Convergencia Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

Inercia

Se acercó sigilosamente, arrastrándose sobre el vientre y avanzando poco a poco.

Primero apareció la claridad sobre la pradera, un resplandor bajo y turbio que no alcanzaba el cielo.

Después surgieron las plataformas de vigilancia, recortadas sobre las estrellas.

Y luego la muralla, el portón norte, algunos tejados que sobresalían por encima de las defensas y el humo que el viento arrastraba hacia el río.

Denn se detuvo en una hondonada cubierta de vegetación cenicienta.

Había caminado con la noche a la espalda y el curso del río a su derecha, aunque desde allí no podía verlo.

Solo escuchaba su rumor lejano cuando el viento descendía desde el oeste y cruzaba la llanura sin encontrar nada que lo detuviera.

Se arrodilló.

La fortaleza conservaba energía. Las luces de las torres barrían el terreno abierto mientras un dron describía círculos sobre el muro septentrional y las torretas giraban con movimientos breves. La pradera estaba desierta. Ningún coracino esperaba aquella noche junto a las defensas.

Persistían, sin embargo, señales del ataque: una plataforma ligeramente vencida, varios paneles nuevos en una sección del muro, estacas donde antes se abría una puerta menor y manchas negras que ni el agua ni los días habían borrado de la madera.

Denn miró la fortaleza y pensó en todo lo que todavía podía perder.

En los rostros. En los nombres. En aquellos a quienes había llegado a considerar amigos y en quienes permanecían callados porque hablar significaba caer junto a los demás.

Pensó en las cabañas cerradas alrededor del patio, en los niños que quizá dormían dentro y en Kein, varios kilómetros al norte, sentado junto al cuerpo inmóvil de C0-UN1.

Todavía sentía sus brazos rodeándolo por la espalda.

«Vuelve».

Denn abrió la mochila y comprobó el equipo al tacto.

Las granadas de pulso electromagnético seguían en el fondo, separadas para que no chocaran entre sí.

Encontró el cable enrollado en uno de los bolsillos interiores y los retenedores en el otro.

Después recorrió con las manos los costados de la mochila y comprobó que los cuchillos continuaban sujetos en sus vainas.

Repasó el plan.

Entrar. Inutilizar las defensas. Llegar hasta Neil. Reducirlo.

Había descartado los flancos oriental y occidental.

Tal vez pudiera alcanzar la muralla por cualquiera de ellos, pero al otro lado lo esperaban zonas demasiado despejadas, con pocas construcciones donde ocultarse y torres capaces de seguirlo desde distintos ángulos.

El norte le imponía el trayecto más largo hasta Neil, pero también le ofrecía lugares donde desaparecer una vez dentro.

El sur era la peor opción. Neil esperaría que fuese directo hacia su cabaña y seguramente habría concentrado allí la vigilancia. Entrar tan cerca de él significaba anunciarle por dónde venía.

Ya no llevaba el rifle. Lo había ocultado entre unas piedras antes de acercarse a la fortaleza.

Lo había traído desde la nave por si alguna criatura lo sorprendía durante el trayecto, pero dentro del recinto solo sería una carga.

La primera granada lo inutilizaría junto con las torretas, los drones y cualquier otra arma semejante.

Mejor así.

No había ido a ejecutar a Neil. No quería un cadáver ni que el desenlace dependiera de quién apretara primero el disparador.

Había ido a detenerlo.

Después liberaría a los prisioneros, reuniría a la comunidad y pondría en sus manos al hombre que había usurpado el mando.

Lo juzgarían ellos. También podrían juzgar a Denn.

No les pediría que olvidaran el secuestro de la estación ni todo lo que había ocurrido como consecuencia: el daño que los obligó a descender a aquel mundo y las muertes que habían sufrido desde entonces.

Solo impediría que Neil siguiera dictando sentencias.

Alzó la vista hacia la torre norte.

La última parte del trayecto carecía de refugio.

La vegetación se hundía hasta volverse una costra pegada al suelo y la tierra ascendía suavemente hacia el muro.

Una persona a pie quedaría expuesta a las luces, al dron, a la cámara instalada bajo la plataforma y a la torreta que cubría el portón.

Había un oficial de guardia en lo alto. Permanecía junto a la baranda con un rifle tecnológico apoyado contra el pecho.

De vez en cuando levantaba la cabeza, no para mirar la pradera, sino para atender algo que sus lentillas proyectaban ante él.

Denn retiró una de las granadas de la mochila. La sostuvo entre ambas manos y desactivó el seguro. Un indicador diminuto despertó bajo su pulgar.

Calculó la distancia.

El oficial de guardia volvió la cabeza hacia el oeste. El dron inició otro giro. La luz de la torre cruzó la hondonada, siguió de largo y dejó la pradera sumida en una oscuridad todavía más densa.

Denn arrojó la granada.

La pequeña esfera pasó por encima de la vegetación y cayó cerca de la base del muro. Rebotó una vez. El oficial alcanzó a mirar hacia abajo.

La esfera emitió un chasquido seco. Una luz blanca azulada recorrió su superficie y se extinguió al instante.

