Capítulo XI
La Designación
La semana convirtió el miedo en rutina.
No lo volvió pequeño ni soportable. Solo le dio horarios, turnos, nombres y tareas.
Al amanecer revisaban la muralla, las puertas y las torres. Después venía el trabajo del día: ampliar las cabañas, levantar cobertizos, secar madera, ordenar reservas, limpiar armas, reparar equipos y probar los sistemas que dependían del pequeño reactor cuántico.
La fortaleza ya no era la cerca torpe de la primera noche.
Los paneles colocados a toda prisa habían sido reemplazados o reforzados; los soportes se hundían más profundo en la tierra; las puertas dobles cerraban con un golpe pesado; y sobre la muralla corría un pasillo estrecho desde donde podían vigilar la pradera, el río y la línea oscura de árboles al otro lado.
Bren cubría el primer turno con el rifle apoyado en el parapeto. El cansancio aún le marcaba los hombros, pero sus ojos no abandonaban el bosque. Mara subió los escalones para relevarlo, con el cabello castaño firmemente recogido y el rostro ya limpio de la ceniza de los primeros días.
—Tranquilo por ahora —murmuró Bren.
—Anda, ve a descansar —le dijo ella con una sonrisa suave, rozándole apenas el hombro al ocupar su lugar.
Bren asintió y dejó caer un poco los hombros antes de bajar.
Todavía olía a metal caliente, barro, humo y cuerpos cansados. Todavía tenía esquinas torcidas, techos desiguales y cabañas levantadas con más urgencia que belleza. Pero había luz por las noches. Había agua. Había comida. Había niños que ya no despertaban con cada aullido lejano.
«Hogar» ya no era una palabra ridícula.
Eso bastaba para que muchos fingieran esperanza.
Senlar esperó hasta que la fortaleza pudo sostenerse sin él durante unas horas. Después buscó a Denn.
Lo encontró junto a una de las torres nuevas, observando a C0-UN1 mientras el autómata hundía un soporte metálico en la tierra. Kein estaba cerca, sentado sobre una caja, jugando con el movimiento del punto en sus ojos.
—Hoy —dijo Senlar.
Denn no preguntó a qué se refería.
Miró hacia la muralla, luego hacia la pradera y, más allá, hacia la línea de árboles del otro lado del río. La estructura encontrada días atrás llevaba todo ese tiempo instalada en su cabeza como una astilla.
—¿Quién queda al mando?
—Neil. Gor estará con él.
Denn bajó apenas la vista. El pulgar le rozó el borde del índice una vez, dos.
Senlar ya había visto aquel gesto. Era una de las pocas grietas visibles en el rigor de Denn: una forma discreta de sujetar algo que prefería no mostrar. Su rostro tendía a una seriedad impropia de su edad, pero todavía había en él una juventud que la disciplina no conseguía borrar del todo.
—¿Confías en Neil? —preguntó Denn.
—Hazme caso, será peor si Neil siente que lo estamos apartando. Gor sabe cómo hablar con él.
No hubo sonrisa en ninguno de los dos.
Partieron en uno de los vehículos con los nueve oficiales que habían acompañado a Denn cuando encontraron el sitio y un dron de apoyo para cubrirlos desde el aire.
Ante los demás, la salida quedó reducida a una expedición breve de reconocimiento y a la posibilidad de traer madera del bosque al otro lado del río, donde los troncos crecían más rectos y gruesos que cerca de la fortaleza.
C0-UN1 quiso ir, pero Senlar lo dejó dentro de la muralla.
—Si algo sale mal, prefiero que aquí quede la cosa más fuerte que tenemos.
Denn no protestó.
El río quedó atrás.
Cruzarlo ya no parecía una hazaña, pero nadie habló mientras el vehículo flotaba sobre la corriente.
La criatura enorme no había vuelto a aparecer desde entonces.
El agua se la había tragado y arrastrado lejos.
Aun así, algo suyo permanecía pegado al rugido blanco de los rápidos, como si el río hubiera conservado la memoria de su peso.
Se internaron en el bosque.
Los árboles rotos seguían marcando el camino de la persecución: troncos partidos, raíces levantadas, tierra removida y claros abiertos a la fuerza por un cuerpo demasiado grande.
Días antes, Senlar había regresado con un grupo para recuperar a los oficiales caídos. Los encontraron entre barro, hojas negras y restos de ramas, y los enterraron allí mismo, lejos de la fortaleza, en una tierra que ninguno habría elegido.
Denn guiaba el vehículo mediante los controles que sus lentillas proyectaban ante él. No seguía un mapa, sino el recuerdo del primer recorrido y las indicaciones ocasionales de quienes habían estado allí.
La estructura se alzaba en la cima de un cerro rocoso. Desde aquel mismo punto, más de una semana atrás, Denn había visto por primera vez la pradera al otro lado del río y el lugar donde ahora se levantaba la fortaleza.
Fuera del bosque, el terreno empezó a elevarse.
Al principio no parecía nada especial: un cerro oscuro cubierto de tierra húmeda, raíces gruesas y vegetación baja.
Conforme avanzaban, la tierra empezó a abrirse en manchas irregulares y dejó ver placas negras y grises, vetas pálidas y superficies húmedas donde crecían filamentos azulados parecidos al musgo, aunque demasiado finos y brillantes, como pequeños nervios vegetales extendidos sobre la piedra.
