Capítulo XIV #2
Volver. Regresar al humo, a las fábricas y al aire con sabor a metal. Aceptar que Sak no había sido una oportunidad, sino una promesa que se pudría despacio. La alternativa era morir de hambre.
El padre vendió los últimos objetos de valor, revisó cajones vacíos y contó las monedas sobre la mesa. El dinero alcanzaba para un boleto. Uno solo. Kani tendría que quedarse en la casa unos días, hasta que él consiguiera trabajo y pudiera enviarle alimento o regresar a buscarlo.
La despedida fue breve. El padre se arrodilló, le acomodó el cuello del abrigo y le sostuvo el rostro entre las manos. Por un instante, Kani reconoció al hombre que reía al alzarlo y hablaba de sembrar la tierra. Después solo vio el cansancio.
—Volveré pronto —prometió.
Kani asintió sin preguntar si estaba seguro. Lo vio alejarse por el sendero blanco hasta que la nieve lo devoró.
Después comenzó la espera. Racionó la última porción de pan con una disciplina extraña para su edad: un bocado al amanecer, otro cuando el estómago protestaba demasiado.
A veces lo conservaba intacto hasta la noche solo para sentir que aún poseía algo.
Se envolvía en varias mantas y permanecía junto a la ventana, vigilando el camino por donde debía aparecer la silueta de su padre.
Pasaron los días. Al principio Kani no perdió la fe.
Se repetía que el trayecto era largo, que la nieve retrasaba los transportes y que tal vez su padre ya trabajaba y necesitaba algo más de tiempo.
Lo imaginaba cruzando la puerta con comida y una sonrisa verdadera.
Cada crujido de la madera lo hacía levantar la cabeza; cada sombra en la blancura adquiría forma humana.
Cuando el sendero volvía a quedar vacío, se acurrucaba contra el vidrio y apretaba las mantas contra el pecho.
Los víveres se agotaron. Primero desaparecieron los restos; después, las migajas que había guardado. Al final no quedó nada salvo agua helada, platos vacíos y el crujido de la madera bajo el frío. Su padre no regresaba.
Durante un tiempo se obligó a esperar, reuniendo excusas nuevas: la nieve, la distancia, los contratos. Una mañana ya no encontró ninguna. Se puso el abrigo y salió.
El camino hacia el pueblo fue un suplicio.
La nieve se filtraba en el calzado y le entumecía las piernas.
Varias veces tuvo que detenerse porque el paisaje parecía inclinarse a su alrededor.
Apretaba los dientes, recuperaba el aliento y continuaba.
Su padre jamás lo habría dejado solo tanto tiempo sin una razón. Algo había ocurrido.
Llegó al pueblo tiritando. Fue de puerta en puerta; detuvo a hombres que cargaban leña, a mujeres con cestos y a mercaderes que cerraban sus puestos al verlo acercarse.
—¿Ha visto a mi padre?
Algunos negaban con la cabeza. Otros lo ignoraban. Todos cargaban su propia hambre y reservaban para sí la poca compasión que les quedaba. Kani pasó horas repitiendo la misma pregunta. Cuando la respuesta volvía a ser nada, miraba las manos ajenas, los fardos, cualquier cosa que pudiera comerse.
—Entonces… ¿me podría regalar un pedazo de pan?
Nadie accedió.
Al atardecer, el pueblo se cerró sobre sí mismo. Las ventanas se encendieron y proyectaron sombras reunidas alrededor del calor. Kani permaneció en la calle, con las mejillas quemadas por el frío y un vacío en el estómago que ya ni siquiera dolía.
Entonces vio las manzanas. Estaban en una caja junto a la entrada de una tienda.
Eran pocas; algunas tenían manchas y otras estaban castigadas por la escarcha, pero eran rojas, reales, imposibles de ignorar.
Kani observó al tendero, ocupado con un cliente, miró la calle y después sus propias manos. No pensó en robar. Pensó en morder.
Tomó tres y las escondió bajo el abrigo.
Nadie gritó ni salió tras él, pero echó a correr como si todo el pueblo se hubiera levantado para perseguirlo.
Resbaló una vez, se incorporó con nieve en las rodillas y siguió.
El pulso le golpeaba los oídos con tanta fuerza que apenas escuchaba el viento.
Esperó en cada esquina que una mano lo sujetara por el cuello o que su padre apareciera para descubrir lo que había hecho.
Nada ocurrió.
Al llegar a la casa, atrancó la puerta y vigiló el sendero.
Nadie lo había seguido. Solo entonces sacó las manzanas y las dejó sobre la mesa como si fueran objetos malditos.
Las enseñanzas de sus padres regresaron con una claridad cruel: la voz dulce de su madre y la decepción silenciosa de su padre, que dolía más que cualquier castigo.
Kani tomó una manzana y la mordió. El jugo frío le llenó la boca y el hambre, lejos de calmarse, despertó con violencia. Devoró la fruta llorando en silencio, con las manos temblorosas y los hombros encogidos, todavía a la espera del golpe en la puerta. Sabía a culpa, pero también a vida.
