Capítulo XVI
El Augur
El Augur era una anomalía. Una singularidad que parecía negar las mismas leyes que la habían hecho posible.
Otras versiones de sí mismo, cada una nacida en un universo distinto, habían convergido en él una tras otra hasta fundirse en una sola conciencia: algo nuevo, construido con todas aquellas vidas.
Lo llamaban el hombre del millón de memorias.
Algunos decían que era más antiguo que la Unión; otros, que provenía de los confines de la galaxia, allí donde los mapas son solo superstición y los nombres carecen de sentido. Para unos era un oráculo; para otros, un charlatán con una leyenda cuidadosamente tejida. Muchos lo consideraban un mito.
Pero el Augur existía.
Y desde hacía algún tiempo vivía en Ranore.
—¿Está aquí?
—Sí, Vaquero.
Dasslak cerró la escotilla de la nave y obligó a Cora a sentarse en el mismo lugar de antes. Las manos atadas quedaron aprisionadas entre su espalda y el respaldo acolchado; Cora apretó la mandíbula, pero no se quejó.
—Mírame.
Cora levantó los ojos.
—Lo que te dije antes era cierto —dijo él—. Sé cuándo alguien me miente. ¿El Augur está aquí, en Ranore?
—Aquí estaba. Fue aquí donde lo vi, cuando vine al planeta por orden del Titiritero. Lo juro.
—¿Qué hacías aquí?
—El Titiritero me envió con otra persona. Dali. —Hizo una mueca leve, casi de fastidio—. Supongo que ya lo sabes. Alfa comercia aquí todo el tiempo. Vinimos a comprar dos naves.
—¿Y eso qué tiene que ver con el Augur?
—Nada. Mientras el idiota de Dali cerraba el trato, di una vuelta por la ciudad. Terminé encontrándome con alguien que me llevó hasta él. Fue suerte, supongo. —Su sonrisa apareció por primera vez en varios días, pequeña, torcida, todavía viva—. Está por verse si buena o mala.
—Explícame. —Dasslak acercó el taburete, lo colocó frente a ella y se sentó—. ¿Cómo lo encontraste?
—Estaba en el mercado. Me gustan las cosas raras, y ahí hay muchas.
Un tipo de piel azul se acercó a mí. Era extraño incluso para Kesk.
Me preguntó si quería tener una experiencia inolvidable.
—Cora ladeó la cabeza; la máscara volvía poco a poco: dulce, insolente, ya casi intacta—.
Obviamente le dije que sí. Me gustan las aventuras. Una vez, cuando tenía diez años, yo…
—No te distraigas —dijo Dasslak—. Continúa.
La interrupción bastó.
Ella cerró la boca, pero su sonrisa no desapareció del todo.
—¿Quieres la historia del tipo azul o la que estaba empezando?
—Depende de cuánto valores que tu cabeza siga siendo privada —dijo Dasslak.
—El tipo azul me llevó a un lugar extraño. El Augur me esperaba allí. Era todavía más raro que él. Hizo una adivinación para mí.
—¿En qué parte de Ranore?
—En Kesk.
Dasslak no respondió de inmediato.
Cora lo notó.
—No estoy mintiendo.
—Ganar tiempo sería inútil. No vas a escapar.
—Entonces supongo que es una suerte que no esté mintiendo. Puedo llevarte hasta él.
—¿Entonces es casualidad que hayamos aterrizado justo en Kesk?
—¿Estamos en Kesk? —preguntó ella.
Cora miró hacia la escotilla cerrada, como si pudiera ver la ciudad más allá del metal.
—Es el destino, Vaquero —murmuró—. Aquí está lo que buscas. Prometiste que me dejarías ir si te ayudaba, ¿cierto? Pues voy a ayudarte.
—Parece que no estabas tan preparada para morir como decías.
La sonrisa de Cora perdió un poco de forma.
Dasslak la dejó con eso. La mentira tenía un pulso propio; en Cora encontró miedo, rabia y una esperanza miserable, pero no ese pulso.
—¿Dónde lo viste? ¿Cómo era?
—Parecía una construcción vieja, empotrada entre muros más altos.
Todo alrededor había crecido encima, como si la calle hubiera intentado tragársela.
Y ahí estaba lo raro. —Cora sonrió, distraída por su propio recuerdo—.
Una puerta sin nombre. Un marco demasiado limpio.
Uno de esos sitios que dicen «no entres» tan fuerte que dan ganas de entrar.
Lo vi en una de las estancias interiores.
»Era alto, con el cabello largo, hasta la espalda… Como… —Cora ladeó la cabeza, intentando traer su propio cabello al frente— el mío. —Sonrió—. Lucía viejo y joven a la vez. Muy delgado. Su cara… parecía la de un enfermo. Y sus ojos…
Cora se interrumpió.
—¿Qué tenían sus ojos?
—No lo sé. A veces se veían difusos. Como si no terminaran de quedarse en el mismo sitio.
Dasslak casi sonrió.
Casi.
—Continúa.
—Primero pareció sorprendido de verme. Un momento después sonreía como si me hubiera estado esperando toda la vida.
—¿Qué te dijo?
—Que sabía que me gustaban las aventuras. Que, «como era una niña tan dulce», iba a ayudarme a tener una… Algo así. Fue amable conmigo. Más que tú, Vaquero.
»Me dijo que, en mi viaje de vuelta a Brass, en una estación de piratas, vería a un hombre. Un prisionero. Tenía que presentarme ante él y decirle que yo lo había encontrado.
—¿Encontrado a quién?
