Convergencia Capítulo XXI
76%

Capítulo XXI

Lo Que Haya Quedado

La silueta apareció entre los pliegues de la estepa, demasiado lejana todavía para que los ojos de Denn pudieran darle un rostro. Era apenas una interrupción vertical en la llanura: una sombra que avanzaba desde el sur, siguiendo la ribera hacia el resplandor de la hoguera.

Denn activó la amplificación de luz residual de sus lentillas. La penumbra cedió sobre la estepa, pero la distancia siguió deshaciendo al caminante en una forma imprecisa.

La figura siguió aproximándose.

Avanzaba despacio, cargando más el peso sobre una pierna. Se detenía cada pocos pasos y no buscaba refugio ni llamaba.

Denn recorrió con la mirada la oscuridad a ambos lados del caminante.

—¿Está solo?

—No detecto a nadie más.

—Neil no vendría solo.

Denn se recogió un poco más detrás de la roca y afirmó los dedos alrededor de la piedra.

A medida que se acercaba, la sombra fue tomando la forma de un cuerpo bajo y delgado, demasiado pequeño para pertenecer a un adulto.

C0-UN1 quedó inmóvil junto al borde.

Sus manos quedaron suspendidas junto al cuerpo y la cabeza se inclinó levemente.

Denn volvió el rostro hacia el autómata.

—¿Qué ocurre?

C0-UN1 se alzó de golpe.

La figura cruzó una franja de luz lunar. Las prendas desgarradas, los brazos ceñidos al pecho, el paso exhausto.

—Kein.

C0-UN1 salió por el extremo de la formación y echó a correr.

No esperó confirmación alguna. Sus pies golpearon el terreno con una rapidez que levantó una estela de polvo.

Denn salió tras él. Alcanzó a dar unos cuantos pasos antes de que la distancia entre ambos comenzara a ensancharse.

Kein vio venir la forma de solidio y se detuvo.

Pareció asustarse. Después intentó correr hacia él, aunque las piernas apenas le respondieron.

C0-UN1 redujo la velocidad en el último instante. Se arrodilló frente al niño y extendió las manos, pero las dejó suspendidas a ambos lados de su cuerpo.

Kein dio el último paso y se arrojó contra su pecho.

C0-UN1 cerró los brazos.

Lo hizo con un cuidado exagerado al principio, como si el niño fuera una estructura frágil cuya resistencia desconocía. Luego lo apretó un poco más. Y otro poco. Kein escondió el rostro bajo su cuello metálico y se aferró a él con ambas manos.

—Estás vivo —dijo C0-UN1.

La frase salió limpia, sin el temblor que habría quebrado la voz de un humano. Aun así, algo en ella pareció romperse.

—Tú también —murmuró Kein.

El autómata volvió a ajustar la presión de sus brazos.

—No sé si estoy haciéndolo bien.

Kein soltó una respiración que pudo haber sido una risa o el principio de un llanto.

—Solo no me sueltes todavía.

Y C0-UN1 no lo soltó.

Denn se detuvo a unos cincuenta metros de ellos.

Llevó al máximo la amplificación de sus lentillas y barrió la ribera, la estepa y el cielo. No encontró movimiento ni reflejos metálicos. Nada delataba otra presencia.

Solo C0-UN1, arrodillado, con el niño entre los brazos.

La piedra seguía encerrada en su mano.

Denn abrió los dedos y la dejó caer entre la grava.

Reanudó la marcha sin correr. A cada tramo acortaba el paso, hasta que el sonido de su respiración dejó de imponerse sobre el río.

Cuando volvió a levantar la cabeza, Kein ya lo estaba mirando por encima del hombro del autómata.

C0-UN1 restó fuerza a su abrazo, pero el niño no se apartó.

El barro se había secado sobre su rostro. Tenía pequeñas heridas en las manos y sangre seca junto a la sien. Las prendas estaban desgarradas; las botas seguían húmedas, sucias hasta los tobillos. Una de las suelas se había abierto cerca del talón.

Denn se detuvo a pocos metros.

