Capítulo XIX
Río arriba
El tiempo cuajó en una sustancia espesa. Todo comenzó a detenerse hasta que los presentes, el ruido y el mundo mismo se desvanecieron, y no quedó más que él, suspendido en la oscura geografía de su mente.
Supo que iba a morir.
Que iba a disolverse en la vasta maquinaria del universo.
En sus entrañas nació un zumbido que buscaba resonar con algo innombrable, una geometría sin rostro agazapada en las sombras, tirando de él hacia el vacío.
Y entonces vio a su padre.
Balen Bornew emergió de aquella oscuridad como si siempre hubiera estado allí.
Denn era otra vez aquel niño que le rogaba que no partiera porque, aunque su padre salía a menudo, aquella vez había algo distinto.
No era miedo a quedarse solo ni una inquietud pasajera.
Era una certeza muda que le cerraba el pecho y le decía que, si Balen se marchaba, algo se lo llevaría para siempre.
Pero su padre se marchó igualmente porque abandonar la labor era, para él, casi una forma de traición.
Denn quiso seguirlo. Quiso alcanzarlo. Pero Balen se alejaba sin importar cuánto intentara acortar la distancia. Poco a poco, sus contornos comenzaron a confundirse con la oscuridad, como si esta se filtrara a través de su cuerpo, hasta que su figura terminó por deshacerse en ella.
Algo se agitó entonces en aquel vacío. La oscuridad se plegó sobre sí misma, adquirió volumen, y de ella surgió su madre.
Denn vio su rostro húmedo y comprendió todo antes de oírla. Las palabras llegaron deformadas, lejanas, como si tuvieran que atravesar aquella sustancia imposible para alcanzarlo.
Un accidente.
Balen no volvería.
La figura de su madre comenzó a deshacerse también, absorbida lentamente por la misma oscuridad de la que había surgido, hasta que Denn volvió a quedar solo.
Entonces apareció algo que no pertenecía a aquel mundo.
Un punto de luz.
Remoto al principio, apenas una mota en la inmensidad. Después creció.
Denn lo observó ensancharse mientras avanzaba hacia él, cada vez más intenso, más violento. La claridad rasgó la oscuridad y aquella geometría imposible de su mente comenzó a quebrarse con ella.
El haz estaba a punto de alcanzarlo cuando el autómata apartó el cañón del rifle.
El rayo golpeó la tierra.
Y Denn Bornew nació de nuevo.
Apenas hubo apartado el rifle, C0-UN1 se volvió contra Neil y se abalanzó sobre él. Neil intentó esquivarlo, pero estaban demasiado cerca; apenas alcanzó a torcer el cuerpo para amortiguar el golpe y no quedar a merced del siguiente.
Denn se puso de pie como pudo. Neil levantó de nuevo su arma. C0-UN1 se interpuso entre el cañón y Denn, y el haz de luz rebotó contra su brazo de solidio. Tomó a Denn, lo cargó sobre su hombro y brincó entre la gente antes de que nadie pudiera reaccionar.
Corrió por la fortaleza hasta la muralla norte y saltó al otro lado. Al caer, Denn se golpeó ligeramente contra el hombro del autómata.
—Sigue. Estoy bien.
Y el autómata no se detuvo.
⟡ ⟡ ⟡
Al norte de la fortaleza, después de cruzar la pradera y dejar muy atrás la primera línea de árboles, el camino se volvió pura tierra.
Avanzaron paralelos al río, remontando su curso herido, hasta que la maleza se cerró en una penumbra distinta.
Nunca sus pasos se habían hundido tan hondo en aquella dirección.
Allí los troncos se alzaban solemnes, cargados de siglos, negándole la entrada a la luz del cielo.
Todo poseía una serenidad tan densa y extraña que parecía pertenecer a un orden ajeno al mundo que acababan de abandonar.
Denn caminaba en un mutismo estricto, acariciándose las muñecas, donde aún persistían los surcos violáceos dejados por los retenedores.
Bajo sus dedos, la membrana personal de la muñeca izquierda se sentía como una prolongación orgánica, una lámina tan sutil que apenas alteraba el contorno de la piel.
Antes, cuando C0-UN1 rompió la banda que la cubría, el nexo se deshizo y la marea de información regresó de golpe.
Las lecturas de las lentillas volvieron a superponerse a su mirada, devolviéndole aquel tapiz constante de datos al que su mente estaba habituada desde la infancia.
A pesar de su utilidad, sintió repulsión ante aquella vieja dependencia que, tras una tregua forzada, volvía a reclamar su lugar.
C0-UN1 observaba el roce de las muñecas y aquel silencio que hacía que cada rincón del bosque pareciera ligeramente ajeno. Sintió el impulso mecánico de romper la quietud, ignorando el origen exacto de esa necesidad.
—Creo que nadie sigue nuestro rastro —dijo el autómata.
Denn desvió los ojos hacia la espesura.
—Quizá nadie lo hizo nunca.
El autómata guardó silencio durante unos pasos.
—No podemos dejar a Kein en manos de Neil.
—Neil no es idiota. Sabe que podríamos intentarlo. Si volvemos ahora, nos espera.
—Pero debemos hacer algo.
—Lo haremos.
—¿Qué?
Denn no respondió de inmediato.
—Necesitamos una ventaja —pronunció al fin—. Algo que Neil no pueda prever.
C0-UN1 acortó la distancia con zancadas largas y se plantó frente a él. Denn se vio obligado a detenerse ante la figura de solidio.
