Capítulo XIII #2
Una mañana atacó sin aviso. Denn sintió la vibración antes de ver moverse el hombro de Senlar y desplazó el peso hacia atrás. El puño pasó junto a su rostro.
Senlar giró sobre el talón y barrió sus piernas. Denn corrigió el apoyo a tiempo, pero recibió el golpe siguiente en el antebrazo.
—Otra vez —dijo Senlar.
Repitieron la secuencia hasta que a Denn le ardieron los músculos.
En el último intento, la vibración llegó primero: una tensión mínima en el aire, la intención del cuerpo ajeno antes del movimiento.
Denn esquivó, entró en el espacio de Senlar e interceptó el golpe.
Esta vez intentó responder de inmediato, pero Senlar ya había retrocedido cuando su puño cortó el aire.
Senlar lo observó.
—Tarde.
Denn recuperó la postura.
—Eres demasiado rápido.
—No más que tú.
Una notificación apareció en el campo visual de Senlar. La abrió con un gesto breve y permaneció unos segundos leyendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Denn.
—Mara. Uno de los drones detectó una criatura en el sector sur y la siguió durante un rato. No pasó nada, pero el sensor de tierra nunca la registró. Y no es la primera vez. Ya lo habían recalibrado.
Senlar cerró el mensaje.
—Voy a echarle un vistazo.
Denn asintió y empezó a apartarse.
—Ven conmigo.
Se detuvo.
—¿Yo?
Senlar recogió del suelo uno de los bastones de entrenamiento y lo dejó junto a los demás.
—Quiero una segunda opinión.
A partir de entonces, Senlar empezó a incluir a Denn en las salidas con grupos pequeños.
Le pedía que comparara el terreno con los mapas, que eligiera rutas o señalara lugares a los que convenía regresar.
Las conversaciones seguían siendo breves.
Algunas terminaban en una corrección; otras, en una orden.
Pero la confianza volvía.
Y con C0-UN1, la distancia seguía acortándose.
Senlar lo vio retirar plantas dañadas del huerto con Dani, cargar materiales y repartir comida. A veces alguien le tendía una herramienta sin mirarlo siquiera; otras, lo llamaban desde el otro lado del patio para pedirle ayuda.
Una tarde lo encontró escuchando a Wallace bajo la claridad verdosa.
—Hay microorganismos que viven suspendidos en la atmósfera —explicaba Wallace—. Por lo que hemos visto, no son peligrosos para los humanos. Al amanecer y al atardecer, la luz de la estrella entra en un ángulo bajo y atraviesa muchos más antes de llegar hasta nosotros. Por eso llega teñida de verde.
C0-UN1 alzó la vista.
—Es hermoso.
Wallace siguió su mirada.
—Y fascinante —añadió Wallace.
Horas después, cuando ya había oscurecido, Kein le pidió que lo levantara. C0-UN1 lo sostuvo rígido por encima de su cabeza mientras el niño extendía los brazos y otros niños corrían a su alrededor bajo las luces.
Senlar los observó desde el corredor del comedor.
A la mañana siguiente encontró al autómata cerca del almacén.
—C0.
El autómata se volvió hacia él.
Senlar le tendió un rollo de cable.
—Llévalo a la torre occidental. Que Mara compruebe la conexión antes de fijarlo.
—De acuerdo.
C0-UN1 se marchó con el cable. Senlar regresó a la lista que estaba revisando.
Poco a poco, la fortaleza adquirió un ritmo propio.
La vida se concentraba alrededor del patio interior, convertido también en plaza.
Las cabañas lo rodeaban y tanto el centro de vigilancia como la enfermería provisional se abrían hacia él.
El huerto crecía a pocos metros; el almacén quedaba junto al camino que llevaba al comedor, y, más cerca de la muralla, se extendía la zona de entrenamiento con sus cobertizos.
Los turnos terminaron de ordenar lo demás.
Había patrullas, salidas de reconocimiento y guardias; otros reparaban estructuras, cocinaban, trenzaban fibras, cuidaban a los niños o transportaban agua.
La pesca dejó de ser una medida desesperada y la caza se volvió selectiva.
Dani extendía el huerto hilera tras hilera mientras Wallace y Olyr examinaban cualquier especie nueva antes de que alguien pensara en comerla.
Al anochecer, las personas empezaron a repetir mesas. Los platos pasaban de mano en mano antes de que alguien los pidiera. Los niños ya sabían a quién buscar cuando necesitaban algo y qué oficiales toleraban mejor sus preguntas.
También habían tenido suerte.
Ninguna criatura había puesto a prueba las defensas.
Los coracinos continuaban rondando la muralla y retirándose después de observarla.
No volvieron a ver una bestia como la que el río se había tragado el primer día.
Tampoco hubo ataques desde el aire. Aun así, bastaba una sombra contra las lunas para que quien estuviera de guardia levantara la vista.
La fortaleza empezaba a parecer un hogar.
Seguía siendo una cosa pequeña, iluminada en medio de un mundo que todavía la estudiaba.
⟡ ⟡ ⟡
La mañana estaba alta cuando Denn pasó junto al huerto. Tenía la camisa pegada a la piel y una fatiga limpia en los hombros después del entrenamiento. A esa hora, voces, herramientas y pasos llenaban el patio.
Dani retiraba hojas secas de una hilera de plantas bajas. Llevaba el cabello recogido sin cuidado; algunos mechones se le habían pegado a las mejillas. Las manos manchadas de tierra se movían despacio entre los tallos.
