Convergencia Capítulo XXI #3
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Capítulo XXI #3

Encontraron una hendidura de roca profunda, casi oculta entre sombras. Denn permaneció fuera hasta convencerse de que el refugio bastaba para ocultarlos de cualquier mirada lejana. Solo entonces aceptó que C0-UN1 encendiera una pequeña hoguera entre piedras.

Kein escuchó sentado entre ellos, con los pies vendados y la cara endurecida por el cansancio.

Denn le contó solo lo necesario: que podían existir otros como C0-UN1; que habían estado en aquel planeta mucho antes que ellos; que bajo la tierra había una instalación olvidada y un mapa que señalaba otros lugares, uno de ellos en la región que intentarían alcanzar al día siguiente.

El agotamiento evitó que hiciera muchas preguntas. Kein miró al autómata durante un rato.

—¿Hay más como tú? —preguntó al fin.

C0-UN1 tardó en responder.

—No lo sé.

Poco después el sueño terminó por vencerlo.

Al amanecer, algo de la noche anterior permanecía en la mirada de Kein cada vez que encontraba a Denn.

Insistió en caminar durante la primera parte del trayecto, aunque cada paso le abría de nuevo las heridas de los pies. C0-UN1 esperó hasta que el niño tropezó por tercera vez; entonces lo alzó sin pedir permiso y lo sentó sobre sus hombros.

—Puedo caminar.

—Sí.

—Entonces bájame. No necesito que me ayudes. Puedo seguir por mi cuenta.

—Ya has caminado suficiente.

Kein protestó durante un rato. Después dejó las manos apoyadas sobre la cabeza metálica y aceptó la altura.

Avanzaron hacia el norte bajo la fría luz de la mañana.

Las formaciones del día anterior quedaron atrás y la estepa empezó a quebrarse en terrazas de roca, depresiones cubiertas por vegetación baja y afloramientos minerales.

El río persistía a su izquierda, cada vez más encajonado entre dientes de piedra negra.

Denn mantuvo el marcador a un extremo de su visión. Con el sol ya más alto, encontraron un paso.

El río se estrechaba allí entre varias piedras emergidas. C0-UN1 cruzó primero con Kein sobre los hombros, probando cada apoyo; Denn lo siguió, con la corriente golpeándole las piernas con fuerza suficiente para arrastrarlo si resbalaba.

Al alcanzar la otra orilla, dejaron atrás el río y caminaron hacia el interior.

La región se abrió en una extensión baja y amplia, cubierta por plantas grisáceas, costras pétreas y polvo endurecido. Pequeñas criaturas de lomo ancho huían bajo los matorrales; más arriba, seres sostenidos por membranas oscuras trazaban círculos lentos sobre la estepa.

Kein habló poco desde los hombros de C0-UN1. Denn tampoco decía nada. El marcador descendía con una lentitud irritante mientras el día se volvía blanco y áspero.

Hacia el final de la tarde, las cicatrices del terreno empezaron a repetirse: laderas cortadas, roca desnuda, manchas donde nada crecía. Había en aquella regularidad algo impuesto bajo demasiados años de polvo.

Denn aminoró el paso.

—Es aquí. Esta es la zona que marqué desde aquel risco.

C0-UN1 bajó a Kein con cuidado.

—Lo sé. Pero no veo ninguna estructura.

—Yo tampoco.

Denn avanzó unos metros. El marcador solo ofrecía una dirección aproximada. No había contornos ni entrada visible.

C0-UN1 se arrodilló y apoyó una mano sobre la roca. Permaneció inmóvil unos segundos.

—Debe ser aquí. Hay un espacio vacío debajo.

Denn se acercó un paso. Kein miró el suelo entre sus botas.

—¿Por qué se sorprenden? —preguntó C0-UN1—. El mapa indicaba este lugar.

—Porque una cosa es seguir unas líneas grabadas en una pared y otra muy distinta es descubrir que había algo esperándonos bajo la tierra.

C0-UN1 bajó la mirada hacia la superficie.

—No esperaba.

—Ya me entiendes.

El autómata guardó silencio.

Denn respiró despacio.

—¿Qué tamaño tiene? —preguntó.

—No puedo determinarlo. La capa superior es gruesa. Y está fracturada.

Buscaron alrededor. Denn apartaba polvo endurecido con la bota mientras C0-UN1 recorría la superficie, atento a cualquier borde oculto. Kein descubrió una línea oscura bajo una mata baja.

—Aquí hay algo recto.

Denn se volvió hacia él.

Retiraron plantas, raíces y capas de tierra hasta descubrir una placa casi negra, encajada a ras del suelo. La erosión la había manchado, pero no deformado: era una sola pieza, lisa y demasiado perfecta para haber nacido de la piedra.

Kein retrocedió un paso.

—Es una puerta —dijo Denn.

Denn recordó la otra entrada, el bloque bajo y las gradas perdiéndose en la oscuridad. Entonces había un dron, oficiales armados y Senlar dando órdenes. Ahora solo estaban ellos tres.

—A los Colonizador les gustaba enterrar sus cosas —dijo.

C0-UN1 recorrió la superficie con los dedos.

—Quizá temían que algún día alguien las encontrara.

La compuerta no tenía manijas, bisagras visibles ni símbolos. Denn encontró una zona lisa que podía haber sido un panel y la recorrió con los dedos.

Nada despertó.

—No responde —murmuró.