Desde lejos habría parecido una formación natural.
De cerca, no.
Algo en aquella elevación obligaba al ojo a detenerse.
Era una incomodidad visual, una idea que la mirada rechazaba antes de comprenderla: cortes demasiado limpios en la roca, pendientes interrumpidas sin razón, líneas rectas donde el desgaste debía haber sido irregular.
El cerro subía hecho de tierra, raíces y piedra, pero cerca de la cima la roca había sido allanada con una precisión incompatible con la erosión.
No era una terraza natural.
Era una planicie cortada en el cuerpo de la montaña.
—Esto no es natural —dijo Senlar apenas el vehículo se detuvo.
Bajaron con las armas preparadas. El dron flotaba sobre sus cabezas con un zumbido apenas perceptible.
El viento corría suave sobre la altura, agitando la vegetación de hojas oscuras. Entre las grietas, pequeñas criaturas brillantes se escondían al sentir sus pasos: algunas tenían cuerpos diminutos cubiertos de placas móviles; otras parecían puntos de luz deslizándose bajo las hojas.
Denn avanzó unos pasos.
—Te lo dije. Alguien hizo esto.
Senlar observó la planicie.
Allí estaba la estructura.
No era alta. Apenas sobresalía de la roca, quizá un metro, como una caja alargada.
La vegetación la rodeaba por varios lados: ramas bajas, raíces finas y aquellas hebras azuladas pegadas a la superficie como una piel viva.
Aun así, la forma era inconfundible: líneas demasiado finas, ángulos perfectos, caras lisas que el tiempo había manchado sin deformarlas.
—¿Hay una puerta? ¿Algún acceso?
Senlar hizo un gesto. El dron descendió sobre la estructura y desplegó varios haces de luz pálida que comenzaron a barrer la piedra, las juntas y la vegetación adherida a los bordes.
Denn negó con la cabeza.
—Lo que ves es lo que vimos. No estuvimos aquí más de cinco minutos. Subimos para tener una panorámica, encontramos esto y me pareció mejor irnos.
Las lentillas de Senlar titilaron con la lectura del dron: variaciones de material, líneas bajo la suciedad, bordes ocultos por raíces.
—No es sólido —dijo Senlar—. Hay algo hueco debajo. ¿No quisiste entrar?
—Te lo estoy diciendo. Ni siquiera sabía si se podía entrar —respondió Denn—.
Y no quería averiguarlo con todos esperando abajo.
Apenas revisamos alrededor. No había señales activas, no había movimiento, no había nada que pudiéramos entender rápido.
Vi el río, vi la pradera al otro lado… y decidí volver.
Caminó hacia el borde del risco.
Desde allí se abarcaba casi todo el paisaje: el bosque extendido hasta perderse en sombras verdes, el río ancho cortando la tierra con una franja blanca y violenta, las montañas oscuras al fondo.
Al otro lado, la fortaleza apenas se distinguía. No era más que una forma pequeña, demasiado recta para pertenecer al paisaje.
Senlar volvió la mirada hacia la estructura.
—Entonces empecemos por la tapa.
Pasó los dedos por la superficie. Tenía manchas oscuras, hebras vegetales adheridas y raíces finas abriéndose paso por las fisuras, pero bajo todo aquello persistía una línea lisa, demasiado regular.
—Parece concreto reforzado.
Hubo un breve silencio.
—¿Cómo se consigue concreto en un lugar como este? —preguntó uno de los oficiales.
—No se consigue. Se fabrica.
—¿Cómo?
—Extrayendo minerales, procesándolos, quemándolos. Luego necesitas arena, grava y otros agregados, además de agua, herramientas y hornos. Infraestructura.
Denn miró las laderas cubiertas de vegetación y los filos oscuros de roca.
—¿Eres una especie de experto en concreto?
Senlar sonrió.
—Algo sé.
—Entonces… se necesitó una cantera —conjeturó—. Talleres.
—Algo así. Un lugar para extraer material. Algún sitio para trabajarlo. Herramientas, máquinas.
Denn recorrió el cerro con la mirada.
—Si existieron, ya no están cerca.
—O el planeta los cubrió —dijo un oficial.
—Esto debe de llevar aquí décadas. Quizá siglos —dijo Senlar.
Volvió a pasar la mano por la superficie, más despacio.
El dron descendió y proyectó una luz oblicua. La superficie respondió con sombras finísimas: líneas casi invisibles bajo la suciedad, raíces secas y vegetación azulada.
—Ahí —dijo uno de los oficiales.
Un rectángulo estrecho aparecía apenas hundido en la superficie, tan bien integrado al bloque que sin aquella luz habría parecido otra mancha del tiempo.
Denn arrancó un manojo de hebras vegetales y limpió el borde con la manga.
—¿Un panel?
—Una tapa de servicio, quizá.
Senlar se acercó. Denn se apartó. No había botones, símbolos ni marcas visibles; solo una junta estrecha alrededor de la zona hundida.
Uno de los oficiales introdujo una herramienta en el borde y desprendió la cubierta. Debajo encontraron una palanca encajada en un hueco oscuro.
Senlar tiró de ella. No cedió. Denn se sumó al esfuerzo y, entre ambos, consiguieron bajarla.
Algo pesado se liberó bajo la estructura.
Todos retrocedieron.