Capítulo XVII #3
Neil esperó a que el murmullo creciera lo suficiente.
—Me lancé contra él y logré apartarlo, pero la orden ya había sido enviada: la puerta empezó a abrirse.
Senlar saltó a los paneles para revertir la apertura.
Bornew me golpeó y me arrancó el cuchillo del cinturón.
Antes de que pudiera levantarme, se abalanzó sobre Senlar y se lo hundió por la espalda. Luego quiso hacer lo mismo conmigo.
—¡Tú mataste a Senlar! —gritó Denn.
La multitud bramó. Neil aguardó a que callaran.
—Qué conveniente —dijo Neil—. Senlar ya no puede decirles quién lo atacó por la espalda. Muchos saben que él y yo fuimos compañeros durante años. Casi hermanos. Pero para ti ni siquiera muerto deja de ser útil.
Denn jadeaba con dificultad.
—Tú me liberaste, tú abriste la puerta y tú mataste a Senlar.
—¿También inventé que secuestraste la estación?
Denn se quedó mudo y Neil bajó los ojos hacia él.
—Respóndeles.
Denn miró los semblantes que lo cercaban y vio el furor, los vendajes sucios, los ojos hinchados por el llanto y las manos crispadas sobre herramientas que ya eran armas.
—No —dijo—. Eso no.
El murmullo se tornó más denso. Neil asintió levemente, como si le pesara corroborar lo inevitable.
—Gor.
Gor salió de entre el gentío y traía la faz grisácea. No miró a Denn.
—Diles qué razón dio —pidió Neil—. Diles por qué dijo haberlo hecho.
Gor tardó un largo espacio en hablar.
—Dijo… que sabía lo que iba a acontecer.
—Más claro.
Gor cerró los ojos un instante.
—Que la Unión iba a caer, que había visto el porvenir y que tomó la estación porque no tenía otra opción.
La gente reaccionó tal como Neil pretendía, no con piedad sino con pavor. Denn sintió el error antes de cometerlo, pero ya era tarde, porque la verdad era lo único que le quedaba y la verdad, dicha allí, sonaba a locura.
—Es cierto —dijo Denn—. Yo sé lo que viene y no miento, y la Unión va a caer si no…
Alguien escupió a sus pies.
—Está loco.
—Mató a Senlar y ahora viene con visiones.
—Mi hija murió por tu causa.
Denn buscó el rostro de Gor.
—Tú sabes que Neil miente… Tienes que saberlo.
Gor no abrió la boca y Neil se inclinó hacia él.
—Gor encontró el panel norte alterado. Las puertas se abrieron desde vigilancia.
Tú estabas allí. Tú tenías acceso. Y cuando entendiste que ya no podías sostener tu mentira, abriste el norte para soltar a los coracinos dentro de la fortaleza.
Querías caos suficiente para escapar. No te importó quién pudiera morir.
—Senlar era mi amigo.
—También lo eran muchos de los que murieron por tu culpa.
—Anoche pasaste a mi lado —dijo una mujer entre la multitud—. Mi padre estaba conmigo, tirado en el suelo. Todavía respiraba. Hoy ya no. Ni siquiera volviste la cabeza.
Denn sintió que el aire le abandonaba el pecho.
Entonces una voz pequeña agrietó el círculo.
—¿Por qué?
Denn la reconoció antes de verla. Kein estaba entre dos hombres, con el rostro yerto y los ojos encendidos en llanto. Parecía más menudo que la víspera, como un huérfano al que hubieran despojado del último abrigo de la tierra.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó el niño.
Denn no pudo sostenerle la mirada, y la imagen de Dani regresó a su mente con sus ojos verdes apagándose y el estertor húmedo de su pecho.
—Lo siento —dijo.
La multitud lo recibió como una confesión.
—Lo siento —repitió con voz más baja.
Neil dejó que el silencio lo sepultara unos instantes y luego habló.
—Anoche perecieron veintisiete de los nuestros, y hay heridos que no verán caer la tarde. La cápsula médica está destruida. Familias enteras quedaron rotas. Y el hombre que inició todo está aquí, admitiendo su culpa.
Denn no alzó la cabeza de las piedras.
—Si lo tomamos prisionero, viviremos temiendo su escape; si lo arrojamos al páramo, quizá regrese con las bestias a la espalda; y si lo perdonamos, entonces la sangre de los nuestros no vale nada.
Alguien clamó entre el gentío:
—¡Que pague!
Y otro lo secundó.
—¡Mátalo!
Luego fueron muchos, aunque no todos, pero los que callaban quedaron sepultados por los que no podían contener el grito.
Juno permanecía allí, mezclada entre el tumulto, con las manos hundidas con fuerza en los bolsillos de su bata sucia.
Una palidez extraña le vaciaba el rostro y tenía los labios apretados en una línea rígida, rota apenas por una respiración contenida, mientras observaba el desenlace sin sumarse al clamor, pero sin apartar sus ojos oscuros de la nuca de Denn.
Wallace desvió la mirada, Olyr cerró los ojos, y nadie dio un paso al frente para detener aquello.
Neil extendió el brazo y un oficial le puso en la mano un rifle tecnológico calibrado para matar. El núcleo soltó un zumbido breve al encenderse. Neil caminó hasta quedar a la espalda de Denn, se inclinó apenas hacia su oído y habló tan bajo que solo él pudo escucharlo.
—No te preocupes, Bornew. Ahora yo los cuidaré.
Y en verdad lo creía.
Luego se irguió y arrimó el cañón a la nuca de Denn.
Neil llevó el dedo al gatillo.
Y entonces Denn descubrió cómo se sentía morir.