Capítulo XIX #3
Denn juntó dos dedos ante sí. La interfaz personal interpretó el gesto y fijó un marcador en la distancia. Las lentillas lo proyectaron como un punto tenue, anclado a su campo visual y acompañado por una medida aproximada.
—Entonces iremos hacia allá. Tarde o temprano tendremos que cruzar el río, pero no por esta zona. Hacia el norte el cauce se estrecha y el terreno parece menos quebrado. Tardaremos más, pero será más fácil encontrar un paso.
Descendieron de la roca y prosiguieron el avance junto al río.
El bosque se batió en retirada de manera sutil, no como una frontera tajante, sino como un abandono paulatino: primero escasearon las copas, luego se disipó la penumbra y finalmente se extinguieron los troncos.
Para entonces solo restaba una estepa pedregosa, desolada, alfombrada por una vegetación baja y cenicienta que se contraía bajo el peso de sus botas, como si cada pisada constituyera una afrenta.
La vida bullía en sus márgenes, adoptando formas extrañas, disociadas de cualquier taxonomía que Denn pudiera pronunciar sin caer en el engaño.
Vieron bestias pequeñas, de lomos vastos y pieles moteadas, que deambulaban en manadas; criaturas de zancos inverosímiles y cráneos mínimos que hundían el hocico entre las piedras, rastreando un sustento invisible; y seres voladores desprovistos de plumaje, envueltos en membranas traslúcidas que planeaban en lo alto.
Más adelante surgieron las primeras columnas.
En un principio, Denn las juzgó formaciones minerales, pero su distribución era demasiado deliberada, su verticalidad demasiado perfecta, su extrañeza demasiado uniforme.
Se alzaban varios metros antes de culminar en copas anchas, expuestas al firmamento como sombrillas aberrantes.
Su superficie era pálida, de textura porosa y surcada por nervaduras violetas que latían con un ritmo letárgico.
—No nos acerquemos —dijo Denn.
C0-UN1 observó las estructuras.
—No registran pulso animal.
—Esa distinción no me tranquiliza.
Las contornearon guardando un margen prudente.
Denn pensó que Olyr habría ansiado desentrañar su naturaleza, herir su carne, aspirar su aroma para dictaminar de qué se trataba.
Wallace, por el contrario, habría formulado una sentencia seca y pragmática, una burla ácida que, no obstante, quizá les habría salvado la vida.
La tarde se desplomó vistiendo una luz angulosa y cruel. La debilidad ya mordía las entrañas de Denn y cada guijarro del camino parecía dispuesto por el mundo para quebrar su resistencia. El río persistía a su izquierda, vasto, embistiendo contra espinas de roca negra que emergían de la tierra.
Decidieron detenerse allí.
C0-UN1 se adentró en el caudal hasta las rodillas y permaneció estatuario en mitad de la corriente.
La espera fue breve. Cuando una silueta plateada y larga —demasiado semejante a un pez y sin serlo del todo— cruzó cerca de sus piernas, el autómata hundió las extremidades y la extrajo de un solo movimiento.
El espécimen se sacudió contra el solidio con un vigor imprevisto, exhibiendo una piel lisa y ojos diminutos; era una variedad comestible que ya habían catalogado.
Capturó dos piezas más antes de que el sol se ahogara en el horizonte.
Denn recolectó matorrales secos y encendieron una pira al amparo de unas grandes formaciones rocosas, donde el viento perdía fuerza antes de alcanzar la llama. Asaron el alimento sobre una lasca de piedra lisa. El joven comió con lentitud, movido más por el hambre que por el deseo de alimentarse.
La vegetación baja y oscura rodeaba el campamento, replegándose cada vez que una chispa hería la tierra.
Más allá del resplandor del fuego, el territorio se abría vasto, ignoto y mudo, mientras el río proseguía su viaje hacia el sur, como un mensajero que llevara el eco de sus pasos de vuelta a la fortaleza.
Denn permanecía de pie junto a la fogata, empujando con una vara los tizones encendidos para reunirlos en el centro del círculo de piedras. El fuego respondió con chasquidos secos. Sobre él se elevó una columna de humo que la brisa del río fue deshaciendo poco a poco.
C0-UN1 le sujetó el brazo antes de que pudiera inclinarse de nuevo.
Denn se giró con un ademán de fastidio.
Entonces el autómata se llevó un dedo a la zona por donde emitía la voz, y hubo tanta humanidad en aquel gesto que, por un instante, Denn dejó de ver el solidio.
—Silencio —dijo C0-UN1.
Denn dejó caer la vara sobre las piedras.
—¿Qué pasa?
C0-UN1 clavó la mirada al sur, sobre la estepa abierta por donde habían llegado.
—No estamos solos.
Denn siguió su línea de visión. El río bramaba a poca distancia, capaz de devorar cualquier crujido, pero no la rigidez del autómata. C0-UN1 lo empujó tras una de las formaciones rocosas y ambos se agazaparon allí, con la hoguera aún encendida a pocos pasos, delatándolos sin remedio.
—¿Una bestia? —susurró Denn, apenas exhalando el aire.
C0-UN1 negó con un movimiento pausado, sin desviar la vista de la penumbra.
—Un humano.
Y la noche cambió de forma.