Convergencia Capítulo XV #3
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Capítulo XV #3

—Encierro permanente, entonces. ¿Dormiremos seguros sabiendo que un tipo como este está aquí?

—No lo sé…

Neil inclinó la cabeza, los ojos fijos en los de Senlar.

—El destierro ya es un riesgo. Encerrarlo es una fantasía. Tiene que morir. Lo sabes.

Gor respiró hondo y el sonido llenó la sala. Senlar dio un paso más hasta quedar a un palmo del rostro de Neil.

—Vuelve a decir eso y te saco de aquí a rastras.

Neil no retrocedió.

—La gente lo va a pedir.

—La gente no manda esta noche.

—Entonces dilo claro. Vas a proteger al criminal.

Senlar lo tomó de la camisa por el cuello y lo estampó contra la pared de un solo golpe seco. El impacto resonó en la madera y el metal. Neil no se defendió ni levantó las manos; se dejó sostener, laxo y frío.

—Mantendré viva esta fortaleza —dijo Senlar, y el aliento le salía espeso—. No voy a dejar que uses el miedo para romper el poco orden que nos queda. No serás tú quien decida.

Neil lo miró desde abajo y una sonrisa lenta y obscena le cruzó la cara. Los dedos de Senlar se abrieron, soltando la tela sucia.

—Eso quería saber —dijo Neil.

Una señal intermitente y necia salió del panel lateral y encendió una luz amarilla sobre el esquema del norte. Gor se volvió, tecleó dos veces, y el reflejo le manchó el rostro sudoroso.

—Mierda —dijo Gor.

—¿Qué pasa?

—Las torretas dos y tres. La lectura no tiene sentido.

Gor golpeó la pantalla dos veces y la superficie crujió bajo sus dedos. Neil se apartó de la pared, acomodándose el cuello de la camisa con parsimonia.

—Si esa lectura es real, el muro norte acaba de quedarse ciego.

Senlar miró los monitores y vio a dos coracinos rondando la linde del muro norte como espectros, lejos de la puerta, pero moviéndose en círculos.

—Ve —le dijo a Gor—. Revisa el panel físico y no cortes la energía sin avisar. Llévate a dos hombres.

Gor salió corriendo. La puerta se cerró con un golpe sordo y dejó la sala sumida en el zumbido de los monitores, la alarma amarilla y la respiración entrecortada de Denn.

Neil caminó por la sala sin prisa. No miraba los monitores; observaba a Senlar, inclinado sobre las pantallas de control.

Denn lo siguió con la mirada desde la silla. Luego buscó el reflejo de las consolas, intentando entender qué pasaba sin atreverse a preguntar.

Sin acercarse a él ni apartar la vista de Senlar, Neil hizo un gesto breve entre los controles de su interfaz personal. Los retenedores que mantenían inmovilizado a Denn se abrieron y cayeron al suelo con un chasquido metálico.

Senlar se volvió hacia el sonido. Miró los retenedores en el suelo y luego a Neil.

—¿Lo liberaste? ¿Qué haces?

Neil caminó hacia los controles y Denn lo miró atónito desde la silla.

—Si está amarrado es difícil que alguien me crea.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Senlar a Neil. Sus ojos pasaron de inmediato a Denn—. Quédate donde estás.

—¿Qué pasa? —dijo Denn, poniéndose en pie con las piernas temblorosas.

Neil introdujo el código en la consola antes de que Senlar pudiera estirar un brazo y el sistema pitó.

—¿Qué diablos haces, Neil?

Neil señaló el monitor principal con el dedo.

—Eso. Porque si Denn tiene las manos libres, será más fácil que me crean cuando les diga que fue él quien abrió las puertas del norte.

Senlar se quedó rígido y vio en la pantalla cómo el portón de la fortaleza comenzaba a abrirse en mitad de la noche. Afuera, los coracinos se detuvieron ante el ruido del mecanismo. Uno de ellos alzó la cabeza baja, hundida entre los hombros, y emitió un chillido agudo que taladró los monitores.

—¡Estás loco! —gritó Senlar y se lanzó hacia los mandos.

—Si estás distraído no podrás sentirlo —dijo Neil.

Senlar miró a Neil, luego al panel que ya no respondía. En la pantalla, el portón se abrió por completo y la oscuridad de la pradera se tragó la luz de la entrada.

—¿Qué…?

Denn empujó a Neil a un lado y se arrojó sobre el teclado. Golpeó una secuencia, luego otra. Senlar metió las manos también, buscando el cierre manual, pero cada orden volvía rechazada en la pantalla.

—¡No responde! —gritó Denn.

En el monitor, las sombras de más coracinos surgían de la noche y corrían hacia el umbral, abiertos en abanico, y entonces Neil sacó el cuchillo, un trozo de acero estrecho y gris, y con un golpe seco, ascendente y brutal lo hundió en la espalda de Senlar de abajo hacia arriba hasta que la punta asomó por el pecho, entre el tejido de la chaqueta y la carne rota.

Senlar soltó un quejido espeso, una bocanada de sangre que manchó el monitor, y Neil acercó la boca a su oído:

—Te lo dije, Senlar. Cuando estás distraído este tipo de cosas pasan.

El cuerpo de Senlar cayó de rodillas y luego de bruces contra el suelo.

Denn se volvió con los ojos desorbitados para lanzarse sobre Neil, pero Senlar estaba tendido entre ambos y el impulso se le quebró.

Se dejó caer junto a él, lo tomó por el hombro e intentó girarlo, apenas lo suficiente para verle la cara, mientras el aire de la sala se llenaba con los primeros gritos de afuera y el estruendo de los coracinos despedazando gente en los caminos interiores de la fortaleza.