Capítulo XI #2
La vegetación se tensó y se quebró en varios puntos.
Polvo gris cayó por los bordes mientras una sección del bloque se hundía y comenzaba a deslizarse sobre mecanismos ocultos.
Avanzó con lentitud, arrastrada por algún antiguo sistema de contrapesos, hasta dejar abierta una entrada rectangular y oscura.
El aire que salió era frío.
No olía a podredumbre. Olía a piedra húmeda, metal viejo y encierro.
Denn se acercó al borde.
Unas gradas descendían hacia la oscuridad.
El paso era estrecho, pero suficiente para dos personas.
Las gradas estaban hechas del mismo material gris del bloque, cubiertas por una capa vieja de polvo; aun así, sus bordes seguían rectos y uniformes.
A ambos lados corrían barandas bajas que desaparecían tras los primeros metros.
Nadie habló de inmediato.
Senlar miró a Denn.
—Hiciste bien en no entrar.
Denn resopló.
—Ya te dije que ni siquiera sabía que se podía entrar.
El dron giró sobre la abertura.
—Ustedes dos —dijo Senlar, señalando a dos oficiales—, se quedan arriba. Avisen si ocurre algo.
Alzó dos dedos hacia el dron.
El aparato descendió. Su luz fue abriendo la oscuridad peldaño por peldaño.
—Los demás, conmigo.
Senlar bajó primero. Denn lo siguió, y tras ellos descendieron los otros siete oficiales.
Abajo, el polvo les raspó la garganta. No era denso, pero sí antiguo; una respiración profunda bastaba para sentirlo pegado a la lengua.
La luz del dron recorrió el primer corredor: paredes lisas, suelo agrietado, marcas largas de humedad descendiendo desde el techo. No había olor a muerte. Tampoco señales de violencia. Nada roto a golpes. Nada abandonado a medio usar.
Solo silencio, polvo y un orden antiguo que el tiempo había ensuciado sin derrotar.
Uno de los oficiales se cubrió la boca con el antebrazo y tosió.
—Esto no era un refugio improvisado.
Senlar miró las paredes y las líneas rectas que sobrevivían bajo la suciedad.
—No.
El dron avanzó.
En las lentillas empezó a formarse un mapa parcial del lugar a medida que el aparato barría corredores, esquinas y salas abiertas.
La instalación no descendía demasiado, pero se extendía más de lo que sugería la superficie: pasillos estrechos, cámaras laterales y accesos sellados por paneles de un material oscuro y denso, casi negro bajo el polvo, sin juntas visibles, con vetas azuladas hundidas en la superficie.
—Esto parece construido para nosotros —dijo uno de los oficiales—. Quiero decir, para algo parecido a nosotros.
Senlar observó la altura del techo, las puertas, el ancho del corredor.
—¿Humanos? —preguntó Denn.
Senlar tardó en responder.
—Quizá. Pero no es cómodo.
—¿Por los pasillos?
—Por todo. Alturas, espacios, accesos. Es familiar, pero las proporciones no terminan de encajar.
Denn volvió a mirar alrededor.
—Algo más pequeño.
—Quizá.
Avanzaron despacio.
En algunas salas había plataformas integradas a las paredes; en otras, mesas fijas, soportes vacíos y ranuras donde alguna vez debieron encajar herramientas.
Criaturas diminutas, parecidas a insectos solo por falta de una palabra mejor, huían de la luz del dron y desaparecían entre grietas, cables viejos y manchas de humedad.
Una sala mayor conservaba restos de equipos que ninguno supo nombrar: bases circulares, brazos mecánicos vencidos por la corrosión y piezas negras cubiertas por costra mineral.
Todo estaba muerto.
Pero no parecía saqueado.
Había soportes vacíos y espacios demasiado limpios donde algo había sido retirado. Lo roto, lo inútil o lo imposible de cargar seguía allí.
Lo demás se había ido con sus dueños.
Llegaron a una sala amplia. En el centro había una estructura baja, parecida a una mesa, hecha del mismo material gris de las paredes y fija al suelo. Tenía ranuras, cavidades y puntos de anclaje. Restos de cables rotos colgaban de ella y se extendían por el suelo, rígidos bajo la suciedad.
Al fondo, bajo manchas de humedad y filamentos vegetales filtrados por una grieta del techo, había un esquema grabado directamente sobre la pared.
El dron aumentó la luz.
Era un mapa.
El río aparecía como una línea gruesa y curva.
Los cerros estaban marcados mediante pequeñas incisiones.
Sobre la elevación donde se encontraban, un contorno rectangular señalaba la instalación; desde allí, cuatro líneas se abrían hacia el norte y terminaban en marcas simples: una forma dentada como roca partida, una figura semejante a una llama, un círculo atravesado por líneas y una silueta baja y rectangular.
Denn se quedó frente al mapa.
—No estaban escondidos aquí.
Senlar miró las marcas.
—No.
Denn siguió las rutas grabadas.
—Estaban trabajando.
Uno de los oficiales señaló la marca dentada.
—Apostaría a que ahí está la cantera de la que hablaban.
—O algo parecido —dijo Senlar.
Denn recorrió con la mirada las marcas.
—Extracción. Procesamiento. Talleres.
Se detuvo en el círculo.
—Y eso.
Senlar lo miró.
—¿Qué crees que era?
Denn negó lentamente.
—No lo sé.
Luego observó los soportes vacíos de la sala.
—Y se llevaron todo cuanto podría habernos dado una pista.
Nadie respondió.
Senlar permitió que el grupo se separara.
La instalación era demasiado grande para inspeccionarla todos juntos y el dron no podía iluminar cada sala al mismo tiempo.
La amplificación de luz residual de las lentillas bastaba para desplazarse: reducía paredes, puertas y figuras cercanas a formas grises y definidas, aunque pobres en detalle.
Recorrieron salas vacías y corredores demasiado parecidos entre sí.
Denn entró en una habitación más estrecha. En una de las paredes, empotradas en el concreto, había tres gavetas metálicas.
La superior y la inferior estaban abiertas y vacías. La del medio seguía cerrada, opaca bajo el polvo.
Denn tiró de ella.
Nada.
Volvió a intentarlo, esta vez afirmando el cuerpo y sujetando el borde con ambas manos.
Algo se quebró por dentro.
La gaveta salió de golpe.
Denn perdió el equilibrio. La pieza golpeó el suelo, rebotó contra la pared y él terminó sentado entre el polvo.
El estruendo saltó al pasillo y se propagó por los corredores.
La voz de Senlar le llegó casi de inmediato por la interfaz personal:
«¿Qué fue eso?».