—¿Qué clase de ventaja?
—Lo que haya quedado. Tal vez encontremos algo útil en esos lugares.
Denn guardó silencio un instante. Luego extendió la mano y la posó sobre el hombro del autómata, con una delicadeza que contrastaba con la rigidez de sus facciones, y reanudó la marcha rodeándolo.
C0-UN1 permaneció estático unos segundos. Después apresuró el paso para alcanzarlo.
—El mapa —dijo—. Mencionaste sus detalles. En la instalación sepultada había lugares marcados.
Denn asintió.
—Tengo una imagen. La guardé cuando estuvimos allí. No son coordenadas, pero basta para entender la orientación.
—¿Sabrás llegar?
—No desde aquí abajo. Necesito ver el terreno. Si hallamos una elevación, podré ubicar la instalación y calcular hacia dónde seguían aquellas líneas. Caminaremos hacia el norte porque, de todos modos, tenemos que hacerlo.
C0-UN1 volvió la mirada hacia la arboleda.
—Puedo ayudarte con eso.
—Lo sé.
—¿Qué buscamos?
Denn evocó la imagen guardada: el rectángulo grabado sobre el cerro, las cuatro líneas hacia el norte y los símbolos mudos al final de cada ruta. La roca partida. La llama. La mesa baja. El círculo.
—Lo que sea. En alguno de esos lugares puede haber algo útil. Herramientas, piezas descartadas, cualquier residuo que podamos usar contra Neil. Y si no hay nada… al menos quiero saber qué había allí.
Dejó la frase suspendida.
—Uno de los lugares estaba marcado con un círculo atravesado por líneas. Pienso que puede ser importante.
—¿Qué crees que sea?
—No lo sé. Lo sabremos al llegar.
C0-UN1 bajó la mirada.
—¿En verdad crees que encontraremos alguna ventaja? ¿Que volveremos a la fortaleza? ¿Que podremos hacer algo por Kein, por los demás? ¿O solo buscas algo que te dé consuelo?
La pregunta lo alcanzó más hondo de lo que Denn quiso admitir. Siguió caminando. Volvió a verse arrodillado entre la multitud, rodeado de rostros que exigían sangre. Cualquier respuesta habría sonado a excusa.
C0-UN1 continuó al entender que no la obtendría.
—Denn… si encontramos algo sobre los Colonizador, quiero verlo.
»Quiero creer que la maldad no los consumió. Que estás equivocado respecto a lo que crees que va a pasar.
Denn apartó los ojos, buscando refugio en la maleza.
—«Equivocado». Esa palabra lleva un tiempo atormentándome. No todos los seres somos iguales, C0. Eso ya lo has aprendido.
»El diario de Aram no parecía escrito por alguien malvado. A veces, al leerlo, imaginaba que era como tú.
»Quizá tu gente ya ni siquiera exista. Quizá ya no sé nada.
Denn siguió avanzando, dándole solo la espalda.
—No puedes rendirte.
—Pronto sabremos si soy un monstruo o si todo esto tuvo sentido.
El silencio que se instaló después fue una tregua pesada.
—¿Qué pasa si es cierto? —dijo C0-UN1—. Si la maldad es la esencia de los Colonizador… y si eso habita también en mí.
—No creo que sea tan sencillo. Pero si tengo razón, vendrán. Y entonces lo sabremos.
C0-UN1 no opuso réplica.
Caminaron durante horas, hasta que el ocaso comenzó a desangrarse entre el ramaje y hallaron cobijo bajo una formación de roca cubierta de raíces. Denn se dejó caer contra la piedra, quebrado por el cansancio, pero sus ojos se negaron a cerrarse.
C0-UN1 salió al bosque y regresó poco después con una pequeña criatura de placas oscuras que había abatido entre la maleza.
La despellejó con movimientos fríos y eficientes y asó la carne sobre una hoguera.
Luego bajó hasta la orilla del río y volvió portando un trozo de madera cóncavo, voluminoso y tosco, con algo de agua todavía en el fondo.
Lo dejó frente a Denn.
El autómata se apostó junto al umbral, vigilando la negrura del bosque mientras Denn comía y bebía.
—Temo por el destino de Kein —dijo C0-UN1, cuando la noche ya se había cerrado sobre ellos.
—Lo sé.
—No lo parece.
Denn cerró los ojos.
—Te lo he dicho: si regresamos ahora, Neil nos matará. También sé que, si esperamos demasiado, quizá les haga daño. Lo sé, C0. Lo sé de sobra.
Llevaba horas resistiéndose a hacerlo. No sabía quién controlaba los canales de la fortaleza ni qué podía revelar una solicitud. Pero Kein seguía allí.
Levantó una mano, lo buscó en su interfaz e intentó abrir un canal. No llegó a establecerse. Dudó antes de probar con Wallace, Juno y Olyr. Ocurrió lo mismo con todos.
—Déjame ir a buscarlo.
Denn abrió los ojos de golpe.
—No permitiré que te sacrifiques.
—Estás distinto, Denn. Kein parece no importarte.
—Te equivocas. Solo sé lo que pasará si volvemos ahora. Comprendo que estés preocupado, pero debes ser paciente.
—También me preocupas tú.
Denn contempló las palmas de sus manos.
—No sé si podré volver de lo que pasó ayer, C0. Ni siquiera sé si lo merezco.
»A Senlar le juré que no había tomado la estación. Tú me escuchaste. Ni siquiera me tembló la voz.