Kein se desprendió lentamente del abrazo de C0-UN1. Permaneció junto al autómata, frente a Denn, y esperó.

C0-UN1 continuó arrodillado. Sus ojos pasaron del uno al otro.

Denn intentó sostener la mirada del niño, pero no pudo. Bajó los ojos hasta las heridas de sus manos y las prendas desgarradas.

—Estás solo —dijo al fin.

—Sí.

La voz de Kein salió baja, pero severa.

—¿Te siguieron?

—No lo sé.

Denn alzó la vista de inmediato y volvió a recorrer la oscuridad detrás del niño.

—¿No lo sabes?

—Me escondí cuando vi los drones. Ninguno me encontró.

C0-UN1 se puso de pie y apoyó una mano sobre el hombro del niño.

—No debiste venir sin un adulto.

Kein levantó la cabeza hacia él.

—Tú te fuiste.

El autómata no respondió.

—Tuve que sacar a Denn de la fortaleza.

—Lo sé.

—Quise regresar por ti.

Kein cerró los dedos sobre el borde desgarrado de su camisa.

—También lo sé.

Después alzó los ojos hacia Denn.

—Él no te dejó volver, ¿verdad?

C0-UN1 miró a Denn.

Denn inclinó un poco más la cabeza.

El autómata volvió la atención hacia Kein. Lo observó en silencio, desde el rostro hasta el calzado.

—Has venido demasiado lejos.

—Pero te encontré. Por el punto que dejaste en mis lentillas.

Kein se señaló los ojos.

Denn se volvió hacia C0-UN1.

—Podían seguir esa señal hasta nosotros. Si Neil la hubiera descubierto…

—Era un enlace privado —dijo el autómata—. Solo Kein y yo conocíamos su existencia.

—Eso no impedía que alguien pudiera detectarlo.

—Claro —intervino Kein—. Eso es lo que te preocupa. Que los encontraran a ustedes. No que yo estuviera solo. No que gracias a eso pude encontrar al único que todavía me quedaba.

Denn bajó la mirada.

—No es tan sencillo, Kein.

—Entonces explícamelo.

Kein esperó, pero la explicación nunca llegó.

—¿Cómo saliste de la fortaleza?

El niño no respondió.

C0-UN1 miró hacia el fuego, a espaldas de Denn.

—Primero debe comer.

Regresaron a las formaciones rocosas. C0-UN1 puso uno de los pescados sobre la piedra caliente y avivó el fuego. Kein se sentó con las rodillas recogidas contra el pecho, sin dejar de mirar a Denn.

Denn ocupó el lado opuesto. Miró a C0-UN1, luego hacia la oscuridad del sur. El autómata corrigió su posición junto al fuego hasta dejar la estepa dentro de su campo de visión.

Las llamas se alzaban entre Denn y el niño.

Durante unos instantes, solo se oyeron el río y el crepitar de la hoguera.

Entonces Denn habló.

—Hazla —dijo.

—¿Qué?

—La pregunta por la que viniste.

El niño bajó los ojos hacia el pescado.

—Vine a buscar a C0.

—No solo por eso.

La grasa comenzó a chisporrotear sobre la piedra. C0-UN1 permaneció junto al fuego, atento a los dos.

—Quería saber la verdad —dijo el niño.

Kein apretó los brazos alrededor de sus piernas.

—¿Tú secuestraste la estación?

—Sí.

Levantó la mirada.

—¿Obligaste a todos a saltar contigo? ¿Es tu culpa que estemos en este planeta?

—Sí.

—Dani no creía que fuera verdad —murmuró—. O eso me dijo.

Kein esperó. Denn no se atrevió a decir nada.

—¿Mataste a Senlar?

—No.

—¿Abriste la puerta norte?

—No.

—Neil dijo que lo hiciste.

—Neil es el responsable. Abrió la puerta. Senlar intentó cerrarla y Neil lo mató delante de mí. Después salió gritando que yo lo había hecho. Esa es la verdad.

Kein miró a C0-UN1.

—¿Tú lo viste?

