Capítulo XIV
El Joven Que Perdió Su Nombre
Kani. Ese era su nombre. Nació, igual que su hermano mayor, en una luna inmensa que orbitaba un gigante gaseoso, en uno de los Sistemas Terciarios de la Unión Galáctica.
Vista desde la distancia, la luna era hermosa: una esfera blanca herida por luces industriales, suspendida junto a un mundo descomunal.
De cerca era humo, metal caliente y cansancio.
Las ciudades mineras ignoraban el silencio; las fábricas respiraban día y noche y teñían las ventanas con una costra aceitosa.
Allí el aire sabía a hierro y las calles temblaban bajo la maquinaria pesada.
Allí creció Kani. Durante sus primeros años se creyó afortunado.
Su hogar era pequeño para cuatro personas y el polvo se filtraba por las rendijas, pero la ciudad no había conseguido devorar el afecto entre aquellas paredes.
Su madre le acariciaba el cabello cuando lo creía dormido.
Su padre regresaba con las manos agrietadas y los ojos rojos tras la jornada, pero siempre encontraba fuerzas para sonreírle.
Y su hermano, apenas cinco años mayor, lo protegía de los demás niños, de los perros flacos de los callejones y de la tristeza que parecía alcanzar demasiado pronto a quienes nacían allí.
Desde que Kani nació, sus padres trabajaron con una obstinación feroz.
Ya no les bastaba con sobrevivir. Durante ocho años acumularon monedas, favores, turnos dobles y noches en vela.
La madre vendió objetos que nunca había pensado abandonar; el padre aceptó tareas que otros rechazaban por peligrosas.
Cada sacrificio sostenía una promesa: algún día se irían.
Algún día.
La desgracia llegó cuando faltaban apenas unas jornadas para partir.
El hermano de Kani murió en un accidente, en una zona congestionada donde grúas, trenes de carga y plataformas industriales se cruzaban como bestias ciegas.
Nadie supo explicar con certeza lo ocurrido.
Hubo un estruendo, gritos, una alarma tardía; después, solo humo y cuerpos corriendo sin rumbo.
Sus padres jamás volvieron a ser los mismos.
La madre se quebró en silencio. Permanecía durante horas con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en un punto de la pared.
El padre endureció la mandíbula y redujo sus palabras al mínimo.
Nada le devolvería al primogénito, pero aún le quedaba un hijo.
Debían marcharse antes de que aquel lugar reclamara también a Kani.
El padre adquirió una propiedad en las afueras de un poblado diminuto, en un planeta cercano llamado Sak.
No era una gran posesión para los estándares de la Unión, pero para ellos representaba un milagro: tierra abierta, praderas, árboles y agua sin olor a óxido; un lugar donde el horizonte no moría contra las chimeneas.
Al llegar, Kani sintió que el mundo se ensanchaba.
El aire entraba limpio, frío, casi dulce.
La vegetación se extendía en todas direcciones y entre ella había insectos, criaturas pequeñas y aves que cruzaban el cielo sin dejar estelas de hollín.
Sak había sido terraformado por la Unión, pero Kani no necesitaba comprenderlo.
Le bastaba con quedarse inmóvil en mitad de la pradera y contemplar todo lo que su hermano no había alcanzado a conocer.
La propiedad les parecía enorme, un espacio donde construir un porvenir.
El padre hablaba de sembrar, comerciar en el pueblo, reservar lo necesario y convertir el excedente en futuro.
Habían invertido hasta la última moneda y no quedaba dinero para una escuela.
Kani tenía ocho años y brazos pequeños, pero podía trabajar la tierra hasta que la situación mejorara.
Eso decidió el padre. La madre no dijo nada.
La nueva vida comenzó bajo un cielo despejado, entre llanuras interminables y una casa demasiado callada. Kani ignoraba que aquel silencio no era paz. Era espera.
Con el paso de los días, la madre se alejó aún más.
Se sentaba junto a la ventana, doblaba la ropa, removía el caldero y volvía la mirada cuando le hablaban, pero parecía haberse quedado en la luna de humo, en el punto exacto donde había muerto su primogénito.
A veces Kani la encontraba contemplando los campos con una quietud que le daba miedo interrumpir.
El padre no le exigía que sanara. Le servía el plato antes que a nadie, le acomodaba la manta sobre los hombros y apoyaba la mano sobre la suya cuando creía que Kani no los miraba. Ella casi nunca retiraba los dedos, pero tampoco correspondía al gesto.
Entonces llegó el frío. Primero fue una costra dura sobre la tierra, una sombra más larga en las praderas y el aliento condensado al amanecer.
Después las noches empezaron a cerrarse antes de tiempo y el viento descendió de las colinas con una paciencia implacable.
En aquella región de Sak las estaciones eran irregulares: los veranos podían calcinar el suelo durante meses y los inviernos instalarse como una enfermedad.
