Capítulo XIV #4
Logró incorporarse. Tenía sangre en la boca. El Oso avanzaba sin prisa, como si solo esperara a que el muchacho aceptara la diferencia entre ambos.
Kani miró hacia un callejón lateral. Era estrecho, sucio, lo bastante angosto para darle alguna oportunidad.
Entonces sintió una presión en la nuca. No oyó ningún disparo, pero percibió una trayectoria alineándose con su cráneo. La mano izquierda del Oso descendía hacia la pistola de su cintura. Si corría en línea recta, moriría antes de alcanzar el callejón.
Kani se agachó, recogió una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas. El proyectil alcanzó la mano del vialiki justo cuando sacaba el arma. La pistola cayó y rebotó sobre el suelo.
Kani corrió hacia ella.
El Oso lanzó un tajo horizontal. El muchacho se encogió y la hoja le cortó varios mechones. Alcanzó la pistola, la sujetó y giró para apuntar, pero la bota del vialiki golpeó su mano y envió el arma lejos.
El Oso lo tomó por el cuello y lo levantó como si no pesara. Las piernas de Kani quedaron suspendidas; sus manos buscaron piel, aire, cualquier punto de apoyo. El rostro del vialiki se acercó, enorme, verde, y en sus ojos no había odio. Solo oficio.
Apoyó la punta de la espada contra el pecho del muchacho.
—Dasse Lak.
La hoja entró. Kani sintió primero el frío del metal y después el dolor. Volvió a ver el incendio, la nieve, las manos de su padre y la caída de Pequeño. La espada siguió hundiéndose.
Con las fuerzas que le quedaban, levantó ambas manos y golpeó al vialiki sobre los oídos con las palmas abiertas.
El Oso rugió y aflojó los dedos. Kani cayó junto a la espada, con el pecho abierto y el aliento roto. El vialiki retrocedió tambaleándose, con una mano contra la cabeza.
El ruido de la pelea había reunido testigos. Rostros asomaban en ventanas y esquinas, siempre a una distancia prudente. Habían venido a presenciar una ejecución.
Kani consiguió levantarse a medias. Vio la espada de solidio en el suelo e intentó alzarla con la mano derecha, pero era demasiado pesada. La herida del pecho ardía y el arma parecía hecha para otro cuerpo. La soltó. Entre los desperdicios encontró una barra larga de metal oxidado y la empuñó.
El Oso aún se recuperaba del golpe. Kani se abalanzó y descargó la barra una, dos, tres veces. El metal chocó contra el cuerpo del vialiki como si golpeara un muro. El Oso soportó los impactos, abrió los brazos y atrapó a Kani por el torso.
Empezó a apretar.
El aire abandonó los pulmones del muchacho. Las costillas crujieron y la herida del pecho se abrió más. Sin embargo, su cuerpo no cedió. El Oso había quebrado huesos mayores con menos esfuerzo. Tensó el rostro y aumentó la fuerza.
Kani intentó liberarse. La calle se estrechó ante sus ojos y los rostros se volvieron manchas. Echó la cabeza hacia atrás y golpeó al vialiki con la frente.
El impacto resonó como una colisión de piedras. Los brazos del Oso aflojaron. Kani apenas alcanzó a tomar aire antes de que el abrazo volviera a cerrarse.
Golpeó otra vez.
Algo se quebró en el cráneo del vialiki.
El Oso lo soltó y cayó hacia atrás. Kani se desplomó de rodillas, tosiendo, con la garganta en llamas y el pecho convertido en una mancha oscura. Los espectadores retrocedieron.
El vialiki volvió a levantarse. La sangre le corría por la frente, negra sobre la piel verde. Sus ojos ya no miraban una presa. Miraban algo que no comprendían.
Se arrojó sobre Kani.
El muchacho respondió con golpes. Algunos alcanzaron el rostro, ninguno lo detuvo. El Oso atrapó su brazo izquierdo con ambas manos y comenzó a torcerlo. Kani gritó. La presión aumentó hasta que sintió el punto exacto de la fractura.
El chasquido recorrió la calle.
Algunos testigos apartaron la mirada. El brazo de Kani quedó vencido, inútil. El Oso lo soltó y el muchacho cayó de espaldas.
Ya jadeando, el vialiki recuperó la espada y regresó. Kani intentó incorporarse, pero el pecho, el brazo y la garganta parecían pertenecer a cuerpos distintos. El Oso se colocó sobre él, con una pierna a cada lado, y alzó la hoja sobre su cabeza.
—Dasse Lak.
La espada descendió.
Kani volvió a sentir la trayectoria antes del golpe. Giró la cabeza contra el suelo. El filo se hundió donde un instante antes estaba su rostro y le quemó el pómulo al pasar. Las esquirlas de piedra le alcanzaron los labios.
Seguía vivo.
La barra oxidada estaba al alcance de su mano derecha.
La sujetó. Mientras el Oso arrancaba la espada del pavimento, Kani giró desde el suelo y le hundió el extremo en el pecho.
