Convergencia Capítulo XXII
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Capítulo XXII

Un Amigo que lo Recuerde

Kein fue el primero en romper el silencio.

—Una nave.

La palabra no tuvo entusiasmo. Apenas asombro. Salió baja, como si decirla en voz alta pudiera volverla falsa.

Luego volvió el silencio. Tampoco se movió nadie.

Hasta que Kein dio un paso. Se detuvo casi de inmediato y miró a C0-UN1, como si esperara alguna advertencia.

El autómata permaneció inmóvil y en su quietud pareció habitar algo más hondo, algo que Denn seguía sin saber nombrar, aunque ya lo había visto en él frente a aquellos cuerpos incompletos.

Denn lo observó un instante más. Después apartó la mirada y avanzó hacia la nave, pasando junto a Kein.

El niño tardó apenas un momento en seguirlo. A medida que se acercaba, un brillo casi olvidado volvió a aparecer en sus ojos.

Una capa delgada de polvo cubría el fuselaje negro y alargado. Al frente, la cabina se hundía bajo el cristal reforzado; a ambos lados se extendían dos alas anchas, afiladas hacia los extremos. No tenía insignias ni números. Todo había sido borrado.

Raíces finas trepaban por los soportes de aterrizaje, pero no parecían haber penetrado el casco.

Denn apoyó una mano en un costado y la dejó allí un instante. Después la deslizó sobre el casco. El polvo cedió bajo sus dedos y dejó al descubierto la superficie intacta.

—Es militar —dijo.

Kein alzó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

Denn volvió a tocar el casco.

—¿Usabas una así cuando eras soldado? —insistió el niño.

—No. Es un modelo mucho más antiguo que cualquiera que haya visto en servicio. Pero todavía se usan naves parecidas.

C0-UN1 se acercó al fin. Rodeó despacio una de las alas.

—No veo armas.

Denn observó las plataformas de mantenimiento y los brazos articulados recogidos contra los muros.

—Las desmontaron. Veo algunas partes por allí.

—La estructura está completa —dijo el autómata.

—¿Puede volar? —preguntó Kein.

Denn caminó hacia el costado izquierdo de la nave, hasta quedar bajo la unión del ala con el fuselaje. Allí encontró el panel de acceso, casi oculto entre las placas negras del casco. Pasó los dedos por la superficie hasta dar con una leve depresión y presionó.

Nada.

—El sistema está muerto… como cabría esperar.

—¿Entonces no podemos entrar?

—Tiene que haber una forma manual.

Denn se agachó junto al borde inferior de la compuerta. Apartó el polvo acumulado entre las juntas hasta descubrir una pequeña tapa de servicio. Debajo había un asa empotrada.

Tiró de ella.

Desde el interior llegó un chasquido seco y la compuerta lateral cedió unos centímetros.

C0-UN1 introdujo los dedos en la rendija. El mecanismo protestó, pero terminó abriéndose y una escalerilla descendió hacia el suelo.

Un aire frío escapó desde el interior. No olía a humedad ni a podredumbre. Olía a metal cerrado, a polvo seco, a un espacio que había esperado demasiado.

Denn activó la amplificación de luz residual de sus lentillas y entró.

La nave seguía en orden. Una mesa táctica ocupaba la zona central.

Desde allí, el pasillo continuaba en ambas direcciones: hacia delante conducía a la cabina, donde tres asientos permanecían frente a las consolas apagadas; hacia atrás terminaba en una bahía de carga vacía.

A ambos lados de la zona central se distribuían cinco habitaciones pequeñas y los módulos sanitarios, completando un interior sin lujo, pensado para una tripulación pequeña.

No había puertas forzadas ni objetos abandonados en mitad de una huida.

—Dani habría querido ver esto —dijo Kein.

Denn no encontró qué responder.

El niño entró en una habitación y se dejó caer sobre una litera.

Denn recorrió el interior hasta la parte trasera, buscando el alojamiento del reactor cuántico de la nave. Donde el pasillo se estrechaba antes de desembocar en la bahía de carga encontró una compuerta de servicio en el suelo.

La abrió.

Debajo había un compartimento blindado y vacío, con varios anclajes alrededor de un hueco cúbico.

—No hay reactor.

C0-UN1 se agachó junto a él.

Denn rozó uno de los anclajes.

—Lo retiraron.

Kein apareció en el pasillo.

—¿Entonces la nave no funciona?

—No sin esto.

—Pero si la arreglamos… podríamos usarla para recuperar la fortaleza.

—Sin reactor no puede despegar, levantar escudos ni alimentar los sistemas principales. Y las armas están desmontadas.

—Pero las partes están aquí, ¿no?

—Algunas. Y aunque pudiéramos montarlas, no pienso entrar a tiros en la fortaleza. Nuestros amigos siguen ahí.

—No decía disparar contra ellos.

Registraron el hangar y las salas accesibles.

Entre las herramientas y los repuestos encontraron varios cartuchos sellados de lubricante inerte.

La fórmula era antigua, pero casi idéntica a la que todavía se utilizaba; mientras permaneciera sellado, el compuesto podía conservar sus propiedades durante siglos.

Pero no encontraron ningún reactor.

—Definitivamente se lo llevaron —dijo C0-UN1—. Igual que los de… Los de antes.

Kein quiso decir algo, pero no se atrevió.

—¿Por qué dejarían la nave? —preguntó el autómata.

Denn miró la nave bajo la claridad pálida que descendía de la bóveda.

