Convergencia Capítulo XV
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Capítulo XV

Los Culpables

La última luz del día acababa de desaparecer cuando Denn llegó cerca del acceso al centro de vigilancia.

Neil Gobi le había dicho que se reuniera con él allí cuando oscureciera.

El mensaje había sido breve: «Necesito revisar contigo el registro de la puerta norte. Cuando oscurezca, ven solo». Nada más.

Que le pidiera ir solo le había parecido extraño, pero no encontró motivos para darle más importancia. Era trabajo. Nada más.

Neil permanecía junto a una de las torres, mirando el camino interior que las semanas habían abierto a fuerza de pasos, ruedas y cargas arrastradas sobre la antigua pradera.

El viento movía apenas las lonas tendidas sobre postes secos y rollos de fibra trenzada, materiales apartados para reforzar una de las plataformas de vigilancia antes de que cambiara otra vez el clima.

A esa hora, la fortaleza seguía trabajando: martillos, voces, pasos sobre madera, niños corriendo donde no debían. Todo parecía demasiado normal.

—Llegas tarde, Bornew.

—Dijiste cuando oscureciera. No diste una hora.

Neil lo miró sin alterar la respiración.

—Y oscureció antes de que llegaras.

Denn no respondió. Había aprendido que Neil usaba cada palabra ajena como si ya viniera torcida.

—¿Qué pasa con la puerta norte?

Neil no contestó de inmediato. Se apartó del muro y dio un paso hacia él. Denn vio moverse su hombro antes que el brazo, una mínima tensión bajo la tela. Algo en su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.

Se echó hacia atrás.

El golpe de Neil le rozó la mandíbula en vez de romperle la boca, pero el segundo movimiento ya venía encima. Denn levantó el antebrazo, bloqueó a medias, giró para salir de la línea de ataque.

Neil le atrapó la muñeca.

No hubo fuerza aparente en el gesto. Solo una torsión seca, exacta, que le arrancó el equilibrio y lo lanzó de rodillas contra la tierra.

Denn intentó girar, pero Neil ya estaba detrás.

Le dobló un brazo hacia la espalda, luego el otro.

Sacó unos retenedores, le rodeó las muñecas con las bandas y las cerró con dos chasquidos limpios.

Una cubrió la membrana de su brazo izquierdo.

Los datos desaparecieron de sus lentillas.

Denn apretó los dientes.

—¿Qué demonios haces?

—Senlar se está tomando su tiempo contigo. Grábatelo, Bornew: a la gente como nosotros hay que atacarla de cerca. Ver venir el golpe sirve de poco cuando ya lo tienes encima.

—¡Suéltame!

—Val se sorprendió cuando propuse incluir varios juegos de retenedores de nexo entre el equipo que bajamos de la estación —dijo Neil—. Yo sabía que tarde o temprano nos harían falta.

—¡He dicho que me sueltes!

Neil no se apresuró. Se incorporó, se sacudió el polvo de la manga y dirigió la mirada hacia el camino interior, como si esperara la llegada de alguien.

Senlar apareció unos segundos después.

Venía con Gor a su lado. Ambos se detuvieron al ver a Denn de rodillas, con las manos sujetas a la espalda. En Gor la sorpresa fue inmediata; en Senlar tardó más en aparecer, y por eso resultó peor.

—Neil —dijo—. Explícate.

Neil se llevó una mano al bolsillo, sacó una fruta pequeña, de piel oscura, y la limpió contra la manga antes de morderla. El crujido sonó demasiado fuerte.

—He detenido a Bornew.

Senlar dio un paso hacia él.

—Tú no detienes a nadie sin orden mía.

—Entonces dame la orden ahora.

—No juegues conmigo.

Neil masticó despacio. No sonrió.

—No estoy jugando.

Denn forcejeó contra los cierres. El campo le apretó las muñecas con una vibración dolorosa.

—Senlar, no sé qué está haciendo.

—Sí lo sabes —dijo Neil.

Denn se quedó quieto.

La mirada de Neil cayó sobre él, pesada, casi aburrida.

—Este es el momento en el que le cuentas la verdad.

El ruido de la fortaleza no desapareció, pero cambió de forma. Algunos golpes de martillo fueron callando cerca del camino. Dos hombres que cargaban un rollo de fibra se detuvieron a varios pasos, sin decidir si acercarse o fingir que no habían visto nada.

Senlar levantó apenas una mano, sin apartar los ojos de Neil.

Nadie avanzó.

—¿Qué verdad? —preguntó.

Neil mordió otra vez la fruta. Un hilo de jugo le quedó en el labio inferior y se lo limpió con el pulgar.

—Vamos, Bornew. No hagas que tenga que decirlo yo. Te quedará peor.

Denn sintió la lengua seca, la garganta cerrada. Miró a Senlar, luego a Gor, luego otra vez a Neil.

Senlar no apartó la vista de él. Algo había cambiado en su rostro, apenas una sombra; no comprensión todavía, sino una alarma más vieja que la razón.

—Denn —dijo.

—No sé de qué habla.

Neil dejó de masticar.

—Tu mano derecha es el responsable del secuestro de la estación. El responsable de que estemos en este mundo.

Gor volvió la cabeza hacia Denn con una lentitud incrédula. Senlar solo lo miró, como si esperara que aquella frase se deshiciera sola antes de tocar el suelo.

—Denn… —dijo al fin—. Dime que no.

Denn bajó la cabeza.

—Yo secuestré la estación.

Gor dejó escapar aire por la nariz. Senlar no se movió.

—Repítelo —dijo.

Denn levantó la mirada apenas.

—Yo tomé el control de S02-07. Soy el culpable de que estemos perdidos.