El metal apenas penetró. El vialiki gruñó, soltó por un instante la empuñadura y descargó el antebrazo sobre él.
Kani interpuso la mano, pero el golpe lo hizo rodar.
El Oso recuperó la espada.
Kani se levantó como pudo, cargando el peso sobre una sola pierna. El tajo llegó bajo y horizontal, dirigido al vientre. La vibración le atravesó las rodillas antes de que la hoja completara el recorrido. Saltó hacia atrás. El acero no lo partió, pero le abrió una herida larga en el abdomen.
La sangre brotó caliente. Kani retrocedió tambaleándose.
La calle era ya un círculo de rostros y respiraciones contenidas. Todo estaba manchado de rojo.
Kani buscó algo que pudiera usar. Cualquier cosa. Entonces vio la pistola detrás del Oso, cerca del borde del pavimento. Era su última oportunidad, pero el vialiki bloqueaba el camino con la espada preparada.
Kani se lanzó hacia un costado y se arrojó de frente, intentando pasar junto al Oso para alcanzar la pistola.
El vialiki giró sobre un pie y descargó la espada tras él.
Kani sintió la vibración antes que el dolor. El filo le cortó ambas piernas por debajo de las rodillas, pero el impulso ya lo llevaba hacia delante.
Golpeó el pavimento y siguió deslizándose.
El dolor llegó blanco, inmenso.
El Oso contempló al muchacho tendido en el pavimento, con las piernas cercenadas, un brazo roto y el cuerpo abierto.
Sonrió.
El vialiki alzó la espada para terminar el trabajo.
Kani ya tenía el arma al alcance de la mano.
La tomó, giró sobre sí mismo, levantó el arma y apuntó. El Oso avanzaba hacia él.
Kani disparó.
El impacto abrió el centro del pecho del vialiki. El Oso gritó. Dio dos pasos inseguros, dejó caer la espada y se desplomó de espaldas. Su peso hizo vibrar el pavimento.
Nadie habló.
Kani se arrastró hasta él, dejando una estela de sangre. Trepó con dificultad sobre el cuerpo y apoyó el cañón contra su cabeza.
El Oso lo miró. Por primera vez, sus ojos parecieron comprender.
—Dasse… —alcanzó a decir—. Dasse Lak.
El dolor seguía allí, pero se había alejado. También el miedo. También su nombre.
—No —dijo—. Yo soy la muerte.
Disparó.
Kani había vencido, pero se desangraba sobre el cuerpo del Oso. No tenía piernas, el brazo izquierdo colgaba inútil y cada respiración parecía la última. Los testigos no se movían. Nadie sabía si acercarse.
Entonces alguien se abrió paso entre ellos.
Era Khaelt. Llegó con el rostro desencajado, mirando el cadáver del vialiki, las piernas cercenadas y la sangre extendida bajo ambos cuerpos.
—Te llevaré con un doctor —dijo.
Kani apenas volvió la mirada hacia él.
—La espada.
Khaelt no pareció comprender, o no quiso perder tiempo. Se inclinó, pasó un brazo bajo el cuerpo herido de Kani y lo levantó. El muchacho quedó doblado sobre su hombro, cubierto de sangre, con el brazo izquierdo balanceándose.
—¡Espera!
—¿Qué ocurre? —preguntó Khaelt, ya dispuesto a marcharse.
Kani tomó aire. Su voz salió rota, pero clara.
—La espada, Khaelt.
—No tengo la fuerza para transportarte a ti y a esa cosa.
Khaelt dio un paso. Kani levantó apenas la cabeza desde su espalda.
—Ahora me pertenece.
Khaelt se detuvo. No había súplica en la voz del muchacho.
Uno de los espectadores se adelantó. Se aproximó a la hoja de solidio y vaciló antes de tocarla, como si temiera que aún obedeciera al muerto. Después la levantó con esfuerzo y la arrastró hacia ellos.
—Toma, muchacho —dijo.
Kani extendió la mano derecha desde el hombro de Khaelt. El hombre le entregó la empuñadura y sus dedos se cerraron alrededor de ella.
Khaelt reanudó la marcha. La espada de solidio se arrastró tras ellos.
El sonido fue áspero, prolongado, imposible de olvidar: el metal legendario raspando la piedra y extendiendo la sangre por la calle.
Los testigos se apartaban en silencio. Ya nadie miraba los restos del Oso, sino al muchacho mutilado que se alejaba sobre los hombros de otro joven mientras aferraba el arma que acababa de arrebatarle.
Uno de ellos habló:
—Ese chico ha ejecutado al asesino más peligroso del universo.
Otro preguntó en voz baja:
—¿Cuál es su nombre?
El hombre que había recogido la espada seguía mirando el rastro sobre el pavimento.
—Yo escuché el nombre —dijo—. El Oso lo pronunció antes de morir.
La multitud guardó silencio.
—Dasslak.
Nadie corrigió el error.
Desde aquel día, el nombre del joven quedó atrás.