Convergencia Capítulo XVI #2
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Capítulo XVI #2

En la Falda Oeste, pocos repararon en ellos.

No porque pasaran desapercibidos, sino porque allí cada quien aprendía a mirar solo lo necesario.

Un noble de mediana edad avanzó sobre una litera levitante, bajo un dosel claro, mientras cuatro sirvientes caminaban a los lados con la vista clavada en las piedras.

Uno tropezó. El látigo del capataz sonó antes de que el muchacho tocara el suelo.

Dasslak pasó junto a ellos sin detenerse.

La avenida perdió amplitud conforme descendían hacia el Mercado de Kesk.

La cal se abría en grietas oscuras. Las flores desaparecieron de los balcones y fueron reemplazadas por poleas, jaulas, ropa húmeda y cables tensados entre ventanas.

Los arcos elegantes dieron paso a pórticos reparados con metal barato.

La luz seguía siendo intensa; solo que ahora caía sobre manchas, charcos y manos que contaban dinero demasiado rápido.

El Mercado los tragó sin ceremonia. Toldos térmicos techaban las calles, solapados como escamas sucias.

Bajo su sombra aceitosa, los vendedores gritaban precios en varios dialectos mientras pantallas decrépitas ofrecían contrabando.

De los ganchos colgaban piezas de desguace junto a sedas finas, armas cortas, miembros protésicos y bandejas de comida grasienta.

La piedra blanca apenas se veía entre cajas, barro, aceite y fruta aplastada.

Cora avanzaba sin titubear. Conocía el modo exacto de esquivar a los compradores, apartarse de los guardias sin parecer que los evitaba y cruzar entre puestos donde otros habrían tenido que abrirse paso a empujones. Más de una vez, alguien miró sus manos atadas. Nadie dijo nada.

A la derecha, entre columnas manchadas y por encima de los tejados, asomaba el Coliseo.

Banderines rojos colgaban de las galerías superiores, y en las entradas bajas la multitud se apretaba alrededor de los puestos de apuestas.

Desde el interior llegó un rugido compacto, seguido de una ovación que hizo vibrar los toldos.

Cora no miró hacia allí. Dasslak sí, apenas un segundo.

Recordó algunas cosas.

Luego siguió caminando.

Dejaron atrás los puestos. El griterío no desapareció; se quedó pegado a las paredes, convertido en una vibración áspera.

Las calles se estrecharon y las escaleras comenzaron a morder la ladera entre edificios amontonados.

Todavía sobrevivía belleza en algunas fachadas: una columna con hojas talladas, una fuente seca con peces de mármol, un arco azul descascarado sobre una puerta hundida.

Entraron en la Hondonada.

Allí el sol llegaba partido en tiras, entre cables, vigas, tendederos y pasarelas de servicio. Los drenajes corrían abiertos junto a los muros. El aire conservaba la sal del mar, pero ahora olía a espuma podrida, metal viejo, pescado muerto y ropa que nunca terminaba de secarse.

Un niño sentado en una escalera chupaba el hueso de una fruta seca. Al ver a Dasslak, bajó los ojos hacia la espada y se quedó quieto. Más adelante, una mujer barrió agua negra hacia la calle sin mirarles la cara.

La ciudad alta había quedado arriba, blanca y abierta, recortada contra el cielo. Desde allí abajo apenas se veía una línea de terrazas limpias donde el sol parecía pertenecer a otra especie.

Cora dobló por un callejón más angosto.

Las paredes estaban tan cerca que Dasslak tuvo que ladear el hombro para no rozar una tubería oxidada. El suelo descendía en escalones irregulares, resbaladizos por la humedad. Sobre sus cabezas, una pasarela metálica unía dos edificios y dejaba caer gotas sobre la piedra.

Cora se detuvo frente a una construcción empotrada entre dos muros más altos.

No parecía una casa. Tampoco un taller. Era uno de esos espacios que la ciudad había ido tragándose con los años: una fachada estrecha de piedra sucia, una puerta metálica sin distintivos y un marco demasiado limpio para pertenecer a aquel callejón.

No había rótulo, vigilancia visible ni cerradura rota.

—Es aquí —dijo Cora.

Dasslak miró hacia ambos extremos del callejón.

Al norte, la calle se quebraba hacia unas escaleras oscuras. Al sur, el mar sonaba lejos, roto contra los muros bajos y los callejones que descendían hacia la costa.

Un anciano cruzó al fondo con un saco al hombro. No levantó la vista.

Nadie miraba la puerta.

Dasslak empujó la entrada.

Se abrió sin resistencia.

Cora lo miró de reojo.

—Te dije que era de esos sitios que dicen «no entres».

—Tú primero.

Ella obedeció. Dasslak entró detrás y cerró la puerta.

El lugar era demasiado pequeño para esconder nada: una sala estrecha, paredes desnudas, una mesa vencida, dos sillas, polvo en las esquinas y una habitación al fondo con la puerta entreabierta. Dasslak avanzó hasta ella, la empujó con la punta del revólver y miró dentro.

Vacía.

Ni cama, ni manta, ni platos, ni ropa olvidada. Solo polvo viejo, piedra fría y un olor encerrado que parecía llevar meses pegado a las paredes.

—Estaba aquí —dijo Cora.

Su voz salió más baja de lo que pretendía.

Dasslak volvió hacia la sala.

—Aquí no ha habido nadie desde hace mucho.

Cora miró su mano, cerca del arma.

—No miento.

