXIII #2
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Capítulo XXIII #2

El oficial esperó hasta tenerlo a su alcance y se abalanzó sobre él. Denn desvió el ataque, lo hizo girar y lo obligó a caer boca abajo. El hombre forcejeó, pero Denn le inmovilizó un hombro con la rodilla, le llevó ambas manos a la espalda y cerró las bandas alrededor de sus muñecas.

—Suéltame. Ya deben habernos oído —refunfuñó el oficial contra la madera.

—Lo sé.

Descendió por la escalera interior. Desde distintos puntos llegaban voces aisladas y contradictorias.

Alguien gritaba que no había enlace. Otro exigía que reiniciaran las torretas.

Un hombre repetía que su interfaz personal no respondía.

Varios ya imaginaban que había un intruso, pero nadie entendía todavía qué había ocurrido ni dónde buscarlo.

Eso era lo que Denn había esperado. El pulso no le concedía invisibilidad. Le concedía confusión, un tramo de muralla sin ojos y unos pocos instantes durante los cuales la fortaleza debía recordar cómo defenderse sin sus máquinas.

Tenía que llegar hasta la cabaña de Neil antes de que el ruido lo despertara. Se alzaba lejos del centro, casi en el extremo sur de la fortaleza. Neil había escogido aquella distancia para mantenerse apartado de los demás; ahora, por una vez, parecía jugar en su contra.

Si no llegaba a tiempo, todavía podía escapar.

La idea surgió sola, rápida y razonable. Eso fue lo que más miedo le dio.

No. Había venido por Neil.

Al tocar el suelo, la voz del oficial estalló sobre la muralla.

—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Es Bornew! ¡Está aquí!

Denn echó a correr.

Cruzó la franja de tierra junto al muro y se ocultó detrás de uno de los cobertizos de la zona de entrenamiento.

Postes, barreras y figuras de práctica se alzaban en la oscuridad.

Más allá comenzaban las viviendas, dispuestas en un anillo irregular alrededor del patio interior.

Frente a la explanada estaban el centro de vigilancia y la enfermería provisional; cerca se levantaban el almacén común y el huerto, y desde aquel núcleo partían los senderos hacia el comedor, las cabañas y los portones.

Apenas aparecieron unas pocas luces de combustión, dispersas y tardías. De tanto depender de sus lentillas, casi nadie estaba preparado para la oscuridad completa. Una puerta se entreabrió y volvió a cerrarse cuando un oficial ordenó que nadie saliera.

Denn avanzó hacia el sur, pegado a los muros de las primeras viviendas. Dejó atrás el cobertizo y una zanja corta donde la vegetación había vuelto a levantar la tierra. Para llegar a la cabaña de Neil debía atravesar el patio y continuar después hasta las últimas construcciones del recinto.

Un zumbido creció sobre él.

Denn se detuvo bajo el alero de una vivienda.

Al final del sendero, fuera del alcance del primer pulso, un dron abandonó el circuito que trazaba sobre las últimas cabañas y viró hacia el norte.

Más allá, otros dos patrullaban cerca del muro meridional, recorriendo el espacio despejado alrededor de la vivienda de Neil.

Denn sacó una segunda granada.

No quería usarla tan pronto y revelar por dónde avanzaba, pero el dron estaba a segundos de encontrarlo. La arrojó por encima de la cabaña.

La esfera desapareció al otro lado del tejado. Hubo un chasquido seco y un breve resplandor blanco azulado.

El pulso alcanzó al primer dron en pleno giro. Más al sur, los otros dos aparatos se apagaron en el aire y cayeron cerca del muro meridional.

Las voces se multiplicaron dentro de las viviendas. Varias personas maldijeron al mismo tiempo. Un niño comenzó a llorar. Una puerta se abrió y alguien salió a tientas, pero un guardia lo obligó a regresar al interior.

Dejó atrás la explanada y siguió por el sendero meridional, pegado a las viviendas. Las cabañas fueron escaseando y el ruido del centro quedó a su espalda. Cuando la muralla sur apareció entre los últimos tejados, distinguió la vivienda aislada de Neil.

Había hombres sobre las torres y las pasarelas.

Dos se inclinaban sobre una torreta apagada, tratando de devolverla a la vida, y otro examinaba uno de los drones caídos cerca del muro.

Los demás vigilaban el terreno exterior o recorrían las defensas, desorientados todavía por la oscuridad.

Ninguno parecía haberlo visto, pero entre las últimas cabañas quedaban pocos lugares donde ocultarse.

Las granadas habían inutilizado las máquinas. Contra aquellos hombres no le servirían de nada.

Denn esperó a que dos de ellos apartaran la vista y avanzó agachado hasta la vivienda. Rodeó la pared y probó la ventana lateral.

Estaba asegurada.

Extrajo uno de los cuchillos y deslizó la punta junto al cierre. La madera cedió sin ruido. Abrió apenas lo necesario, escuchó y entró.

El aire olía a sudor, a tela húmeda y a las raíces que Wallace y Olyr quemaban para mantener alejados a ciertos insectos. Denn reconoció el olor, pero tardó un instante en comprender lo que significaba.

Permaneció agachado bajo la ventana.

Había una cama al fondo. Más cerca de la puerta, una mesa con dos sillas.

Una lámpara apagada pendía del techo. Sobre una repisa se amontonaban recipientes para muestras, herramientas de análisis y un par de cuadernos de papel escritos a mano.

