Convergencia Capítulo XII
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Capítulo XII

Colonizador

El ventanal translúcido, opaco desde la calle, reducía la ciudad a claridad y movimiento. Desde la avenida subía una vibración tenue, y el paso del tránsito alteraba por instantes la luz del cuarto.

Aquella habitación solía estar cuidadosamente ordenada. La cama amanecía tendida; sobre la mesa no sobrevivía ningún vaso de la noche anterior, y la ropa regresaba al armario antes de caer vencida sobre una silla.

El desorden de aquella mañana no era casual.

Había marcas recientes en la pared y objetos dispersos bajo la cama.

La mesa se había partido casi por el centro; uno de sus extremos descansaba en el piso.

Una silla había quedado volcada contra el ventanal y rozaba el cristal cada vez que el edificio vibraba. La cama había sido desplazada del muro.

Afuera sonó una señal de paso: tres notas amortiguadas por el vidrio. La silla volvió a rozar el cristal.

Aquello ocurrió antes de la estación, incluso antes del robo a la Tierra, durante las horas previas a la última partida desde Tau Ceti.

Un hombre yacía entre la cama y la mesa rota.

Vestía el uniforme gris oscuro reglamentario de las fuerzas de la Unión, de corte sobrio y cuello alto.

El emblema del pecho quedaba medio oculto bajo el hombro.

Las insignias de rango y de Tau Ceti recogían a intervalos la luz que cruzaba la ventana.

Bajo el torso aún rezumaba un hilo escaso de sangre.

La derramada antes se había extendido por las juntas del piso hasta alcanzar la pata astillada de la mesa.

Estaba muerto.

La membrana personal seguía ceñida a su muñeca, aunque uno de sus tramos estaba quemado y deformado; la superficie se había contraído. Las lentillas no recibían de ella señal alguna.

No había emitido la alerta prevista al morir su usuario. Alguien había intervenido sus protocolos para bloquearla, mantener activas las credenciales después de la muerte y acceder con ellas a unos pocos archivos restringidos. Después, había inutilizado la membrana.

Los accesos habían seguido una secuencia definida.

El primero llevaba al origen del Proyecto Colonizador: A-Corp y Helagar Ust habían creado autómatas conscientes para facilitar la terraformación de mundos inhóspitos. C0-UN1 figuraba como el prototipo original y la base del proyecto, aunque nunca había abandonado el laboratorio.

El siguiente archivo registraba el primer despliegue operativo. Venus había sido el mundo elegido.

Los documentos posteriores reconstruían la rebelión. Tras años de conflicto, los Colonizador exigieron libertad y negociaron su salida. La Unión fingió aceptar el acuerdo, pero preparó una última traición. Los Colonizador descubrieron el engaño.

Otro registro describía la catástrofe. El líder de solidio abrió un agujero de gusano dentro de la atmósfera de Venus y huyó con los suyos hacia la oscuridad. Murieron cientos de miles.

Los últimos archivos recogían las consecuencias. La Unión prohibió los autómatas conscientes, limitó a A-Corp a fabricar modelos obedientes y restringidos, y borró del registro público todo lo ocurrido.

Los documentos eran escasos y las versiones estaban llenas de vacíos. Del líder solo quedaba una designación: C0-UN2.

Una sombra cruzó la ventana y alcanzó la única silla que permanecía en pie.

En ella estaba sentado Denn Bornew.

Se cubría el rostro con ambas manos. Los dedos le temblaban contra las sienes; el resto del cuerpo permanecía inmóvil.

Su uniforme negro seguía impecable. El mismo emblema de la Unión ocupaba el pecho; en el cuello llevaba las insignias de sargento y de Tau Ceti.

Ni una gota de sangre.

Denn apartó las manos y se puso de pie. La silla retrocedió con un golpe seco.

Abrió la puerta y salió.

El tránsito continuó tras el vidrio.

No volvería a aquella habitación nunca más.