—No. Encontré a Denn cuando salía del centro de vigilancia.

—Entonces no sabes lo que pasó ahí dentro.

—No lo vi. Pero lo sé.

Kein volvió los ojos hacia Denn y de nuevo al autómata.

—¿Qué sabes? —preguntó.

—Que dice la verdad. Cuando lo vi, apenas podía responder. Dijo el nombre de Senlar. Después le pregunté por ti y por Dani, y me envió a buscarlos al comedor.

—Pero eso no quiere decir que sea inocente.

—No —admitió el autómata—. Pero Denn no mató a Senlar. Y no abrió aquella puerta.

—¿Y cómo lo sabes?

C0-UN1 miró a Denn antes de responder.

—Porque lo conozco.

Kein dudó unos instantes frente al autómata. Después se volvió hacia Denn.

—¿Dejaste entrar a los coracinos?

—No. Te lo juro, Kein. No abrí esa puerta. No liberé a esas bestias. No quería que nadie muriera.

Kein agachó la cabeza.

Una lágrima cayó sobre sus pantalones. El niño la contempló allí, redonda y oscura, y hundió las uñas en la tela.

—Lo sé —murmuró—. Eso sí lo sé.

Se limpió la mejilla con brusquedad.

—Pero no quiero saberlo —siguió el niño.

Denn no se movió.

—Quiero que también hayas hecho eso. Quiero que hayas matado a Senlar y abierto la puerta para que entraran los coracinos. Que la muerte de Dani fuera por tu culpa. Todo tú.

La voz comenzó a quebrársele.

—Así podría odiarte y ya.

Denn bajó los ojos.

—Puedes hacerlo de todas formas.

Kein alzó el rostro.

—Yo tomé S02-07 —continuó Denn—. Decidí que lo que yo creía saber valía más que las vidas de todos los demás. No abrí aquella puerta, pero fui yo quien los trajo hasta ella.

El río pareció rugir con más fuerza.

—Así que puedes odiarme —dijo—. No voy a pedirte que no lo hagas.

Kein lo observó con el rostro húmedo y la mandíbula apretada.

—Eso es lo que quieres.

Denn levantó apenas la cabeza.

—Quieres que te grite. Que te diga que todo fue culpa tuya.

—No quiero nada de ti.

—Sí quieres. Porque tú ya te lo dices.

C0-UN1 desvió la mirada hacia Denn.

Kein se frotó los ojos con el dorso de la mano.

—Pero que yo te odie no va a arreglarlo. Dani seguirá muerta. Senlar seguirá muerto. Y nosotros seguiremos aquí.

Denn recibió cada palabra sin apartarse.

—No me hagas ayudarte a castigarte —añadió Kein.

Denn contempló al niño durante un largo instante. Cuando habló, su voz carecía de defensa.

—Tienes razón.

Kein pareció desconcertado.

—Creí que entendía cosas que los demás no podían ver. Creí que eso me daba derecho a decidir por todos.

Sus dedos se cerraron lentamente.

—El que no entendía nada era yo. Y ni siquiera sé cómo afrontarlo.

—Entonces haz algo. Arréglalo.

Kein tenía lágrimas en los ojos, pero la voz volvió a ser firme. Denn no dijo nada.

—No voy a perdonarte. No sé si quiero. Pero tienes que arreglarlo.

C0-UN1 retiró el pescado del fuego y lo dejó sobre una piedra plana junto a Kein. El niño esperó a que dejara de humear, pero antes de tocarlo miró al autómata.

—¿Tú sabías que Denn iba a secuestrar la estación?

C0-UN1 no respondió de inmediato.

—Sí.

Kein bajó lentamente las manos.

—¿Lo ayudaste?

—Sí.

—¿Porque te lo ordenó?

—No.

—Pude negarme —continuó el autómata—. Elegí acompañarlo.

—Pero tú no…

Kein dejó la frase incompleta.

C0-UN1 se agachó frente a él.

—No quiero que me odies. Pero tampoco quiero que Denn cargue con una decisión que tomamos los dos.