Convergencia Capítulo XV #2
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Capítulo XV #2

Senlar tomó a Denn por el brazo y lo puso de pie. No fue suave, pero tampoco cruel. Denn habría preferido un golpe.

Senlar se volvió hacia Gor.

—Centro de vigilancia. Ahora.

Gor asintió, pálido. Senlar esperó a que sujetara a Denn por el brazo antes de soltarlo.

Cruzaron el patio bajo la mirada de todos.

Dani no dijo nada cuando Denn pasó cerca. Kein intentó asomarse alrededor de ella, pero Dani lo sostuvo con más fuerza. C0-UN1 permaneció perfectamente inmóvil. Ni siquiera giró la cabeza.

Denn bajó la cabeza.

Hasta entonces, las murallas habían significado refugio. Ahora sintió que no protegían a nadie. Solo mantenían dentro lo que acababa de romperse.

⟡ ⟡ ⟡

El comedor estaba desierto y la gente comía donde podía, apiñada en grupos tensos, con las voces bajas y los ojos fijos en el centro de vigilancia.

Las familias se encerraban tras la madera de las cabañas y los hombres permanecían junto a las hogueras, fingiendo limpiar armas o contar provisiones bajo el humo denso.

En las pantallas de los monitores, la fortaleza parecía un animal enfermo y agonizante.

Había luces dispersas y cuerpos estáticos donde antes había movimiento, y las sombras se pegaban a los muros como humo viejo.

La terminal de control estaba desierta; más temprano, Senlar había relevado a Mara de su turno para encargarse del interrogatorio a puerta cerrada.

Denn estaba sentado en una silla de metal con las manos sujetas a la espalda. Los retenedores le ceñían las muñecas; la postura le había entumecido los brazos. No pidió que se los quitaran.

Frente a las pantallas, Senlar permanecía de pie, con los brazos cruzados, sin apartar la vista de los monitores ni mirar a Denn una sola vez en toda la noche.

Gor revisaba un panel lateral con movimientos lentos y falsos.

Tocaba líneas de datos que no cambiaban nada.

Neil estaba junto a la puerta, apoyado contra la pared de madera.

Tenía los ojos fijos en los monitores, esperando que afuera ocurriera lo de todas las noches.

—¿Hasta cuándo lo vas a posponer? —preguntó Neil. Ni siquiera levantó la voz.

Senlar no se volvió. Tenía la vista en la oscuridad exterior.

—Ya sé lo que quieres que haga.

—Entonces actúa.

—Te adelanto que no se hará lo que quieres.

—¿Y qué harás?

—Estoy analizando todo lo que nos dijo.

Neil soltó una risa seca, un chasquido oscuro en la garganta.

—Tú lo escuchaste… El chico está totalmente loco.

Senlar giró, y sus botas chirriaron en el suelo.

—Tú sabes bien de eso, ¿cierto?

Neil no contestó.

—Estoy impidiendo que una fortaleza llena de personas asustadas se desmorone.

—Ya se deshizo —dijo Neil, apuntando con el mentón—. Ahí tienes al responsable, atado como un perro. Lo hizo todo en tus narices.

Denn cerró los ojos y Gor dejó de fingir que revisaba el panel.

—Neil… —dijo Gor.

—¿Qué? —Neil dio un paso al frente—. ¿También tú quieres calma? ¿Quieres tiempo? ¿Otra maldita reunión para que Bornew encuentre la forma de justificar la sangre?

Senlar avanzó hacia él.

—No vas a usar mi rabia para tomar decisiones por mí.

Neil lo miró con una quietud de piedra.

—Ahí está el problema.

—¿Cuál?

—Sigues pensando que esta fortaleza te pertenece.

—Mientras yo esté al mando, sí.

Neil bajó la vista, casi divertido.

—¿Y qué más has decidido por tu cuenta? Porque asumo que esconder lo de la instalación abandonada al otro lado del río no es lo único.

Senlar se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron apenas y la boca se le entreabrió, pero no salió ninguna palabra. Un músculo le palpitó en la mandíbula antes de que la cerrara con fuerza. Neil habló antes que él.

—¿Pensaste que no me enteraría?

—No es un buen momento para hablar de eso.

Neil giró hacia Gor y lo miró a los ojos.

—¿Lo ves? Ni siquiera confía en ti.

Lo dejó bajo aquella acusación apenas un instante y entonces se volvió hacia Senlar.

—Gor ya lo sabe —continuó—. Se lo conté después de que uno de los oficiales que fue con ustedes viniera a verme.

»El hombre estaba preocupado. Quería saber por qué les habías ordenado guardar silencio sobre algo que podía significar una salida.

Denn levantó la cabeza.

—¿No pensabas decirnos nada? —siguió Neil—. ¿Investigar más? ¿Averiguar quién construyó aquello?

—No había nada útil allí —dijo Senlar—. Nada que cambiara nuestra situación inmediata. Las lecturas de la sonda y de los satélites no muestran asentamientos ni transmisiones en ninguna otra parte del planeta. Contárselo a todos habría convertido una ruina vacía en una promesa.

—Así que decidiste por ellos.

—Decidí que ya tenían suficiente miedo.

Neil buscó de nuevo los ojos de Gor.

—¿Lo oíste?

Gor no respondió.

—Lo único que le interesa es proteger el poco mando que le queda.

—¡No es cierto! —espetó Senlar.

—Bornew secuestró una estación entera, arrastró al capitán a la muerte, condenó a civiles a pudrirse en un planeta perdido. Y tú sigues ocupado decidiendo qué podemos saber y qué no, en lugar de hacer lo necesario.

—Quiero un juicio —dijo Senlar, con la voz baja y dura—. Quiero orden. Eso es todo.

Neil se rio sin ganas.

—¿Juicio? ¿En este mundo? No hay ley aquí, Senlar. Hay hambre, muros y gente esperando que alguien tenga el valor de decidir.

—Se decidirá lo más justo. Lo que mantenga viva esta fortaleza.

—Destierro —dijo Neil.

Denn abrió los ojos en la sombra. Senlar ni parpadeó.

—No.