Convergencia Capítulo XIII
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Capítulo XIII

Suspendidos

Eso fue lo más doloroso para Denn. No las preguntas ni aquella furia contenida con la que lo obligó a repetir dos veces la misma explicación apenas salieron de las instalaciones abandonadas.

Lo peor fue la distancia nueva en sus ojos: la cautela fría con que seguía cada movimiento de Denn y del autómata.

Junto al río, de regreso de aquella expedición, le había mentido. Aunque no en todo.

Senlar habría vuelto directamente a la fortaleza, pero Denn le recordó que debían regresar con la madera que habían prometido recoger.

Antes de abandonar el bosque, Senlar reunió a los nueve oficiales y les ordenó no hablar de la instalación hasta que supieran qué habían encontrado.

Mientras cargaban los troncos, más de uno volvió la vista hacia el cerro.

Ya en la otra orilla, Senlar apartó a Denn para exigirle la verdad.

No fue una improvisación completa. Aquella versión llevaba semanas formándose, desde que, en la estación, había respondido con un «confidencial» cuando Val intentó averiguar qué hacía allí.

En aquel momento había bastado. Todavía existían rangos y protocolos. Pero después de quedar varados, con C0-UN1 entre la gente día tras día, cualquier explicación podía agrietarse. Alguien terminaría mirando demasiado o haciendo la pregunta correcta.

Denn había preparado varias salidas.

Aquella tarde recurrió a la única que podía servirle si alguien descubría qué era C0-UN1: el autómata había permanecido bajo custodia de la Unión, oculto durante años en una instalación de la Tierra, hasta que ordenaron trasladarlo fuera del sistema.

Denn no conocía el destino. Su rango no alcanzaba para saberlo.

Solo sabía que lo llevaban a un complejo reservado, bajo una clasificación que ni siquiera aparecía completa en los registros de misión.

El resto, dijo, lo había descubierto en una orden secundaria perdida entre autorizaciones técnicas y certificados de seguridad. Al concluir el procedimiento, C0-UN1 debía ser reducido a material no recuperable. Sin posibilidad de reconstrucción.

Era una mentira ensayada a medias, con suficiente verdad para que sus grietas parecieran honestas.

Desde la orilla, el terreno despejado les permitía ver la entrada occidental de la fortaleza, a unos doscientos metros.

Junto al portón, C0-UN1 descargaba los troncos del vehículo y los apilaba en los bastidores de curado, levantados a un lado del camino.

Durante varios días después del corte, la madera exudaba una savia transparente que irritaba la garganta y llenaba las cabañas de un olor agrio y dulzón; por eso habían construido aquellos armazones de troncos, piedras y fibras trenzadas lejos de las viviendas.

Senlar siguió la figura del autómata mientras iba y venía entre el vehículo y los bastidores.

Antes de apartarse con Senlar, Denn había abierto desde su interfaz personal un enlace directo con C0-UN1 y le había enviado una sola orden: escucha y no reacciones.

Desde entonces, cada palabra dicha junto al río llegaba al autómata en tiempo real, sin lentillas ni sonido, limpia como otra voz dentro de su sistema.

Senlar no lo creyó por completo.

—A ti no te habrían dado algo así —dijo, mirando hacia el río—. No solo a ti.

Denn apretó los dedos contra el costado.

—Quedó bajo la custodia de mi equipo. Me encariñé con él y, cuando supe que iban a destruirlo, no pude quedarme de brazos cruzados. Lo robé. Así acabamos en la estación y quedamos atrapados con ustedes.

Senlar calló. Denn había contado con que resultara difícil creer que alguien se atribuyera un crimen semejante solo para sostener una mentira. La apuesta no bastó para borrar la desconfianza, pero era el precio que estaba dispuesto a pagar por mantener lo demás oculto.

—Dime que no tuviste nada que ver con el secuestro de la estación.

—Lo juro. C0 y yo llegamos huyendo. No participé en eso.

La respuesta le salió sin esfuerzo. Al oírse, Denn tardó un instante en reconocerse: mentir se había vuelto demasiado fácil.

Senlar observó a Denn durante un instante. Después, volvió la atención hacia C0-UN1.

—¿Él lo sabe?

Denn demoró la respuesta.

—Sabe lo suficiente. Lo que le he contado. Es el primero de todos. El prototipo. Nunca salió del laboratorio donde lo construyeron, en la Tierra. No participó en la rebelión.

—La estación llegó hasta este sistema con él a bordo. Y resulta que aquí vivieron otros como él. ¿Esperas que crea que es una coincidencia?

—No sé qué significa.

En los días siguientes apenas hablaron del asunto.

Había muros que reforzar, alimento que asegurar, animales que vigilar y demasiadas personas esperando instrucciones.

Senlar volvió al trabajo sin hacer más preguntas, pero sus respuestas a Denn se hicieron más breves y, cuando C0-UN1 se acercaba, los hombros se le tensaban apenas.

La explicación había detenido el interrogatorio, no la desconfianza.

⟡ ⟡ ⟡

Una noche, Denn subió al paso de ronda. C0-UN1 estaba junto al borde interior, inmóvil bajo la luz irregular de las torres, observando la pradera por encima de la muralla.

—Le mentí —dijo Denn.

C0-UN1 no apartó la vista del exterior.