—A él. Al Augur. Dijo que era especialmente importante decírselo a ese prisionero. Alguien iba a buscarlo, y yo tenía que ayudar un poco.
—¿Dijo algo más?
—No mucho. Parecía feliz de haber hablado conmigo. Cuando terminó, le ordenó al tipo azul que me acompañara hasta la puerta. Eso fue todo. En ese momento pensé que había sido ridículo. No le di importancia.
Dasslak inclinó apenas la cabeza.
—Pero pasó —dijo el asesino—. Cuando ibas hacia Brass, encontraste al hombre del que te habló, ¿cierto?
Cora asintió. Esta vez no sonrió de inmediato.
—Sí. En una estación de piratas, tal como dijo. Paramos para reponer provisiones. Dos piratas arrastraban a un hombre por los brazos. Supe que era él.
—¿Cómo?
—Porque lo supe.
Dasslak rechazó la respuesta con la mirada.
Cora suspiró.
—Porque lo sentí. Porque todo mi cuerpo lo entendió antes que mi cabeza. Me emocioné, ¿sí? Lo que el Augur dijo era cierto. Me puse frente a ellos para que se detuvieran. Miré al prisionero y le dije: «Me llamo Cora, y encontré al Augur».
Se quedó callada un momento.
—Los bandidos se rieron. Después me apartaron del camino. Pero aquel hombre… —Cora bajó un poco la voz—. Él me creyó. Lo vi en su cara.
—¿Qué pasó con él?
—Antes de irnos de la estación, escuché que intentó escapar.
Logró encerrarse en una habitación. Después de un rato entraron y lo mataron.
—La sonrisa regresó, pero esta vez no alcanzó los ojos—.
Ahí volví a pensar que el Augur era una farsa.
Su gran adivinación ni siquiera me había regalado una aventura decente.
—Cora miró la nave, luego a Dasslak, y la sonrisa le salió torcida—. Ahora pienso distinto.
—Ese hombre debió de enviar el mensaje a Voill.
Cora frunció el ceño.
—¿Qué mensaje? ¿Quién es Voill?
—No es importante.
—Siempre que alguien dice eso, realmente lo es.
Dasslak la ignoró.
—El hombre que viste aquí, en Ranore, definitivamente era el Augur.
—¿Me crees, entonces?
—Sé que no estás mintiendo. Y todo encaja.
Dasslak trazó una orden en el aire. Uno de los proyectores de la nave respondió con un zumbido breve, y el mapa de Kesk se abrió frente a Cora: calles, niveles, hangares y distritos suspendidos en luz fría.
—Dime dónde está.
Cora miró el mapa, luego a él.
—¿Ya no vas a escanearme el cerebro?
—Si me llevas hasta él, no será necesario.
—¿Y después me dejarás ir?
—Después hablaremos.
—No. Debo estar segura.
Dasslak se inclinó hacia ella.
—No te dejaré ir hasta conseguir lo que vine a buscar. Ya no tengo tiempo para juegos. Señala el lugar.
Cora sostuvo su mirada.
—¿No vas a soltarme?
—Señala el lugar.
Pareció que iba a provocarlo de nuevo, pero sus ojos bajaron hacia el mapa. Se inclinó hacia delante, forzada por los brazos sujetos a la espalda, y señaló con la barbilla un punto entre las calles estrechas.
—Ahí.
Dasslak amplió la zona.
—¿Segura?
—No me conviene equivocarme, Vaquero.
—Al menos ahora lo entiendes.
Apagó el mapa.
—Hablaré con mi contratante. Luego iremos.
—¿Ahora?
—Ahora.
Dasslak fijó el enlace de los retenedores al anclaje de la pared junto al asiento y se dirigió a la cabina. La compuerta se cerró entre ambos. Cora se quedó a solas con el aire quieto de la nave y el escozor en las muñecas.
Poco después, la nave despegó.
El vuelo fue corto. Dasslak cruzó sobre la costa occidental de Kesk con la nave inclinada hacia la montaña, entre cargueros lentos, plataformas de carga y drones suspendidos sobre los muelles.
Al este, por encima de la cresta blanca de la península, asomaban terrazas limpias, cúpulas claras y jardines colgados sobre el mar azul.
Al oeste, la piedra era la misma, pero estaba ennegrecida por humo, sal y más de un siglo de manos baratas.
Aterrizó en un hangar de la Falda Oeste, el más cercano al objetivo.
El hangar se abría hacia una avenida empedrada donde la luz rebotaba en las fachadas blancas.
Nada allí era miserable todavía: las paredes de piedra crema conservaban molduras antiguas, las fuentes seguían arrojando un poco de agua y los comercios mantenían sus toldos tensos.
Entre soldados y puertas altas, cargadores sudorosos empujaban plataformas flotantes bajo la mirada de capataces bien vestidos.
Dasslak soltó el enlace del anclaje y llevó a Cora al exterior.
Kesk los recibió con aire caliente, olor a sal vieja, aceite quemado y piedra soleada.
Desde el puerto llegaban el gemido de las grúas, el choque de cadenas y el graznido ronco de alguna bestia encerrada.
Sobre las calles, los anuncios holográficos ofrecían subastas, repuestos, financiación, compañía y encargos.
Cora escrutó la avenida. La sonrisa le volvió despacio, apenas torcida en una comisura. Una parte de sí recuperó su lugar.
—Adelante —ordenó Dasslak—. Llévame hasta él.
—Claro, Vaquero.
Dasslak caminó medio paso detrás de ella, con la mano derecha cerca del arma. Cora lo notó de reojo, pero no volvió la cabeza.