Convergencia Capítulo XVII
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Capítulo XVII

Los Caídos

La sangre de Senlar salía con una violencia torpe, caliente y absurda. Denn presionó con ambas manos sobre el pecho, y la sangre le bullía entre los dedos y le ascendía por las muñecas como si aquel cuerpo tuviera prisa por vaciarse.

—No… no, no, no…

Se desgarró la camisa con manotazos ciegos y la apelotonó contra la herida del hombre moribundo. Senlar abrió los ojos, y en ellos no había reflejo de Denn ni de nada terrenal, sino la pura fijeza de los que ya miran hacia el vacío.

—Es tarde para eso, Bornew.

La voz de Neil vino de la penumbra, limpia y desapasionada.

Denn levantó la cabeza y vio que Neil seguía allí, de pie, con el cuchillo goteante en la mano y la manga moteada de rojo.

Se había echado atrás lo justo para no mancharse las botas con los despojos de Senlar, y no mostraba prisa alguna ni su respiración era la de un hombre que acaba de asesinar a un viejo compañero.

Denn se alzó de golpe y arremetió contra él sin juicio ni medida.

Lo embistió con las manos tintas en sangre, buscando la garganta, los ojos o cualquier tejido blando donde clavar los dedos, pero Neil ladeó el cuerpo con un ademán simple y Denn pasó de largo, incapaz de corregir el impulso.

Se volvió con un rugido. Entonces el puño de Neil le torció la cabeza y lo arrojó de bruces en el suelo con la boca anegada en sangre y sabor a metal amargo.

Neil caminó hasta la puerta y la abrió de par en par, y la noche entró en el recinto cargada de alaridos.

No eran gritos de hombres solos, sino un clamor espeso y superpuesto de voces rotas por las descargas y el fragor de las maderas que se astillaban en la oscuridad.

Más allá del umbral, la fortaleza era una pira inmensa.

Las sombras cruzaban corriendo entre las hogueras volcadas, los cuerpos yacían derribados en los senderos, y los drones descendían entre el humo para barrer el patio interior con surcos de luz blanca antes de que algo enorme pasara bajo ellos y los hiciera voltear en el aire como moscas borrachas.

Neil alzó la voz hacia el desolado patio.

—¡Bornew ha matado a Senlar!

Y dicho esto se desvaneció entre el humo y la carnicería.

Denn se arrastró de nuevo sobre los tablones y la sangre hacia el cuerpo de Senlar.

Le sostuvo la mandíbula con una mano mientras con la otra apretaba la tela empapada.

El flujo ya no era un chorro, sino un borbotón espeso y oscuro que anunciaba el fin, porque el acero le había entrado por la espalda, atravesado la carne y rasgado el corazón desde dentro.

—Senlar… mírame.

Los labios de Senlar se batieron como hojas secas, pero no emitieron sonido alguno. Denn acercó el oído a su boca y no percibió nada, sino un último aliento húmedo y frío.

En su memoria volvió a oír su propia voz: «Lo juro. C0 y yo llegamos huyendo. No participé en eso».

Denn se quedó encorvado sobre los restos. El lamento le subió desde las entrañas, áspero y prolongado, hasta la garganta, donde se enmudeció de golpe, hiriéndolo para siempre.

Se puso en pie con dificultad y salió al patio bajo el resplandor de los disparos.

La fortaleza era un animal destripado. Un coracino enorme arrastraba a un herido por el polvo, sujeto entre los colmillos que le hendían el pecho, y no buscaba devorarlo sino sacudirlo con una saña ciega, de modo que los miembros del hombre daban contra las piedras como trapos viejos.

Otra de aquellas criaturas trepaba por una torre de vigilancia, clavando las uñas en los maderos con un ruido seco de hacha.

Denn retrocedió con la mano en la agarradera de la puerta.

—No…

Entonces C0-UN1 emergió de la humareda y avanzó hacia él con una celeridad espantosa. Se detuvo tan cerca que Denn sintió el frío del metal contra su rostro. El autómata lo aferró por los hombros con sus manos de solidio.

—Denn.

La voz carecía de temblor, y por eso mismo resultaba más terrible en mitad del degüello. Denn lo miró con los ojos extraviados de los locos.

—Denn —repitió el autómata—. ¿Estás herido?

—Senlar…

—Dani. Kein. ¿Dónde están?

Los nombres lo trajeron de vuelta del abismo y Denn parpadeó bajo la ceniza que caía del cielo.

—No lo sé.

El autómata no esperó más y soltó el agarre.

—Busca en el comedor —le gritó Denn—. ¡Corre!

Y C0-UN1 ya era una sombra que corría entre las llamas.

Denn regresó al centro de vigilancia, abrió el armario de armas con dedos trémulos y extrajo una pistola de descarga. No pensaba en Neil ni en lo que hiciera, sino en que cada fracción de tiempo que pasaba en aquella penumbra era un cuerpo conocido que caía bajo las garras de las bestias.

Salió al patio sin mirar el cadáver de Senlar.

La plaza era un hervidero de ruinas, y los drones se descolgaban en picado sobre los coracinos y descargaban ráfagas blancas contra sus costados.

