Convergencia Capítulo XVII #2
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Capítulo XVII #2

C0-UN1 dejó al niño tras una mesa volcada y avanzó hacia los hombres.

Cinco fusiles se volvieron contra él, y las descargas restallaron sobre el blindaje con estampidos secos, como rayos que buscaran una hendidura en la roca.

La luz se abría en ondas blancas sobre las placas y corría hacia el suelo en filamentos ciegos antes de apagarse.

C0-UN1 dio otro paso, pero sus articulaciones respondieron con retraso y una vibración interna le descompuso el avance, como si cada mandato encontrara un dique antes de llegar a las piezas.

Enderezó el cuerpo e intentó marchar de nuevo, pero otra descarga le hizo ceder la rodilla, otra le bloqueó el hombro y una tercera le inmovilizó el cuello durante un instante.

Su cuerpo seguía intacto; lo que cedía era el control.

Cada impacto le restaba respuesta. Los oficiales no cesaron de disparar hasta que el autómata dobló una rodilla y luego la otra, aunque todavía pugnaba por alzarse.

—Ahora —dijo Neil.

Dos juegos de retenedores le ciñeron las muñecas y los tobillos. C0-UN1 intentó volver la cabeza hacia Denn, pero la postura forzada y la inmovilización apenas le permitieron hacerlo.

Lo último que Denn alcanzó a ver antes de caer en la negrura fue la silueta de Neil, que se acercaba y se detenía a su lado para contemplarlo desde la altura y hundirle la bota en la cara.

Después no hubo luz ni sonido.

⟡ ⟡ ⟡

Despertó con el paladar seco y sabor a sangre vieja.

No abrió los ojos de inmediato; primero sintió la madera de la silla bajo los muslos, fijada al suelo con pernos, y luego los retenedores de nexo cerrados alrededor de sus muñecas, con el enlace asegurado a una placa oscura encajada en el respaldo.

Otro juego le sujetaba los tobillos a las patas de la silla.

La membrana personal seguía rodeándole la muñeca, delgada como una lámina bajo una de las bandas de los retenedores, pero el nexo había bloqueado la interfaz.

Sus lentillas no eran más que vidrio inútil sobre los ojos y, cuando por fin miró, la estancia tardó en asentarse ante su vista.

C0-UN1 estaba a su lado, sujeto a otro asiento con el mismo sistema de retenedores y anclajes.

—Pensé que quizá no despertarías —dijo el autómata.

Denn tragó saliva y la garganta le dolió como si por ella pasara arena.

—¿Cuánto…?

—Amaneció hace una hora. Nos culpan de la matanza.

Y los recuerdos regresaron con la fuerza de un hacha.

Senlar muerto en las tablas, Dani mirando al techo sin ver, el muchacho Kein solo en el universo.

Neil bajo el umbral, los muertos y la sangre que lo cubría todo.

Denn cerró los párpados y sintió la rigidez de sus propios miembros.

Durante la noche, algo en su pecho se había endurecido como escoria: una costra seca y fría donde el dolor ya no buscaba reconciliarse con el mundo.

—Ahora sé lo que soy.

—¿Qué quieres decir?

—Anoche vi gente muriendo y seguí corriendo. Solo quería encontrar a Dani y a Kein. Después de ver morir a Senlar, algo se cerró dentro de mí. Todo lo demás quedó fuera.

C0-UN1 guardó silencio y no tenía rostro con que expresar la ruina, pero Denn notó que aquella inmovilidad no era sosiego sino una contención terrible.

—Dime qué ocurrió en el centro de vigilancia.

—Neil abrió la puerta norte y mató a Senlar. Pretende culparme de todo.

—Debes decirlo ante todos.

La risa le raspó el pecho.

—Les diré que yo tomé el control de la estación y que todo este espanto comenzó por mi mano. —Denn apoyó la nuca contra el respaldo de la silla—. Y quizá esa sea la única verdad que importa.

—No.

Denn calló.

—No —repitió el autómata—. Tus actos tuvieron su peso, pero lo de ayer fue obra de Neil.

Denn apretó los maxilares hasta que le crujieron.

—Dani está muerta porque yo los traje a este planeta.

El autómata tardó en hablar.

—Fue Neil quien abrió la puerta.

—Pero yo los puse frente a ella.

El autómata no halló réplica para eso y calló un momento.

—Lo siento…

C0-UN1 permanecía inmóvil. No podía temblar ni romperse, pero su voz limpia y baja dejó en los muros un eco que se parecía demasiado al sufrimiento humano. Denn bajó la vista hacia las tablas y el autómata no pudo tolerar el silencio.

—El niño ya estaba junto a ella cuando yo entré —dijo C0-UN1.

—No quiero saberlo.

—No puedo llorar —añadió el autómata—, y no puedo hacer que este cuerpo arroje fuera lo que tiene dentro. Pero está aquí, y Dani y Kein me llamaban hermano, y si este dolor no sirve para detener a Neil, entonces se quedará aquí dentro como un desecho sin fin, y yo no quiero eso.

