Capítulo X #2
Se acercó a Cora y le tomó el rostro con una mano.
—¿Está aquí? ¿En esta ciudad? ¿En este planeta? ¿En el sistema?
—¿Quién?
Dasslak le sujetó el rostro con más fuerza.
—El Augur. No me mientas. Puedo saber cuándo lo hacen.
—¡No está aquí! —dijo Cora, apartando la cara como pudo.
—¿En el sistema?
—¡No!
Dasslak la soltó.
—Bien. Nos vamos de este basurero.
Dasslak se inclinó, abrió una de las bandas de los retenedores y le pasó las manos al frente.
Volvió a cerrarla y la recostó a lo largo del asiento.
Acomodó con cuidado la pierna herida sobre el acolchado.
Fijó el enlace de los retenedores a un anclaje empotrado en la pared junto al asiento y colocó una pequeña almohada bajo su cabeza.
—No muevas la pierna.
Abrió una gaveta, sacó una inyección anestésica y se la aplicó antes de que Cora pudiera apartarse.
—Esto va a dormirte un rato. No me siento cómodo aquí. Llevaré la nave a un lugar seguro y después hablaremos.
Cora lo vio alejarse hacia la cabina de mando. Intentó mantenerse despierta. Cuando la nave se puso en movimiento, el interior empezó a perder forma alrededor de ella: las luces, el asiento, el dolor, el rumor del aire contra el casco. Después, todo se hundió en una oscuridad espesa.
Cuando abrió los ojos, estaba dentro de una cápsula médica.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Tenía la boca seca, los párpados pesados y la pierna derecha suspendida en el aire, sostenida por un campo invisible.
Una niebla tenue llenaba el interior de la cápsula, moviéndose apenas sobre su piel.
No olía a nada. No mojaba. Solo estaba allí, fría y ligera, entrando y saliendo de la herida como si respirara por ella.
Sobre la pierna, varias líneas de luz descendían desde el arco superior de la cápsula. No cortaban, no tocaban, no hacían ruido. Se desplazaban despacio, enfocándose sobre la carne abierta, cerrando vasos, limpiando tejido muerto, reconstruyendo lo que la bala había destrozado.
Cora intentó moverse.
La cápsula respondió con un zumbido suave.
Y volvió a dormirse.
La siguiente vez despertó fuera de la cápsula, de nuevo sobre el asiento donde Dasslak la había dejado. El enlace de los retenedores volvía a estar asegurado al anclaje de la pared. La pierna apenas le dolía. La piel estaba cerrada, sensible, todavía débil, pero entera.
Recordó el balcón. El cable. El disparo. El callejón.
Y a Dasslak.
El asesino apareció poco después con un pequeño taburete en una mano. Lo colocó frente a ella, se sentó y la miró sin decir nada.
—¿Aún te duele la pierna?
—No —contestó Cora, con la voz baja.
—¿Lo ves? Te dije que no era cruel.
Ella no respondió.
Dasslak esperó unos segundos, sentado frente a ella.
—Hace dos días eras más atrevida.
Cora levantó apenas la mirada.
—¿Dos días?
—Más o menos. Duermes mucho. ¿Tienes hambre?
Dasslak no esperó su respuesta. Se inclinó, abrió la banda que no cubría la membrana y la dejó colgando del enlace, aún sujeto al anclaje de la pared. Después ayudó a Cora a incorporarse y desplegó una superficie lateral a modo de mesa.
—Espero que te guste lo que preparé: comida enlatada.
Se levantó, trajo un plato y lo puso frente a ella.
Cora miró la comida, luego a Dasslak. No tocó la cuchara.
—Adelante. Come. Prometo que no hay ningún truco.
Cora tomó la cuchara.
Al principio comió despacio, sin apartar los ojos de él. Después el hambre pudo más. Empezó a comer con tanta prisa que el plato se movía sobre la mesa, acercándose al borde una y otra vez. Dasslak lo empujaba de vuelta al centro sin decir nada.
—Es sorprendente cómo esquivas las balas a tan corta distancia —dijo él—. Requiere mucha habilidad. Pero tu técnica es predecible. Después de girar, caes mal y tardas demasiado en levantarte. Deberías practicar.
Cora dejó la cuchara en el plato.
—¿Qué quieres de mí?
—Ya lo sabes. Busco al Augur. Me dijeron que tú puedes decirme dónde encontrarlo.
—No voy a decírtelo, Vaquero. Si lo hago, me matarás. El Titiritero lo dijo.
—¿No te dije que no suelo matar de gratis? ¿Por qué iba a hacerle un favor a ese tipo?
—¿Cómo podría confiar en ti?
—No tienes que hacerlo. Acabaré consiguiendo lo que quiero. Si no me dices dónde está, extraeré la información de tu cabeza.
Cora se quedó inmóvil.
—Tengo amigos cerca que pueden prestarme un escáner cerebral —continuó Dasslak—. El procedimiento no es limpio. Puede causar daños graves, sobre todo en alguien que no es humano. Lo más probable es que mueras.
—Eres un hombre perverso.
—Creí que te gustaban los chicos malos.
Cora no sonrió.
—No creo ser perverso —dijo Dasslak—. No disfruto hacer daño. Por eso te estoy dando la oportunidad de hablar.
—¿Cómo sé que no vas a matarme después?
—El Titiritero confió en mi palabra incluso cuando tenía razones para no hacerlo. Puedes hacer lo mismo. Me llevas hasta el Augur y te dejo ir.