Los cultivos resistieron al principio. Kani y su padre cubrieron los surcos, reforzaron las cercas y cavaron canales.
Cada mañana salían antes del alba para palpar los tallos.
Algunas hojas amanecían negras; otras, quebradizas.
La vida que habían cuidado durante meses comenzó a replegarse bajo la tierra.
El padre tardó en decirlo, pero ambos lo sabían: la cosecha no los salvaría.
Entonces la madre enfermó. Comía apenas, dormía mal y la fiebre le encendía los ojos. Su voz, ya escasa, desapareció por completo.
El padre iba al pueblo en busca de empleo, medicinas o cualquier ayuda.
Regresaba de noche, con escarcha en la barba y lodo endurecido en las botas, pero lo que traía nunca bastaba.
El invierno también había castigado al poblado: portones cerrados, jornaleros sin trabajo, mujeres racionando las reservas y niños pálidos tras los cristales.
Nadie tenía excedentes. Nadie podía salvar a nadie.
En la casa solo quedaban unas pocas conservas, un resto de harina, agua helada y silencio.
Kani aprendió a reconocer el hambre. No solo estaba en el estómago: se veía en el modo en que su padre partía el pan, en la pausa antes de ofrecerle el pedazo más grande y en los dedos temblorosos con que su madre rechazaba la comida.
Una noche la nieve sepultó las ventanas y el viento golpeó la casa como si quisiera derribarla.
El padre pasó horas junto al lecho, cambiando paños húmedos y murmurando palabras que Kani no alcanzaba a entender.
La madre respiraba con dificultad, hundida entre mantas, tan liviana que parecía a punto de desaparecer en la blancura de la habitación.
Kani permaneció en el umbral hasta darse cuenta de que estaba llorando.
En algún momento de la madrugada, el padre dejó de moverse. No gritó ni pidió ayuda. Se quedó inclinado sobre el cuerpo, con una mano sobre la sábana y la otra estrechando los dedos fríos de su esposa.
La casa pareció ensancharse alrededor de ellos.
A pesar del temporal, el padre la cargó antes del amanecer.
La envolvió con cuidado, como si el frío aún pudiera lastimarla, y caminó hacia una colina cercana.
Kani lo observó desde la ventana de su habitación: lo vio avanzar contra la ventisca, hundirse a cada paso y desaparecer por momentos entre las ráfagas.
Durante un rato creyó que volvería de inmediato, que solo la dejaría en algún lugar próximo. Pero el padre comenzó a cavar.
La tierra estaba endurecida por la helada.
La herramienta rebotaba y apenas arrancaba fragmentos oscuros que la nieve cubría al instante.
Kani apretó las palmas contra el cristal e imaginó salir, hundir los pies en la nieve y ayudarlo con sus propias manos.
Pero también imaginó la puerta abierta, la ventisca invadiendo la casa y el poco calor escapando. No salió. Se limitó a observar.
Transcurrieron las horas. La luz cambió sobre la colina, pero el paisaje permaneció blanco e indiferente.
El padre cavaba como si luchara contra un enemigo invisible.
A veces se detenía, doblado por el esfuerzo, y Kani temía que no volviera a levantarse.
Poco después, la herramienta se alzaba otra vez.
Mucho más tarde lo vio arrodillado ante la fosa ya cerrada. La nieve caía sobre él y sobre la tumba. Kani apoyó la frente contra el cristal y comprendió que Sak ya no era el escenario de un nuevo comienzo. Era un lugar más silencioso, donde los muertos no hacían ruido, pero lo ocupaban todo.
Tenía nueve años y no sabía qué hacer con aquello.
Podía recoger leña, asegurar las ventanas, racionar el pan y fingir que no tenía hambre.
Podía hablarle a su padre de los campos, de la nieve, de cualquier cosa que no fuera la colina.
Nada lograba alcanzarlo. El hombre asentía, respondía de vez en cuando e incluso intentaba sonreír.
Kani sabía que eran intentos. También sabía cuánto le costaban.
Los días pasaron y el invierno no cedió.
La nieve borraba los senderos, los surcos y las huellas de una mañana a la siguiente.
La casa se vació de sonidos, comida y promesas.
Como cada semana, el padre partió hacia el pueblo antes del alba.
Regresó al anochecer, más encorvado, con nieve en los hombros y una rigidez amarga en el rostro.
Kani supo que volvía con las manos vacías antes de que hablara.
—No hay trabajo, hijo —dijo al fin, sin quitarse los guantes—. Y nadie quiere comprar la propiedad. No ahora. No en este invierno.
El niño permaneció inmóvil junto a la mesa. Su padre guardó silencio y miró hacia la ventana, como si el camino de regreso ya lo esperara al otro lado.
—Tengo que volver a la luna donde naciste. Tal vez pueda recuperar mi antiguo puesto.