Eran una rareza, pero allí tenían sentido. Nada de aquello pertenecía a Neil.

Se incorporó despacio y se acercó a la cama.

La figura que dormía allí se movió antes de que pudiera tocarla. Denn le cubrió la boca con una mano, le sujetó el hombro con la otra y apoyó el filo del cuchillo contra la manta.

Dos ojos desmesurados se abrieron en la oscuridad.

—No grites —susurró Denn.

El hombre dejó de forcejear.

—Wallace.

Denn retiró la mano poco a poco. Wallace aspiró aire y se incorporó contra la pared, llevándose la manta hasta el pecho.

—¿Denn?

—Sí. ¿Qué demonios haces aquí?

Wallace se restregó los ojos, todavía adormilado.

—Neil me obligó a cambiar de cabaña con él.

—¿Dónde está?

Wallace miró el cuchillo y después la ventana abierta.

—En la mía, supongo.

Parpadeó varias veces y trazó un gesto ante sí. Nada apareció. Lo repitió, más despacio, antes de llevarse dos dedos a la membrana y presionarla, como si necesitara comprobar que todavía seguía allí.

—¿Qué diablos está pasando? ¿Por qué no funciona?

—¿Desde cuándo duerme Neil en tu cabaña? ¿Por qué?

—Desde que Kein desapareció. Dijo que el niño no pudo salir solo, que uno de los dos, tú o C0, volvería por él y que seguramente iría primero a buscarlo donde siempre había dormido. Por eso me hizo intercambiar las cabañas.

Wallace se llevó una mano a la nuca. La poca claridad que entraba por la ventana reveló una sombra de barba sobre su mandíbula. Denn nunca lo había visto sin afeitar. Bajo el ojo izquierdo se adivinaba un moretón.

—Parece que no se equivocó —añadió.

Denn apartó la mirada.

—¿Kein? ¿Sabes de él? ¿Está a salvo?

—Lo está.

Denn bajó el cuchillo, se apartó de la cama y caminó hasta la mesa. Quedó de espaldas a Wallace.

—¿Con C0?

—Está lejos de aquí.

Wallace buscó su rostro, pero Denn no se volvió. No insistió.

—La interfaz. ¿Fuiste tú?

—Sí.

—Entonces Neil sabe que estás dentro.

—Lo doy por hecho. A estas alturas ya habrá oído el revuelo. Pasé junto a tu cabaña al venir desde el norte.

Denn miró por la ventana que había forzado y luego por la que quedaba junto a la puerta. El bullicio del centro aún no había alcanzado aquel extremo de la fortaleza. Desde allí, el sendero parecía vacío.

—¿Entraste por el norte? ¿Por qué?

—El sur era demasiado evidente. Supuse que Neil lo habría reforzado.

—Y lo hizo. Tres drones, dos torretas y más hombres de guardia desde que Kein desapareció.

Wallace bajó la mirada.

—También cambió de cabaña…

Denn se sentó en el borde de la mesa y giró apenas el cuerpo. Quedó de perfil a Wallace, con las ventanas todavía al alcance de la mirada. No porque necesitara descansar, aunque el cansancio estaba allí.

—Cuéntame qué ha pasado. Si tengo que salir de aquí sin Neil, al menos quiero algo de información.

Wallace bajó los pies al suelo.

—Neil lo llama orden.

Buscó sus botas y se calzó una y luego la otra.

—¿Y tú?

—Yo procuro no decir nada.

Terminó de ajustárselas y se inclinó, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas. Lo hizo todo deprisa, volviendo la mirada hacia la puerta cada pocos segundos.

—Impuso un toque de queda. Nadie sale de noche sin autorización.

De día podemos trabajar, pero en grupos y donde él decide.

Los drones cuentan a la gente al comienzo y al final de cada turno.

Gor y Bren están encerrados. También quienes intentaron impedir que se llevaran a los heridos.

A Juno la dejó en la enfermería porque la necesita, pero siempre hay alguien vigilándola.

Olyr puede trabajar con ella mientras no discuta las órdenes.

Mara perdió el acceso al almacén. A mí me permite analizar la comida porque hasta Neil entiende que de nada sirve gobernar cadáveres.

—¿Cuántos están con él?

—Menos de los que parece. Más de los que deberían.

—Necesito un número.

—No lo tengo. Algunos le obedecen porque tienen miedo, porque han visto lo que hace con quienes no lo hacen. No son soldados como tú o Neil. La mayoría son simples oficiales de una estación.

Denn deslizó el pulgar por el lomo del cuchillo.

—¿Ha herido a alguien?

Se levantó de la mesa y volvió a examinar el exterior, esta vez con mayor atención.

—Vete ya, Denn. Vendrán aquí en cualquier momento. Vete antes de que sea demasiado tarde.

—Si tan solo apareciera Neil…

—Seguramente no vendrá solo.

—En la oscuridad y sin sus armas, podría enfrentarme a diez de ellos. No llegarían a tocarme. Neil es la única amenaza.

Denn oyó la soberbia en su propia voz.

La reconoció de inmediato, limpia y desagradable, pero no encontró dentro de sí el impulso de retirarla. Al contrario. Algo sombrío avanzaba bajo sus pensamientos con una paciencia casi dulce, ofreciéndole razones.

Antes de aquel mundo ya era más rápido, más fuerte y más peligroso que cualquiera de esos hombres. Lo que había aprendido después no había sustituido aquello: lo había llevado más lejos.