—Eso es lo raro.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Ya lo dije antes. Sé cuándo alguien miente. —Dasslak dio un paso hacia ella—. Contigo empieza a molestarme la duda.

Cora se quedó quieta. Los hombros se le cerraron apenas; la barbilla, en cambio, no terminó de bajar.

—El Augur se habrá ido. Tal vez dejó algo. Una pista…

—¿Como qué?

—No lo sé. Busquemos.

Dasslak la observó un instante más. Luego señaló una esquina.

—Ahí. Y no te muevas.

—¿Vas a matarme si no encuentras nada?

—Todavía no.

Ella obedeció.

Dasslak revisó la sala: mesa, muros, rincones. El polvo no guardaba marcas recientes; tampoco había cables cortados, mecanismos visibles ni nada que pareciera oculto.

Ninguno habló. El lugar, demasiado estrecho, los obligaba a oírse respirar.

Dasslak se detuvo frente a la puerta interior.

—Adentro.

Cora miró la habitación del fondo.

—¿Yo?

—Muévete.

Ella obedeció.

La habitación era más estrecha que la sala: una repisa vacía, paredes desnudas, polvo acumulado junto a las juntas de la piedra y una rejilla oxidada cerca del techo. Dasslak mantuvo a la joven a un lado, dentro de su alcance, mientras revisaba el marco.

Apenas alcanzó a tocar la repisa cuando algo raspó al otro lado de la entrada.

La puerta principal cedió apenas.

Dasslak se movió antes de que Cora pudiera girar la cabeza.

La tomó, la atrajo contra él y retrocedió hasta el umbral de la habitación interior.

Desde allí, la pared le cubría medio cuerpo y la primera estancia quedaba abierta frente a sus ojos.

El revólver derecho apareció junto al costado de Cora.

La puerta volvió a moverse.

—¿A quién esperas? —susurró Dasslak junto a su oído.

—A nadie.

—Vas a morir.

—A nadie, Vaquero.

La rendija se abrió un poco más. Desde fuera entró una línea de luz, torcida por el polvo de la sala.

Dasslak ladeó apenas la cabeza. No vio un rostro. No vio un arma.

Primero apareció una mano azul, abierta, vacía.

Luego la otra.

—No busco problemas, mi señor —dijo una voz desde el callejón.

Cora dejó escapar una respiración mínima.

Dasslak no apartó el revólver de ella.

—Sigue hablando.

—Puedo llevarlo frente al Augur.

La mano izquierda de Dasslak bajó hacia la otra funda. El segundo revólver salió limpio y quedó apuntando hacia la entrada.

—Muéstrate.

—Voy a asomarme, mi señor. Despacio.

—Muy despacio.

La puerta se abrió lo suficiente para dejar ver a un hombre de piel azul, cráneo liso y rostro alargado.

Vestía largas ropas cafés que rozaban el suelo al moverse.

Mantenía las manos visibles, abiertas, lejos del cuerpo.

La luz del callejón lo recortaba desde atrás y dejaba su cara en una sombra delgada.

Cora lo reconoció antes de que diera el segundo paso.

—Es él —dijo—. El hombre azul.

—Puedo verlo.

El hombre inclinó la cabeza.

—Saludos, mi señor. Mi nombre es Vhemm.

—Entra.

Vhemm obedeció con una calma medida, como si cada movimiento hubiera sido ensayado.

Dasslak obligó a Cora a salir de la habitación interior con el cañón del revólver derecho apoyado entre los omóplatos. Ella dio dos pasos torpes hasta la estancia principal. Él salió detrás, la apartó con el antebrazo y bajó apenas esa arma; el revólver izquierdo permaneció fijo en Vhemm.

—¿Conoces a esta mujer?

Ella sonrió.

—Sí, mi señor. Fue escogida por mi señor el Augur para traerlo hasta aquí.

—Eso ya lo deduje. Pero ¿por qué?

Vhemm bajó la mirada un instante.

—Quisiera responder eso, pero no me corresponde sacar conclusiones sobre las intenciones de mi señor el Augur. Deberá preguntárselo usted mismo.

—Lo estoy deseando. ¿Dónde está? ¿Por qué no da la cara?

—Porque alguien quiere hacerle daño.

—Entonces —dijo Dasslak—, ¿vas a llevarme con él o seguimos admirando este sitio?

Vhemm inclinó la cabeza.

—Si mi señor me sigue, lo llevaré ante el Augur.

Dasslak lo miró durante un instante. Luego guardó ambos revólveres.

—Esto no cambia nada. Si haces algo extraño, morirás igual de rápido.

—Lo entiendo, mi señor.

Vhemm hizo una reverencia leve y salió al callejón.

Dasslak empujó apenas a Cora hacia adelante.

—Camina.

Cora salió primero. Dasslak cruzó el umbral detrás de ella y revisó el callejón: los extremos, las ventanas, la pasarela sobre sus cabezas, las puertas cerradas.

Vhemm ya avanzaba sin mirar atrás. La Hondonada los recibió con pasajes cada vez más estrechos, puertas sin marca, escaleras ocultas entre muros y corredores donde la luz entraba rota, apenas suficiente para distinguir la piedra húmeda bajo los pies.

Vhemm no dudaba. No parecía elegir el camino, sino recordarlo con el cuerpo.

Dasslak dejó pasar un tramo más.

—Estamos caminando en círculos.

Cora volvió la cabeza hacia él, sorprendida.

Vhemm no se detuvo.

—Sí, mi señor. Es necesario. Siempre hay alguien siguiendo.

Dasslak miró hacia atrás. Luego al frente.

—¿Quién?