Capítulo XIV #3
Una mañana Kani despertó y Pequeño no estaba. Al principio no se alarmó. Lo llamó todavía adormecido y buscó bajo los muebles, detrás de la silla, entre las mantas y junto a la estufa. Nada. La puerta seguía cerrada, pero la ventana de la cocina estaba entreabierta.
Entonces sintió miedo.
—Pequeño.
Salió. Buscó entre la maleza, en el granero vacío, junto al pozo y bajo los arbustos donde el gato cazaba insectos. Solo encontró marcas confusas en el barro. Pensó en el pueblo, en los perros, en unas manos adultas cerrándose alrededor de él. Echó a correr.
Lo buscó durante horas en callejones, comercios y terrenos ajenos.
Preguntó a los transeúntes, pero nadie le prestó atención; algunos se rieron.
Al atardecer emprendió el regreso con un nudo en la garganta.
Intentaba convencerse de que Pequeño ya habría vuelto y lo esperaba ante la puerta, ofendido, con aquella dignidad absurda que adoptaba cuando Kani se retrasaba.
Aceleró el paso.
Entonces vio el humo.
Una columna negra se alzaba donde estaba la casa, doblada por el viento y demasiado densa para permitir dudas. Kani reconoció el lugar antes de aceptar lo que veía. Después corrió. Corrió hasta que el pecho le ardió y el sendero se volvió un borrón. Al llegar, una oleada de calor le golpeó la cara.
La casa era una hoguera. Las llamas devoraban el techo, subían por las paredes y salían por las ventanas como lenguas vivas.
La madera crujía con violencia. Dentro ardía todo lo que quedaba de su familia: la mesa, las mantas, la silla de Pequeño, el ventanal desde el que había esperado durante meses.
Kani no gritó. Primero vio al hombre.
Estaba a un lado de la casa, cubierto de ceniza y hollín, más flaco, más viejo, más extraño. Su padre. O alguien con su rostro. Sostenía a Pequeño por el cuello con la mano derecha. El gato colgaba entre sus dedos, apenas retorciéndose, con las patas encogidas y los ojos desorbitados.
La voz de Kani se quebró.
—¿Papá…? ¿Qué ha pasado?
El hombre lo miró como si necesitara un momento para reconocerlo. Después apretó más los dedos alrededor del cuello del animal.
—Esta es mi casa —dijo—. Ya no puedes vivir aquí.
—¿Qué…? ¿Qué estás diciendo, papá?
Kani avanzó unos pasos y se detuvo. Aquellos no eran los ojos del hombre que recordaba. No había en ellos rabia ni cansancio, sino algo seco, vacío.
—Me has oído —repitió—. Vete.
—Pero…
—¡Vete de aquí!
El grito rasgó el aire. Kani retrocedió. Pequeño apenas se movía entre los dedos de su padre. Durante un instante, el niño creyó que aún podía salvarlo; que bastaría con correr, suplicar o encontrar las palabras correctas.
El padre arrojó al gato a sus pies. El cuerpo golpeó la tierra con un sonido seco, pequeño.
Kani miró a Pequeño, al incendio y al rostro de su padre. Esperó una explicación, un arrepentimiento, cualquier gesto que reconociera. El hombre se dio la vuelta y se alejó por el camino.
El niño cayó de rodillas. Recogió a Pequeño y lo sacudió con cuidado, temiendo hacerle daño.
—Pequeño…
El gato no abrió los ojos.
—Despierta.
Nada.
Kani lo estrechó contra el pecho hasta que la blandura del cuerpo le resultó insoportable. Entonces lloró, encorvado sobre sí mismo, mientras la casa terminaba de arder a su espalda. Las llamas consumieron lo último de su hogar. Llegó la noche.
Permaneció allí, abrazado a Pequeño frente a los restos. A veces el llanto se agotaba, pero el silencio le devolvía la imagen de su padre arrojando al animal y todo empezaba de nuevo. Cuando el fuego se extinguió, solo quedaron vigas negras, brasas enterradas y humo arrastrándose sobre la tierra.
No supo cuándo se quedó dormido. Despertó con la claridad gris de la mañana sobre el rostro y Pequeño inmóvil a su lado. Durante un instante creyó que había sido una pesadilla. Después olió la ceniza húmeda y vio las ruinas.
Kani tomó al gato y caminó hasta la colina donde estaba enterrada su madre. La hierba seguía cubierta de escarcha y la tierra se resistía. No tenía herramientas. Cavó con las manos.
Primero apartó barro y raíces. Después las yemas se abrieron y comenzaron a sangrar. Continuó. No quería dejar a Pequeño lejos de ella; no soportaba imaginarlo solo, como habían quedado todos. Cuando el hueco fue suficiente, acomodó dentro al animal. Parecía aún más pequeño bajo la tierra.
Lo cubrió y permaneció de rodillas ante las dos tumbas. Tenía demasiadas cosas que decir, pero ninguna consiguió salir. Al final apoyó una mano sobre la sepultura de su madre y la otra sobre la de Pequeño.
—Lo siento —murmuró, sin saber a cuál de los dos se dirigía.
Lloró un poco más, por última vez en su vida.
Cuando se levantó, miró las ruinas. Ya no quedaban hogar, padre ni espera. Sak, con sus praderas y su cielo despejado, le había mostrado lo que ocultaba bajo tanta belleza: otra forma del abandono.
