Convergencia Capítulo XI #3
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Capítulo XI #3

Denn soltó aire por la nariz y, con un gesto, abrió el canal de voz.

—Lo siento. Fui yo. No pasó nada.

Se levantó.

La gaveta estaba vacía.

A un lado, entre el polvo, había una caja pequeña que debió salir despedida con el impacto.

Era oscura, mate, todavía intacta. La tapa cedió sin resistencia. Dentro encontró un objeto rectangular envuelto en una lámina flexible, quebradiza en los bordes.

Denn lo sacó con cuidado.

Era un cuaderno.

Abrió la primera página.

Reconoció de inmediato el idioma del texto: inglés, la lengua oficial de la Unión.

Leyó la primera línea.

Luego la segunda.

Y dejó de respirar.

La escritura era pulcra y uniforme. No había titubeos ni correcciones; cada línea parecía trazada por una mano incapaz de equivocarse.

Pero aquello dejó de importar en cuanto entendió las palabras.

Sintió que el estómago se le hundía.

Retrocedió un paso por puro reflejo, aunque el cuaderno siguiera entre sus manos.

—¡Mierda!

Pasó la vista otra vez por las líneas.

«Si queda algún indicio de esto aquí, entonces lo descubrirán», pensó.

Pasó varias hojas, aunque ya no lo necesitaba. La primera página había bastado para convencerlo.

Llamó a Senlar.

—¿Puedes venir a mi ubicación? Ven solo.

Siguió leyendo mientras esperaba. Pasaba las páginas con rapidez, detenía los ojos en una entrada, saltaba otra, volvía atrás. El golpe inicial seguía hundido en el estómago, pero ya podía pensar alrededor de él.

Cuando Senlar llegó con el dron, la luz lo alcanzó de lleno. Con la amplificación de luz residual todavía activa, el resplandor saturó la imagen durante un instante y todo se volvió una mancha blanca sin bordes.

Denn cerró un ojo, apartó la cara y levantó una mano.

—¡Maldición!

Desactivó la amplificación.

El mundo tardó un instante en recuperar forma: primero el dron, luego Senlar, luego las paredes grises detrás de él.

—¿Qué sucede? —preguntó Senlar.

—Encontré algo.

Denn levantó el cuaderno.

Senlar se acercó, pero no lo tocó.

—¿Eso es un libro?

—Algo parecido.

—Ya no suele verse algo así fuera de un archivo de preservación. Excepto entre las cosas de Wallace.

Denn miró la cubierta gastada y el borde oscurecido por un tiempo que no sabía medir.

—Pues… es viejo. Pero no es exactamente un libro. Es un diario. Escrito a mano.

—¿Un diario? ¿De quién?

Denn pasó varias páginas hacia atrás.

—Escucha esto.

Leyó en voz baja:

—«Día quince en este planeta. He decidido que mi nombre será Aram. La designación que me dieron pertenece a quienes creyeron tener derecho a fabricarme. Este nombre me pertenece a mí».

Senlar no dijo nada.

Denn mantuvo la vista en la página un instante.

—Lo escribió un Colonizador.

Algo cambió en el rostro de Senlar.

—¿Un qué?

Denn lo miró.

—Un autómata modelo Colonizador.

Senlar permaneció inmóvil unos segundos. Después tomó el cuaderno de sus manos con cuidado y leyó la entrada.

El color se le fue del rostro.

—Esto no tiene sentido. Los Colonizador desaparecieron hace mucho.

Se apartó unos pasos, como si necesitara espacio para una idea que acababa de abrirse bajo sus pies.

—La última vez que escuché a alguien hablar de ellos debía de tener diez años. Hace más de noventa. Y ya entonces era raro escuchar algo. Incluso peligroso.

Denn miró el concreto bajo sus pies.

—Diría que este lugar es aún más viejo.

Senlar volvió hacia él.

—Eres muy joven. ¿Qué sabes tú de aquello? El dominio enterró todo lo relacionado con los Colonizador hace mucho tiempo.

Denn alzó apenas una ceja.

—¿El dominio?

Senlar soltó una risa seca.

—No me pidas respeto ahora.

Denn extendió las manos y recuperó el cuaderno.

—Sé lo suficiente.

—Si la Unión descubre este lugar… si descubre que sabemos de este lugar… —Senlar miró alrededor—. No sé qué sucedería. Pero nada bueno.

—Lo sé.

Senlar volvió a moverse por la sala.

—¿Qué más dice?

Extendió la mano.

Denn no le entregó el diario.

—Parece que nada útil. Habla de sus tareas diarias. Lo que hacían. Cosas aburridas. Mundanas.

Denn bajó los ojos hacia el cuaderno.

La decisión no llegó de inmediato.

Hasta ese momento, aquello había permanecido oculto por el silencio que la Unión había impuesto alrededor de los Colonizador.

Había borrado tanto, enterrado tanto, deformado tanto la historia, que nadie podía mirar en la dirección correcta y comprender lo que tenía delante.

Ciertas rarezas no eran más que eso: piezas sueltas de un mundo demasiado grande y demasiado viejo.

La instalación cambiaba eso.

Si había sobrevivido un diario, también podía quedar una imagen, un registro, una carcasa; cualquier cosa capaz de convertir aquellas piezas sueltas en un patrón. Y alguien podía unirlas antes de que él decidiera cómo explicarlo.

Guardar silencio ya no era prudencia. Era arriesgarse a que Senlar descubriera la verdad por su cuenta, en el peor lugar posible y quizá frente a la peor prueba posible.

—Tengo que decirte algo, Senlar. Y necesito que prometas que no dirás nada ni harás nada drástico.

Senlar percibió el cambio en su voz y se quedó inmóvil.

—¿Qué sucede?

Denn sostuvo su mirada.

—C0 no es un autómata cualquiera. Es un Colonizador.