No hubo explosión ni onda visible. La torre quedó inerte, la torreta se inmovilizó y el dron perdió sustentación, chocó contra el exterior de la muralla y cayó al suelo.

Al mismo tiempo, la interfaz personal de Denn dejó de responder.

Los datos desaparecieron de sus lentillas.

Ya no había marcadores, distancias ni alertas; solo la muralla y la noche.

El indicador de carga del rifle del oficial se volvió negro. Alzó una mano y movió los dedos ante sí, pero ningún control apareció.

—¿Qué ha pasado?

Su voz salió demasiado alta. Golpeó dos veces el costado del arma, como si pudiera devolverla a la vida, y miró hacia la plataforma contigua, buscando una respuesta que ya no podía llegarle a través de la red.

Denn echó a correr.

Cruzó el espacio abierto mientras el hombre repetía gestos inútiles en el aire y una voz gritaba desde otra torre. Detrás del muro, la fortaleza aún dormía.

No había previsto escalar por allí, pero al acercarse a la sección reparada distinguió varios soportes que sobresalían entre los paneles nuevos. Se colgó el cable de un hombro y comenzó a trepar.

Más arriba, la reparación se volvía irregular: una tabla desplazada, separaciones entre las planchas y bordes donde podía apoyar las manos. No era mucho, pero bastó hasta que alcanzó el último saliente. Por encima, la muralla permanecía intacta y ya no ofrecía ningún punto de apoyo.

El oficial lo vio desde la pasarela.

—¡Alto!

Apuntó el rifle hacia él y apretó el disparador. Nada ocurrió. Volvió a intentarlo.

Denn aprovechó esos segundos. Se quitó el cable del hombro y lo lanzó por encima de una viga tendida sobre la pasarela. El extremo cayó de nuevo junto a él. Lo atrapó, sujetó ambos tramos y comenzó a subir.

El oficial arrojó el rifle, desenvainó un cuchillo y echó a correr por la pasarela.

Denn trepó con los pies apoyados contra la muralla. El hombre corría hacia la viga. Si alcanzaba el cable antes de que Denn llegara al borde, un solo tajo bastaría.

Denn subió más rápido.

Alcanzó el borde cuando el oficial llegó hasta él. Ya no intentó cortar el cable. Alzó el cuchillo y descargó la hoja contra su cabeza.

Denn sintió venir el golpe antes de que comenzara. Ya conocía aquella percepción; había aprendido a afinarla junto a Senlar. El universo se inclinó hacia él como un fluido de luz interminable, extendiéndose en infinitas direcciones, tocándolo todo y tocándolo también a él.

Apartó la cabeza. La hoja pasó junto a su mejilla.

Denn cerró la mano sobre la muñeca armada y tiró. El oficial perdió pie y cayó por el exterior del muro.

Denn no lo soltó.

Quedó colgando mucho más abajo, sostenido únicamente por el brazo derecho, mientras Denn se aferraba a la baranda con la otra mano. El cable permanecía aprisionado entre su pecho y la muralla. No podía alcanzarlo.

El oficial golpeó cuanto tuvo a su alcance. Le hundió el puño izquierdo en las costillas, volvió a golpearle el vientre y retorció el brazo derecho para liberar el cuchillo. La hoja rozó a Denn y le abrió un corte en el antebrazo.

Denn apoyó un pie contra la muralla y tiró.

No lo alzó poco a poco. Lo arrancó del vacío.

El cuerpo del oficial ascendió de un solo impulso, cruzó por encima de la baranda y cayó con violencia sobre la pasarela. La madera retumbó bajo el golpe.

El hombre permaneció un instante sobre las manos y las rodillas, sin comprender cómo había llegado hasta allí. Volvió la cabeza hacia Denn, aturdido y asustado.

Denn aprovechó ese instante para impulsarse sobre el borde y caer de pie en la pasarela.

El cuchillo había quedado entre los dos.

El oficial reaccionó primero. Se lanzó hacia él a cuatro patas, pero Denn lo alcanzó con un golpe seco en la nuca y lo derribó contra las tablas. Aun así, sus dedos se cerraron alrededor del mango.

Denn le pisó la mano.

El hombre gruñó y trató de arrancarla de debajo de la bota. Denn aumentó la presión hasta que soltó el arma, se agachó y la recogió.

El oficial se arrastró hacia atrás.

—No me mates. Por favor.

Denn se acercó al borde de la muralla y arrojó el cuchillo hacia la pradera.

—No he venido a matar a nadie. Guarda silencio y esto acabará pronto.

Lo dijo sin alzar la voz, pero en su rostro no había calma. Tenía la mandíbula tensa, los ojos inmóviles y una furia oscura apenas contenida bajo la piel. Por un momento, ni él mismo pareció saber cuánto duraría aquella contención.

Llevó la mochila hacia delante y sacó uno de los tres juegos de retenedores. El pulso había inutilizado sus funciones electrónicas, no el cierre mecánico. Después volvió hacia el oficial sin apresurarse, atento a cada uno de sus movimientos.

—No te resistas. Vengo por Neil. Cuando lo haya detenido, me entregaré también.