Capítulo XVI #3
—Es difícil decirlo con seguridad. —Vhemm giró por otro paso estrecho—. Si le diera un nombre, mi señor, le daría una mentira.
Dasslak aceleró el paso.
—¿Quieres probar cuánta paciencia tengo?
—No, mi señor. Quiero llegar vivo.
Vhemm se detuvo ante una pared lateral, cubierta por anuncios viejos arrancados a medias y marcas de salitre que bajaban como cicatrices claras.
Parecía el fondo muerto de un pasaje sin salida.
Apartó una tira de metal doblada, presionó dos dedos contra una hendidura casi invisible y la pared cedió hacia dentro sin ruido, dejando un hueco negro donde un instante antes solo había ruina.
—Rápido, por aquí.
Dasslak miró el hueco y, por un instante, creyó sentir una fuerza tirando de él desde dentro.
Empujó a Cora hacia la entrada.
—Camina.
Ella cruzó primero. Vhemm la siguió. Dasslak entró de último, con una mano ya cerca del arma.
La puerta se cerró tras él.
La oscuridad cayó entera.
Durante un segundo no hubo nada: ni callejón, ni ciudad, ni salida.
Luego una línea de fuego despertó en la pared antes de que pudieran activar la amplificación de luz residual. Después otra. Y otra más.
Las antorchas se encendieron una tras otra, revelando un pasillo largo, excavado bajo la piedra, que descendía hacia unas gradas estrechas. El aire allí abajo no olía a humedad reciente, sino a algo más antiguo, guardado, respirado demasiadas veces por gente que no quería ser encontrada.
Vhemm bajó el primer escalón.
—Es por aquí, mi señor.
El descenso se estrechaba a cada tramo. Los peldaños no estaban diseñados para las prisas, y menos con los brazos confinados a la espalda.
Cora tropezó dos veces. La primera solo fue un impacto seco del hombro contra la roca; la segunda la habría mandado de cabeza al vacío si la mano de Dasslak no la hubiera aferrado del brazo justo antes de rodar escalones abajo.
—Eres descuidada —sentenció él.
Cora recuperó el equilibrio con un bufido y le clavó una mirada por encima del hombro.
—Estoy esposada, Vaquero.
—Una convergencia no debería tropezar ni siquiera con tan poca luz.
—Qué inspirador. Inténtalo tú con los brazos atados a la espalda.
Dasslak no se molestó en responder.
Al final de la escalinata, el pasillo desembocó en una estancia más amplia, teñida por una claridad vieja y amarillenta. Ya no quedaba rastro del olor a sal, a calle o a chatarra húmeda; aquello olía a piedra hermética y metal antiguo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Dasslak.
Su mirada no se detenía en Vhemm. Evaluaba los puntos ciegos, la altura del techo y la distancia entre las sombras, manteniendo la mano derecha a un suspiro del arma.
—Ahí adelante, mi señor.
La sala se extendía hasta una entrada en arco.
Al cruzarla, llegaron a un salón circular de unos treinta metros de diámetro.
Sobre sus cabezas, un sistema de ventilación antiguo giraba con lentitud: una hélice enorme, casi ceremonial, que cortaba el aire con un sonido bajo, repetitivo, enfermo.
A lo largo de las paredes, varias antorchas ardían en soportes de piedra.
Frente a la entrada, al fondo del salón, una plataforma de piedra se alzaba medio metro sobre el piso, nacida de la pared en forma de media luna. Tres gradas bajas repetían su curva hacia la sala.
—No hay nadie.
Dasslak ya lo había visto.
El salón entero parecía construido para confirmar esa ausencia.
—Empieza a hablar —dijo, sin apartar la vista de Vhemm—. ¿Dónde está el Augur?
—Aquí, mi señor.
Dasslak giró apenas la cabeza. Cora también miró hacia los lados. Nada. Sobre ellos, la hélice continuaba con su batir rítmico y enfermo.
—Prometo que voy a matarte —dijo Dasslak, volviéndose hacia Vhemm.
Este no dio un solo paso atrás.
—Él está aquí.
Cora dejó escapar un sonido breve, casi infantil.
—Uy…
Dasslak la miró.
—¿Qué?
Ella tenía los ojos fijos en la plataforma. La sonrisa se le había borrado de la boca, aunque todavía quedaba en su expresión algo torcido y fascinado.
—Ahí —susurró—. Al frente, Vaquero.
Dasslak volvió la mirada hacia la plataforma.
Un hombre ocupaba su centro exacto, inmóvil, desprovisto de cualquier transición o pisada que justificara su llegada.
No había caminado ni descendido desde las sombras; simplemente habitaba el espacio de golpe, con una quietud tan absoluta que hacía parecer que la sala lo hubiera recordado de pronto.
Era alto y flaco hasta la indecencia. La vejez le había tomado la piel, pero no del todo el cuerpo; algo en él permanecía joven de una forma incómoda, casi equivocada.
Tenía el rostro hundido, los pómulos demasiado marcados y la boca seca, enferma, pero se mantenía erguido sin esfuerzo, con el cuello firme y los hombros rectos, como si la ruina de su carne no hubiera conseguido darle órdenes.
Llevaba el pecho descubierto. Bajo la piel, los huesos se dibujaban con una crudeza casi obscena; aun así, no parecía vencido.
Consumido, sí. Gastado por algo distinto al tiempo.
Vestía un pantalón cortado por debajo de las rodillas, sujeto a la cintura con un trozo de cuerda.
Su cabello largo, negro y desordenado, le caía hasta media espalda.
Pero eran los ojos los que impedían mirarlo como a un hombre.
No estaban quietos. No del todo. Parecían bailar en el espacio, apenas desajustados de su rostro, demasiado vivos para aquella carne enferma, como si cada pupila obedeciera a una versión distinta del mismo instante.
El Augur los contempló.
Luego rio.
La risa empezó baja, quebrada, casi alegre. Creció durante unos segundos y se rompió en una tos violenta que le dobló el cuerpo. El sonido raspó la sala, se mezcló con el giro de la hélice y murió poco a poco entre las antorchas.
Cuando volvió a erguirse, sonreía.
—Ahora lo entiendo.
Su voz era ronca, gastada, pero no débil. Había algo detrás de ella. Algo que no pertenecía del todo al cuerpo que la emitía.
—Hace veinte años vi cambios radicales. Grietas. Anomalías. Caminos donde no debía haberlos. Creí que, si vivía lo suficiente, quizá llegaría a comprenderlo todo.
Sus ojos se clavaron en Dasslak, o en algo que ocupaba el mismo lugar que Dasslak desde otro lado del universo.
—Y ahora estás frente a mí.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—El causante de todas las anomalías… eras tú, Asesino.