C0-UN1 detectó una depresión estrecha en uno de los bordes. Introdujo los dedos y tiró.

No ocurrió nada.

Kein se apartó un poco más.

—¿Puedes abrirla?

C0-UN1 no respondió enseguida.

Aumentó la fuerza. La piedra bajo sus pies crujió y la tierra acumulada sobre la compuerta se partió.

—Atrás —dijo.

Denn tomó a Kein por el hombro y lo apartó.

C0-UN1 metió ambas manos bajo la placa y volvió a tirar. La tierra cedió alrededor de los bordes; desde la profundidad respondió un gemido grave y la estructura terminó de abrirse.

Un aliento frío emergió desde abajo.

El aire estaba seco y estancado; llevaba tanto tiempo aislado que parecía ajeno al mundo exterior.

Una escalinata descendía hacia la oscuridad.

Los escalones eran estrechos y lisos. A ambos lados, barandas bajas formaban parte de las paredes, fundidas en el mismo material gris oscuro de la compuerta.

C0-UN1 se acercó al borde.

—Bajaré primero.

Denn asintió.

Su figura se hundió escalón tras escalón hasta quedar reducida a un reflejo de solidio. Denn activó la amplificación de luz residual.

—No detecto movimiento —dijo C0-UN1—. Pueden bajar.

Kein activó sus lentillas y descendió con cuidado. Denn lo siguió, cerrando la marcha.

Tras la escalinata, el pasaje se extendía en horizontal entre muros gruesos y arcos oscuros. Ninguna luz se encendió. Ningún mecanismo respondió a su presencia.

Avanzaron despacio.

El primer corredor desembocó en una cámara baja. Había soportes vacíos, bases circulares, conductos retirados con precisión y extremos de cable sellados con una sustancia negra. Nada parecía roto ni arrancado a toda prisa. Alguien había vaciado aquella instalación con método.

Denn se agachó junto a una conexión abierta.

—No parece que hubieran huido con prisa.

C0-UN1 observó la sala.

—No hay nada —dijo el autómata—. Pero esa nada se ve ordenada… No sé si lo que acabo de decir tiene sentido.

Denn se incorporó.

Apoyó una mano en su hombro, una presión breve.

—Lo tiene.

Kein los miró a ambos.

—¿Lo tiene? No lo tiene. Yo no entendí nada.

A Denn se le escapó una risa baja y cansada.

C0-UN1 inclinó apenas la cabeza.

—Trataré de pensar una forma mejor de decirlo.

De una grieta baja salieron varias criaturas de cuerpo ancho, sostenidas por seis patas delgadas. Una membrana traslúcida les recorría el lomo y se hinchaba con cada respiración.

La primera levantó una cabeza triangular sin ojos visibles y aspiró el aire.

Durante unos segundos nadie se movió.

Luego las criaturas emitieron un murmullo grave, treparon por las paredes y desaparecieron por grietas del techo.

Kein soltó el aire muy despacio.

—Eran horribles.

—No intentaron dañarnos —dijo C0-UN1.

—Eso no las hace menos horribles.

Denn miró el paso por donde habían desaparecido y luego el pasaje del frente.

—Seguimos recto.

Kein no discutió.

Y caminaron sin saber exactamente qué buscaban.

La vida del planeta había entrado allí: raíces finas en algunas juntas, filamentos azulados en los rincones, pequeñas formas que huían antes de ser vistas por completo. Las paredes, sin embargo, permanecían firmes.

Atravesaron cámaras sin nombre, con brazos mecánicos plegados, superficies de trabajo cubiertas de polvo y anclajes vacíos.

Denn se detuvo junto al umbral de una sala estrecha. No había catres, nichos personales ni compartimentos que sugirieran pertenencias.

—No hay nada parecido a dormitorios —dijo Denn.

Kein lo miró.

—Si eran como C0, no necesitaban dormir ni descansar.

—No lo necesito —dijo C0-UN1—. Pero a veces resulta agradable permanecer recostado en un lugar y pensar sin moverme.

Kein alzó un poco la vista hacia él.

—¿Eso es descansar?

—Creo que sí… No lo sé. No sé cómo saberlo.

Durante un instante, ninguno dijo nada. Denn quiso romper el silencio.

—Lo que quiero decir es que esto no parece un sitio donde alguien se quedara. La primera instalación tenía espacios que podían haber servido para habitar, o al menos para retirarse un rato.

C0-UN1 observó la sala vacía.

—Este lugar era para trabajar.

—Sí —dijo Denn—. Eso parece.

En un compartimento cerrado hallaron láminas grisáceas, barras cristalinas, placas vitrificadas y pequeños marcos oscuros con cavidades demasiado regulares para ser decorativas.

Denn tomó una de las láminas. Era ligera, fría, casi sin grosor, sin símbolos ni conexiones que reconociera.

—¿Qué es? —preguntó Kein.

Denn la giró entre los dedos.

—No lo sé.

Kein miró a C0-UN1.

—¿Y tú?

Denn le entregó la pieza al autómata. C0-UN1 la examinó durante varios segundos.

—Tampoco lo sé.

Denn la devolvió al compartimento.

Más adelante, el corredor cambió. Las puertas se volvieron más altas y las cámaras, más amplias. Cavidades abiertas en las paredes, raíles interrumpidos y bases despejadas marcaban los lugares de donde habían retirado estructuras pesadas.

C0-UN1 se detuvo ante una puerta caída.

No entró de inmediato.