—Lo sé.

—Cada vez se me hace más fácil.

C0-UN1 lo miró. Su rostro metálico no cambiaba como el de un humano, pero Denn ya reconocía la inclinación de la cabeza, la demora antes de responder, la quietud exacta de las manos.

—Mentiste para protegerme.

—Eso suena muy limpio.

—¿Cómo es un sonido limpio?

El viento cruzó la muralla con olor a tierra húmeda, humo viejo y algo animal que se movía lejos, entre la hierba.

Denn apoyó los antebrazos sobre la baranda.

—No puedo seguir fingiendo que todo esto empezó porque tuve compasión de ti.

C0-UN1 guardó silencio.

—Cuando viajé a la Tierra, solo pensaba en destruirte. Ya lo sabes. No sé si hice lo correcto. Ni siquiera sé si todavía entiendo por qué hago algunas cosas. O si alguna vez lo entendí.

—Yo sí sé por qué las haces. Porque crees que, si no haces algo, lo que viste ocurrirá.

Denn volvió la cabeza hacia él.

—Eso importa poco cuando empiezas a dudar de tu cordura.

—Yo confío en ti.

C0-UN1 volvió la vista hacia el oeste.

—¿Qué hay de las instalaciones? Tal vez haya algo allí que… No sé. Algo.

Denn no contestó de inmediato.

—Senlar no quiere hablar del asunto y no creo que sea buena idea insistir. Ya hay nueve oficiales esperando una explicación que todavía no podemos darles.

—Lo noto en cómo me mira —dijo el autómata—. En cómo me habla. Está molesto conmigo.

—No está molesto contigo. Solo no sabe qué pensar de todo esto.

Una forma baja se desplazó más allá de la muralla.

Los sensores la captaron antes de que alcanzara el perímetro: un cuerpo ancho, de lomo alto, cubierto de placas pálidas e irregulares que reflejaban la luz de las lunas con un brillo húmedo.

La vegetación se abría ante sus seis patas largas y finas, terminadas en garras oscuras.

Denn observó la cabeza estrecha, proyectada desde la masa de los hombros, baja y casi sin cuello. El rostro estaba surcado por ranuras profundas; bajo ellas, la boca vertical se abría apenas al respirar y dejaba ver dientes finos entre varios colmillos curvos.

La criatura se detuvo. Inclinó la cabeza hacia el suelo y luego hacia la fortaleza.

Otras aparecieron detrás, separadas por varios metros, bordeando la luz de las torres sin entrar del todo en ella.

—Otra vez vienen —dijo C0-UN1—. Solo miran un rato. Luego se van.

—Del otro lado del río también hay criaturas parecidas. Los chicos las llaman coracinos porque se parecen a una especie que ya conocían.

La quietud se prolongó hasta deformar el tiempo.

Desde lejos llegaba el rumor apagado del río.

Denn sostuvo la mirada de una de las bestias y creyó ver cómo su pupila se dilataba, despacio, ocupando cada vez más aquel ojo hasta darle la absurda impresión de que iba a tragárselo.

Una ráfaga de viento agitó la vegetación baja de la pradera. Denn apoyó una mano en la baranda.

Una vibración le recorrió la palma. Denn tensó los dedos.

Creyó hundirse a través del paso de ronda, de los troncos, los tablones, los soportes inclinados y las fibras trenzadas. Se aferró a la baranda, pero el aire ya se le iba. La caída terminó en la presión del cuello, en la asfixia, en el tirón de algo que lo levantaba desde arriba.

—¿Denn?

La voz del autómata lo alcanzó.

Y el mundo volvió de golpe.

⟡ ⟡ ⟡

El poste se venció antes de que alcanzaran a colocar los refuerzos. Cuatro hombres se echaron contra él para impedir que terminara de caer. C0-UN1 llegó desde un costado y apoyó ambas manos contra la madera.

—¡Suelta! —ordenó Neil.

El autómata obedeció. El peso cayó de nuevo sobre los hombres; uno tuvo que retroceder un paso para no perder el equilibrio.

Senlar levantó la vista.

—Déjalo.

Neil tardó un instante.

—Ellos pueden solos.

Senlar observó el poste inclinado y los brazos tensos que intentaban devolverlo a la vertical.

—No lo parece.

C0-UN1 volvió a acercarse. Plantó las manos contra el poste y empujó con una lentitud controlada hasta enderezarlo. Mientras lo mantenía inmóvil, los demás encajaron los refuerzos provisionales y aseguraron la base.

A partir de ahí, la distancia empezó a ceder.

En los días siguientes, Senlar dejó de recurrir a intermediarios para dirigirse a C0-UN1.

Empezó por darle indicaciones sencillas durante el trabajo; después llegaron los turnos compartidos y alguna guardia en la que pasaron horas juntos.

La reserva no desapareció de golpe, pero ya no marcaba cada intercambio.

Con Denn fue diferente.

El entrenamiento nunca se interrumpió. Senlar había dado su palabra y, en aquel planeta, cualquier defensa aprendida podía significar una tumba menos.

Durante los primeros días, sin embargo, cada corrección llegó con una sequedad nueva.

Las instrucciones eran breves, los golpes precisos y cualquier intento de Denn por volver sobre aquella conversación junto al río terminaba antes de empezar.