Denn se detuvo junto a la cerca.
—Buenos días, señorita.
Dani apartó una hoja marchita, la dejó en la cesta y solo entonces lo miró.
—Buenos días, soldado.
Denn arqueó una ceja.
—¿Soldado?
—¿Ya dejaste de serlo? Vienes sudado, golpeado y con cara de haber perdido una guerra.
—Eso se llama entrenamiento.
—Una guerra pequeña, a su manera.
Denn mantenía la mano derecha detrás de la espalda. Dani apoyó una mano en la cadera.
—Déjame adivinar. Hoy me traes una piedra muy especial, de esas que solo se encuentran en el suelo.
—Me ofendes.
—Entonces una hoja seca.
—De esas ya tienes de sobra.
—Un insecto muerto.
—Dani.
Ella sonrió.
—Está bien. Me rindo.
Denn mostró la flor. El tallo oscuro sostenía pétalos estrechos, casi translúcidos en los bordes. El tono nacarado se hundía en un ámbar profundo hacia el centro, atravesado por vetas semejantes a filamentos de luz.
Dani la recibió con ambas manos.
—Esta no la había visto.
—Crece entre rocas, en unas colinas al otro lado del río. Casi no había más.
—Entonces robaste una flor solitaria.
—La rescaté de una vida miserable.
Dani soltó una risa baja.
—Puedes olerla. Wallace dice que es segura.
Ella acercó la flor al rostro.
—Es bonita. Rara, pero bonita.
—Como tú cuando te enfadas.
Dani lo miró de lado e infló los mofletes.
—Estoy segura de que eso sonó mejor en tu cabeza.
—Mucho mejor.
Colocó la flor en un recipiente de metal, a la sombra del emparrado. Había otras allí: algunas frescas, otras vencidas y dobladas sobre el borde.
—No pongas esa cara —dijo Dani.
—¿Qué cara?
—La de alguien que se siente importante.
Denn rozó el índice con el pulgar. Dani tomó la regadera y humedeció la tierra.
—Me gustaría ver esas colinas algún día.
—Todavía es peligroso.
—Lo sé.
—No podría perdonarme si te pasara algo por llevarte fuera.
La regadera se inclinó. El agua continuó cayendo sobre el mismo punto hasta oscurecer demasiado la tierra. Dani la enderezó y la dejó en el suelo.
Se sentó en el borde de una jardinera elevada. Denn entró al huerto y se agachó a recoger hojas muertas.
—No digo que quiera irme hoy —dijo ella—. Comprendo la situación.
—Entonces…
Dani miró hacia la muralla. Unos hombres reforzaban uno de los portones. Dos niños cruzaron el patio; uno corría delante con una vara de madera mientras el otro lo perseguía, gritando que le devolviera el arma.
—Estamos bien aquí, Denn. Mejor de lo que podríamos estar en cualquier otro sitio del planeta. Tenemos comida, techo y vigilancia. Nadie teme que una bestia entre en mitad de la noche. Eso importa.
Denn esperó.
—Pero a veces miro esas paredes y me pregunto cuánto tiempo puede pasar antes de que un refugio empiece a parecer una jaula.
—Nadie es prisionero aquí.
La respuesta salió sin convicción.
—Llegará el momento en que lo parezca. La gente aguanta porque tiene miedo y porque confía en ustedes. Pero el miedo se gasta. Primero te protege. Después, alguien querrá salir y dirá que tiene derecho. Y no estará equivocado. ¿Qué pasará entonces? ¿Simplemente dirán que no es seguro?
Denn dejó las hojas en la cesta.
—Solo intentamos mantenerlos vivos.
—Lo sé. Kein y yo seguimos vivos por lo que ustedes hacen. Por lo que tú haces.
El pulgar de Denn volvió al borde del índice.
—Pero si vamos a vivir en este planeta —continuó Dani—, no podemos hacerlo como si cada día fuera una espera. No podemos quedarnos suspendidos para siempre.
Denn recorrió con la mirada la muralla, desde los postes hasta las torres. Había ayudado a levantar buena parte de aquello.
—Quizá podamos organizar salidas —dijo—. Más adelante. Con escolta y rutas seguras. Hay lugares hermosos fuera, Dani. Árboles más altos que edificios, campos cubiertos de flores que nadie ha visto antes… cerros desde donde se ve el bosque entero.
—Me gustaría verlo.
Dani volvió hasta el recipiente y enderezó el tallo de la flor con dos dedos.
—Kein parece feliz —dijo—. A veces lo veo correr con C0 y los otros chicos y me cuesta reconocerlo.
—Es valiente.
—Es un niño. Nos acostumbramos a celebrar que soporte cosas que ningún niño debería conocer. —Dani pasó el pulgar por una hoja—. Pero aquí juega, aprende, se pelea por tonterías… Se queda dormido antes de terminar de contarme su día.
Denn parpadeó lentamente y la tensión de su rostro cedió un poco. Recuperó la expresión enseguida.
—Eso es bueno.
—Sí. Es muy bueno.
Volvió a sentarse. Denn ocupó el borde junto a ella. Pasaron unos segundos sin hablar. La quietud empezó a incomodarlo y buscó entre conversaciones anteriores algo con que romperla.
—Alguna vez mencionaste que venían de Tóralo. Cuéntame la historia.
—No es una historia bonita.
—No todas tienen que serlo.
—No pongas esa cara de tristeza. Todavía no he dicho nada.
Denn bajó la mirada. Dani sonrió.