Capítulo XVIII
Revelaciones
—¿Anomalías? —preguntó Dasslak.
El Augur no respondió de inmediato.
Se sentó en la primera grada de la plataforma, con un codo sobre la rodilla y la mejilla hundida en el puño. La otra mano se abría y se cerraba despacio sobre el aire; los dedos largos, casi transparentes bajo la piel enferma, marcaban un ritmo sin música.
De nuevo sonreía con una alegría fina e impropia, como si la pregunta acabara de rozar una cuerda íntima del universo.
—De esas pequeñas descortesías —dijo al fin— que comete la realidad cuando alguien la obliga a contradecirse.
Dasslak avanzó.
Vhemm se interpuso sin brusquedad. Levantó la mano izquierda, abierta, con una deferencia vieja y temblorosa.
—Ahí está bien, mi señor.
Dasslak se detuvo a diez metros. Miró la mano de Vhemm. Luego su garganta. Luego al Augur.
—Tienes sirvientes valientes.
—Leales —corrigió el Augur—. Como su hermana. Y ambos darán su vida por mí.
Vhemm no se movió. Apenas inclinó la cabeza, como si aceptara el elogio y la condena al mismo tiempo.
Cora permanecía detrás de Dasslak, más quieta de lo habitual. La máscara burlona seguía ahí, mal ajustada. Sus ojos iban del asesino al Augur, del sirviente a las sombras altas del recinto. Dasslak no la miraba.
—¿Sabes quién soy? —preguntó Dasslak.
El Augur rio y la risa se le quebró en tos.
No fue ruidosa, sino profunda, seca, casi íntima. Lo dobló hacia adelante. Sus dedos se cerraron contra el aire. Vhemm dio medio paso, pero se detuvo cuando el Augur alzó un índice sin levantar la cara.
Cuando la tos cedió, el Augur respiró despacio, volvió a apoyar la mejilla en el puño y sonrió con un alivio extraño, casi luminoso.
—No sería un gran adivinador si no lo supiera.
—¿Eso haces? ¿Adivinar?
—Eso decían en el dominio. Lo único que hago es mirar el movimiento del universo.
Dasslak no pestañeó.
—Explícalo. Lo que haces.
La mano libre del Augur dibujó una curva en el aire.
—Todo viaja, Asesino. La materia, la luz, las decisiones.
Una partícula no solo se desplaza; su trayectoria modifica la de otras.
Un cuerpo no solo está vivo; se dirige hacia una forma de muerte.
Una niña no solo huye; arrastra consigo las puertas que cerró y las que todavía no sabe que abrirá.
Yo leo esas direcciones. No siempre. No todas. Ya no.
La sonrisa vaciló apenas.
—¿Ya no?
Los ojos del Augur se volvieron difusos. Luego parpadeó, y la mirada volvió a fijarse.
—Ah —murmuró—. Esa frase tenía dientes.
Dasslak esperó.
—Hace veinte años el universo empezó a tartamudear.
Al principio pensé que era cansancio. El mío, quizá.
Una vanidad triste: creer que cuando el mundo se vuelve ilegible es porque uno ha envejecido.
Pero no. Había huecos. Rutas mordidas. Causas sin consecuencias y consecuencias buscando una causa a la que culpar.
Dasslak dio un paso más. Vhemm volvió a tensarse.
—No —dijo el Augur, sin mirarlo.
Vhemm obedeció.
—Antes me acusabas. ¿A qué te referías? —preguntó Dasslak.
La mano del Augur, siempre en movimiento, se detuvo de golpe.
—Entonces no lo sabía, pero todo empezó a torcerse mucho antes de esos veinte años. Todo porque no estás muerto.
Dasslak sonrió sin humor.
—Cuidado.
—Desde que abandoné el dominio, no he hecho otra cosa que tener cuidado.
Extendió los brazos a ambos lados, con las manos abiertas.
Cora soltó una risa pequeña antes de poder evitarlo.
El Augur giró hacia ella con una alegría casi infantil.
—¿Lo ves, dulce niña? Una aventura.
Cora quiso sonreír. No llegó a hacerlo.
El Augur volvió a dejar caer la mejilla sobre el puño.
Dasslak lo interrumpió:
—Busco a una persona. Tú vas a decirme cómo encontrarla.
—¿El contrato? —dijo el Augur—. ¿O la herida?
La mano derecha de Dasslak descendió un poco, cerca de su revólver.