Kani partió antes de que el miedo lo inmovilizara. Llegó al pueblo al caer la tarde, robó algo de comida y siguió caminando. Ya no buscaba respuestas ni preguntaba por su padre. Temía encontrarlo más de lo que temía perderse.
Durante los años siguientes cruzó aldeas, senderos, páramos, estaciones miserables y ciudades periféricas donde nadie recordaba su cara más de un día.
Robaba para sobrevivir, dormía donde podía y huía cuando era necesario.
Aprendió a entrar por ventanas estrechas, a reconocer una amenaza antes de que tomara forma y a mentir con la calma de quien no posee nada salvo su propio cuerpo. El miedo no desapareció. Cambió.
A los trece años llegó a una metrópoli enorme, ruidosa y corrupta, sostenida por el comercio, el crimen y las promesas baratas. Para otro niño habría sido un monstruo. Para Kani fue un refugio: había tantas sombras que ninguna importaba por sí sola.
Allí dejó de huir.
Sabía robar, ocultarse, escuchar y esperar. Sabía cuándo parecer débil y cuándo golpear primero. Una organización criminal reconoció su utilidad y le ofreció comida, un lugar donde dormir y encargos cada vez más graves.
Pasaron los años. Kani creció entre deudas, sangre, favores y callejones.
Se volvió fuerte, astuto y silencioso cuando convenía; insolente cuando el beneficio justificaba el riesgo.
Su nombre empezó a circular en los márgenes de la ciudad y terminó por alcanzar habitaciones donde aún no debía ser conocido.
Su reputación creció más rápido que él.
El hombre que llegó con el encargo de matarlo llevaba tiempo siguiendo sus huellas: acuerdos rotos, muertes menores, rumores de callejón y el ascenso imprudente de un muchacho que empezaba a invadir territorios ajenos.
Cuando se encontraron no hubo presentación.
Solo una calle estrecha, un atardecer gris y la repentina impresión de que el ruido de la ciudad se había retirado.
Kani lo vio aparecer al fondo de la calle.
Era vialiki. Su especie no pertenecía ni a la Unión ni a Autoro y mantenía con la primera una guerra abierta por territorio.
Los transeúntes retrocedieron antes incluso de reconocerlo.
Medía más de dos metros y avanzaba con una lentitud que no era prudencia, sino desprecio.
La piel verde, oscura y rugosa, se tensaba sobre un cuerpo descomunal.
Sus brazos colgaban a los costados con una naturalidad ofensiva.
Tenía el cráneo alargado y sin cabello, y unos ojos enormes, negros, sin fondo. No parecía enfadado. Eso era lo peor.
Llevaba una espada de solidio en la espalda.
Entre los vialiki, una hoja así no se compraba ni se heredaba: debía arrebatarse por la fuerza a quien la hubiese poseído antes.
Era un arma enorme y pálida, y descansaba sobre él como un veredicto.
La luz resbalaba por el filo sin conseguir fijarse en él.
Alguien susurró un nombre:
El Oso.
El ejecutor más célebre de su tiempo. Había matado a todos sus objetivos: nobles, oficiales, fugitivos, jefes criminales y mercenarios. En las tabernas repetían sus historias con el alivio morboso de quienes hablaban de muertes ajenas.
Kani conocía el arma y la reputación. También conocía el ritual.
El vialiki se detuvo a pocos pasos. Las voces se apagaron alrededor. Las piernas de Kani quisieron retroceder; él las mantuvo quietas.
Entonces el Oso habló.
—Dasse Lak.
Su voz fue grave, rugosa. En dialecto vialiki significaba: «Yo soy la muerte». Eso se decía. También que nadie escuchaba aquellas palabras dos veces. Cuando el Oso las pronunciaba, el combate se consideraba terminado aunque la víctima siguiera en pie.
Kani comprendió que todo lo aprendido en las calles significaba poco ante aquel cuerpo.
—¿Tú Kani eres? —preguntó el Oso.
Su acento deformaba las palabras sin quitarles fuerza. Kani tardó en responder.
—¿Qué pretendes?
El vialiki inclinó apenas la cabeza.
—¿Kani eres? —repitió.
—Soy yo.
El Oso hizo una breve pausa.
—Tu padre envió a matar.
El frío le recorrió la nuca.
—¿Mi padre?
El vialiki repitió la frase como si no necesitara explicación:
—Tu padre. Envió a matar.
Kani volvió a ver la casa en llamas, la mano cerrada alrededor del cuello de Pequeño y el cuerpo del animal golpeando la tierra. Su padre no había terminado aquella noche.
Miró al verdugo. Sintió miedo, pero la ira llegó primero.
Se lanzó contra el Oso.
El gigante reaccionó sin sorpresa. La espada abandonó la vaina con un sonido limpio, casi armonioso, extraño en aquella calle sucia. El primer golpe descendió con fuerza suficiente para abrirlo desde el hombro hasta la cadera.
Kani sintió el impacto antes de que ocurriera. No fue una deducción, sino una vibración seca en los huesos, una alarma sin voz. Se apartó en el último instante. La hoja golpeó el pavimento y abrió una grieta en la piedra.
Retrocedió con la respiración acelerada. El Oso giró con una agilidad imposible para su tamaño y lo alcanzó con el brazo libre. El golpe barrió a Kani como una viga de acero. Cayó de espaldas, con la visión llena de destellos blancos y la conciencia a punto de abandonarlo.