Cora bajó la mirada hacia el plato.
—He escuchado promesas toda mi vida. Nadie las cumple. Solo se aprovechan de ti cuando eres débil. Tú harás lo mismo.
—Tu mala suerte no tiene nada que ver conmigo. Necesito encontrar al Augur. Voy a hacerlo de una forma u otra.
—Sí que eres perverso, Vaquero. Como todos. Toda mi vida he vivido a la sombra de hombres como tú.
—Un hombre perverso ya te estaría torturando. Yo prefiero evitarlo.
—No vas a engañarme. Antes casi ni hablabas y ahora, ¿finges ser amistoso? Sé lo que viene después.
Dasslak se puso de pie.
—¿Vas a decirme dónde está el Augur o no?
Cora empujó el plato con el dorso de la mano.
—Para ti debe haber sido fácil. Siempre has sido el fuerte. Mi madre me abandonó cuando era niña. Después pasé años en manos de gente que me obligaba a hacer cosas horribles por un trozo de pan.
—¿Solo es eso?
Cora levantó la vista.
—Tú no sabes nada.
—Mi propio padre contrató a un asesino para matarme.
Cora guardó silencio.
—No te lo cuento para compararnos —continuó Dasslak—. Te lo cuento para que entiendas que en esta galaxia tu historia no es especial.
—Pero…
—Dices que soy perverso. Quizá lo sea. Lo que sé es que no soy bueno. Si no hablas, escanearé tu cerebro. Puede que mueras, pero obtendré lo que necesito.
»Ranore no está lejos. Allí podré hacerlo.
Cora sonrió.
Las lágrimas le bajaron por la cara.
—Si voy a morir, que así sea. Estoy lista desde hace mucho tiempo. Al final tendré el dulce alivio de la muerte.
—No estás lista —dijo Dasslak—. Si el escáner entra en tu cabeza, sabrás exactamente lo que está ocurriendo. Sentirás el daño avanzar y tendrás tiempo de entender que vas a morir. No habrá ningún alivio.
Dasslak retiró el plato, plegó la mesa y le tomó el brazo libre. Lo llevó junto a la otra mano, cerró de nuevo la banda y mantuvo el enlace asegurado al anclaje de la pared. Después sacó un segundo juego de retenedores de nexo y le inmovilizó también los tobillos.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que dije. Iremos a Ranore. Tengo amigos ahí. Escanearán tu cabeza si no decides hablar antes. Es el lugar seguro más cercano. Llegaremos en dos días.
Dasslak se volvió hacia la cabina de mando.
—Vaquero…
Él no se detuvo.
Entró, cerró la compuerta y puso rumbo a Ranore.
En Ranore se comerciaba con casi cualquiera mientras respetara las reglas locales.
Piratas, mercenarios, clanes privados y gobiernos menores podían comprar y vender sin demasiadas preguntas.
El crimen se castigaba con una eficiencia casi ejemplar, al menos donde importaba mantener las apariencias: los grandes puertos eran seguros y los distritos donde se concentraban el dinero y el poder podían resultar insultantemente prósperos para un mundo de Autoro.
También era un planeta esclavista.
Esa era la podredumbre bajo el brillo de Ranore: quien podía pagarlo, poseía a alguien.
Dasslak conservaba aliados allí. Había trabajado una temporada para el gobierno, desmantelando organizaciones criminales, hasta cansarse de quienes confundían orden con virtud.
Durante el viaje alimentó a Cora y le permitió descansar. No habló con ella más de lo necesario.
Al aproximarse a Ranore, dio su nombre, explicó sus intenciones y pidió acceso a un escáner cerebral. La solicitud llegó hasta Abasha Maart, autoridad máxima del planeta, quien todavía tenía a Dasslak en alta estima y la trasladó a su hijo Bario, gobernador de una de las ciudades principales.
La autorización llegó poco después: podía aterrizar en su ciudad y usar cuanto necesitara.
Dasslak aterrizó en el hangar indicado.
Salió de la cabina de mando, recogió sus armas y fue por Cora.
Ella lo esperaba despierta.
—No me lleves al escáner —dijo.
Dasslak no respondió.
—Te diré dónde está el Augur. Pero promete que me dejarás ir después.
Él la miró unos segundos.
—Lo siento. Ya estamos aquí.
Cora se incorporó como pudo.
—Por favor, Vaquero. Te llevaré con él. Te diré todo lo que sé.
Dasslak abrió desde su interfaz el juego que le sujetaba los tobillos y lo dejó caer al suelo. Luego soltó del anclaje el enlace de los retenedores de sus muñecas y la levantó del asiento. Abrió una de las bandas, le llevó las manos a la espalda y volvió a cerrarla.
—¡Vaquero!
La escotilla empezó a abrirse.
—¿No estabas preparada para morir? —preguntó él—. Debiste hablar cuando tenías opción.
—Estoy hablando ahora.
—Ya no necesito que hables.
Cora tragó saliva.
—Dijiste que no eras cruel.
—Y tú decidiste comprobar si eso era cierto. —Dasslak avanzó hacia la salida llevando a la chica—. Fueron dos días perdidos para llegar hasta aquí. No voy a desperdiciar más tiempo.
—No fueron perdidos. Hubieras tenido que venir de todos modos.
Dasslak se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—El Augur está en Ranore.
Cora sostuvo su mirada. El asesino guardó silencio.
—Está aquí, Vaquero. En este planeta.
Dasslak no se movió.
—Incluso puedo llevarte hasta él.