—Denn Bornew.
El Augur inclinó la cabeza.
—Qué disciplina tan triste. Pones el contrato delante de lo que realmente te importa.
—Habla.
La expresión del Augur se tensó apenas.
Su mano libre se elevó, y los dedos empezaron a moverse en el aire como si apartaran hilos muy finos.
—Bornew. El soldado que nunca debió serlo. El hombre que tomó de la Tierra algo que no debía tocar. Un autómata robado, una estación perdida, una grieta vestida de decisión.
—¿Dónde está?
—No puedo decirte dónde está ahora.
Dasslak avanzó otro paso.
Esta vez Vhemm no lo detuvo. Bajó la mano lentamente.
—Esa respuesta no me sirve —dijo Dasslak.
—No puedo decirte dónde está ahora —repitió el Augur, con suavidad—. Pero sí dónde vas a encontrarlo.
—Entonces dilo.
Los ojos del Augur se desenfocaron. Su sonrisa regresó, débil y fascinada. Miró al asesino y, al mismo tiempo, a través de él.
—En unos años. En el último sitio donde un hombre como tú querría encontrar algo.
Dasslak esperó.
—El lugar al que una vez llamaste hogar.
Cora miró al asesino. Dasslak no se volvió hacia ella.
—¿Por qué estaría ahí?
—Porque los caminos son crueles cuando descubren que pueden tener sentido.
—Habla claro.
Dasslak dio otro paso. Ahora estaba más cerca de Vhemm que de la plataforma.
—Dame una respuesta útil.
El Augur levantó la mano, como quien pide a la muerte esperar turno.
—Denn Bornew se convirtió en una convergencia. Hace poco. Eso lo empujó hacia actos que no estaban previstos para él. Tomó la estación. Tomó el autómata. Y al hacerlo volvió visible una deformación que llevaba décadas respirando bajo la piel del universo.
Cora frunció el ceño.
—¿Una convergencia puede hacer eso?
Dasslak le lanzó una mirada.
Ella levantó el mentón; las manos seguían presas a la espalda, pero no retrocedió.
El Augur rio con una ternura rara.
—Una convergencia puede alterar el curso de las cosas. A veces deja una marca apenas perceptible. Otras, algo mucho peor. Tú y Bornew son anomalías, Asesino. Heridas abiertas donde no debería haberlas.
—¿Qué tengo yo que ver con Bornew?
El Augur dejó de sonreír. Apoyó ambas manos sobre las rodillas. Sus dedos continuaron moviéndose, aunque ahora más despacio.
—Es sencillo. Bornew es una de las consecuencias de tu existencia. Aún no alcanzo a ver qué lo hace distinto, pero todo parte del mismo punto: tú no deberías estar vivo.
Cora volvió a mirar a Dasslak.
Él no se movió.
—Eso me lo han dicho antes.
—Me refiero a que debiste morir hace mucho tiempo. Cuando eras un niño.
La frase no produjo eco, pero algo en la sala se comportó como si lo hubiera hecho.
Dasslak tardó un segundo más de lo normal en responder.
—¿Qué es lo que sabes?
—Solo eso. Que algo evitó que murieras y no debió ser así.
»Había oído tu nombre, claro. El asesino legendario. Pero no sabía quién eras realmente ni cuántas cosas habían empezado contigo, hasta que entraste aquí.
El Augur se tocó la sien. Una punzada le cruzó la cara. Apretó los dientes y cerró los ojos.
Vhemm se giró.
—Mi señor…
—No ahora.
La voz salió baja, pero nítida.
El dolor duró unos segundos. Cuando pasó, el Augur abrió los ojos. Algo vibraba en ellos, lo suficiente para volver difusa la mirada.
—Te vi —continuó— y muchas cosas dejaron de esconderse. La muerte del segundo Líder Supremo. La militarización de los Sistemas Primarios. El reclutamiento de Bornew. Su convergencia. La estación. El autómata.
Abrió los dedos despacio, como si soltara cada pieza sobre una mesa invisible.
—El dominio busca la estación con una severidad casi hermosa. No la encuentra, claro. Pero una red tan grande siempre recoge otras cosas: contrabandistas, rutas ilegales, naves que no debían estar donde estaban.
Su sonrisa se afinó.
—El Titiritero perdió parte de su flota en territorio de la Unión. Necesitaba reemplazarla. Por eso envió a Cora a este planeta.