—Porque no podían llevársela. O porque ya no la necesitaban. Retiraron lo importante y dejaron el resto.

C0-UN1 examinó entonces la bóveda translúcida del hangar. Después cruzó hasta uno de los muros y abrió el compartimento del mecanismo de la compuerta superior.

—Parece que puede abrirse manualmente. Tiene contrapesos.

—¿Funciona?

Revisó el interior durante unos segundos.

—El mecanismo está obstruido.

Denn alzó la vista hacia la bóveda. A través de las placas translúcidas se distinguían el polvo acumulado, las raíces y algunas piedras pequeñas sobre la superficie.

—Conviene saber si funciona. Por si encontramos un reactor.

Denn continuó mirando hacia arriba. Más allá de las placas estaba la noche, y la luz de las lunas bañaba aquel mundo.

Bajo esa misma luz aguardaba la fortaleza. Juno, sin cápsula médica. Bren, Gor y los demás, encerrados o sometidos. Y sobre todos ellos, Neil.

Pero también era la primera vez que tenían delante algo capaz de cambiar sus posibilidades.

Denn volvió la mirada hacia la nave.

—Pasaremos la noche aquí. Mañana revisaremos el resto de la instalación.

Ni Kein ni C0-UN1 protestaron.

C0-UN1 cerró la entrada por la que habían llegado. Denn registró las coordenadas del hangar, los corredores recorridos, la sala de los restos y las puertas selladas. Guardó la información en su interfaz personal junto al registro de la primera instalación.

Aquel lugar demostraba que el mapa era real. Si existía una instalación, podían existir otras.

Pasaron la noche dentro de la nave. No había luz ni calefacción, pero las literas seguían intactas y, en los compartimentos, aún quedaban algunas cobijas hechas de fibras de polímero resistentes a la degradación. Kein eligió una de las habitaciones y se durmió casi de inmediato.

C0-UN1 se sentó en el pasillo, a pocos pasos de la puerta de Kein, y permaneció allí durante la noche.

Denn descansó en otra habitación, aunque durmió poco.

Apenas amaneció, volvió a intentar contactar con Juno y los demás, aun sabiendo que probablemente no serviría de nada.

La comunicación no llegó a establecerse.

Pasaron buena parte del día revisando la instalación. C0-UN1 intentó forzar las puertas selladas, Denn comprobó los compartimentos accesibles y Kein los ayudó hasta que dejaron de encontrar lugares nuevos donde buscar.

El reactor no apareció.

Mientras Denn preparaba algo de comida con Kein, C0-UN1 subió a la superficie.

Las placas que cubrían la salida del hangar formaban una elevación muy baja, bordeada por canales que desviaban el agua y los sedimentos hacia la pendiente.

Después de despejarlas, C0-UN1 volvió a bajar, liberó los contrapesos y accionó el mecanismo.

Las placas se abrieron apenas unos centímetros y una nube de polvo, ramas y grava cayó sobre el hangar.

Kein comenzó a toser.

—Lo siento —dijo C0-UN1 desde algún punto de la nube.

Denn no respondió.

Después de varios ajustes, la salida volvió a cerrarse.

—Funciona —dijo el autómata.

Denn observó la compuerta sellada.

—Ahora solo falta hacer volar la nave.

C0-UN1 no respondió.

A media tarde ya no quedaba manera razonable de fingir que el reactor podía estar escondido allí.

Denn limpió parte del polvo que había vuelto a cubrir el fuselaje. Kein hacía lo mismo junto a la entrada lateral, pasando un paño una y otra vez por una zona que ya estaba limpia.

Ninguno tenía prisa por terminar.

C0-UN1 regresó de su última revisión.

Denn supo la respuesta antes de que hablara.

—Nada.

Denn volvió al interior de la nave, abrió la compuerta de servicio y se quedó mirando el espacio entre los anclajes.

C0-UN1 apareció detrás de él.

—Mi reactor podría servir.

Denn alzó la cabeza.

—¿Qué?

—El que llevo dentro. Podríamos ponerlo en la nave.

Denn volvió la vista hacia el alojamiento vacío.

—No.

—Ni siquiera lo has pensado. La nave necesita un reactor. Yo tengo uno.

—No necesito pensarlo.

Cerró la compuerta con más fuerza de la necesaria y atravesó la nave. C0-UN1 lo siguió hasta el hangar.

—Denn, espera.

—He dicho que no.

Kein estaba sentado en el borde de una plataforma de mantenimiento. Dejó de balancear las piernas al verlos salir.

—La cápsula médica de la fortaleza fue destruida —dijo C0-UN1.

Denn se detuvo, todavía de espaldas.

—Lo sé.

—En la estación había más.

Los hombros de Denn se tensaron.

—Lo sé.

—También había módulos de construcción, herramientas y más reactores. Armas. Y granadas de pulso electromagnético.

Denn se volvió.

—¿Granadas de qué? —preguntó Kein.

Denn miró el suelo.

—De pulso electromagnético —murmuró.

Se quedó inmóvil un instante. Luego alzó la cabeza de golpe.

—Podrían apagar los drones… las armas tecnológicas, las comunicaciones. Todo lo que dependa de sistemas activos.

Kein bajó de la plataforma.

—Entonces podríamos entrar sin dispararle a nadie —dijo el niño.

Denn contempló el polvo alrededor de sus botas.

Cuando levantó la cabeza, miró a C0-UN1.

—Sí. Podría funcionar.

—Entonces debemos intentarlo —dijo C0-UN1—. Debes usar mi reactor.