Denn tiró de las manos a la espalda, y el enlace de los retenedores soportó la fuerza contra el anclaje de la silla.

—C0…

—No voy a consolarte —dijo el autómata—. Te pido que no dejes que Neil decida lo que ocurrió.

Denn cerró los párpados y el rostro de Senlar acudió a su mente, no al morir, sino antes, cuando estaba colérico y exhausto, tratando de sostener una fortaleza en un mundo desconocido. Luego vio a Dani sumergida en el charco rojo y, cuando volvió a hablar, su voz fue un susurro.

—Si me dan voz, hablaré.

La puerta se abrió antes de que C0-UN1 pudiera añadir palabra.

Entraron dos oficiales. Uno de ellos traía el fusil alzado; el otro evitaba mirar al autómata.

Ambos contemplaban a Denn con una mezcla de odio y asco que no necesitaba palabras, y soltaron del respaldo el enlace de los retenedores sin abrir las bandas.

Después liberaron sus tobillos de las patas de la silla.

—Arriba.

Denn se puso en pie y las rodillas apenas le sostuvieron el peso. Miró a C0-UN1.

—No hagas nada.

El autómata no respondió. Los oficiales empujaron a Denn hacia fuera.

La fortaleza olía a humo y a sangre y a madera mojada, y aunque era de día la claridad parecía caer con dificultad.

Había cuerpos tapados con mantas junto a los muros, heridos sentados en la tierra y hombres manchados de rojo hasta los codos que ya no tenían a quién buscar.

Y entonces lo vieron pasar. Contempló la ira y la decepción en sus ojos, y Denn reconoció rostros que habían compartido el pan con él, trabajado con él, discutido rutas con él, pero la noche los había vuelto extraños.

Al verlo salir se agruparon hasta formar un callejón angosto, como si nadie quisiera quedarse sin ver al traidor.

Bren formaba parte de la línea de oficiales que contenía a la multitud; mantenía el fusil cruzado sobre el pecho y la mandíbula tan tensa que las líneas de su rostro parecían de piedra, fijos los ojos un palmo por encima de Denn para evitar mirarlo de frente.

Cerca de él, Mara observaba la marcha con los brazos caídos a los costados, manteniendo su postura recta con una palidez severa que borraba cualquier rastro de lo que cruzaba por su mente.

Finalmente, alguien habló.

—¡Asesino!

Otro lo siguió.

—Mi hermano murió por tu culpa.

Denn siguió caminando con la cabeza baja.

—Míralo. Ni siquiera tiene el valor de negarlo.

Cada denuesto le caía encima y encontraba asiento en su carne. En mitad de la plaza lo obligaron a ponerse de rodillas, y la multitud cerró el círculo a su alrededor sin que nadie tuviera que mandar que lo hicieran, porque el odio sabe ordenarse por su propia cuenta.

Neil apareció entre la gente sin semblante de triunfo. Parecía fatigado y herido, obligado a ejecutar lo que otros temían. Se detuvo junto a Denn.

—Ya todos conocen una parte —dijo—. Denn Bornew secuestró la estación S02-07, nos arrancó del Sistema Solar, provocó los saltos y nos condenó a este mundo maldito.

Un rumor sordo corrió por el graderío de rostros, y no era asombro sino la llaga que se abría de nuevo.

—Lo supe cuando lo oí hablar con la máquina. Bornew repasaba con su cómplice el secuestro y la mentira con la que pretendía seguir ocultando su crimen.

»Se lo advertí a Senlar. Algunos de ustedes vieron cuando lo puse bajo arresto y luego lo condujimos al centro de vigilancia.

»Pedí que habláramos con ustedes, que esto no se resolviera entre cuatro paredes y que la fortaleza dictaminara qué hacer con el hombre que nos trajo aquí. Pero Senlar quiso contenerme. Quiso esperar. Dudó porque era mejor que todos nosotros.

Neil guardó silencio un instante y supo usar bien la pausa.

—Y esa bondad lo mató.

Denn levantó la mirada.

—Mentira.

Neil no se dignó mirarlo.

—Bornew se aprovechó de una avería sospechosa en las defensas del norte. Gor salió a revisar los mecanismos y nosotros nos concentramos en los monitores, intentando entender qué había fallado.

»Senlar cometió el error de abrirle los retenedores para que nos ayudara a revisar la avería. En cuanto tuvo las manos libres, Bornew se lanzó sobre uno de los terminales laterales e introdujo los códigos que él mismo custodiaba.

—¡Mientes!

Denn intentó apartarse antes de que el golpe llegara, pero los retenedores le cortaron el movimiento. El dorso del arma le reventó la boca y lo lanzó de costado contra la tierra. Dos oficiales lo sujetaron por los brazos, lo arrastraron de nuevo al centro y lo obligaron a quedar de rodillas.