Cora no dijo nada.
—Entonces vi a Vhemm —siguió el Augur—. O, más bien, vi en su camino una mancha pequeña y difusa: la dulce niña. Se encontrarían en el mercado. Si la traía hasta mí, ella llevaría mi nombre a otra parte; años después, ese nombre llegaría hasta ti.
El Augur inclinó apenas la cabeza.
—Solo tuve que acortar la espera.
Su mano señaló a Dasslak con una delicadeza casi educada.
—Una vida salvada donde debía haber una muerte. Ese fue el primer golpe.
Dasslak no respondió al instante.
—Crees que estás diciendo algo. Pero no es así.
La sonrisa del Augur regresó sin alegría.
—Ahí hay una puerta mal cerrada. Si la empujo demasiado pronto, algo podría mirar desde el otro lado.
—No me gustan los acertijos.
—Tu existencia misma es una anomalía. Todo lo que haces deja consecuencias. Por eso estás hoy frente a mí. Ahora lo sé, y eso basta. Cuando ellos vengan por ti, como vinieron por mí, lo entenderás.
—¿Por eso te escondes? —preguntó Dasslak—. ¿Alguien viene por ti?
El Augur apoyó de nuevo la mejilla en el puño. La postura lo hacía parecer cansado, casi inofensivo. La mirada, no.
—Dejé atrás los salones, el vino y la cercanía del Alto Consejo. Vine aquí, a respirar polvo y óxido. Fue un intercambio razonable. Me quieren muerto. A ti también te querrán así.
—¿Por qué? ¿Quién?
—Porque odian anomalías como yo. Como tú, Asesino. Todo tiene un orden, y ellos se consideran sus guardianes.
—Hiciste que viniera aquí. ¿Por qué?
—Para disipar la niebla. Para entender. Te necesitaba frente a mí, Asesino. Ahora solo debo mirar en Bornew, y todo volverá a tener forma. Ya no necesitaré esconderme.
—¿Bornew está en ese lugar ahora?
—No. En unos años. Y no hay forma de adelantar tu encuentro con él; solo de posponerlo.
Dasslak dejó escapar aire por la nariz.
—Todo fue una pérdida de tiempo.
—En un momento sabrás si eso es cierto.
La sonrisa que siguió era más limpia y más peligrosa, demasiado joven para el rostro consumido.
—Galo Vooras —dijo el asesino—. ¿Dónde está?
El Augur se enderezó con esfuerzo y levantó una mano, elegante, casi ceremonial.
—Ese sí es un hombre interesante.
Dasslak esperó.
—Lo has buscado mucho tiempo.
—¿Conoces su paradero?
—Originalmente ibas a encontrarlo dentro de cuatro años, en Bir Yer.
Dasslak no parpadeó.
—Originalmente.
El Augur rio. El sonido se le quedó atrapado en el pecho, a un paso de la tos.
—Ahora no tendrás que esperar tanto.
La mirada del Augur volvió a superponerse a sí misma. Levantó la mano hasta la altura de los ojos y abrió y cerró los dedos dentro de su línea de visión.
—Sahar —dijo—. Ciudad de neblina espesa, torres amontonadas y luces enfermas que se deshacen sobre el pavimento.
Irás allí. Buscarás por avenidas encajonadas entre edificios que han sobrevivido demasiados años, hasta que el cansancio empiece a parecerte una forma de compañía.
Encontrarás un módulo habitacional. Esperarás.
Dasslak se inclinó apenas hacia adelante.
—Lo suficiente para odiar cada sonido de la calle. No lo suficiente para marcharte.
La mirada del Augur tembló. Luego sonrió con una satisfacción casi tierna.
—Y entonces Galo Vooras volverá a casa.
—Bien —dijo.
El Augur dejó caer la mano. Se encorvó de golpe y cerró los ojos un segundo.
Dasslak dio otro paso.
—Eso basta por ahora. Lo demás lo explicarás luego. Vendrás conmigo.
Vhemm levantó la mano.
Esta vez Dasslak sí lo miró.
El sirviente no retrocedió. La mano le temblaba, pero seguía alzada.
El Augur abrió los ojos.
Y sonrió.
—Vhemm.
El sirviente no giró la cabeza.
—Mi señor.
—Me has servido bien. Prometo que la cuidaré.
Vhemm apenas cerró los ojos y bajó la mano como quien al fin descansa del mundo.