Estas rebotaban en las placas, chisporroteaban, los hacían retroceder, pero no siempre caer, y los hombres disparaban desde las barricadas.

Algunos hacían blanco. Otros solo clamaban al cielo.

Denn corrió con el corazón desbocado hacia el comedor.

Pasó junto a una cabaña derruida donde una mesa aparecía partida en dos y una mano humana asomaba bajo los tablones; pasó junto a dos críos que se abrazaban al torso inmóvil de una mujer; pasó junto a un infeliz sentado contra un poste que contemplaba sus propias piernas truncadas como si pertenecieran a un extraño, y no se detuvo, porque en algún lugar más hondo que el juicio solo podía pensar en Dani y en Kein; pero cada cuerpo que dejaba atrás le hundía algo más en la sombra, y siguió corriendo con la certeza cobarde de estar escogiendo quién merecía vivir, y qué parte de sí mismo ya estaba muriendo.

Al trasponer el umbral del comedor comprendió que el horror no había terminado fuera.

La gente se había amontonado en el recinto, y los coracinos, ya muertos, habían reventado los portalones uno tras otro para caer sobre la carne indefensa.

El suelo estaba cubierto por una costra negra de sangre pisoteada; había tablados volcados y vasijas rotas, oficiales heridos y otros muertos, y los que aún respiraban abrazaban a los que ya no con una obstinación animal, como si desasirse de ellos fuera la confirmación de su ruina.

En un rincón oscuro vio la silueta de C0-UN1 y junto a él a Kein.

El niño parecía indemne, y esa fue la primera mentira que Denn quiso aceptar.

Estaba sentado en las tablas, con la faz cubierta de fluidos y la boca abierta, pero de su garganta no brotaba hilo de voz alguno.

El autómata permanecía a su lado, inmóvil como una efigie de metal. Entre los dos yacía Dani.

Denn se acercó sin aliento y vio que la mujer estaba tendida de espaldas, con el talle quebrado, una mano crispada en la ropa del crío y la otra abandonada sobre el charco de su propia sustancia.

Un zarpazo inmenso le había abierto el vientre de lado a lado, como si una fuerza ciega hubiera querido arrancarla de la vida, y las vestiduras estaban pegadas a la carne rota.

Bajo las costillas, cada inspiración producía un silbido húmedo y obsceno.

Sus ojos verdes permanecían fijos. Y al mirarlos, comprendió que aquello era lo más terrible: no habían alcanzado aún el vacío, sino que buscaban algo innombrable con una debilidad espantosa, desde un lugar donde ya no quedaba nadie para encontrarlo.

Denn cayó de rodillas a su lado.

—Dani.

Ella desvió las pupilas hacia él y no hizo más. Denn acercó la palma hacia la herida y la retiró al instante, porque no había tejido donde hacer presa ni forma de restañar aquel destrozo.

—C0…

—Ya no hay nada que se pueda hacer —dijo el autómata.

La sentencia fue limpia, incapaz de compasión en la forma, y por ello insufrible. Denn miró a Kein, pero el muchacho seguía mudo como una piedra.

—Dani —dijo Denn de nuevo.

Ella aspiró un hilo de aire que se rompió en la mitad del pecho y lo soltó con lentitud. Sus ojos se clavaron en las vigas rotas del techo. Tosió una sola vez, y la sangre salpicó la mejilla de Denn. Entonces Kein emitió un quejido tenue.

—¿Dani?

Nadie le respondió, y Denn inclinó la frente hasta tocar la piel yerta de la mujer.

—Perdóname.

C0-UN1 le puso una mano de solidio sobre el hombro.

—Denn.

—No.

—Denn, se terminó.

La presión del autómata era leve pero firme, y había una piedad monstruosa en aquel cálculo, como si el artefacto supiera cuánta fuerza puede tolerar el cuerpo de un hombre antes de quebrarse para siempre.

Kein comenzó a llorar entonces con un llanto bronco y tardío y salvaje, y C0-UN1 se volvió hacia él, lo alzó del suelo con una delicadeza extraña y lo apretó contra su pecho de solidio.

El muchacho golpeaba la chapa con los puños flojos una y dos y tres veces, hasta que se quedó sin fuerzas.

—Tengo que ayudarla —dijo Denn sin moverse del suelo.

—No —dijo el autómata—. Ya no.

Entonces la voz de Neil restalló en el comedor.

—¡Atrápenlo!

Denn levantó la vista y vio a Neil bajo el dintel, acompañado por oficiales.

Tenía el rostro embadurnado de hollín y sangre ajena, y una investidura nueva le nacía en los ojos.

Señalaba a Denn como se señala a un animal acorralado.

Denn se puso en pie y se lanzó hacia él, pero antes de dar tres pasos una descarga le atravesó el esternón.

La luz blanca se le metió en los huesos, contrayendo los nervios y arrojándolo de rodillas al suelo.

Quiso alzarse de nuevo, pero otro oficial le descargó el cañón en los lomos y el cuerpo le negó el movimiento.

Luego vino el golpe de la culata en la sien y la tierra subió a recibirlo.