El silencio que siguió no fue vacío. Se metió entre ellos, se apoyó en los hombros de Senlar, en la respiración inmóvil de Gor, en las manos inmovilizadas de Denn.

Neil terminó la fruta hasta el corazón.

—Ahora sí estamos hablando.

Senlar giró hacia él con una furia quieta.

—Cállate.

Neil alzó las cejas, complacido.

—Por supuesto, señor.

Senlar se acercó a Denn. Durante un segundo, Denn creyó que iba a golpearlo. Lo habría preferido. Pero Senlar se quedó frente a él, mirándolo como si intentara reconocer una cara que el tiempo hubiera deformado.

Alrededor, el murmullo crecía. No lo bastante para romper la escena, sí para recordarle a todos que ya no estaban solos.

—¿Cuánto de lo que me contaste era cierto? —preguntó Senlar.

—Parte.

—¿Parte?

—C0 sí estaba oculto en la Tierra. Sí lo robé. Sí escapaba con él.

—¿Y el resto?

Denn no respondió.

La mandíbula de Senlar se endureció.

—¿La misión? ¿La orden de destrucción?

—No.

Gor miró a Senlar.

—Señor…

Senlar levantó una mano sin mirarlo. Gor calló.

Neil tiró el corazón de la fruta al suelo.

—Esto no puede quedarse entre nosotros.

—No necesito que me digas lo que puedo o no puedo hacer —dijo Senlar.

—No. Pero ellos sí necesitan saber por qué están aquí.

Senlar lo miró, y Denn vio algo peligroso en su rostro. No solo rabia. Algo más frío.

—Si conviertes esto en un espectáculo, Neil, te juro que…

—¿Que qué? —lo interrumpió Neil—. ¿Me arrestarás por revelar que el hombre al que has puesto a decidir sobre patrullas, comida y rutas de exploración es quien nos condenó a este planeta?

Senlar no respondió. Las voces cercanas empezaban a mezclarse.

Neil dio un paso hacia Senlar.

—No soy yo quien te está poniendo contra la pared.

—Basta —dijo Gor, más bajo de lo que pretendía.

Neil volvió la cabeza apenas.

—Tú también deberías escuchar bien.

Senlar respiró hondo. Su mirada pasó por Denn, por Gor, por los rostros detenidos a media distancia, por el camino interior que empezaba a llenarse de quietud.

—Lo llevamos adentro —decidió—. Ahora.

—No —dijo Neil.

Senlar lo miró despacio.

—¿Perdón?

Neil alzó apenas la voz, lo suficiente para que la frase llegara más allá de ellos.

—La fortaleza tiene derecho a saberlo.

—Baja la voz.

Neil miró hacia los hombres y mujeres que fingían no acercarse mientras ya estaban escuchando.

—Denn Bornew secuestró la estación.

Bren, que se encontraba cerca de uno de los soportes de la muralla, dio un paso al frente por puro instinto de oficial, apretando el arma contra el pecho mientras paseaba una mirada de advertencia sobre la multitud que empezaba a agitarse.

Primero hubo silencio.

Luego una voz, desde algún lugar cerca del comedor:

—¿Qué?

Otra, más lejos:

—¿Qué dijo?

Denn cerró los ojos.

Neil continuó, claro, sin gritar todavía.

—Él tomó S02-07. Él provocó los saltos. Él hizo que quedáramos varados aquí.

La gente empezó a acercarse.

No en masa todavía. No como una turba. Más bien como si todos hubieran oído algo que no podía pertenecer al mundo real y necesitaran verlo con sus propios ojos antes de creerlo.

Dani apareció, con las manos manchadas de tierra. Kein venía detrás de ella, pero ella lo detuvo con un brazo antes de que siguiera avanzando. Al otro lado del patio, C0-UN1 dejó en el suelo una carga de madera.

Denn lo vio girar la cabeza.

C0-UN1 empezó a acercarse.

Neil desenfundó su arma y apuntó al autómata mientras mantenía a la multitud bajo vigilancia.

—Quédate donde estás.

El patio se heló de nuevo.

C0-UN1 se detuvo.

Denn tiró de los retenedores.

—¡No hagas nada! —le gritó—. C0, no hagas nada.

El autómata obedeció.

Dani miró a Denn, luego a C0-UN1, luego a Senlar. No pidió explicación.

Las voces empezaron a romperse unas contra otras.

Juno apareció en el umbral de la enfermería provisional, deteniéndose en seco con un vendaje limpio entre las manos; la fijeza horrorizada de sus ojos oscuros reflejaba el mismo impacto que congelaba al resto del patio.

Varias voces estallaron desde la multitud:

—¿Es cierto?

—No puede ser.

—¿Él?

—Mi padre murió en el descenso.

—Senlar, diga algo.

—¡Diga algo!

Senlar subió a una caja baja junto al acceso del centro de vigilancia. No alzó el arma. No necesitó hacerlo.

—Silencio.

No bastó.

—¡Silencio!

Esta vez sí.

La voz de Senlar cortó el patio con una autoridad antigua, aprendida antes de aquel planeta, antes de la fortaleza, antes de que todos empezaran a fingir que sobrevivir juntos era lo mismo que estar a salvo.

—Nadie tocará a Denn Bornew —dijo—. Nadie tomará decisiones en medio del pánico. ¿Queda claro?

Algunos protestaron. Senlar los aplastó con la mirada.

—¿Queda claro?

Nadie respondió. Eso fue suficiente.

Neil bajó el arma lentamente, pero no la guardó.

—Interesante.

Senlar saltó de la caja y se acercó a él.

—Una palabra más frente a ellos, y te encierro.

Neil inclinó la cabeza apenas.

—No tenemos celdas.

—Improvisaré.

Durante un segundo pareció que Neil iba a sonreír. No lo hizo.