Dasslak ya tenía la espada fuera.
El tajo fue limpio. La línea de solidio cruzó el aire, encontró el cuello de Vhemm y el sirviente no alcanzó a exhalar. La cabeza cayó. El cuerpo permaneció en pie un instante y luego se desplomó sobre la piedra.
Cora ahogó un grito. Dasslak no miró el cadáver. Arrojó la espada contra la pierna del Augur, pero el cuerpo cedió antes de que llegara el filo. Sin apartarse y sin esquivar. Solo se deshizo.
Piel y hueso y ojos temblorosos perdieron acuerdo consigo mismos, y la carne se hizo sombra, y la sombra se hizo humo, y el humo cuajó en una negrura seca y pesada. La hoja atravesó la forma sin hallar hueso ni sangre ni resistencia y golpeó la grada en un estallido de chispas.
El Augur ya no era hombre sino una nube oscura que se plegaba sobre sí misma y arrastraba jirones de negrura como trapos. Y huyó por la pared.
Dasslak sacó los revólveres y disparó. Una vez y otra y otra. Las balas cruzaron la masa y la sombra subió por la piedra desnuda y se pegó a ella y trepó muda y fluida como una mancha viva tragándose la luz.
Cora retrocedió de golpe; sus brazos buscaron el equilibrio por instinto y el enlace se tensó entre sus muñecas.
Las detonaciones golpeaban la sala y el olor a pólvora lo llenaba todo mientras la nube ascendía ilesa hacia el techo.
Alcanzó la ventilación, se estrechó contra la abertura y desapareció por el conducto.
—¿Qué diablos fue eso? —susurró Cora.
Dasslak recogió su espada.
—¿Eso pasó de verdad? —insistió la plusiniana.
—Había oído hablar de alguien que podía hacer algo parecido.
Cora seguía mirando el conducto.
—¿Hay otro?
—Irrumpió en Eria hace unos años.
—¿La prisión?
Dasslak no contestó. Limpió la hoja con un movimiento seco.
—Se dijo que usurpó un cuerpo, o algo parecido. Quizá el Augur y él sean de la misma especie.
Cora tragó saliva.
—Un hombre que puede hacer eso no puede ser derrotado.
Dasslak guardó la espada.
—Se escondió veinte años porque alguien quería matarlo. Un hombre invencible no vive ocultando su existencia.
Cora miró el cuerpo de Vhemm. Había sangre junto a uno de sus zapatos.
—¿Vas a dejarlo escapar?
Dasslak se acercó a ella y, con un gesto en su interfaz personal, liberó los retenedores. Los sostuvo antes de que cayeran al suelo.
—Ya lo hizo.
—No pareces muy molesto.
—No lo estoy.
Cora se frotó las muñecas.
Dasslak empezó a caminar hacia la salida. Cora lo siguió.
La sala parecía más grande ahora que el Augur no estaba en ella. También más muerta.
—¿Y ahora qué? —preguntó Cora.
—Me voy.
—¿A buscar a ese Galo Vooras?
Dasslak se detuvo. La miró con una calma que le quitó cualquier gallardía de la boca.
—Bien, me callo —añadió ella.
Dasslak giró y volvió a caminar. La plusiniana lo siguió.
—Vaquero…
—Eres libre. Cumpliste tu parte.
Cora parpadeó.
—¿En serio?
—Dije que te dejaría ir si me llevabas hasta el Augur.
—El Titiritero te pidió que me mataras cuando terminaras.
—No sirvo al Titiritero. Y no suelo matar a nadie si no me pagan.
—Pero sí cortaste la cabeza del hombre azul.
Dasslak la miró.
Cora alzó las manos.
Él siguió caminando; ella lo acompañó.
—Podría ir contigo, Vaquero.
—No.
—Puedo ayudar.
Llegaron a la salida de la estructura. Dasslak se detuvo en el umbral, comprobó los ángulos y solo entonces salió.
—No volvería a Edmye si fuera tú —dijo—. No repitas nada de lo que escuchaste aquí.
—¿No vas a llevarme?
Dasslak no respondió.
El asesino se alejó por el callejón sin mirar atrás.
Cora se quedó en mitad del callejón, con las muñecas libres y sin saber qué hacer con ellas. Miró hacia la entrada y luego hacia la espalda de Dasslak, cada vez más lejos.
No se movió.
Al final del callejón, el asesino desapareció tras la esquina.