Convergencia Capítulo XX
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Capítulo XX

Herencia

Yavar Aflir esperaba en una residencia que no constaba en registro oficial alguno.

Paredes revestidas de madera oscura y muebles antiguos de factura impecable definían la estancia. Las pinturas —obras firmadas por nombres convertidos en leyenda, dignas de una sala de museo— colgaban allí con la naturalidad de lo cotidiano.

Junto a una mesa baja, Yavar sostenía entre los dedos un vaso a medio llenar de un licor reservado para ocasiones que ya nadie recordaba.

Veyr Conner permanecía sentado frente al piano, con los dedos suspendidos apenas sobre el marfil.

Era joven, pero había en él algo prematuramente severo.

Tenía la piel pálida de Voill, el mismo rostro aristocrático, la misma boca contenida y los mismos ojos hechos para mirar demasiado.

En ellos se acumulaban demasiadas noches cerradas, respuestas escuchadas a través de puertas y visiones que nadie le había enseñado a ordenar.

Era más alto que su padre, con una delgadez que no sugería fragilidad.

También había heredado de Voill aquella inmovilidad perturbadora que no transmitía calma, sino tensión contenida.

—Pronto llamará —dijo Veyr. Su voz era plana, sin ningún esfuerzo de cortesía—. Te dirá que el Augur escapó tal y como te advertí. Y entonces sabrás de lo que soy capaz.

Yavar no apartó la vista de su vaso.

—Confías demasiado en tus habilidades, muchacho. Algo así no va a impresionarme. No a mí.

Veyr ladeó apenas la cabeza.

—Eso dices. Pero aquí estás. Conmigo.

Yavar dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Porque sé en lo que puedo convertirte.

Veyr bajó la mirada hacia el teclado. Tocó una sola nota. Alta, limpia, solitaria. El sonido atravesó la opulencia de la sala y quedó suspendido en el aire.

—Voill también decía eso —murmuró Veyr—. Pero solo me tuvo encerrado.

—Porque te tenía miedo —respondió Yavar, dando un paso hacia él—. No entendía tu potencial. Ni lo que la Unión puede hacer con una herramienta como tú.

Veyr no replicó. Volvió a presionar una tecla. Levantó el dedo casi de inmediato y dejó la nota morir.

Unos segundos después, un aviso mudo cruzó las lentillas de Yavar.

Yavar aceptó la llamada con un gesto y envió el audio a los altavoces de la sala.

—Te escucho.

—Encontré al Augur —dijo Dasslak—. Y escapó.

Yavar levantó la vista hacia Veyr. El muchacho permanecía inmóvil frente al piano.

—Comprendo…

—Lo habías previsto, pero ¿cómo?

—Un adivinador me lo dijo.

Hubo una pausa breve al otro lado de la línea, demasiado medida para ser duda.

—¿Adivinador?

—Sé lo que estás pensando. Pero ve poco. Y solo cosas muy cercanas. A veces demasiado tarde para que sirva de algo. Es… poco útil.

—Suenas como Voill.

—Así que también te habló de eso.

—Me habló de un adivinador y sé lo que buscabas. No hay que ser muy listo para armar el rompecabezas.

—Aun así, no puedo hacer nada con él ahora mismo.

Dasslak no dijo nada.

—¿Qué conseguiste del Augur… antes de que volviera a esconderse?

—Habló de Bornew —dijo Dasslak—. Dijo que es una convergencia.

Yavar no respondió de inmediato. Veyr levantó los ojos de golpe, con una atención feroz.

—¿Una convergencia? —insistió Yavar, bajando el tono—. ¿Seguro?

—Es lo que dijo. También sabía sobre el autómata y la estación. Y dijo que la existencia de Bornew es una anomalía.

—¿Su existencia? —La voz de Yavar se endureció—. ¿Dijo eso?

—Lo dijo. Y no voy a fingir que sonaba mejor en su boca.

—¿Dónde está Bornew?

—El Augur no lo sabe. Solo dijo que lo encontraré dentro de unos años. No antes. Según él, ese encuentro no puede adelantarse; solo posponerse.

Yavar cerró los puños. Luego alzó la mano derecha frente al rostro, la abrió con la palma hacia sí y recorrió con el índice izquierdo un tramo de la línea central antes de cerrarla de nuevo.

—¿Años? —murmuró Yavar.

—Eso dijo.

—Pero… ¿dónde? ¿Dónde lo encontrarás, Dasslak?

La pausa de Dasslak fue casi imperceptible.

—En algún lugar del futuro.

—Te estás guardando detalles.

—Pagaste por encontrar al Augur y conseguir información sobre Bornew. Cumplí ambas cosas. Es todo lo que tengo para ti.

Yavar entendió la omisión. No la discutió.

—Mantendré el contrato abierto —dijo Yavar al fin—. Haré que recibas un buen pago por la investigación. Cuando llegue el momento de continuar, hablaremos de otra suma.

—No está en mis planes convertirme en perro de la Unión. Cuando tengas algo concreto, ya sabes cómo contactarme.

Yavar casi sonrió.

—Envíame el informe.

La llamada terminó.

Veyr seguía sentado frente al piano, demasiado quieto para parecer distraído.

—Denn Bornew es una convergencia —dijo Yavar.

—Lo escuché. Dejaste que lo oyera todo.

—Al menos parece que no eres tan inocente. —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Tengo grandes planes para ti. Te ofrezco la oportunidad de convertirte en algo que nadie pueda volver a encerrar.

Veyr presionó una tecla con lentitud. Esta vez la nota fue más grave, más opaca.

—De nuevo… Esas promesas ya las escuché antes.

Yavar se acercó a él despacio.

—A Voill le debo todo cuanto tengo. Pero nunca supo mirar lo bastante lejos. Le faltó imaginación para construir un futuro a la altura de aquello que había creado. Ha llegado la hora de tomar el testigo —dijo Yavar.

Veyr lo miró al fin.

—Te llevaré a la Tierra —agregó Yavar—. Allí nos veremos con una niña que quiero que conozcas.

—Otra herramienta, supongo.

—Una alumna.

—¿Eso es lo que voy a ser?

Yavar fijó sus ojos en los de Veyr.

—Eso dependerá de ti.

Veyr apartó las manos del piano. Rozó dos teclas al hacerlo; las notas resonaron brevemente en la habitación antes de extinguirse. Luego, nada.