Capítulo XIII #3
—Tóralo está en el sistema Henn, muy lejos de los Sistemas Primarios. Para mi abuela, vivir allí ya era una forma de destierro. Sus padres nacieron en la Tierra y llegaron durante la Gran Migración.
Denn conocía el nombre por los libros: cifras, fechas y mapas atravesados por flechas limpias.
—Mi abuela decía que sacaron a sus padres de la Tierra con promesas: trabajo, aire limpio, futuro. Cuando su padre vio el cielo de Tóralo, entendió que no los habían elegido para empezar de nuevo. Los habían apartado.
Dani se limpió tierra del pulgar con la uña.
—Era un mundo de metal y viento seco. Aun así, terminó siendo nuestro hogar. Estos ojos siempre nos lo recordarán.
—¿Tus ojos?
—Lo habrás notado. No son discretos.
—No hay nada en ti que lo sea.
Dani sostuvo su mirada un instante y volvió al huerto.
—Hubo un problema con el agua o con unas raíces cerca de los depósitos. Un microorganismo local empezó a matar gente. La Unión los salvó con terapia genética; corrigieron los daños y contuvieron la infección. La terapia también dejó otra cosa: estos ojos.
»Cuando mi abuela nació, ya los tenía. Decía que era la marca de Tóralo, para que nunca olvidáramos que nuestro hogar había empezado como un destierro.
La luz hacía vibrar el verde claro de sus iris.
—Para la mayoría es solo un rasgo bonito —continuó—. Mi abuela hablaba de otra cosa: de Tóralo, de la Unión y de las promesas. Cuando mis padres murieron, Kein y yo nos fuimos a vivir con ella.
Denn dejó quietas las manos.
—Fue un accidente de transporte entre ciudades. Nada heroico. Nada especial. Una de esas muertes que no aparecen en ninguna parte porque ocurren demasiado rápido y solo destruyen el mundo de dos o tres personas.
El viento agitó las hojas del emparrado.
—Mi abuela ya era vieja entonces. Vieja de verdad; de las pocas que todavía elegían serlo. Llevaba casi dos siglos encima. Nunca quiso rejuvenecimientos ni reajustes ni nada que oliera a la Unión metiéndole otra vez la mano en la sangre. Decía que ya habían hecho suficiente con su familia.
Dani sonrió para sí.
—Era terca. Terriblemente terca. Murió a los ciento noventa y seis, enfadada como vivió. Hace poco más de cuatro años.
—Lo siento.
—Yo también. Después nos quedamos solos. Yo podía alimentarlo, podía conseguir que tuviera una vida decente en Tóralo, pero Kein necesitaba algo más.
—¿A qué te refieres?
—A la Tierra. Ahorré durante años, vendí recuerdos, acepté trabajos horribles. Conseguí que lo admitieran. No para pasear. Para darle una oportunidad real.
El pulgar de Denn se detuvo contra el índice.
—Llegamos a la estación porque yo lo llevaba a empezar de nuevo —dijo Dani—. Y entonces ocurrió todo esto.
Denn miró las manos de ella, todavía cubiertas de tierra.
—Dani…
Ella se volvió al oírle la voz.
—¿Qué pasa?
Denn apretó el índice con el pulgar.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por lo que perdiste.
Dani suavizó la mirada.
—No fue culpa tuya.
Denn expulsó aire por la nariz. No llegó a ser una risa.
—Pero…
—Denn. Estoy bien.
Él miró las flores reunidas bajo el emparrado. Las que aún rebosaban color y las que ya estaban marchitas.
—¿Qué oportunidad era esa? ¿Qué iban a hacer en la Tierra?
—Una academia.
—¿Qué clase de academia?
Dani se tensó. Miró hacia el patio y después hacia la entrada del huerto. No había nadie cerca.
—Prométeme que no se lo dirás a nadie.
Denn se enderezó.
—Te lo prometo.
—No, Denn. De verdad.
—No diré nada.
Ella buscó algo en su rostro antes de hablar.
—Kein es una convergencia.
La vibración que Denn había sentido en el niño regresó a su memoria. También las palabras de Senlar: las convergencias se atraen.
Dani cerró los dedos sobre la tela del pantalón.
—No es peligroso.
—Lo sé.
—No entiende bien lo que le pasa. A veces sueña cosas. A veces dice cosas raras. Pero es bueno. Es solo un niño.
—Dani, lo sé.
Los dedos de ella se aflojaron.
—La academia era para eso. Para ayudarlo. Para que no creciera pensando que tenía algo malo. Para que aprendiera a usarlo sin miedo.
Denn bajó la mirada.
—Senlar podría ayudarlo.
Dani parpadeó.
—¿Senlar?
—Podría entrenarlo. No como a un soldado. Ayudarlo a concentrarse, a controlar el cuerpo, a no asustarse de sí mismo.
Ni Dani ni nadie sabía que Senlar entrenaba a Denn para algo más que defenderse. Para los demás, aquellos ejercicios solo servían para mantenerlo preparado en un mundo donde cualquier descuido podía costar una vida.
—¿Crees que serviría? —preguntó Dani.
—Sí.
Ella respiró hondo.
—¿Y no le dirás por qué?
Denn tardó apenas un instante.
—Le diré solo lo necesario, si tú quieres. O no le diré nada. Pero Senlar no va a usarlo contra él.
Dani inclinó la cabeza.
—Gracias.
Se puso de pie y recogió la regadera.
—Ve. Tienes trabajo. Y yo también.
Denn salió del huerto. Dani quedó de espaldas bajo el emparrado, acomodando la tierra alrededor de una planta. Él caminó hacia su cabaña con la mandíbula rígida y el índice rozando el pulgar.
No llegó a entrar.
C0-UN1 cruzaba hacia el almacén común con dos cajas apiladas entre los brazos. Denn lo siguió.
El interior olía a polvo, madera y metal húmedo. Rollos de cuerda ocupaban una pared; había estantes torcidos, herramientas colgadas de clavos, lonas dobladas y cajas abiertas bajo una franja de luz que entraba por el techo mal sellado.
C0-UN1 dejó la carga sobre una mesa.
—¿Qué sucede, Denn?
Denn comprobó que no hubiera nadie a la vista. Cruzó hasta él, le tomó el brazo con más fuerza de la necesaria y lo llevó detrás de una hilera de estantes altos.
—Ya no lo soporto.
—¿A qué te refieres?
—A esto. A lo que les hice. Por mi culpa están todos aquí. Si no hubiera robado esa estación, Kein y Dani estarían en la Tierra. Los demás seguirían con sus vidas. Estarían a salvo.
C0-UN1 permaneció inmóvil frente a él.
Del otro lado de los estantes, agachado entre dos cajas abiertas, Neil Gobi dejó de mover las manos.
No hizo ningún ruido.