Las semanas pasaron y su padre no regresó. Al principio Kani contaba los días. Después empezó a equivocarse y abandonó el intento. La casa permanecía en pie, fría, custodiada por la tumba de la colina y por el sendero vacío ante la ventana.
La necesidad lo obligó a aprender. Sus primeros hurtos fueron torpes: una fruta, un trozo de pan, una tira de carne seca que casi se le escapó por el temblor de los dedos.
Con el tiempo aprendió a observar antes de acercarse, a esperar el ruido adecuado y a ocultar la comida sin alterar el paso.
Descubrió qué comercios cerraban tarde, qué mercaderes solo gritaban y cuáles perros mordían.
Dos veces estuvieron a punto de atraparlo, pero nadie sabía dónde vivía y nadie se aventuraba hasta la casa.
El invierno empezó a retirarse. La nieve adelgazó en los senderos, el lodo reapareció y las noches se volvieron menos crueles.
Kani ya no dormía tiritando, pero el deshielo no trajo respuestas.
La luna natal parecía haberse tragado a su padre como antes había hecho con su hermano.
A veces intentaba odiarlo. Nunca lo conseguía.
Una tarde, de regreso del pueblo, encontró un gato junto al camino.
Era flaco y blanco, con manchas grises sobre el lomo y unas orejas demasiado grandes para su cabeza.
Mantenía una pata delantera suspendida, indeciso entre huir o desplomarse.
Kani se detuvo; el animal hizo lo mismo.
Durante unos segundos se observaron con desconfianza.
El niño llevaba un pedazo de carne envuelto en tela. Lo sacó despacio.
—Come esto, muchacho —le dijo.
Dejó el alimento en el suelo y retrocedió. El gato olfateó el aire, miró al niño, después al sendero y finalmente a la carne. Se acercó con cautela y la devoró en dos bocados.
Kani reanudó la marcha. El gato lo siguió a distancia, ocultándose en la hierba y reapareciendo cuando el niño fingía no prestarle atención. Kani se detuvo varias veces para ahuyentarlo.
—No vengas.
El gato se sentaba. Kani avanzaba. El animal retomaba el rastro.
Así llegaron a la casa. Kani se quedó junto a la puerta, con la mano en el picaporte. Dentro hacía frío, la comida era escasa y el gato parecía capaz de desaparecer con el primer viento. Se había sentado ante el umbral y lo miraba como si la decisión no le perteneciera al niño.
Kani suspiró.
—Solo esta noche.
Compartió el resto de la comida con el felino.
El gato durmió junto a la estufa apagada, convertido en un ovillo de huesos y pelo.
A la mañana siguiente seguía allí; a la otra, también.
Kani lo llamó Pequeño. Era menudo, silencioso y parecía avergonzarse de sus propios maullidos.
Nunca creció demasiado, o quizá Kani siempre lo vio igual: una criatura mínima que el mundo podía borrar sin esfuerzo.
Pequeño aprendió pronto la geografía de la casa. Convirtió una silla rota en su trono, una manta vieja en su territorio y el pecho de Kani en refugio durante las noches frías. Lo acompañaba a la colina y esperaba entre la hierba mientras el niño hablaba con la tumba.
En casa, era a Pequeño a quien Kani le contaba que su madre reía de una forma particular al amasar el pan, que su hermano corría más rápido que nadie y que su padre no era un hombre malvado. Le decía que regresaría. Que, con seguridad, regresaría.
Pequeño solo parpadeaba, y a Kani le bastaba.
También lo seguía hasta el pueblo. Kani intentaba espantarlo antes de llegar a las calles principales, pero el animal siempre encontraba la manera de continuar tras él.
Una vez, mientras el niño escondía unas zanahorias bajo el abrigo, Pequeño derribó una caja vacía.
El estruendo hizo salir al tendero. Kani huyó entre risas nerviosas y miedo verdadero, mientras el gato corría por delante como si todo formara parte de un juego.
Aquella noche cenaron zanahorias. Pequeño las olfateó con desprecio.
—No te quejes —le dijo Kani—. La culpa ha sido tuya.
El gato se lamió una pata y lo ignoró.
Desde entonces, Kani empezó a hablarle más.
Le contaba cómo sería el regreso de su padre mientras remendaba la ropa, repartía la comida o vigilaba el sendero desde la ventana.
Cuando la realidad dolía demasiado, hablaba de las nubes, los insectos o los crujidos nocturnos de la casa.
Pequeño permanecía cerca. El silencio seguía allí, pero ahora lo cruzaban unas pisadas suaves; por la mañana había dos ojos esperándolo y, por la noche, un cuerpo tibio contra sus costillas.
Kani siempre reservaba una porción para él, aunque tuviera que quitarla de la suya.
Cumplió diez años sin saber con certeza qué día.
No hubo pastel, velas ni abrazos; solo una mañana menos fría que las anteriores, un trozo de pan robado y Pequeño dormido sobre sus piernas.
Su padre pertenecía ya a una época borrosa.
No lo había olvidado, pero algunas ausencias, cuando duran demasiado, terminan pareciéndose al clima: persisten, pesan, lastiman, y uno aprende a caminar a través de ellas.